¿Y si cae Castillo?

Por Fredy León

Pedro Castillo debe dar gracias a la divina providencia de que al frente tiene a una oposición lerda, torpe, bruta y corrupta, una extrema derecha obsesionada únicamente con el poder, que se mueve al compás del sonido de las monedas y actúa según mandan los hepáticos titulares de El Comercio; pero es una oposición sin capacidad, imaginación ni interes por pensar en el país, presentar una propuesta o explicar a la sociedad cuáles serán sus políticas de estado a implementar en caso de recuperar el gobierno.

El gobierno de Castillo se desmorona lentamente por sus propios errores pero la extrema derecha marcha a contracorriente de la historia, está en deuda política y moral con el país y lo único que ha logrado en los últimos tiempos ha sido agrandar esa brecha que existe entre sus pequeños intereses de clase con las grandes necesidades del país.

Resulta paradójico ver cómo esa extrema derecha, a pesar de todo el inmenso poder económico, mediático y político que mantiene en su atolondrada campaña por vacar al presidente, ha quedado atrapada en una desastroza e inutil guerra de papeles. La extrema derecha ha querido forzar un proceso político de vacancia presidencial acomodando el caótico ordenamiento jurídico de acuerdo a sus intereses y han fracasado. Para una mayoría de la población el congreso carece de legitimidad política para monopolizar el poder y su desesperado intento de calentar la calle, con la consigna de vacancia, ha resultado un fiasco total.

En política no hay empates: o se triunfa o se pierde.

La calle sigue siendo terreno minado para la ultra derecha. Ya no es solo el rechazo a Keiko sino es el hastio de la gente frente a esa conducta autoritaria, ramplona e ineficiente del congreso controlado por la reacción que resulta deplorable. Maria del Carmen Alva Prieto, la autovoceada sucesora de Castillo, no ha podido o no le ha interesado presentar al país una agenda legislativa para encarar los graves problemas que existen y se ha dedicado únicamente a desarrollar una pelea de perros con el ejecutivo. Y en esa pelea la imagen de la presidenta del congreso ha quedado chamuscada. El presidente Castillo ha perdido su sombrero pero la presidenta del congreso ha perdido su autoridad y credibilidad política; el sombrero se puede recuperar pero la credibilidad y autoridad de MariCarmen parece bien difícil.

Con esa oposición de callejón Castillo debe estar durmiendo tranquilo en palacio.

Tenemos el gobierno más débil de la historia del país, mucho más débil aún de lo que fue el efímero gobierno de José Luis Bustamante y Rivero (1945-48), pero con todas sus limitaciones Castillo ha resultado un hueso demasiado duro de roer para una oposición maximalista que muy rápido ha perdido toda su dentadura.

Si cae Castillo será más por sus propios errores que por el accionar de la ultra derecha. El gobierno de Castillo ha pasado de un radicalismo vacío a un pragmatismo achorado y se ha decantado por jugar el resto del partido bajo las reglas de un estado neoliberal corrupto e ineficiente.

En menos de un año Castillo ha perdido toda su identidad política, incluido su sombrero, construido durante la campaña electoral. Ahora su única consigna se reduce a una sola palabra: sobrevivir.

Si lo logra o no será responsabilidad de Castillo. En esa batalla contra la historia la única ventaja que tiene Castillo radica en su legitimidad de orígen. La ultra derecha ha tratado de socavar esa legitimidad pero sus argumentos no han sido nada sólidos ni contundentes.

La ultraderecha ha caído en su propia trampa. Desde la impaciencia buscaron construir un escenario apocalíptico y generar una crisis de ingobernabilidad política y lo único que han logrado ha sido llevar al congreso a niveles máximos de rechazo, 82% de desaprobación, según la última encuesta de IEP.

Pero la impaciencia no es solo un asunto que incumbe a la ultra derecha, también parece que viene incubándose en algunos sectores populares decepcionados de Castillo que creen que su decepción es sintoma de que  las uvas están maduras y por esa razón se han animado a levantar esa difusa consigna de que se vayan todos.

Levantar esa consigna significa reconocer no solo que todo el sistema político está podrido sino creer que el país está a punto de explotar y que la única salida para evitar que el conflicto termine en un baño de sangre es pidiendo que se vayan todos.

¿Vive el país una situación de crisis total donde los actores del conflicto han perdido el control de la situación?

Creo que la crisis no ha llegado a ese nivel y me parece que refugiarse en la consigna del que se vayan todos es jugar a Poncio Pilatos; el problema no es que se vayan todos sino saber quienes vendrán a ocupar ese vacío político. Y ahí hay mucho silencio.

La peor crisis que vive el país en este momento es la crisis de alternativas. El gobierno se derrumba lentamente, la oposición se hunde en la nada y la indiferencia reina en la sociedad. El nuevo escenario que probablemente surgirá de las elecciones municipales y regionales no creo que sea para reventar cohetes. No solo tendremos más de lo mismo, sino en algunos casos -¿Lima?- será peor de lo que nos merecemos.

¿Qué hacer?

Mirar más allá de la coyuntura y entender que lo que hace falta en el país es un proyecto nacional construido desde abajo y sustentado en nueva mayoría política y social que permita romper los diques del neoliberalismo y avanzar con pasos firmes hacia la refundación de la patria. Como sostiene la socióloga Maritza Paredes, el problema real en esta coyuntura no es que se vayan todos, sino que entremos todos al debate.

El Perú se ha vuelto un país donde reina la mediocridad, se ha impuesto el miedo a mirar el horizonte y los ciudadanos han perdido todo compromiso político con el pais. Y ningún país se construye si tenemos la mirada clavada en el suelo y vivimos con el eterno temor al cambio, el pánico a lo nuevo, pues como señalaba el gran amauta «la reacción es el instinto de conservación, el estertor agónico del pasado, la revolución es la gestación dolorosa, el parto sangriento del presente.»

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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