Los límites de Castillo

Por Fredy León

Castillo ganó las elecciones con un discurso simple e ideas básicas que coincidían con algunas propuestas y reclamos que venían fermentando desde hace un buen tiempo en la conciencia de amplios sectores populares. Lo nuevo e interesante de Castillo fue la imagen que trasmitió en medio de esa profunda crisis de representación que fragmenta el escenario político; el profesor cajamarquino se presentó como uno más de la gente de a pie, un hombre del pueblo sin vínculos con los grupos económicos que controlan el poder, un outsider provinciano. Y, claro, Castillo tuvo la suerte de dirimir la segunda vuelta con Keiko, la eterna perdedora.

El voto por Castillo fue un voto duro, de protesta y rabia, pero también fue un voto de esperanza e ilusión por el cambio que todos ofrecen y nunca llega. El voto por el profesor fue una rebelión silenciosa de ese país marginado, olvidado y despreciado por la élite limeña y que fuera descrito con toda claridad por ese valioso intelectual y estudioso de la realidad peruana, Alberto «tito» Flóres Galindo: «Este es un país antiguo. Redescubrir las tradiciones mas lejanas pero para encontrarlas hay que pensar desde el futuro. No repetirlas. Al contrario. Encontrar nuevos caminos. Perder el temor al futuro. Renovar el estilo de pensar y actuar. Lo que resulta quizás imposible sin una ruptura con esos izquierdistas excesivamente ansiosos de poder, apenas interesados en los votantes. (…) Algunos imaginaron que los votos de izquierda les pertenecían, pero las clases populares piensan, aunque no lo crean ellos. No dan cheques en blanco. Recordemos como fluctúan las votaciones. Los pobres no le pertenecen.»

Creo que nadie se hizo ilusiones y pensó que una vez instalado en Palacio, Castillo iba a dar el gran salto y transformarse en un gran timonel o convertirse en un gran estadista, de esos que casi nunca hemos tenido, pero por lo menos muchos esperamos que el profesor iba a ser conciente de la gran responsabilidad que estaba asumiendo y conformar un buen equipo de gobierno para suplir las limitaciones personales.

Cuando Castillo asumió la presidencia, en su primer discurso del 28 de julio, dio la impresión que el dirigente magisterial empezaba a tener una visión más sólida, informada e integral del país que iba a gobernar, no solo de los graves problemas que arrastra del pasado sino de los grandes retos que tiene hacia el futuro.

Coherente con su propuesta electoral, defendida durante la segunda vuelta, en su discurso del 28 de julio Castillo esbozo algunas políticas de estado que indicaban que su gobierno iba transitar por el camino del cambio que había ofrecido durante su campaña.

Su primer gabinete, con todas sus limitaciones, fue un interesante intento de mostrar coherencia con el discurso de campaña, fue una apuesta novedosa que buscó abrir las puertas del estado a esos sectores ancestralmente marginados por el poder limeño, pero la censura impuesta por la Marina de Guerra, y aceptada sumisamente por Castillo, que vetó la presencia de Héctor Béjar en el gabinete, desdibujo rapidamente ese intento. Y es que Héctor Béjar aparecía como el estratega político que marcaba el camino a transitar por el nuevo gobierno; y sin Béjar en el gabinete, Castillo perdió el horizonte estratégico.

La efímera gestión del nuevo primer ministro, Guido Bellido, no pasó más allá del discurso, radical en su forma, pero vacio de contenido y caótico en su actuar.

Con la designación de Mirtha Vásquez se trató de corregir los errores, superar las limitaciones mostradas por el anterior gabinete, poner algo de orden en la gestión gubernamental, encontrar un horizonte a transitar y sentar las bases para desarrollar políticas de estado en beneficio de las grandes mayorías; pero lastimosamente Castillo no llegó a entender el arte de gobernar ni descifrar cuál era el rol histórico que su gobierno debía jugar en un contexto de crisis total. Castillo se ha convertido en un presidente temeroso que vive atrapado por esa visión corto placista que cree que la labor del gobierno es dedicarse a apagar los incendios y dejó que las pequeñas intrigas internas, alimentadas por ese su grupo que actuaba como «un gabinete en la sombra», impongan una agenda de espaldas a la realidad del país.

Sin ninguna explicación, balance o autocrítica de su gestión, Castillo decidió cambiar a Mirtha Vásquez pero cerró en falso una crisis de gobierno que él mismo precipitó con la desatinado decisión de designar al congresista Valer como primer ministro. Ese descabellado intento terminó debilitando al gobierno y lo convirtió en presa fácil de intereses mercantilistas a cambio de unos votos en el congreso.

El nuevo reacomodo de fuerzas que se produjo en el nuevo gabinete con la designación de Anibal Torres, un destacado abogado que jugó un rol importante en la defensa del triunfo electoral de Castillo pero que no tiene una visión de país alternativo al modelo neoliberal, en la práctica sepultó los tímidos intentos de cambio. Castillo entregó el poderoso Ministerio de Economía, el verdadero poder en el gabinete, a un tecnócrata neoliberal creyendo que lo mejor era volver a poner la economía en piloto automático.

La nueva apuesta de Castillo, acorralado por el congreso y cada vez más distanciado de los problemas de la gente común y corriente, se reduce a una sola palabra: sobrevivir en palacio en medio de la crisis. Y para sobrevivir su gobierno dio un salto al vacio, del radicalismo estéril de Bellido pasó al pragmatismo achorado de Torres.

La única ventaja que posee Castillo es que en el congreso tiene a una oposición taimada, profundamente desprestigiada, sin ideas ni pueblo, que ha intentado vacarlo dos veces, en menos de un año, y han fracasado.

En tiempos tranquilos tener un gobierno que cree que su razón de ser es inaugurar una posta médica o pavimentar una calle, sería visto por el pueblo quizás como parte de esa normalidad bucólica de un país resignado a sobrevivir.

Pero el pueblo no votó para que Castillo sobreviva en palacio sin hacer nada y tampoco vivimos tiempos normales, el país está atravezando por un conflicto político irresuelto y las condiciones de vida de amplios sectores se ha ido deteriorando por la pandemia y los efectos de unas políticas económicas que priorizan el crecimiento sin redistribución.

Castillo pensó que poniendo la economía en piloto automático su tarea de gobernar se reducía a administrar la crisis política y para neutralizar a la ultra derecha, que controla el congreso, se le ocurrio la genial idea de refugiarse en un convaleciente Acuerdo Nacional. Es decir el gobierno se comprometía a no hacer nada en la economía y dejar que la crisis política languidezca.

Pero en política quien no avanza retrocede. Mientras allende las fronteras el mundo había entrado a un peligroso conflicto geopolítico que está alterando todo, desde el equilibrio militar hasta el comercio internacional, Castillo no vio, o no quizo ver, que frente a la inacción de su gobierno el descontento popular crecía y que era solo cuestión de tiempo para que el viejo e irresuelto conflicto social vuelva a la escena política.

Y lo hizo de la peor manera. Lo sucedido en Huancayo no es nuevo ni será el último conflicto social que estalle en el país. Castillo es producto mismo de ese conflicto social. Lo que realmente preocupa es la reacción de Castillo que recurrió al viejo lenguaje reaccionario para buscar descalificar a los manifestantes, utilizar la policia para reprimir y finalmente aceptar dialogar.

Castillo recorrió el mismo camino transitado por los gobiernos neoliberales que ven con sospecha toda protesta social.

Pensar que existe una hilo umbilical entre la actitud de la ultra derecha en el congreso con la protesta social en Huancayo es no entender el país. Y creer que con medidas improvisadas y parciales se puede solucionar el creciente malestar social es no tener una visión de estado.

El gobierno de Castillo parece haber tocado los límites. Luego del conflicto de Huancayo da la impresión que las distancias entre el pueblo y Castillo van a crecer.

El pueblo votó por el cambio y el gobierno ha renunciado a ese objetivo. Y en esas circunstancias vale la pena recordar una vez más lo dicho por Alberto «tito» Flóres, en su carta de despedida póstuma: «las clases populares piensan, aunque no lo crean.»

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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