¿Es en serio, Jaime?

Por Fredy León

Parece que sí. Venezuela se ha convertido no sólo en una incomoda astilla en el zapato del imperio, sino que para algunos izquierdistas, Venezuela es una viga metida entre sus ojos. Y es que para esa izquierda bien intencionada, muy dada a exigir una pureza del 100% a los procesos revolucionarios, pero cuando surgen problemas, aparecen obstáculos o se hacen visibles los errores, se escandalizan, gritan y a la primera de bastos piden botar el agua sucia, tirar al bebe al fango y arrojar la batea lo más lejos posible.

Para esa izquierda puritana parece que la novia no solo debe llegar casta al altar, sino que debe prometer mantener su castidad durante todo su matrimonio; caso contrario, será arrojada a la hoguera.

¿Qué les indigna de Venezuela a nuestra izquierda puritana?

Su tenacidad para resistir frente a las agresiones del imperio y su necedad para no sucumbir ni ante los inocentes llamados del Papa, elevado por arte de birlibirloque por esa izquierda miedosa hasta de pecar, como la nueva conciencia crítica de los procesos revolucionarios.

Eso y algo más.

El problema del análisis que hace Jaime Cruces en su artículo “las Izquierdas y Venezuela” (Diario Uno 07.09) es que parte de un equívoco para luego naufragar en un mar de errores.

No se puede entender el caos venezolano si no se comprende el sentido real del momento político que vive Venezuela. En Venezuela la lucha es por el poder, el poder es lo que está en el centro de la disputa política, y en esa pugna cobra dramática actualidad esa expresión de Gramsci “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”

Y algunos izquierdistas bien pensados agitan esos monstruos no precisamente para enterrar al viejo mundo.

Luego del triunfo electoral de Hugo Chávez y la aprobación de una nueva Constitución, el movimiento popular venezolano logró quebrar el viejo poder que detentaba la oligarquía venezolana. Derrotados pero no vencidos, la derecha venezolana pronto se decantó por el camino de la conspiración para subvertir, cuanto antes mejor, el nuevo orden constitucional que surgía en medio de un cúmulo de dificultades: El paro petrolero; el fracasado golpe de estado contra Chávez; los llamados a la abstención electoral; las denuncias de fraude siempre agitadas y nunca comprobadas; el desconocimiento de los resultados electorales cuando perdían y el intento de convertir la Asamblea Nacional en el máximo poder cuando la oposición ganó las elecciones; las guarimbas callejeras; la auto proclamación de Guaidó como Presidente interino; el intento de magnicidio del Presidente Maduro; las sanciones económicas; el intento de aislar a Venezuela junto a la siempre presente amenaza de intervención militar de los Estados Unidos tal como relata el malogrado asesor de Seguridad Nacional John Bolton en su libro “The Room Where It Happened”:

“Hazlo”, es decir, deshazte del régimen de Maduro. “Esta es la quinta vez que lo pido” (…) Trump insistió en que quería opciones militares para Venezuela y luego mantenerlas porque “es realmente parte de los Estados Unidos”.” (pág. 139)

La fuerza destructiva que muestra la oposición venezolana es inversamente proporcional al apoyo que tiene en el pueblo venezolano; su verdadera fuerza radica en el apoyo y sustento que recibe de los Estados Unidos y sus gobiernos satélites, el Grupo de Lima y la Unión Europea. El autoproclamado presidente Guaidó, sin el reconocimiento de los Estados Unidos, sería un don nadie.

Como dice Bolton “El reconocimiento de los EE.UU. tendría importantes implicaciones para la Junta de la Reserva Federal, y por lo tanto para los bancos de todo el mundo. La Reserva Federal automáticamente entregaría el control de los activos del gobierno venezolano que poseía a la Administración liderada por Guaidó.” (Ibid. Pág. 141)

En esa lucha por “terminar con la dictadura” se entrelazan diversos intereses: una oposición fundamentalista que no le importa destruir su país con tal de lograr su objetivo de volver al poder y los grandes intereses geopolíticos del imperio vinculado básicamente al control del petróleo y el gas venezolano. Los primeros no se cansan de pedir abiertamente una intervención militar para asesinar a Maduro mientras que el imperio duda porque sabe que entrar a Venezuela puede ser relativamente fácil; lo difícil sería mantenerse en el poder.

Si uno pierde de vista este tema central de lo que implica la lucha por el poder en un país que fue una neocolonia norteamericana, entonces uno se queda boquiabierto contemplando las pequeñas refriegas que se dan en Venezuela. Y, claro, con esa visión fragmentaria resulta muy sencillo presentar lo trivial de la coyuntura política venezolana como si fuera lo fundamental en esa lucha abierta por el poder que busca definir el destino de Venezuela.

¿Que Maduro ha cometido errores? Ciertamente, más de lo que algunos quisieran pero menos de lo que otros desearían. Maduro no posee el don de la perfección y el proceso venezolano es lo más imperfecto que existe en este mundo. ¿Qué obra humana es perfecta?

Pero no son los errores de Maduro los que han llevado a Venezuela a esa situación de extrema dificultad. Si el proceso revolucionario venezolano es un fracaso total, ¿qué sentido tienen entonces las brutales sanciones económicas impuestas, la política de máxima presión y las amenazas de invasión que desde el imperio se agita permanentemente contra Venezuela? ¿No sería mejor dejarlo que caiga por sus propios errores?

A pesar de los esfuerzos del imperio, Maduro no ha caído porque cuenta con el apoyo de un importante sector de la población venezolana, civiles y militares, que siguen confiando tercamente en el proceso revolucionario iniciado por Hugo Chávez. Basta mencionar que en plena pandemia miles de venezolanos, que por diversos motivos decidieron emigrar, solicitaron volver a Venezuela. No existe términos de comparación entre la manera seria y responsable como el gobierno venezolano viene asumiendo la lucha contra la pandemia y la actitud negligente e improvisada que muestra el gobierno peruano.

¿Cómo explicar que la supuesta dictadura venezolana de un país que dicen está en bancarrota protege mejor a sus ciudadanos que el régimen democrático peruano que ha optado por el sálvese quien pueda? Los muertos que la pandemia va dejando no se cuentan solos. Al día de hoy, Venezuela 444 fallecidos, Perú 35 103 muertos.

Lo trágico de la paradoja venezolana es que tienen un gobierno, al cual tildan de dictadura, que se empeña en dirimir la disputa por el poder vía mecanismos democráticos y una oposición que reniega de la lucha democrática y vanamente ha intentado incendiar los llanos venezolanos con bayonetas extranjeras. En esa disputa las próximas elecciones a la Asamblea Nacional se presentan como una batalla de contenido estratégica. Por lo pronto, un importante sector de la oposición ha anunciado que no participaran, para ellos “salvo el poder todo lo demás es ilusión.” Esa actitud ¿les recuerda algo?

Pero como hemos sostenido, el problema no es la oposición venezolana, el problema real es la política chovinista del imperio frente a Venezuela. Mucho de lo que va a suceder en diciembre en Venezuela se va definir en noviembre en las elecciones presidenciales norteamericanas. Una victoria de Trump va aportar más gasolina a la oposición venezolana. Una derrota de Trump puede generar desconcierto en la oposición venezolana y llegar a diciembre sin un plan.

Y en ese panorama venezolano, nada sencillo ni fácil, hay que tomar una posición, pues a despecho de lo que sostiene esa izquierda puritana que prefiere inventar una supuesta actitud equidistante, algunos seguimos recordando al Amauta y seguimos afirmando que “En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores ni inventar un tercer término. La originalidad a ultranza, es una preocupación literaria y anárquica. En nuestra bandera inscribimos esta sola, sencilla y grande palabra: Socialismo.”

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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