Oh, Hildebrandt

Por Fredy León

Si Hildebrandt fuera un historiador medianamente serio y preocupado por contar la verdad de los hechos, tendría enorme dificultades para demostrar muchas de las aseveraciones que lanza contra los comunistas. Pero él es un simple publicista que repite, como si fueran verdades irrefutables, esas versiones que con el paso del tiempo han logrado convertirse gracias a esa extraña simbiosis entre la pluma y el poder -la historia no se escribe sola- de quienes han estado más preocupados en imponer una versión de los hechos sin mostrar el mínimo respeto por la veracidad de sus relatos, y presentado la historia oficiosa, que algunos ingenuamente creen que a fuerza de tanto repetir, como las verdades verdaderas.

La historia no es el terreno propicio para la ficción, la pluma de Hildebrant sí. Una cosa es la crítica como diversión, otra muy distinta el razonamiento histórico.

Una cronología o unos anales -escribe el historiador francés Ivan Jablonka- no producen conocimiento, y la idea de que los hechos hablan por sí mismos es una muestra de pensamiento mágico. La historia produce conocimiento porque cuenta, expone, explica, contradice, prueba.

Hildebrandt, con respecto al comunismo, solo repite lo que otros repitieron con el premeditado objetivo de enderezar la historia. Y en ese su esfuerzo por teñir de sangre la historia del comunismo, no deja títeres sin cabeza. Marx, Lenin, Mariátegui, Vallejo, Stalin, Fidel, Del Prado, Barrantes, Allende, Chávez, Maduro, todos condenados a la hoguera y sin derecho alguno a la defensa.

Pero Hildebrandt, que no tiene alas, no puede fácilmente volar de la verdad y creer que la memoria es solo un privilegio reservado para él, así que dejemos que sea César Vallejo, el mismo al que Hildebrandt acusa temerariamente de haberse “tragado el cuento de la construcción del mundo nuevo” quien le responda con toda claridad que hasta parece que Vallejo escribió su crónica pensando en gente con una mentalidad similar a la que muestra nuestro afamado periodista:

“El reportaje meramente informativo y noticioso, tratándose de un fenómeno tan proteico y fluyente como es la revolución rusa, apenas deja en el no iniciado impresiones superficiales, dispersas y, a la larga, falsas, sin encadenamiento ni contenido orgánicos. La simple exposición de un hecho aislado define, a lo sumo, la existencia de éste y una existencia de fachada aparente. Sólo su interpretación descubre el basamento social del hecho, su relación con los demás anteriores, simultáneos y posteriores: en fin; su movimiento dialéctico, su trascendencia vital, su perspectiva histórica. (…) No basta haber estado en Rusia: menester es poseer un mínimun de cultura sociológica para entender, coordinar y explicar lo que se ha visto.” (César Vallejo. Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin)

Con respecto a Del Prado, la procesión viene de lejos. Hildebrandt tiene su propia versión de los hechos y, erre que erre, siempre ha buscado presentarlo como parte de su verdad histórica. En una entrevista realizada en abril de 1972 a Jorge del Prado para la revista Caretas y publicada en su libro Cambio de Palabras (2018), en la página 61 encontramos algo que explica la conducta personal de Hildebrandt con respecto al PC:

Pregunta Hildebrandt a Del Prado:

¿En qué se diferencia el actual apoyo del PC al gobierno (del Gral. Velasco n.d.r) al que el partido le prestó a regímenes como el de Prado y Odría?

La respuesta de Del Prado fue categórica:

La diferencia está más bien en los dos componentes de esta pregunta: una afirmación veraz y dos aseveraciones calumniosas.

Nada más, señor juez.

Sobre Stalin se ha escrito mucho que pareciera que a Hildebrandt ya no le queda nada nuevo que decir, y aunque los permanentes intentos de pretender equiparar a Stalin con Hitler hayan fracasado, pues hasta para mentir y calumniar existen algunos límites que la historia impone, sin embargo hay que reconocer que en la batalla sobre el relato sobre Stalin, sus enemigos y adversarios se han impuesto.

Hoy de Stalin solo queda una burda caricatura: sus errores se han magnificado, sus defectos agrandados y sus virtudes han desaparecido. La premonición expresada por el mismo Stalin se ha cumplido “Sobre mi tumba se acumulara un colosal montón de basura.” Pero entre las afirmaciones vulgares que repite Hildebrandt y el juicio histórico emitido por el historiador Isaac Deutscher, ferviente admirador de León Trotsky, me quedo con la versión del historiador Inglés:

“Tras tres decenios, el rostro de la Unión Soviética se ha transformado completamente. Lo esencial de la acción histórica del estalinismo es esto: se ha encontrado con una Rusia que trabajaba la tierra con arados de madera, y la deja siendo dueña de la pila atómica. Ha alzado a Rusia hasta el grado de segunda potencia industrial del mundo, y no se trata solamente de una cuestión de mero progreso material y de organización. No se habría podido obtener un resultado similar sin una gran revolución cultural en la que se ha enviado al colegio a un país entero para impartirle una amplia enseñanza.”

Un periodista que recurre a la calumnia pierde toda objetividad y carece de toda autoridad intelectual para criticar a un movimiento político que ha envejecido tal vez no con demasiada claridad, pero eso sí con mucha dignidad.

Hildebrandt, con respecto a la izquierda, actúa como si fuera la plañidera de la historia.

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