A mitad del camino

Por Fredy León

Los viejos sueños eran buenos sueños.
No se cumplieron, pero me alegro de
haberlos tenido.
Clint Eastwood
Los Puentes de Madison

Fui parte de una generación de militantes de la Juventud Comunista que nos quedamos a mitad del camino, entre alcanzar la cima de la victoria o sentir el dolor de la derrota. No triunfamos ni nos vencieron; simplemente nos quedamos en medio del campo de batalla. Tal vez debimos haber avanzado más rápido e intentado llegar más lejos, pero andamos lo que pudimos; avanzamos cuando otros retrocedían y nos detuvimos cuando el mundo que soñamos se nos vino abajo. En palabras de Benedetti, cuando creíamos tener todas las respuestas la historia nos cambió subrepticiamente las preguntas.

En 1985 fui elegido miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la JCP y asumí la secretaria de prensa y propaganda. Me tocó vivir una etapa política donde las certezas se transformaban en dudas y las dudas se convertían en desánimo. No vimos ni entendimos con claridad la profundidad de los cambios regresivos que, a nivel internacional, el topo de la historia iba maquinando; y en el tema del partido, creo que nos faltó sentido de futuro para contribuir y darle contenido real al urgente y necesario proceso de renovación partidaria que los nuevos tiempos demandaban.

El país ni bien había empezado a salir de la crisis económica y debacle moral al que fue llevado por el mediocre segundo gobierno del timorato Fernando Belaunde (1980-1985) cuando de la mano del exceso voluntarismo mostrado por Alan García (1985-1990) comenzaban a aparecer los primeros signos de descomposición total del viejo proyecto aprista que llegó tarde y mal a su cita con la historia. El gobierno de Alan se caía en pedacitos, la patria se desangraba y dolía la tristeza de nuestro pueblo obligado a vivir entre la incertidumbre de una economía que se desquiciaba y enterrar en silencio a sus muertos que dejaba el terror desatado por Sendero Luminoso y que desde el estado fue respondido con una brutal guerra sucia.

La esperanza en el país se desvanecía.

En esa coyuntura política que se configuró durante la segunda mitad del 80, tres proyectos estratégicos se disputaban el país: el proyecto neoliberal del bloque dominante impulsado por Vargas Llosa y luego ejecutado por Fujimori; el proyecto democrático popular levantado por la Izquierda Unida y el proyecto autoritario de Sendero Luminoso que buscaba conquistar el poder mediante el terror.

En esa disputa estratégica creo que la Juventud Comunista desempeño un rol protagónico; fuimos la organización juvenil más importante del país; a diferencia de la organización juvenil de Patria Roja, el FER del Perú, que era eminentemente universitaria, o de la Juventud Mariateguista, que no pasó de ser un estado de ánimo sin sustento político ni social, la JCP tenía una presencia nacional llegando a articular una definida expresión política donde se recogían las principales aspiraciones de la juventud estudiantil, trabajadora, campesina y femenina.

No tengo los documentos aprobados en esos tiempos por la JCP, pero la propuesta central de trabajar para transformar a la juventud en una fuerza social revolucionaria sintetizaba años de experiencia en la labor de organizar a la juventud y nos dotó de un horizonte estratégico para la acción política.

Se trataba de aplicar de manera creadora la línea política del partido en el espacio juvenil pero también se buscaba participar en los apasionados debates internos donde, como es natural en toda organización política que lucha y busca ser poder para transformar la sociedad, había matices y diferencias de enfoque en la táctica a desarrollar. La Izquierda Unida había logrado dar un nuevo e importante impulso a ese proceso de acumulación de fuerzas basado en la lucha democrática de masas y el objetivo de convertirse en gobierno era una posibilidad real. El problema de llegar al gobierno no era cómo sino para qué.

Esto tuvo su expresión en el acto de inauguración del IX Congreso Nacional del PCP (1987) cuando Alfonso Barrantes, entonces presidente de la IU, subió al estrado un compacto grupo de militantes de la jota provenientes de la Universidad Técnica del Callao, San Martín de Porres, La Cantuta y Villa El Salvador expresamos nuestro descontento con la actitud meliflua y dubitativa que mostraba en ese entonces Barrantes y pedimos mayor firmeza y consecuencia con los postulados defendidos por la IU. No hubo silbatinas ni gritos de improperio contra una de las figuras más respetadas de la izquierda peruana, fue una manifestación política de un sentimiento que, creo, mayoritariamente era compartido por la militancia del PC y la jota. Alfonso Barrantes, al finalizar el acto, hizo pública su renuncia a la presidencia de la IU. Lastimosamente esa crisis, que pudo haber servido para definir el rumbo unitario de la IU y reafirmar la decisión de luchar por conquistar un gobierno popular, sirvió como pretexto para que las fuerzas ubicadas entre el reformismo conciliador y el radicalismo verbal dinamitaran todos los puentes unitarios construidos con suma dificultad por las izquierdas y comenzaran su labor de destrucción del principal instrumento político que tuvo el movimiento popular.

Yo sé que toda opinión de lo vivido es una visión cargada de historia personal y muchas veces he reflexionado sobre lo sucedido esa noche en el local del Centro Cívico de Lima. Lo único que puede afirmar, con toda certeza, es que no fue un acto planificado ni buscaba desconocer el liderazgo de Alfonso Barrantes. La jota defendía la línea unitaria del PC y éramos firmes partidarios de fortalecer la IU, sin exclusiones ni sectarismos.

Y esta posición de la jota era defendida de manera coherente en todos los frentes de trabajo, donde el más complicado era el frente universitario tanto por el nivel de politización, ser el frente de masas priorizado por las izquierdas y haber sido, desde la división del PC de 1964, un espacio hostil a la presencia de la Juventud Comunista.

Cuando la crisis de ideas de Patria Roja estaba llevando a la destrucción del movimiento universitario, la jota tuvo la inteligencia y sagacidad de levantar una alternativa de renovación del movimiento estudiantil que pasaba por la necesaria democratización de los gremios universitarios como requisito básico para pasar en la universidad a la lucha de contenidos y superar la visión “gremialista” del FER del Perú que nunca avanzó más allá de la simple defensa de los postulados de la Reforma de Córdoba.

La consigna de luchar por una universidad pública, democrática y científica permitió reagrupar a las fuerzas políticas de izquierda (JCP, JM,UDP, FEDEP), recuperar el carácter de frente único de la Federación de Estudiantes del Perú y avanzar hacia el congreso de reconstrucción de la FEP (San Marcos 1988)

Pero la jota avanzó más allá del ámbito universitario, nuestra preocupación era ver de manera integral el problema de la educación peruana y por eso fuimos la principal fuerza política que logró impulsar la constitución de la Federación de Estudiantes de los Institutos Superiores y Tecnológicos y persistimos en la tarea de forjar la Unión de Estudiantes Secundarios. La juventud podía ser una fuerza social revolucionaria solo si lográbamos vertebrar a los diferentes movimientos juveniles bajo un programa único.

Volviendo al tema universitario, uno de los grandes aportes de la jota en esos tiempos fue romper con la visión “estamentalista” de la universidad y avanzar en la constitución de un movimiento universitario conformado por estudiantes, docentes y personal administrativo, único espacio en el cual se podía elaborar un programa integra para transformar la universidad. La jota entendía que la lucha por una nueva universidad pasaba por la formación de un nuevo movimiento universitario.

Y esa visión de convertir al movimiento juvenil en una fuerza social revolucionaria era el elemento central del trabajo político impulsado por el CEN de la jota que se materializó en la edición de la revista Somos los Jóvenes, la formación de la Brigada Sabogal y la constitución de la Brigada Internacionalista Esteban Pavletich.

Como miembros del CEN de la jota cumplimos diversas actividades y a modo de anécdota se me vienen tres hechos a la memoria: mi viaje a Tarapoto, semanas después de la aparición de la columna armada del MRTA en Juanjí, y las prolongadas reuniones clandestinas con las camaradas de la jota de esa localidad que habían ganado las elecciones en el instituto pedagógico de Tarapoto y trabajaban en la clandestinidad, en plena reunión una camarada me retó a saltar al río Cumbaza de una altura de 5 metros, no hubo forma de objetar dicho reto y el cual, a pesar de una inicial resistencia mía, tuve que cumplir; luego nuestra participación en un debate en la Universidad del Centro de Huancayo donde discutimos con fuerzas políticas que estaban más a la izquierda del PC, cuando estaba en mi intervención final repentinamente se fue la luz del local, los camaradas de la jota de Huancayo subieron rápidamente al estrado y me sacaron por una puerta falsa, en esos tiempos la gente de SL solía terminar los debates a balazos; o la vez que por primera y única vez fuimos al local del PAP de Alfonso Ugarte para reunirnos con la dirección de la Juventud Aprista con el objetivo de comprometerlos a participar en la Brigada Internacionalista que iba ir a Nicaragua, en plena reunión hubo un apagón en Lima y estalló una bomba en el local del PAP, los dirigentes de la JAP, sumamente nerviosos, nos pidieron que al salir hiciéramos como si cantábamos la Marsellesa aprista para evitar que el equipo de seguridad, que vigilaba las puertas, nos interrogasen.

Fueron tiempos de intensa actividad política donde en el CEN de la jota coincidimos un grupo de valiosos camaradas provenientes de diversos lugares del país que teníamos firmes convicciones revolucionarias y dedicamos lo mejor de nuestra juventud a luchar por hacer realidad nuestros grandes ideales.

 

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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