De vuelta a la normalidad

Por Fredy León

Cayó Kuczynski, asumió Vizcarra, tenemos nuevo gabinete, pero el país real como si no se hubiera enterado; y es que la patria continua deambulando a la deriva y los graves problemas de la gente -trabajo, educación, vivienda, salud, salarios y pensiones justas, protección medio ambiente, sanción para los corruptos, seguridad y lucha contra la delincuencia- siguen sin resolverse.

El poder se ha reacompuesto en las alturas con los mismos actores políticos y bajo los mismos intereses económicos. Ni se fueron todos ni hubo resquicio alguno para pensar en nuevas elecciones. La derecha logró solucionar la crisis de gobierno sin despeinarse, aunque claro está, los problemas estructurales mantienen latente la crisis del regimen surgido con la constitución del 93, y esa crisis amenaza como una espada de Damocles sobre la cabeza de una derecha muy diestra en cabalgar en la coyuntura pero incapaz de vertebrar un proyecto de nación.

En ese reacomodo de butacas el fujimontesinismo ha guardado sus bayonetas y en el congreso se muestran mas interesados en presentarse como el verdadero sustento político del nuevo gobierno. Más allá de sus desencuentros familiares y tropezones en la sombra, el objetivo de Keiko es intentar, a como de lugar, preservar su cuota de poder con miras al 2021.

Lo que se vislumbra en el horizonte es un gobierno de consensos mínimos entre Vizcarra y Keiko para garantizar la continuidad del modelo neoliberal y voltear, lo más antes posible, la página de los escándalos de corrupción. La derecha necesita limpiar su imagen y, para lograr eso, confían en la memoria corta de los electores. Y por supuesto, en el poder persuasivo de los medios de comunicación y su capacidad de imponer agendas contrarios a los intereses populares.

Este reacomodo del poder, donde nada ha cambiado, ha sido posible por que a pesar de la gravedad de la crisis vivida, el pueblo fue un espectador pasivo. Vió, escuchó y calló.

La calle, el único escenario que podía influir en el desenlace final de la crisis de gobierno, estuvo vacio; vacio de voluntades, vacio de ideas y vacio de liderazgo.

Y en ese ambiente desolador de una patria que, a ojos vistos, se rompe en pedazos y donde el destino de la gente común importa menos que completar los cromos de Panini, resulta explicable por que los mismos malandros que ensuciaron el país se ocuparon ellos mismos de lavar los trapos sucios y luego aparecieron sonrientes como si llevaran trajes nuevos.

Mientras la derecha sí sabía lo que quería, nuestras izquierdas fueron ganados, otra vez más, por ese espiritu de voluntarismo infantil que los lleva a ver en cada crisis el final inminente del regimen. Su consigna maximalista “que se vayan todos y elecciones generales” fue un salto al vacio, un orgasmo político que grafica la enorme distancia que existe entre deseo y poder.

Sin sustento de masas, sin organización, sin capacidad de movilización y sin calibrar bien el estado de ánimo de la gente, las izquierdas no solo fueron desarmadas sino que hasta se equivocaron de campo de batalla. Por esa razón, a nadie le resultó extraño que sus propuestas -“que se vayan todos y elecciones generales”- fueran olímpicamente ignoradas; no por el poder, sino por las masas, que es lo que verdaderamente cuenta.

No basta con tener un análisis lúcido sobre las causas de la descomposición moral del país y levantar el dedo acusador, en política es vital tener una correlación de fuerzas para que las consignas se transformen en acción concreta.Y eso solamente se logra con la participación protagónica del pueblo. Sin contrapoder, es decir sin un pueblo en lucha, sin un movimiento social organizado, sin las masas movilizandose y luchando por los intereses de la patria, las propuestas de las izquierdas siempre van a quedar reducidas a meras consignas folklóricas.

Y eso es lo que hemos visto.

El país, de mano de la derecha neoliberal, ha vuelto a la normalidad y la impunidad, como norma de los poderosos, se ha impuesto. De nada ha servido cambiar de presidente. Los corruptos siguen mandando, Vizcarra sigue aplicando las mismas políticas de estado de PPK y el país se ha convertido en un sumiso peón del imperio yanqui.

Y en ese país de la impunidad oficial y la indiferencia real, que nadie se sorprenda si crímenes como el macabro asesinato de la dirigente Shipibo-Konibo Olivia Arévalo Lomas despierta la ira de venganza de pacificos pobladores que deciden tomar la justicia en sus manos y terminan linchando al sospechoso del crimen. Cuando un pueblo pierde confianza en la justicia, es porque algo grave ha socavado las bases de convivencia social.

Y es que nunca como antes los abismos que separan al Perú oficial del país real han sido tan profundos. Y el discurso de Vizcarra muestra lamentablemente a un funcionario que no entiende los problemas del país y se empeña en seguir aplicando las mismas políticas que van ensanchando esas brechas.

Tenemos nuevo gobierno pero con viejos problemas que de tanto esperar parece que nunca se solucionaran. Salvo que el pueblo se organice y, ante tanto estado de miseria e indiferencia gubernamental, luche por arrebatarle el gobierno a la vieja y podrida derecha neoliberal.

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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