Perú ¿Cambio o transición?

Por Fredy León

El congreso tuvo la posibilidad de impulsar una salida integral a la crisis política. No quiso; la alianza aprofujimontesinista, de manera soberbia y sin ninguna discusión, decidió archivar el proyecto de ley presentado por el Presidente Vizcarra que proponía adelantar las elecciones presidenciales y parlamentarias.

En ese escenario de alta conflictividad política el gobierno tenía dos alternativas: o sucumbía ante el congreso o disolvía el congreso. No había otras disyuntivas. Los consensos políticos hace tiempo habían estallado en mil pedazos y el país avanzaba a pasos agigantados hacia un estado de ingobernabilidad y caos. El aprofujimontesinismo se aprestaba a dar la estocada final a Vizcarra.

Cuando el gobierno, como último recurso constitucional que le quedaba, decidió presentar el pedido de confianza, la mayoría del congreso actuó como si fueran una manada de tiranosaurios dentro de una tienda de cristalería. Maltrataron grotescamente al Primer Ministro, le negaron el uso de la palabra y convirtieron el hemiciclo en una tierra de nadie donde creían que la fuerza de sus votos les otorgaba algún derecho especial para hacer y decidir lo que querían. Los tiranosaurios destrozaron toda la cristalería y luego tuvieron la osadía de quejarse ante el dueño de la tienda por los rasguños que los pedazos de cristal les ocasionaron.

El gobierno decidió disolver el congreso porque entendió que al negarse a discutir su pedido de confianza y proseguir, como si el contexto político no se hubiera alterado radicalmente con el pedido de confianza, con su agenda particular para elegir al primo del presidente del congreso como nuevo miembro del Tribunal Constitucional, en los hechos prácticos era una negación a su pedido de confianza.

¿Discutible? Sí, pero lo sucedido luego en el hemiciclo fue una orgía de locura inconstitucional.

El congreso, en medio del caos total, declaró sin mayor sustento legal la incapacidad temporal de Vizcarra para ejercer el cargo de presidente, hicieron llamados a la insubordinación militar y eligieron (sic) a Mercedes Araoz como nueva presidenta del país. No habían pasado 24 horas y Mercedes Araoz, luego de tomar contacto con la realidad, presentó su renuncia a un cargo imaginario elegido por un congreso que había perdido toda legitimidad, las Fuerzas Armadas ignoraron el llamado del congreso y Vizcarra siguió como presidente.

El debate generado alrededor del cierre del congreso resulta lógico y natural pero es un debate peligrosamente incompleto y sectario si comparamos con lo vivido cuando este mismo congreso aprobó la vacancia presidencial de PPK. En ese entonces nadie habló de “golpe de estado”; a pesar que los argumentos para vacar a PPK eran muy discutibles, el congreso actúo con respeto a la constitución. De igual manera procedió Vizcarra en esta ocasión, cerró el congreso tal como indica el art. 134 de la constitución, dejó que se instale la comisión permanente y cumplió con convocar a elecciones parlamentarias para el próximo 26 de enero. Vizcarra gobernará tres meses con decretos de urgencia y la ciudadanía deberá asumir su rol fiscalizador de las acciones del gobierno.

Nadie se alegra que se haya cerrado el congreso, pero el cuestionamiento político a la decisión de Vizcarra refleja más la desesperación de esa parte de la intelectualidad vinculada al pensamiento de la derecha neoliberal que ve que el cierre del congreso puede modificar sustancialmente la correlación de fuerzas y llevar al surgimiento de una nueva mayoría política, social y electoral contraria al régimen del 93.

El fujimorismo y la apra están en una situación hartamente complicada. Si son consecuentes con su rechazo al “golpe de estado”, lo lógico será que desconozcan el llamado a nuevas elecciones; pero si participan tendrán que responder por su defensa de la corrupción, cargar con el peso de la derrota y enfrentar a la ausencia de cuadros de recambio: los fujimoristas tendrán que recurrir a su vieja guardia pretoriana mientras la apra tendrá que hacer malabares para reinventarse.

Por eso que a la derecha no les preocupa el congreso, la corrupción ni la democracia; les preocupa que el bloque dominante ha perdido la hegemonía política y temen que esta crisis política lleve finalmente a un periodo constituyente. Y para ello agitan, una vez más, como máximo argumento el fantasma de Chávez. En el fondo, el debate que plantea la derecha neoliberal no es si hubo o no un golpe de estado, sino su preocupación real está en demostrar que esta medida puede significar el inicio del fin del régimen del 93.

Por esa razón creo que lo expresado por el sociólogo Sinésio López resulta de lo más atinado cuando afirma “La crisis política es un asunto muy serio para dejarla en manos de los constitucionalistas, sobre todo si son kelsenianos, apolíticos o antipolíticos.” O acérrimos partidarios del neoliberalismo, acotaríamos nosotros.

El cierre del congreso soluciona un problema urgente de lucha contra la corrupción y recompone la gobernabilidad del país, pero no soluciona el problema principal de la crisis del régimen.

Esa es la batalla que se avecina y ahí el gran reto que tienen las izquierdas es cómo construir una nueva mayoría social, política y electoral para hacer del cambio de congreso la culminación de ese proceso de transición hacia una democracia avanzada.

 

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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