Prisionera del poder

Por Fredy León

Dina Boluarte dice no entender porque sus coterráneos protestan. Normal, la burguesía limeña lleva más de 200 años sin entender al país; ellos siempre han mirado hacia el oceáno y le han dado las espaldas a los andes.

Como país tenemos casi todos los recursos naturales y humanos para ser una nación próspera y desarrollada, pero seguimos siendo -como cruelmente lo dijo Antonio Raymondi hace ya más de 150 años- un  mendigo sentado en un banco de oro.

¿En qué hemos fallado?

Fundamentalmente en que no hemos tenido una clase dirigente con un proyecto nacional que impulse el desarrollo y progreso de todo el país y construya un estado democrático como expresion, de lo que nuestro José Maria Arguedas reclamaba, una nación de todas las razas y todas las sangres.

Nuestra raquítica burguesía limeña, heredera de lo peor que trajo el colonialismo español, siempre fue racista y ha estado más interesada en defender sus intereses de clase, promover sus negocios y se ha contentado con desempeñar un papel subordinado frente a los Estados Unidos.

Recien fue con el gobierno del General Juan Velasco (1968-1975) donde se empezó a construir las bases económicas y culturales de un nuevo estado soberano. En un lapso de solo 7 años el campesino se hizo ciudadano con plenos derechos, se reconocio el Quechua como idioma oficial y se dió un impulso inicial a las empresas estatales: PetroPerú, AereoPerú, HierroPerú, SiderPerú, EntelPerú, EnaferPerú, SiderPerú, entre otras.

En solo 7 años Velasco hizo por el país lo que la burguesía limeña nunca se atrevió. Nos dió una identidad nacional y trazó un horizonte de desarrollo. Ese proyecto fue desgraciadamente derrotado con el golpe militar de agosto de 1975.

El dictador Morales Bermúdez empezó un proceso lento de desmantelamiento de las importantes empresas estatales que durante los gobiernos de Belaúnde (¡PPK fue presidente de PetroPerú en 1980!) y Garcia se convirtieron en un preciado botín político, fábrica de empleos y fuente de riqueza mal habida hasta que la dictadura corrupta del fujimontesinismo las remató a precio regalado.

Nadie sabe a ciencia cierta en cuánto fueron vendidas nuestras empresas estatales ni cómo se determinó el valor de venta de esas empresas. El fallecido dirigente de izquierda, Javier Diez Canseco, en un informe elaborado por una comisión de investigación del proceso de privatización que Fujimori hizo, denunció que se habían «transferido mediante varias modalidades más de 228 empresas públicas al sector privado que han significado ingresos del orden de $9,221 millones, de los cuales sólo $6,993 han ingresado al Tesoro Público.»

La burguesía destruyó al país y nos vendieron la ilusión que dando facilidades al capital privado para que exporten nuestras materias primas (cobre, gas, plata, oro, productos agrícolas) al mercado internacional y privatizando la vida nos íbamos a convertir en una nación desarrollada.

Esa ilusión se convirtió en una pesadilla cuando la humanidad fue amenazada por el virus. El Perú fue uno de los países donde el virus hizo estragos mas que brutales, no tanto por lo letal del virus sino porque el sistema público de salud no tuvo la capacidad para atender a la gente que desesperada se agolpaba a sus destartalados edificios en busca de oxígeno.

¡Más de 200 mil muertos! Pero el virus no afectó a todos los sectores sociales por igual, mientras la gente pobre se moría haciendo colas en los colapsados hospitales públicos y otros desesperados pugnaban por volver a sus lugares de orígenes, las clínicas privadas hicieron grandes negocios con el oxígeno y solo unos pocos tenían las posibilidades económicas para pagar su derecho a vivir o irse a los Estados Unidos a vacunarse.

La patria carece de todo sentido cuando no puede garantizar lo elemental de todos los derechos: el derecho a la vida de sus ciudadanos.

Parte de esa rabia e indignación se expresó en las elecciones del 2021. La pregunta que la casta limeña se niega a responder es ¿por qué un candidato provinciano, desconocido y con muchas limitaciones intelectuales derrotó a la chika que tenía todo el apoyo del poder económico y mediático?

El gobierno de Castillo no ha sido muy diferente a los mediocres gobiernos de Toledo, Alan, Ollanta o PPK, pero la gran diferencia fue que Castillo enfrentó a una oposición que estaba dispuesta a incendiar el país para recuperar el gobierno. Nunca antes vimos una oposición tan rapaz y mendas que su consigna era ¡Matar o morir!

El gobierno de Castillo ha sido un gobierno torpe, errático, lleno de pirañitas y sin un norte fijo; pero fue un gobierno que surgió del voto popular que la ultra derecha nunca quiso reconocer. La estupidez cometida por Castillo precipitó su vacancia pero la ultra derecha, en vez de actuar con prudencia y apego estricto a la democracia, se lanzaron como rinocerontes desbocados a asaltar el gobierno. El gabinete que llegó con Dina es un gabinete de los que perdieron las elecciones y tratan de «pezuñentos e ignorantes» a los que votaron por Castillo.

¿Qué sentido tiene la democracia cuando no se respeta el voto popular?

El discurso del gobierno es terrorífico. Sin imaginación ni creatividad han elegido por resucitar a «Sendero Luminoso» para justificar sus tropelias, justificar la violenta represión y meter miedo.

El masivo y contundente movimiento de respuesta contra la decisión del congreso ha sido espontáneo, caótico, sin líderes, no tiene un programa claro y en algunos lugares ha tomado un cariz anárquico y de vandalismo. Pero nada de eso tiene que ver con el terrorismo practicado por SL que en los 80 asesinaba dirigentes populares, volaba torres eléctricas y ponía coches bombas.

La desesperación del gobierno muestra que no tienen apoyo popular y que el congreso genera un rechazo casi unánime. En esas condiciones la declaratoria del estado de emergencia, anunciada no por Dina sino por su Ministro de Defensa, es una declaración de guerra al pueblo peruano.

Cuando los que usurpan el gobierno reconocen que ya no pueden gobernar y buscan al apoyo de las armas para mantenerse en el poder, es porque han perdido la batalla política.

Triste final de Dina que dice no comprender porque reclaman sus paisanos pero no tiene problemas en conducir al país al despeñadero y entregar el poder a una cúpula de militares que solo entienden el lenguaje de las armas.

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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