El terror del General

Por Fredy León

Sendero Luminoso declaró la guerra a toda la sociedad y los gobiernos de Belaunde (1980-85), García (1985-90) y Fujimori (1990-2001) respondieron declarando la guerra a todos los que consideraban sospechosos de ser subversivos. Entre el terror de Sendero Luminoso y el terrorismo de Estado configuraron un escenario macabro de guerra sucia que dejó miles de muertos y desaparecidos. Resultado de esa guerra sucia tenemos todavía una sociedad post conflicto que vive traumatizada con su pasado y con miedo a la verdad.

SL surgió en 1969 como una degradación total del pensamiento marxista, un esperpento dogmático más parecido a una secta fundamentalista que a una organización política. Los senderistas se creían dueños de la verdad absoluta –“…la hora llegó, no hay nada que discutir, el debate se ha agotado”; llegaron al paroxismo de alucinar que su “guerra popular” les iba a llevar a conquistar el poder –“¡El futuro está en el cañón de los fusiles!” – y elevaron el pensamiento anacrónico y dogmático de Abimael a los altares de la idiotez humana aupado por un fanatismo oscurantista propio de los que viven agazapados en esa caverna descrita por Platón.

Cuando Sendero inició sus acciones terroristas en mayo de 1980, primero colgando perros muertos en los postes y luego dinamitando el local electoral en la comunidad de Chuschi, era una pequeña e insignificante organización estudiantil marginal, focalizada casi exclusivamente en la Universidad de Ayacucho y sin capacidad política para dirigir, por lo menos, un municipio distrital.

Sendero partió del supuesto que su discurso de la guerra popular, como única forma de lucha, iba a ser legitimado por la respuesta violenta del estado. En esas condiciones pensaban que la acción heroica de unos cuantos “iniciadores” debería provocar la represión violenta del estado para crear el clima de guerra que buscaban y así convertirse en la única alternativa para los campesinos pobres y sectores estudiantiles radicalizados durante años de propaganda maoísta sobre la guerra popular.

Para Abimael la política era sinónimo de violencia y la violencia política era necesaria e inevitable, una ley ineludible de la historia. Su objetivo era hacer florecer esa violencia expresada en su famosa consigna ILA80 (Iniciar la Lucha Armada)

En el lenguaje senderista esto significaba buscar polarizar las contradicciones políticas, llevar al Estado a un nivel de violencia irracional y crear una de las condiciones objetivas para el desarrollo de la organización terrorista: “Que las acciones armadas confirmen nuestra prédica, que nuestra sangre se junte con la sangre de los que tienen que verterla; no tenemos derecho a que esa sangre tirite sola, que su frío se acune con la tibieza de la nuestra. O no somos lo que somos.” (Abimael Guzmán, Comenzamos a derrumbar los muros y a desplegar la aurora. Perú 1980)

En ese sentido, cuando Fernando Belaunde diseñó la estrategia contra Sendero y puso énfasis únicamente en el carácter represivo de la lucha antisubversiva, Abimael consiguió su primer objetivo. El Estado actuó tal como Abimael había previsto –“No olvidar que la reacción necesita verter sangre a raudales para aplacar al pueblo.”– y se rebajó al mismo nivel que la organización terrorista a quien buscaba destruir recurriendo a sus mismos métodos.

Sendero declaró a toda la sociedad como su enemigo y mediante el terror pretendió eliminar a todos los que se oponían a sus demenciales planes; mientras el Estado vio como potenciales enemigos a todos quienes protestaban contra las políticas gubernamentales y utilizó a las fuerzas armadas para luchar contra todos los que tildaban de subversivos.

Los militares se convirtieron en el instrumento represor de la política antisubversiva diseñado en Palacio de Gobierno e hicieron lo que sabían “…matar senderistas y no senderistas, porque esa es la única forma como podrían asegurarse el éxito.” (Luis Cisneros Vizquerra. Versión abreviada del Informe final de la CVR pág. 263. Perú 2004)

En la lucha contra el terrorismo los militares nunca fueron un poder autónomo. Actuaron bajo la estrategia política aprobada primero por Belaunde, luego por Alan y después por Fujimori y que tenía el mismo sustento político. Esa estrategia no buscaba aislar a Sendero de las masas para derrotarlo políticamente sino que pretendían amedrentar a las masas mediante el uso indiscriminado de la violencia para aniquilar militarmente a sendero.

Esa puerta abierta –de represión e impunidad- fue la que propicio que en la lucha contra el terrorismo los militares cometieran excesos y crímenes de lesa humanidad que, salvo contados casos, no fueron sancionados por la justicia.

Eso es lo que se denominó como guerra sucia. El terror de Sendero fue combatido con el terrorismo de Estado. A los juicios populares, voladuras de torres, atentados con coches bombas el Estado respondió con la política de rastrillaje, detenciones, torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y asesinatos en masa.

Sendero Luminoso fue derrotado en el momento que los campesinos se rebelaron contra las imposiciones senderistas y por la labor de inteligencia policial. Con la detención de Abimael su discurso de la guerra popular terminó en el basurero de la historia, la cúpula senderista detenida y condenada a prisión por los crímenes perpetrados y el recuerdo de sus acciones terroristas, para tomar el poder, generan rechazo masivo.

Por eso a los remanentes de Sendero les aterra la memoria y huyen de la verdad.

Y en esa fuga de la historia no están solos. Les acompañan Alan y Fujimori, dos personajes que desde el poder político aprobaron la estrategia antisubversiva y promovieron la impunidad para los militares genocidas que tienen deudas pendientes con la justicia y los negacionistas de la guerra sucia que buscan borrar de la memoria de los pueblos esa noche macabra de nuestra historia.

Mantener viva la memoria y reconstruir la verdad histórica de lo que sucedió en los tiempos de la guerra sucia era por lo tanto una necesidad imperiosa. La sociedad necesitaba auscultarse y escuchar a todas las voces, principalmente a las víctimas, para saber qué pasó durante ese periodo sangriento.

Y en ese sentido, la labor desplegada por la Comisión de la Verdad y Reconciliación fue realmente encomiable. Por primera vez las víctimas tuvieron la posibilidad de contar sus relatos de lo vivido; y sobre esa base, la sociedad buscó aproximarse a la verdad. Y como toda verdad histórica, ésta resultó incomoda e inoportuna para los que tienen las manos manchadas de sangre y la conciencia repleta de cadáveres. A ellos les hubiera gustado que el olvido se imponga.

Como no pudieron imponer el olvido, ahora los negacionistas quieren imponer la censura. No buscan confrontar su verdad con la historia; buscan silenciar las voces que se atreven a impulsar una reflexión crítica sobre la guerra sucia.

Y como es su costumbre lo hacen recurriendo a métodos vedados, manipulando a la opinión pública con groseros espectáculos montados de manera premeditada, como el realizado por el General en retiro y actual congresista Edwin Donayre, para engañar, mentir y finalmente utilizar el poder político con el objetivo de desatar una cacería de brujas contra las personas que, desde el ámbito profesional, vienen contribuyendo a que la sociedad pueda tener una visión crítica de su historia mas trágica.

El intento de censurar la película La Casa Rosada y los arteros ataques contra el museo Lugar de la Memoria, actualizan la advertencia hecha por Salomón Lernes en el prefacio del Informe de la CVR “El Perú de hoy parece haber optado, sin embargo, por la inercia.”

La única manera de lograr que esa inercia negacionista, que hoy está jalonada por mentes retrogradas que controlan el Congreso, no haga retroceder a la sociedad peruana y las secuelas del terror no nos atrapen en el pasado, es manteniendo viva la memoria y luchando por la verdad.

Solo la verdad nos hará libres.

 

 

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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