El legado de Alan

Por Fredy León

¿Qué deja Alan al Perú? Muerto Alan García comienza la gran batalla por saber cuál relato se impondrá en la memoria colectiva sobre el significado de la vida y obra del malogrado líder aprista.

Para bien o para mal el dos veces ex presidente ha sido, durante más de 30 años, un importante protagonista de la vida política del país. Las desordenadas fichas del rompecabezas, sobre su legado histórico, esperan ser armadas; solo falta la ficha roja. La primera gran batalla a saber será si la justicia culminará su labor, con total probidad y transparencia, para determinar si Alan fue inocente o culpable en los casos de corrupción que se le investiga o se impondrán las voces de los corruptos que, agazapados tras el cadáver de Alan, claman venganza, exigen las cabezas de los fiscales y proponen volver a la política de borrón y cuenta nueva.

El hombre es la suma y resta de todos sus actos y como tal corresponderá a los historiadores, serios y estudiosos en un mundo donde abundan los charlatanes, desmenuzar las “razones de sus actos” y ubicarlas en su contexto histórico exacto para emitir el juicio final sobre Alan.

En el caso de Alan la historia suma algo y la justicia resta. Y mucho.

Alan no solo quedó atrapado en esa frondosa telaraña de corrupción que se institucionalizó en el país sino que, al igual que Alberto Fujimori, fue un hábil tejedor que utilizó las redes podridas del poder (“contratiempos de poder” Alan dixit) para beneficio personal.

Como acertadamente escribió el periodista argentino Ricardo Roa “Su vida política fue una parábola perfecta. Había entrado por la puerta de las ideas del progresismo, en el medio se pasó a las del liberalismo y terminó perdido en la ruta de la corrupción, que es la renuncia a todas las ideas, quitándose la vida.” (Clarin 17.04)

Del joven ambicioso y carismático dirigente aprista que irrumpió en 1978 en la escena política nacional con un incontenible torbellino de ideas y pasiones prometiendonos “un futuro diferente”, no quedó ni el polvo.

Alan consiguió, a sus escasos 35 años, lo que Haya de la Torre no pudo lograr durante toda su vida: llevó al Apra al poder. El éxito personal de Alan fue el fracaso histórico del Apra. Las ideas defendidas por Alan llevaron al país al desastre. Su primer gobierno (1985-90) fue un desastre total, más político que moral; la verdadera tragedia llegó años después, durante su segundo gobierno (2006-2011); el país se salvo con las justas de un nuevo descalabro político pero quedamos frente al abismo del desastre moral. Alan completó el círculo destructivo.

Por eso que al final de su existencia el líder aprista que coqueteaba con la historia terminó acorralado por la justicia y tuvo que dedicarse, como un simple mortal más, a defender su vapuleado honor. “Otros se venden, yo no” fue su escudo de papel. El elocuente político buscó en una frase su última salvación. No había convicción en sus palabras, solo el desesperado intento de encontrar una tabla de salvación luego del tremendo fiasco sufrido en su abortado asilo y el fracaso en impedir que Barata se presente como colaborador eficaz.

Una bala acabó con su vida pero mucho antes la soberbia, la desmedida ambición de poder y, sobre todo, esa su conducta sinuosa y delictiva vaciaron de contenido toda su vida. Alan quedó como el rey desnudo, buscando desesperadamente algunas hilachas desteñidas para cubrir su humanidad.

Y es que Alan no pudo o no supo cómo salir de ese gigantesco laberinto de corrupción que él mismo construyó. Su carta de despedida es el alegato desesperado de alguien que se sintió derrotado por la vida. Hay mucha rabia, odio, frustración. El país rebajado a una mera casualidad geográfica para la realización de sus ambiciones personales.

Qué diferencia con las reflexiones finales de José María Arguedas horas antes de su trágico suicidio “Me retiro ahora porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida” escribió el célebra autor de “Los ríos profundos” momentos antes de su encuentro con la muerte.

En la mente de Alan no hubo espacio ni valentía para realizar un tímido intento de autocrítica. Su ego chamuscado domina todo, su resentimiento enfermizo busca invadir todos los rincones de la patria. Alan nos dejó su “cadáver como una muestra de su desprecio.” Esa es su miserable venganza contra la patria que le dió el honor de haber sido dos veces su máximo representante.

Hasta en sus horas finales a Alan García le faltó algo de grandeza y mucho de nobleza. Ahora le corresponde, a la patria digna y honesta, sepultar con la cabeza erguida la funesta y destructiva herencia que Alan nos dejó.

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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