Cambio sin transición

Por Fredy León

Creo que resulta un exceso de imaginación sostener que el simple anuncio de “adelanto de elecciones” significa que el país vive un proceso de transición. ¿Transición de qué y hacia dónde? Si bien es cierto que toda transición es producto de una crisis política, también es cierto que no toda crisis política lleva necesariamente a un proceso de transición.

Para hablar de transición tiene que haber un quiebre, una ruptura en el andamiaje político del estado y, sobre todo, tiene que surgir un nuevo consenso político mayoritario que sostenga la necesidad de cambiar el viejo status quo. La radicalidad de esos cambios dependerá de la fuerza política que dirija ese proceso. En la actual coyuntura existe, según las encuestas, una opinión pública mayoritaria a favor del adelanto de elecciones, pero no hay acción en las calles, y como sabemos, la política sin acción de masas es pura ilusión.

El Perú vivió un proceso de transición en 1980 con el regreso de los militares al cuartel y la vuelta a un sistema democrático consagrado en la Constitución del 79. Chile vivió un cambio de gobierno sin transición; Pinochet fue obligado a abandonar el gobierno pero la derecha logró mantener intactas las estructuras políticas y económicas heredadas del régimen fascista.

La actual crisis política que vive el país es una crisis en las alturas que ha sido desencadenada por el sectario enfrentamiento entre el poder legislativo y el poder ejecutivo; la causa de esta crisis hay que buscarla en la irresponsabilidad que han demostrado las derechas –en sus diferentes vertientes- al no pensar en el país y ponerse de acuerdo en un programa mínimo que garantice la famosa gobernabilidad.

Luego del triunfo de PPK, Keiko Fujimori optó por una línea de confrontación irracional e infantil con el gobierno. La actitud de Keiko estuvo más motivada por la terrible frustración personal de haber perdido -por segunda vez- unas elecciones que las tenía casi ganadas, que por supuestas diferencias programáticas con PPK. Los fujimontesinistas se dedicaron sin ton ni son a dinamitar la confianza ciudadana en las instituciones democráticas.

Keiko y PPK eran las dos caras de la misma moneda neoliberal. Sus programas de gobierno eran complementarios. PPK cayó por su oscuro pasado como testaferro del capital internacional y en su soledad política creyó que podía negociar su continuidad en el gobierno aprobando de forma rocambolesca, sin ningún sustento legal y contra la opinión mayoritaria de la población, el indulto de Fujimori.

Cuando Vizcarra asumió la presidencia a nadie se le ocurrió hablar de una transición. No hubo ningún quiebre del régimen político. Vizcarra comenzó su mandato buscando tender puentes con el fujimontesinismo en base a la continuidad de las políticas económicas y la defensa de la constitución del 92. Al inicio de su gestión Vizcarra se preocupó de demostrar que no tenía ningún inconveniente en seguir gobernando aplicando a pie juntillas los lineamientos del presupuesto aprobado por la mayoría aprofujimontesinista.

La piedra en el zapato que distanció a Vizcarra del fujimontesinismo fue el tema de la corrupción. Las revelaciones que a cuentas gotas venían apareciendo sobre el escándalo de “lava jato”, la impunidad que el congreso otorgaba a los corruptos y la actitud troglodita que mostraba la mayoría aprofujimontesinista frente al ejecutivo dinamitó la idea de un cogobierno.

En un país que carece de una cultura de pactos políticos y con una clase política que muestra poco respeto a la institucionalidad democrática, el fujimontesinismo creyó que podía construir su victoria electoral del 2021 sobre los escombros del gobierno de Vizcarra. La consigna era cuanto peor para el país, tanto mejor para las aspiraciones presidenciales de Keiko.

Por eso que el sorpresivo anuncio del gobierno de Vizcarra, de proponer el adelanto de elecciones, ha descolocado la estrategia del fujimontesinismo. Con Keiko en prisión y Kenji enfrentado con su bancada, las opciones electorales del fujimontesinismo son casi nulas.

Pero a su vez, el anuncio de Vizcarra es un acto desesperado de un gobierno precario que está más preocupado en encontrar una salida honrosa ante la amenaza permanente de ser vacado por un congreso controlado por lo peor que ha producido la política peruana que llevar adelante las reformas políticas que el país necesita y culminar ese proceso de transición a la democracia iniciada por el gobierno interino de Valentín Paniagua.

La crítica que se puede y debe hacer a Vizcarra es que el camino que eligió resulta imposible de ejecutar, no hay nada que indique que el congreso va aprobar el adelanto de elecciones.

En política los tiempos son claves. Cuando Vizcarra asumió la presidencia tuvo su oportunidad de oro para consolidar la democracia, profundizar la lucha contra la corrupción y la impunidad, terminar con la pesada herencia dejada por la dictadura, culminar el fallido proceso de transición iniciado por el gobierno transitorio de Valentín Paniagua y convocar a una Asamblea Constituyente para dejar en manos del pueblo la solución a la crisis política que se veía venir. No lo hizo, Vizcarra pensó que podía «cogobernar» junto al fujimontesinismo. Poco tiempo le duró la ilusión. Vizcarra ingenuamente creyó que la fiesta a la que el fujimontesinismo le invitó era por sus cumpleaños cuando en realidad lo que estaban celebrando eran sus funerales. Ahora el fujimontesinismo envalentonado por haber recuperado el control total del congreso espera que Vizcarra sucumba sin ofrecer mayor resistencia, y el nuevo presidente del congreso, Pedro Olaechea -el hombre de la Confiep- comedidamente se ha propuesto oficiar como el sepulturero oficial. Bajo el prurito de «la defensa de la constitución» las huestes mercenarias del congreso vienen alistando sus sables para la batalla decisiva. Vizcarra no tiene mayores opciones para cumplir su compromiso, no cuenta con los votos necesarios para hacer aprobar el adelanto de elecciones. Su dilema ahora se reduce: o se rinde ante el embate de los filibusteros o en un final épico decide cerrar el congreso y convocar al poder originario del pueblo vía Asamblea Constituyente.

La suerte está echada.

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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