Por Fredy León

El fascismo pinta de negro Italia y ensombrece toda Europa. Y lo hace en medio de la desilusión, indiferencia y  angustia de los pobres italianos que ni bien habían comenzado a memorizar los nombres de sus gobernantes, al poco deben volver a empezar con esa engorrosa tarea: 10 gobiernos en los últimos 20 años. ¡Todo un record mundial!

En unas elecciones marcadas por el alto ausentismo -40% de electores no acudieron a votar- y que muestra el constante deterioro y desconfianza en el sistema democrático italiano, cerca de 15 millones -de un total de 51 millones de votantes- decidieron resucitar un cadáver del pasado y eligieron a una fascista como primera ministra.

Es cierto Italia no es fascista pero los que ejercieron su derecho al voto decidieron el nuevo rumbo para la península itálica, Meloni no es Mussolini, Los Hermanos de Italia no son iguales al Partido Nacional Fascita y Meloni no llegó al gobierno por medio del terror y la violencia; pero eso no hace menos fascista a Giorgia Meloni ni cambia la esencia fascista del movimiento Los Hermanos de Italia.

Por su forma el fascismo actual es diferente al fascismo que existió en la década de los 30 del siglo pasado y que surgió como una respuesta violenta del capital monopólico para contener el ascenso de las luchas obreras e impedir el triunfo del comunismo; pero por su contenido es el mismo, el neofascismo ha adaptado su discurso a los nuevos tiempos y de la «supremacia de las razas» han pasado a la defensa de la «supremacia de la cultura occidental»; de su ataque a la clase obrera han pasado al discurso xenofóbico y anti derechos. Pero donde no han cambiado ni un ápice es en la defensa del capital monopólico y la defensa de políticas neoliberales que conducen a una mayor concentración de la riqueza en manos de la oligarquía financiera y especulativa.

Meloni ganó con un discurso propio de la Cicciolini, la prostituta de orígen húngara que llegó al parlamento italiano mostrando sus senos y moviendo su tracero. Su propaganda, falto de ideas e imaginación, recurrió a la analogía de su apellido con los melones (en italiano se llama «meloni»), signos de los tiempos de despolitización, ausencia de grandes debates ideológicos y banalización de la política. Y es que luego de que a unos despistados se les ocurrió la idea de «disolver» al Partido Comunista Italiano, la política en italia ha perdido su atracción por las ideas, su fuerza de masas y la lucha por la hegemonía cultural quedó reducido a la lucha por el control hegemónico de los medios de comunicación, y del cual, Silvio Berlusconi, fue el producto más acabado para una Italia empobrecida culturalmente.

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