La guerra de Trump

La imagen puede contener: pájaro y exterior

Por Fredy León

Desde la cruenta guerra de Viet Nam se ha convertido en una costumbre macabra que cada presidente de los Estados Unidos debe tener su propia guerra particular. Es su bautizo de sangre y su modo particular de pasar a la historia. Libia, Irak, Afganistán, Yugoslavia, Nicaragua, Panamá, Granada, y ahora, Siria, dan cuenta de ello. Y en la belicosa lista de espera se encuentran -no necesariamente en ese orden- Irán, Corea del Norte y Rusia.

China todavía no ha sido oficialmente declarado como enemigo militar inmediato, pero el conflicto sobre Taiwan está latente, y Estados Unidos ha iniciado una guerra comercial con el gigante asiático. La mesa china aún no está servida, pero los impacientes misiles asoman ya su rostro por la ventana.

Para los Estados Unidos no importan los motivos, ellos se creen posedores de la verdad absoluta e irrefutable, basta con leer la uniformidad de las versiones que propalan los grandes medios de información. Ninguna duda ni actitud crítica. La palabra de la Casa Blanca es verdad que no necesita demostración alguna.

Aunque luego se descubra que todo lo que afirman los yanquis, sea una gran mentira. Como las famosas armas de destrucción masiva que deben seguir buscando en Irak o el incidente en el golfo de Tonkin en 1964, que muchos años después se supo que fue organizado por los servicios secretos de los Estados Unidos para ser usado como pretexto por Lyndon B. Johnson y justificar la guerra contra Vietnam.

En este caso lo que realmente importa es demostrar que como comandante en jefe de la nación más poderosa del mundo, Donald Trump puede utilizar su inmenso poder militar y decidir, con total impunidad, donde bombardear. Y luego de eso, contemplar impasible en una pantalla de televisión la muerte y destrucción ocasionado, para después irse tranquilo a dormir.

La guerra, para Estados Unidos, se ha convertido en un espectáculo televisado, algo que sucede allende los mares. Y un suculento negocio. En tiempos de guerra las acciones de los grandes complejos militares, como los que producen los misiles Tomahawq, suelen subir por las nubes. Cada impacto certero de uno de esos costosos misiles, es ganancia segura en los bolsillos de sus afortunados dueños.

La guerra siempre será un suculento negocio para quienes controlan la industria armamentista. Pero, como decía Eduardo Galeano, nadie va reconocer que matan para robar. Y lo de Siria no es una excepción.

La decisión de bombardear Siria ocurre justo cuando los grupos rebeldes, apoyados por Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Arabia Saudita y Qatar, habían sido, en la práctica, derrotados militarmente y la guerra civil siria entraba en su fase final.

El gobierno sirio -con el apoyo de Rusia e Irán- emergía como el gran triunfador, luego de 6 años de un cruento y brutal conflicto, y Donald Trump, anunciaba que iba ordenar el retiro de sus más de 2 mil soldados estadounidenses que se encuentran en territorio sirio.

La declaración de Trump era un reconocimiento que los Estados Unidos había fracasado en su objetivo de derrocar al presidente sirio y promover un cambio de regimen que hubiera alterado la correlación de fuerzas en la región.

En ese contexto de fase final de la guerra ¿a quién beneficiaba volver a reavivar el conflicto sirio?

Bachard El Asad sería realmente un gran imbécil, y los rusos unos ingenuos, si al ver que cuando finalmente ya tenían ganado ese conflicto en el mismo terreno militar, dar un paso al vacio y provocar a la comunidad internacional con el uso de armas químicas para gasear a la población civil de una zona que en la práctica ya estaba bajo el control del ejército sirio.

¿O? Sí. O que el uso de esas armas químicas haya sido un acto -o montaje, como afirman los rusos- desesperado por quienes habían perdido la guerra para provocar la prolongación de ese conflicto y elevarlo a una escala aterradora. Y si no puedes ganar un conflicto, por lo menos trata de prolongarlo lo máximo que puedas.

Lo que empezó como una protesta pacífica ha devenido en un conflicto militar regional con múltiples actores, y cada quién con propios intereses. Siria es un laberinto donde el enemigo de tu enemigo es mi enemigo; pero luego de la intervención militar estadounidense, el conflicto sirio ha entrado en una nueva y peligrosa fase que puede tener consecuencias fatales para la paz mundial.

Por un lado tenemos a El Asad intentando sobrevir al frente de un gobierno laico frente al asedio brutal del terrorismo islamista que desesperadamente buscaba apoderarse de Siria. Bajo ese conflicto interno se alinean Irán y Hezbollah enfrentados a Israel y Arabia Saudita, enemigos declarados de Bachar El Asad. Y en el trasfondo, aparece Turquia -país miembro de la Otan- que aprovechando la guerra civil siria busca eliminar a los kurdos sirios -apoyados por USA- devenidos en su principal enemigo interno.

Y para terminar de armar el pavoroso tablero de la muerte, luego que la noticia del uso de armas químicas se hiciera de conocimiento público, Estados Unidos y Rusia han abandonado la sombra en que se mantenían y amenazan convertirse en los verdaderos actores de este conflicto que hace rato ha rebazado los marcos regionales.

Con la intervención militar de los Estados Unidos, Siria está a punto de convertirse en un polvorín sangriento que aterradoramente viene juntando todos los ingredientes para transformarse en un conflicto mundial. Solo queda esperar saber cuál será la respuesta de Putín.

¿O decide mantener el conflicto dentro de las fronteras sirias o ante la agresión estadounidense decide cruzar la puerta abierta por Donald Trump para internacionalizar el conflicto sirio?

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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