El convento rojo

Por Fredy León

El arribo

Luego de una imprevista, corta e inolvidable estadía en la isla de la libertad emprendimos el viaje a la RDA, finalmente íbamos a cruzar la tenebrosa cortina de hierro. Cerca de la medianoche de un día de octubre arribamos al aeropuerto de Schönefeld – Berlín, debió ser uno de los últimos aviones en aterrizar, cuando salimos de la sala de equipajes las luces del desolado local estaban a medio apagar y las pocas tiendas cerradas; solo se veía a dos o tres empleados de limpieza haciendo su labor. El resto de pasajeros, a paso rápido, abandonaban presurosamente el aeropuerto.

Éramos 4 jóvenes militantes de la Juventud Comunista que apenas nos conocíamos e íbamos a convivir durante ocho meses en la escuela de formación política Wilhelm Pieck de la Juventud Libre Alemana. Alberto, Manolo, William y yo habíamos sido seleccionados por la dirección nacional de la JCP para viajar a la República Democrática Alemana y, a pesar que compartíamos una militancia política y hablábamos el mismo idioma, nunca llegamos a entendernos.

En el aeropuerto nadie nos esperaba. No era una sorpresa, nuestro viaje había sufrido varios retrasos y postergaciones. En esos tiempos, viajar a un país socialista ubicado tras la cortina de hierro, era algo más que una pequeña aventura juvenil. Era inicios de octubre y nosotros debíamos haber estado en la República Democrática de Alemania la primera semana de agosto.

Con nuestros equipajes nos dirigimos hacia la oficina de la policía. En el pequeño local habían tres o cuatros policías, todos jóvenes, que no ocultaban el aburrimiento que llevaban a cuestas. En una mezcla de español e inglés atropellado les explicamos que veníamos a participar en la escuela de la FDJ.

  • Ah, FDJ. Where are you from?
  • Perú
  • Ok, Wait a moment.

Uno de ellos cogió el viejo aparato telefónico que colgaba en la pared e hizo tres o cuatro llamadas. Al cabo de unos minutos, cortésmente nos dijo

  • It’s ok. He comes to pick them up in two hours. Understand?
  • Yes
  • You must wait in the pasaje.

La espera fue menos aburrida de lo que imagine. Estar en un país socialista era una ilusión que excitaba al máximo mis emociones, me había prometido aprovechar lo mejor posible el tiempo de mi estadía en la RDA, observar todo y tratar de aprender al máximo; y el silencio que reinaba en el aeropuerto era una invitación a poner en práctica esa decisión. No había nada interesante que llamara nuestra atención; pero de eso mismo se trataba, aprender a ver entre la nada.

Luego de algún rato lo vimos acercarse dando grandes trancos. Era grueso y alto, tenía el rostro redondo, los ojos pequeños y el cabello corto, era el típico alemán reservado que aparentaba rasgos rudos pero cuando lo ibas conociendo asomaba la nobleza de una persona dedicada con pasión a una causa que imagino fue lo esencial de su vida.

Con su español marcado por ese su acento alemán nos preguntó:

  • ¿Perú?
  • Sí.
  • Soy Hains, bienvenidos. Síganme.
Leonore y Hains, profesores de economía marxista

 

Le seguimos en silencio, nos condujo a paso forzado hacia donde estaba aparcada su furgoneta. Mucho después entendí que en la RDA todos andaban como Hains, a pasos agigantados, como si las distancias a caminar eran muy largas y el tiempo para llegar demasiado corto.

Fuera del aeropuerto soplaba un viento gélido. Nos acomodamos en la furgoneta y yo me senté junto a la ventanilla. Entre su actitud taciturna y nuestro cansancio se impuso un silencio cómplice que nos acompañó todo el viaje. No intercambiamos ninguna palabra.

Salió del aeropuerto y cogió la autopista principal. A esas horas no había ningún vehículo circulando, manejó casi una hora y luego cogió una pista auxiliar y condujo en medio de lo que debió ser un pequeño poblado con sus callecitas adoquinadas, sus casas de ladrillos rojos y las luces tenues, para luego coger una trocha y enrumbarse en medio del bosque, esa trocha de 10 kilómetros que posteriormente con los argentinos, Miguel y Rodolfo, varias veces tuvimos que hacerlo caminando porque teníamos la mala costumbre de llegar a Wandlitz justo después que el último bus había emprendido su marcha hacia la escuela. Luego de manejar entre 10 ó 15 minutos en medio de la penumbra que se resistía a anunciar el nuevo amanecer, divisamos unas luces tenues y la furgoneta entró al patio de lo que era un complejo arquitectónico de cuatro grandes edificios ubicado idílicamente en medio de la espesura del bosque. Daba la sensación de ser un lugar deshabitado, a esa hora el silencio era total y la belleza de los edificios escondidos en la penumbra y sutilmente iluminados era impresionante. Después supimos que el local donde se enseñaba marxismo fue la casa de campo de Goebbels, el genio de la propaganda fascista y uno de los hombres de mayor confianza de Hitler.

Hains estacionó el vehículo delante de uno de los edificios y con su español tosco nos dijo:

¡Llegamos!

El comedor

 

La escuela

A las 9 en punto unos suaves golpes en la puerta nos despertó de nuestro aletargado sueño. Era Vera, la hermosa y joven traductora de español que a partir de ese momento se convertiría en nuestra inseparable compañía e imprescindible nexo con el mundo de la RDA. Ella fue la voz y el rostro simpático del socialismo alemán en la escuela de la FDJ.

Vera era delgada, alta, de cabellos castaños, ojos verdes, nariz respingada y facciones muy suaves; una simpática alemana latinizada que hablaba un español perfecto, tenía una amplia cultura, conocía bastante sobre los países latinoamericanos y fue una excelente traductora que desde el primer contacto inspiraba una confianza absoluta. Con el transcurso del tiempo todos los latinos llegamos a tenerla un aprecio total, había cierta complicidad con ella que en algunas conferencias que traducía, se tomaba la libertad para expresar su opinión, algunas veces asintiendo lo dicho y otras manifestando su disconformidad. Y luego, le alcanzaban fuerzas para discutir sobre el contenido de la conferencia.

Vera nos enseñó las instalaciones de la escuela, nos informó sobre las cosas prácticas y, sobre todo, nos recomendó la importancia de la puntualidad alemana. Ella conocía la originalidad de la famosa hora peruana.

Luego de mostrarnos las instalaciones de la escuela, cruzamos ese bello paraje que conducía del comedor al edificio donde se dictaban las clases. Era una pequeña alameda en medio de jardines cuidados con sumo esmero y varias estatuas que adornaban el lugar con mucha sobriedad, y en la cual sobresalía, por su especial impacto, esa pequeña estatua dedicada a la mujer vietnamita.

En esa corta alameda se respiraba ese espíritu internacionalista que caracterizaba a la escuela de la FDJ.


Estatua en homenaje a la guerrillera vietnamita

 

Vera nos condujo hacia el salón de clases que nos habían asignado. Abrió la puerta y nos hizo ingresar. Una mezcla de ansiedad, curiosidad y expectativa se apoderó de mí. Ese era el espacio donde iba a aprender la teoría marxista, compartir experiencias con los camaradas de otras delegaciones, discutir sobre los problemas de la revolución en América Latina y conocer las experiencias en la construcción del socialismo en suelo alemán. Me sentía como ese mocoso imberbe en mi primer día de clases en el Glorioso Colegio Nacional de Ciencias y que miraba a hurtadillas a sus nuevos compañeros.

Hains nos invitó a sentarnos. Él era profesor de economía marxista y coordinador del curso internacional para América Latina; luego, procedió a presentar a los participantes del curso, los camaradas con los cuales íbamos a aventurarnos por los laberintos grises de la teoría marxista.

De México estaban Romualdo, responsable de su delegación, era un tipo serio, a veces parecía un poco parco, muy inteligente y hábil para polemizar y argumentar con claridad sus ideas, le gustaba investigar, un apasionado de la lectura, era uno de los más asiduos concurrentes a la biblioteca de la escuela, creo que se sentía atraído tanto por la cantidad de materiales de lectura que había en la biblioteca como por la gracia y frescura de la bibliotecaria; Mariana, que como dicen por esas tierras, era una hermosa chula mexicana de ojos grandes, tenía una frondosa cabellera negra y llevaba siempre su infaltable chal negro que cubría sus hombros, se mostraba muy racional, poseía una lógica de pensamiento y una mirada penetrante que parecía la reencarnación de Frida Kahlo; y Abrahán, un cuate mexicano de origen campesino, joven de sentimientos muy puros, de esos que por vivencias propias soñaba con el socialismo como el paraíso de la humanidad.

De Ecuador participaban Alejandra, joven impetuosa, de carácter dominante y rebelde, vivía la política con mucha pasión y Eugenio, que cuando estaba en sus momentos de euforia era una locomotora imparable de ideas e iniciativas, provenía del mundo del arte y se dio el placer de montar una obra de teatro y formar un coro de canto que tuvo singular acogida; pero en sus momentos de depresión, lo mejor era evitarlo.

De Colombia, Wilson y Diego, dos jóvenes que parecía que provenían de países diferentes. Si queríamos “armar” un debate bastaba con sentarlos a los dos en la misma mesa. Reflejaban la dicotomía que en esos tiempos se vivía al interior del PC Colombiano, eran dos personalidades opuestas: uno reservado y receloso de casi todo y el otro extrovertido y sumamente impulsivo.

De Argentina, Carlos, Rodolfo, Miguel y Ramón. Cuatro argentinos con los cuales desarrolle un grado de amistad muy especial cultivado en ese nuestro rinconcito del edificio en el que nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada conversando amenamente y donde aprendí a tomar el famoso mate argentino. Carlos era el responsable de la delegación, un tipo muy inteligente, de una basta cultura y un conversador nato; Miguel era más analítico, le gustaba reflexionar en voz alta, a veces daba la impresión que su lema era “primero dudo, luego existo”, un caminante incansable, lugar donde íbamos nos pasábamos recorriendo por las estrechas callejuelas en busca de algún “boliche” tradicional, así fue como dimos con ese localcito de Jazz ubicado en las penumbras de un viejo bunker de la segunda guerra mundial y adornado con vetustos toneles de ron y cirios grandes; Rodolfo, un amigo entrañable, de esos que te hacen sentir la nostalgia de la amistad perdida en el tiempo y la distancia, un noble camarada con el que compartí los sueños de un futuro que creíamos tenerlo al alcance de nuestros dedos y pensábamos que íbamos a ser los arquitectos de ese futuro socialista. Luego Ramón, el che, el típico argentino que nunca le faltaba tema de conversación, un apasionado del fútbol con el que fuimos a ver un partido de la liga alemana que resultó ser el clásico de Berlín y, contra todo pronóstico, Ramón fue el único argentino que al finalizar el curso quedó perdidamente enamorado de una simpática alemanita.

No resultó difícil integrarse a un grupo tan diverso. A pesar que fuimos los últimos en llegar al curso, percibimos en el salón una atmósfera de cordialidad que te invitaba a formar parte de algo especial. No había motivos para sentirse solo ni excluido. La pasión por la política nos socializaba y los ideales comunes nos hacían sentir que éramos parte de una gran ilusión colectiva.

El otro grupo de latinos estaba formado por chilenos, venezolanos y nicaragüenses. Políticamente era un grupo más heterogéneo, mientras el nuestro todos proveníamos de la vertiente comunista, en el otro había además de comunistas chilenos y venezolanos, militantes de las juventudes socialistas de Chile, del Mapu chileno, del Mas venezolano y de la juventud sandinista.

Aquí recuerdo con especial cariño al “abuelo” Anselmo, un chileno que solía sumarse a nuestras interminables pláticas del rincón, radicaba en Suecia y su figura desgarbada nos recordaba al Quijote; a Sara, la chilenita que gustaba hacer sus empanadas y vestirse con el traje típico de su región, en su rostro se reflejaba la nostalgia y esperanza de volver a su Chile; y Camilo, el dirigente de las juventudes sandinistas que hablaba con mucha emoción sobre los grandes retos que tenía la revolución sandinista luego de haber derrotado a la dictadura somocista y conquistado el derecho a ser gobierno.

La delegación chilena era la más numerosa, todos provenían de la diáspora del exilio, vivían atrapados bajo las traumas de la derrota de la Unidad Popular y expresaban ese desencuentro que iba fermentando entre sus aspiraciones individuales que estaban más unidas a su vida en el exilio con los cada vez más lejanos deseos de regresar a luchar contra la dictadura. En ese ambiente no fue sorpresa enterarme, años después, que un miembro de la delegación chilena, que asistió a la escuela como militante del Mapu y que anteriormente había sido militante de las Juventudes Comunistas, terminó siendo ministro de relaciones internacionales del gobierno de Sebastián Piñera. En política siempre existirán los conversos, gente sin ideales firmes y que no son más que juguetes del tiempo. Creo que en este caso, el susodicho personaje fue comunista cuando creyó que esto le otorgaba algo de heroísmo a su insignificante existencia y terminó en la orilla opuesta cuando sintió la angustia del poder, no sin antes renegar de todo lo que antes decía defender.

Pero a pesar que esa su actitud ya percibíamos en el singular ambiente de la heterogénea delegación chilena, nada de esto enturbió las relaciones personales. La escuela mantuvo un encanto subliminal que nos atrapaba y nos hacía sentir algo especial que dudo que alguien de los que vivió esa experiencia sienta que desperdició malamente un año de su existencia.

Y ese mismo ambiente se sentía con las otras delegaciones, había estudiantes de diferentes países de Europa, África, Asia y América Latina y a pesar de las diferencias culturales, creencias religiosas y limitaciones impuestas por las naturales barreras idiomáticas, estas eran superadas por la imaginación que lograba que la necesidad de comunicarse se expresara de diversas maneras.

El auditórium

 

Las clases

La Wilhelm Pieck era una escuela de formación política y muchos arriesgaron su libertad y su vida por asistir a esta escuela. Las historias de alumnos que, luego de haber estudiado en la WP, fueron detenidos-desaparecidos cuando volvieron a sus países de origen, era algo más que un doloroso recuerdo.

La política se vivía con intensidad, se respiraba en el aire. Recuerdo dos hechos que me impactaron profundamente. Cuando nos comunicaron que iba a llegar una delegación de la Juventud Popular de Kampuchea, los alumnos de la escuela formamos dos hileras humanas para darles la recepción, algo sabíamos de las atrocidades del régimen de Pol Pot pero al ver las fotos y escuchar los testimonios de estos jóvenes comprendimos la real dimensión de la barbarie cometida por Pol Pot y sus” khamer rojos”. Y lo otro fue cuando nos informaron que la Unión Soviética había invadido Afganistán (diciembre 1979), esto generó un conflicto entre los dos miembros de la delegación afgana que asumieron posiciones encontradas frente a la invasión de su país: uno terminó grave en el hospital y el otro fue expulsado a su país. Este trágico hecho nos impacto mucho, pues por alguna razón difícil de explicar, los dos afganos se sentían muy a gusto con los latinos.

Los días en la escuela estaban marcados por la rutina, era difícil esquivar el ritmo de la vida aunque nada te obligaba a seguirlo. De lunes a viernes estudio, viernes en la noche las inolvidables fiestas donde alrededor de la pista de baile y con una cerveza en la mano nos reuníamos jóvenes provenientes de más de 30 países que parecía una verdadera torre de Babel, sábado y domingo lo dedicábamos a andar por Berlín y conocer de cerca el socialismo alemán. En la escuela teníamos absoluta libertad de movimiento y, sin temor a equivocarme, muchos sentimos el calor y la solidaridad de los alemanes que estaban orgullosos de su sociedad.

Los cursos que se dictaban en la escuela eran economía marxista (Hains), filosofía (Helga), comunismo científico e historia del movimiento juvenil, complementado con conferencias sobre temas de actualidad e importancia política expuesto por alemanes y personalidades internacionales invitados por la escuela y visitas a diferentes lugares para conocer de cerca la experiencia en la construcción del socialismo alemán.

Debo decir que el nivel académico de la escuela era alto, se entendía el marxismo oficial como una ciencia que buscaba fundamentar la necesidad de la revolución socialista y había que tratarlo como tal, se estudiaba con profundidad a los clásicos pero había una tendencia a minimizar los aportes nuevos que desde distintas ópticas buscaban enriquecer la teoría revolucionaria. El problema era que con respecto a la teoría marxista no bastaba con tener la vista en el pasado, por más heroico que había sido, había que tratar de ver la nueva realidad de un mundo que lentamente iba resquebrajando los muros de la teoría y dejar que ese espíritu crítico del pensamiento revolucionario, que siempre animo al marxismo, se desarrolle con mayor libertad creadora.

Claro que en esos tiempos no resultaba fácil ver lo nuevo que empezaba a germinar en la profundidad de la compleja realidad social de lo que se denominó como “socialismo realmente existente” que comenzaba a mostrar signos inequívocos de agotamiento; el problema que mostraba la teoría en ese momento era cómo visualizar con claridad lo que se estaba pudriendo dentro del sistema y ver lo nuevo que podía surgir de esa crisis para que en medio del desconcierto de ideas que se vivía poder seguir afirmando el camino que la gran revolución de octubre inició.

El eurocomunismo fue un intento, los eurocomunistas acertaron en el análisis crítico de una revolución que se empantanaba pero erraron en las alternativas, posteriormente vino la perestroika y la glassnot como respuesta oficial a la crisis del socialismo, el gran pecado de Gorbachov fue que nunca supo dar la respuesta de hacia donde se dirigía ese proceso; resultado, el PC italiano se autodisolvió sin librar la batalla decisiva, el PCUS fue barrido por los acontecimientos y el PSUA se evaporó en la nada.

Yo recuerdo en esos tiempos haber escuchado a un camarada finlandés, que desayunaba con un vaso de vodka y se iba a dormir con la botella vacía, sus críticas ácidas a lo que el denominaba el inmovilismo del pensamiento, y que según él estaba construyendo un muro ideológico que cercaba peligrosamente el desarrollo del socialismo. Era una voz solitaria, nosotros lo escuchábamos con atención, pero creo que en ese momento nadie entendió con claridad su mensaje.

Esa fue nuestra gran paradoja, en la escuela del comunismo científico, en ese convento rojo donde se suponía que el debate y la crítica eran las principales armas del desarrollo de una teoría llamado a cambiar el mundo, muchos no tuvimos la sensibilidad de comprender en su momento que la historia oficial de las revoluciones peligrosamente se iba llenando de santos infalibles y algunos creían que la misión de las nuevas generaciones se reducía a rendir pleitesía a ese pensamiento oficial; por eso que en algún momento, entre la rutina de la vida y el conformismo de las ideas, los burócratas del pensamiento empezaron a escribir con letras de molde en la puerta de entrada ¡Esta es la verdad, arrodíllense ante ella!*

Claro que todo esto podemos decirlo después que el muerto quedó sepultado tres metros bajo tierra. Si el socialismo fracasó fue, entre otras cosas, porque la teoría se quedó rezagada. Pero creo que para ser justos con la historia, hay que reconocer que la escuela Wilhelm Pieck cumplió una formidable labor en la formación de cuadros políticos juveniles, en el desarrollo de una conciencia internacionalista y la FDJ fue un valioso apoyo a los procesos revolucionarios, principalmente de los pueblos de África y Centro América.

Si alguna crítica podemos hacer a la Wilhelm Pieck es que si bien es cierto que cumplió una importante labor en la formación de cuadros políticos, sin embargo creo que falló en lo vital: fue una escuela que se preocupó demasiado en mantener la mente en el pasado y se olvidó que para llegar a la tierra prometida solo era posible a través de la crítica constante del mundo que nos precede, porque cuando el pensamiento revolucionario se detiene, el mundo real lo sobrepasa.

Y es que como dijiera el viejo Marx, en este mundo “lo necesario siempre sucede.”**

Reencuentro de ex alumnos de la WP 2017

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* Carta de Marx a Arnold Ruge. Setiembre de 1843

** Ibidem

Acerca de Wirataka

"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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