Un país en disputa

Por Fredy León

Si la democracia peruana fuera real y verdadera, como la que existe en Suiza o Nueva Zelanda por ejemplo, esta crisis política hace tiempo se hubiera solucionado de manera pacífica y civilizada. Si luego de la vacancia de Castillo, por un acto de dignidad y responsabilidad política con el país, toda la clase política hubiera dado un paso al costado y abierto el camino para que el pueblo vuelva a las urnas y con su voto elegir a sus nuevos gobernantes, hoy no estariamos viendo como se autodestruye el país.

En democracia los votos no solo deberían ser un ritual a representar una vez cada 5 años sino que tendríamos que entender que es la única fuente de origen de los gobiernos y la mejor forma para solucionar la grave crisis política que hace ingobernable nuestro país.

Pero nuestra precaria democracia ni de lejos se asemeja a la democracia helvética o neozelandés, que a veces pecan de exceso de democracia y donde por costumbre las grandes -y no siempre tan importantes- decisiones pasan por las ánforas. Aquí lo que manda es la fuerza y lo que menos importa es la opinión de la gente.

Cuando Castillo ganó las elecciones dijimos que había ganado el gobierno pero no el poder. El poder es una red de intereses económicos, políticos y culturales que está hegemonizada por un pequeño sector social que, gracias al control de esos aparatos políticos, ideológicos y represivos, logra imponer su voluntad sobre el resto de la sociedad.

Los votos le dieron a Castillo la legitimidad para nombrar a las personas que iban dirigir el gobierno y administrar los bienes y recursos de la nación. Pero Castillo nunca tuvo el poder para convertir en leyes sus propuestas y, por ingenuo, inexperto y falto de convicción, se dedicó a librar batallas menudas, abocarse a minucias y convertir su gestión en una lucha por sobrevivir en medio de la feroz arremetida que desde el centro del poder se desató contra Castillo, y no precisamente porque Castillo significaba un peligro real para los intereses de esa clase dominante, sino porque era visto como un intruso de origen provinciano, un «burro» que representaba a esa «raza degenerada de indios» al que la vieja oligarquía acusaba de ser la causa del atrazo y subdesarrollo del país, discurso que hoy la decadente burguesía limeña repite sin despeinarse.

Se puede ser gobierno sin tener el control del poder pero no se puede tener el poder sin controlar el gobierno. Esa dicotomía lo entendió bien la clase dominante y, aprovechando los errores y debilidades de Castillo, se lanzó con todo a la reconquista del gobierno. Luego de dos intentos fallidos a la tercera lo lograron, y no fue gracias a su accionar inteligente y transparente, sino debido a las torpezas y desesperación de Castillo que con esa parodia de «autogolpe» entregó a la ultra derecha su cabeza en bandeja de plata.

Conseguido su objetivo la ultra derecha festejó como si hubieran ganado el mundial de fútbol, pero en esa su celebración gran parte del país no le acompañó. Mientras el congreso festejaba y la ultra derecha volvia, con Dina, a controlar el gobierno que habían perdido en las elecciones del 21, en el país -principalmente en el gran macro sur- la ira y el rechazo se apoderaba de las calles y plazas frente a esa nueva repartija del poder.

El estallido popular fue la respuesta que de forma espontánea se gestó frente al regreso de la ultra derecha al gobierno. ¿Podía el pueblo responder de otra manera? No. Así como la respuesta popular fue espontánea y era la única manera que tenían para responder al giro radical que se dió en las alturas, tampoco fue sorpresa que el gobierno de Dina respondiera al descontento popular militarizando el país y reprimiendo violentamente las manifestaciones.

Un gobierno que surge de un congreso deslegitimado y rechazado por una absoluta mayoría y que nace con una discutible legitimidad política solo puede sostenerse recurriendo al uso de los aparatos represivos.

El gobierno de Dina sin el apoyo de las cúpulas militares y policiales no hubiera durado ni una semana; y un movimiento popular con mayores niveles de organización, unidad y liderazgos reconocidos no hubiera permitido que se consolide un gobierno impuesto contra la voluntad popular.

Pero la realidad siempre es lo que es y no lo que deseáramos que fuera. Hoy tenemos un gobierno que no controla el país y un país que no reconoce al gobierno. ¿Qué hacer? ¿Cambiamos de país o cambiamos de gobierno?

Y es que luego de un mes de la decisión tomada por el poder oficial en la práctica se ha instalado en el país un precario equilibrio estratégico de fuerzas que solo puede ser roto ya sea por la fuerza de ese poder oficial basada en el uso de la fuerza bruta de los militares o por la fuerza de ese poder real del pueblo basada en la razón de lucha que está del lado del pueblo, pues así como no existen dos verdades tampoco existen dos razones que se equiparen. La foto en la misa Te Deum con motivo del aniversario de Lima contrasta totalmente con la foto de los ataudes en Juliaca.

Las distancias en el país son cada vez más grandes.

Dina ha repetido que no renunciará, que no le importa lo que opinen la mayoría de la gente ni la sangre derramada y acorde con esa postura el congreso cree que puede encaminar el país hacia un proceso electoral -ya sea en el 2024 ó en el 2026- pero bajo sus reglas de juego y control de los organismos electorales para impedir nuevas «sorpresas»

El movimiento popular ha hecho una heroica demostración de su fuerza y voluntad de lucha; pero esa respuesta espontánea y desarticulada, donde ha habido mucho heroismo y sacrificio, ha resultado insuficiente. Hoy más que nunca se necesitan nayores y mejores niveles de organización y unidad, se necesita forjar un comando unitario de lucha que asuma la representación de este movimiento y tenga la responsabilidad de encauzar todo ese torrente de lucha en una sola estrategia de victoria.

Muchas veces en la historia de las luchas de nuestros pueblos nuestros adversarios nos han derrotado no porque hayan sido más fuertes e inteligentes, sino porque nosotros hemos sido débiles y en los momentos decisivos no tuvimos la grandeza de poner los intereses generales de nuestro pueblo por encima de las espectativas individuales.

Hoy se lucha por el destino de toda nuestra patria: o son ellos esa élite burguesa decadente que con la razón de su fuerza bruta quieren imponernos un camino de oprobio y resignación o somos nosotros un pueblo milenario que con la fuerza de nuestra razón histórica conquistamos nuestro legítimo derecho a construir un país más justo, democrático, sin privilegios para nadies y con derechos para todos.

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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