Pero el cádaver, ¡ay siguió muriendo!

Por Fredy León

 

Primer acto.

 

El felón de PPK abandona el escenario en medio de la indiferencia y apatía del público. Su mediocre actuación no convenció a nadie, su pasado corrupto le alcanzó y, en su aparatosa caída, arrastró al ostracismo político al menor de los Fujimori.

 

Kenji quedó convertido en una torpe y ridícula figura que, luego de haber salvado a PPK y logrado la libertad del reo mayor, soñaba estar en la gloria del poder, y guiado por esa ilusión, quizo jugar a ser la reencarnación de Montesinos, su máximo referente de operador político del poder, pero en menos de un abrir y cerrar de ojos, terminó convertido en otro apestado de la política peruana.

 

En un típico ajuste de cuentas, la hermana no perdió tiempo y le bajo el dedo a Kenji, quien junto con los oficialistas Bruce y Aráoz, deberísn ser desaforados del congreso.

 

Con la caída de PPK la derecha neoliberal vive uno de sus peores momentos, ha perdido su hoja de parra y se muestra tal como es: una fuerza corrupta que ve la patria como un pretexto para sus grandes negociados.

 

Ni el fujimorismo ni el apra tienen la fuerza como para imponer una salida a la crisis. Solo la inacción del pueblo puede permitir que otras fuerzas realizen esa labor. La caida de PPK destapó la crisis política del modelo neoliberal. No es una crisis de gobierno, es una crisis de todo el régimen político heredado de la dictadura fujimontesinista.

 

Pero en política, como en la física, todos los espacios tienden a ser ocupados. Cayó el perrito faldero, el sistema lucha por sobrevivir.

 

Segundo acto.

 

Martín Vizcarra (remember adenda Chincheros) anuncia que regresara al Perú para ponerse a disposición del país, respetando lo que la manda la Constitución. Hasta ahí todo normal, todo dentro de lo que indica el manual de emergencia cuando el poder tambalea.

 

Pero hay que ser claros, en este rifirrafe político que acontece en las alturas no queda mucho espacio para la imaginación ni para la ilusión.

 

Lo más probable es que Martín Vizcarra cumplirá el rol de ser un simple personaje agazapado en la sombra del poder, un servicial funcionario del sistema, otro político de ese viejo país que agoniza y cuya preocupación central será prolongar su existencia, enderazando algunos entuertos y haciendo simples cambios cosméticos, para que la maquinaria del poder neoliberal vuelva a funcionar y todos, los de la Confiep, El Comercio, el cura Cipriani, los operadores de la Bolsa de Valores de Lima, vuelvan a dormir tranquilos, felices y contentos.

 

No son tiempos para heroismo ni actos de grandeza, y no creo que ni por esos azahares del destino, Martín Vizcarra entienda que la historia le ha deparado la titánica tarea de ponerse al hombro ese nuevo país que lucha por nacer de sus cenizas, y que su paso providencial por la presidencia, solo tiene sentido real si se atreve a enderezar el sinuoso curso de la historia de esa república de esperpento, maltratada y despojada de todo sentido de nobleza por acción de una clase política mediocre y corrupta.

 

El dilema –casi resuelto- personal de Vizcarra es o se inclina por revivir el pestilento cadáver de la vieja república o en un acto dr audacia política se anima a luchar por refundar el país para arribar al bicentenario con una patria digna.

 

Pero honestamente no creo que se atreva por lo segundo. Dudo que Vizcarra se ponga a la cabeza de los que exigen hacer los cambios. Vizcarra es un personaje del momento, un hombre sin agallas ni sentido de historia. Y en estos tiempos de mediocridad y faltos de noción de patria, la Magdalena no está para tafetanes.

 

Desenlace

 

Desde las penumbras de ese drama que se realiza a ojos de todos, el pueblo –ese espectado de lujo y adormitado- tiene que abandonar sus catacumbas, salir al escenario público para convertirse en actor de su propio destino e imponer una salida democrática a la actual crisis, sino lo hace, reviviremos la vieja historia gatoparduna “cambiar todo para que no cambie nada.

 

En esta tarea, nadie puede reemplazarlo y nadie puede realizar la misión que la historia –con mayúsculas- le tiene reservado. Los países quiebran no por acción de su élites políticas sino por la inacción del pueblo. Las banderas de lucha tienen que ser transparentes. El pueblo tiene que ser la fuerza que unifique a la nación para remontar la crisis política y dar una salida de futuro.

 

Como solía decir Héctor Cornejo Chávez, ese viejo líder de la desaparecida Democracia Cristiana “solo el pueblo salva al pueblo.” Lo que estamos viviendo no es una simple crisis de gobierno, es una crisis del sistema noeliberal impuesta por el fujimontesinismo.

 

 

Tres deberían ser los objetivos estratégicos a luchar en este periodo:

 

 

– Gobierno de transición encabezado por Vizcarra, pero con la tarea concreta y el compromiso firme de encabezar la lucha a fondo contra la corrupción, de limpiar los establos de la república de toda esa mafia corrupta que se ha apoderado del estado y comprometerse en culminar el fallido proceso de transición a una nueva democracia. Ese gobierno de transición solo es viable si Vizcarra toma la posta dejada por Valentín Paniagua y termina con la vieja herencia mafiosa del fujimontesinismo;

 

– Cierre del congreso por ineficiente,  por ser parte de la crisis del sistema y un enorme lastre que nos ata al pasado si es que Vizcarra decide transitar por los caminos de la historia;

 

– Convocar a la Asamblea Constituyente, bajo nuevas reglas de juego democrático que nivele la cancha electoral y permita que la expresión soberana del pueblo se realice sin interferencias de ninguna naturaleza.

 

 

 

Como hemos dicho, no es una simple crisis de un gobierno ineficiente y de un presidente corrupto, la que vive el país; es una crisis terminal de un sistema político impuesto en 1992, y por el bien del país, este muerto a medias debe ser enterrado de una vez por todas. Eso solo será posible si el pueblo se convierte en la fuerza dirigente de este nuevo proceso. Esa es la pugna verdadera que se vive en estos momentos.

 

 

O el viejo poder se recompone o el pueblo impone un nuevo poder.

 

 

 

 

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