El Cadáver

Por Fredy León

Hay muertes y muertos. Y la muerte de Abimael Guzmán no fue ningún gesto heroico ni trágico, fue una muerte humillante; de todas las muertes la de Abimael debió ser la manera más vergonzante de abandonar este mundo.

De Abimael se pueden decir muchas cosas pero nunca que murió como pensó.

Abimael, el endulcurador de la violencia total, encontró la muerte recostado en su cama. Bromas aparte, el que alguna vez se jacto de «llevar la vida en la punta de los dedos» se resignó a vivir los últimos años de su existencia esperando únicamente su final. Por eso que la muerte lo encontró viejo, decrépito, derrotado y desesperado por intentar salvar su sangriento legado.

De ahí que no es cierto lo que sostiene Juan Pablo Ballhorn en su artículo «Murió Abimael Guzmán» cuando afirma que Abimael «se fue sin dejarnos un balance de la guerra que dirigió». En su largo presidio Abimael escribió dos libros, De Puño y Letra, (Mano Alzada editores, 2009) y otro en colaboración con Elena Yparraguire Revoredo, Memorias desde Némesis, (Copyleft, 2014), donde hace un largo, tedioso y repetitivo panegirico de su accionar político.

Que ninguno de esos dos libros contenga un pequeñito atisbo de autocrítica, eso es otro asunto. Abimael seguía creyendo que su pensamiento era invencible, nunca reconoció sus errores y prefirió claudicar cuando perdió su libertad arrastrando a la carcel a toda la cúpula de Sendero. Su balance fue pensado y escrito desde ese mundo de las quimeras y dirigido principalmente a sus fanáticos seguidores con la intención de mantener viva su imagen. Todavía quedan algunos senderistas que afirman que la «guerra popular» en el Perú avanza exitosamente.

Abimael presumió ser «la cuarta espada del m-l-m» y autocalificó a su «pensamiento Gonzalo» como el «arma todopoderosa que guía la invencible guerra popular». Abimael decía tener el don de la infabilidad y era la máxima garantía de victoria, pero resulta que Sendero fue derrotado ideológica, política y militarmente; y en esas condiciones un «balance de la guerra» que reconozca su derrota resultaba a todas luces impensable. Los dogmas no resisten la mínima autocrítica.

El «balance» que Abimael les dejó a sus seguidores es de su pasado como fundador de SL para seguir elocubrando con la idea de que el camino de la «guerra popular» sigue vigente a pesar que la realidad lo derrotó. Para Abimael la teoría de la «guerra popular» era lo correcto, fue la realidad la que tercamente se resistió a encajar dentro de los estrechos marcos conceptuales imaginado por el «pensamiento Gonzalo».

Ese era el único balance que el ego de Abimael se podía permitir en vida. Lo otro era sepultar su obra y ver como su imagen se derrumbaba ante sus seguidores como un castillo de naipes.

Por eso que Abimael no tuvo la valentía ni la honestidad política para reconocer lo que Juan Pablo afirma líneas abajo «El pensamiento gonzalo ha demostrado en la práctica que no fue la garantía de triunfo».

¿Y qué era el pensamiento Gonzalo? Guerra popular, militarización del partido, violencia como ley general de la historia y el fúsil como el objeto hacedor de la historia.

Es decir el famoso «pensamiento Gonzalo» fue una manera vulgar y primitiva de ver los fenómenos políticos del país y del mundo y que estuvo dominado por una mentalidad dogmática más preocupada en imitar modelos ajenos que en intentar comprender la realidad donde actuaba.

Por eso que sus seguidores juegan aún con términos y categorias políticas que no llegan a entender a cabalidad. Hablan todavía, por ejemplo, de «adoradores del camino electoral» porque no son capaces de entender que la lucha política actual se desarrolla por ese medio y los intentos de forzar otra salida, vía «guerra popular», no solo que fracasó rotundamente sino que ha dejado una estela de sangre y terror que provoca el rechazo de la sociedad.

O en su confusión total confunden democracia con capitalismo sin comprender que la primera antecede en la historia a la segunda y el capitalismo lo que ha hecho -con mucho éxito diríamos nosotros- ha sido limitar y reducir el concepto de democracia, muchas veces con la ayuda de los infantiles de izquierda que siempre confunden sus deseos irrealizables con la realidad, para volverlo funcional a los intereses de los dueños del gran capital y de ese modo bloquear las posibilidades de que surja en la conciencia de las masas populares una opción revolucionaria.

Marx sostuvo que «La esencia humana no es algo abstracto e inherente a cada individuo, es en realidad, el conjunto de las relaciones sociales» por eso el marxismo se diferencia del idealismo por que asume la necesidad de «mantenerse siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo de la idea, de explicar las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material», reconociendo que en toda sociedad dividida en clases sociales antagónicas «las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones dominantes concebidas como ideas». De ahí que Mariátegui sostenía con toda claridad «Nos sentimos una fuerza beligerante, polémica. No le hacemos ninguna concesión al criterio generalmente falaz de la tolerancia de las ideas. Para nosotros hay ideas buenas e ideas malas».

Y el denominado «pensamiento Gonzalo» fue una idea mala, un pensamiento totalmente errado que se estrelló contra la realidad. No reconocer eso es simplemente volver a pelear con la realidad. Y ya sabemos que solo los tontos intentan derribar a cabezazos los muros del capitalismo

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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