Stalingrado


Por Fredy León

El infierno en la tierra estaba a orillas del Volga y se llamaba Stalingrado.
David Odalric

 

El pensamiento militar es de lo más simple y se reduce a una sola idea: ganar la guerra. Bajo esa premisa, Adolfo Hitler organizó la famosa “Operación Barbaroja” con el objetivo de destruir al régimen bolchevique, apoderarse de las inmensas riquezas naturales de ese extenso territorio que era la Unión Soviética y consolidar el invencible poder imperial de la Alemania fascista.

 

El 22 de junio de 1941 Hitler inició el “mas poderoso despliegue militar que la historia haya conocido” (Joseph Goebbels) 3,5 millones de soldados alemanes apoyados por 1 millón de soldados rumanos, húngaros, italianos, finlandeses, croatas y españoles invadieron la Unión Soviética.

 

En Berlín exclamaron con entusiasmo: ¡hemos abierto el gran portón!

 

Los alemanes creían que el régimen bolchevique era un gigante con pies de barro que al ver la inmensa superioridad militar alemana iba caer en pedazos o, en el peor de los casos, iba ser el detonante de una guerra civil contra el régimen de Stalin, similar a lo vivido en la Rusia Zarista al final de la I Guerra Mundial.

 

Hitler ansiaba repetir su marcha triunfal ejecutada con precisión cronométrica en Polonia, Checoslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda etc. y confiaba que en un lapso de 6-8 semanas sus tropas debían estar entrando triunfalmente en Moscú.

 

Al inicio de la guerra el avance de las tropas alemanas en suelo soviético fue arrollador. La potencia de fuego del ejército alemán era aterradora y la táctica de tierra arrasada se cumplía con una crueldad implacable. Toda guerra de por sí es sangrienta, pero la desarrollada por los alemanes contra los soviéticos llegó a niveles de barbaridad nunca antes visto. El paso del ejército fascista, por tierra soviética, se convirtió en una orgía de sangre.

 

Los alemanes no buscaban la rendición de Stalin, su objetivo era aniquilarlo, destruir por completo a la revolución bolchevique.

 

“…El objetivo más importante de esta campaña contra el sistema judeo-bolchevique es la completa destrucción de sus fuentes de poder y el exterminio de la influencia asiática en la civilización europea… En el teatro oriental, el soldado (alemán) no es sólo un hombre que lucha de acuerdo con las reglas del arte de la guerra, sino también el inexorable portaestandarte de una concepción nacional… Por esta razón, el soldado debe tener conciencia de la necesidad del severo aunque justo castigo que debe recibir la especie subhumana de la judería…” (William Craig 1973)

 

Las batallas la ganan los ejércitos en los campos de lucha, pero son los grandes estrategas quienes ganan las guerras. Y para ganar esa guerra “mas importante que cada una de las batallas era la imagen del conjunto” (Losurdo 2008)

 

Hitler concibió la “Operación Barbaroja” como una guerra de aniquilación total, pretendía “ganar la guerra en una única y gigantesca batalla”, una “blitzgkrieg” (guerra relámpago)

 

Hitler confiaba en el poderío militar y en la superioridad tecnológica del ejército alemán que, hasta ese momento, era invencible; pero Stalin no cometió el error de los franceses* ni sucumbió ante el pánico inicial ocasionado por la “mayor invasión de la historia militar” y el indetenible avance del ejército alemán.

 

“No puede haber duda de que esta efímera ventaja militar para Alemania –afirmó Stalin en su famoso discurso del 3 de julio de 1941- es sólo un episodio, mientras que la tremenda ventaja política de la URSS es un serio y permanente factor, que tienen el deber de formar las bases para el logro de los éxitos militares decisivos del Ejército Rojo en la guerra contra la Alemania fascista.”

 

Hitler, sabedor del poderío militar de su ejército, quería una guerra rápida de movimientos; Stalin, conciente de sus propias debilidades, le respondió con una guerra de posiciones. Los invasores no tendrían un segundo de tranquilidad. En esa guerra estratégica, “el tiempo es sangre.”( Zhúkov).

 

Las tropas alemanas, venciendo la dura resistencia que encontraban a su paso, llegaron hasta las puertas de Moscú y Leningrado, principales bastiones y ciudades símbolos de la Unión Soviética; pero a pesar de las exigencias de Hitler que ordenó convertir en cenizas ambas ciudades y exterminar a sus pobladores, los fascistas nunca lograron conquistar Moscú ni Leningrado.

 

Fueron años de cruentos combates. Leningrado resistió heroicamente durante más de 800 días al feroz cerco alemán. La historia de la resistencia de la población de Leningrado es espeluznante; sin agua ni comida y expuesta a los horrores de un macabro asedio,  Leningrado nunca cayó en manos de las tropas alemanas.

 

Y Moscú se transformó en una inexpugnable fortaleza que resistió la embestida de esa espantosa maquinaria de guerra alemana.

 

Las 6 semanas de beligerancias pronosticado por Hitler, como el tiempo que necesitaría la Werhmarcht, se convirtió pronto en 5 meses de una orgía de sangre, sin que los alemanes pudieran haber logrado conquistar ninguno de sus principales objetivos

 

“Leningrado aún resistía. Moscú seguía siendo el centro neurálgico del Estado soviético.”

 

La prolongación del conflicto empezó a mostrar signos de las grandes debilidades del ejército fascista, y hasta en el propio mando alemán, empezaron a surgir dudas sobre la posibilidad de alcanzar su objetivo. “Los síntomas de la desintegración rusa son ilusorios, el enemigo no está kaputt” (Franz Halder, Jefe del Servicio Secreto del Estado Mayor Alemán)

 

Stalin comprendió mejor que Hitler el contexto político y moral del conflicto militar. Esto quedó expresado en su épico discurso del 7 de noviembre de 1941 conmemorando el 33 aniversario del triunfo de la revolución bolchevique “Los invasores alemanes están estirando sus últimas fuerzas. No hay duda de que Alemania no puede mantener semejante esfuerzo durante mucho más tiempo. Otros pocos meses, otro medio año, un año quizás, y la Alemania Hitlerista se derrumbará bajo el peso de sus propios crímenes.”

 

Y ese derrumbe se produciría en Stalingrado.

 

En un intento de quebrar definitivamente la resistencia soviética, Hitler ordenó al poderoso VI ejército, bajo el mando del General Friedrich von Paulus, marchar hacia Stalingrado. Su objetivo era apoderarse de los ricos yacimientos petroleros del Cáucaso.

 

La tarde del domingo 23 de agosto el cielo de Stalingrado se cubrió de una inmensa mancha negra y la ciudad se convirtió en un infierno sin escapatoria. “Los aviones de la 4ª flota aérea alemana, compuestos por bombarderos Junkers 88 y Heinkel 111, realizaron un total de 1.600 incursiones ese día y lanzaron 1.000 toneladas de bombas perdiendo sólo tres máquinas” (Antony Beevor 1999)

 

Durante las dos horas que duró el ataque aéreo murieron más de 40 mil personas y gran parte de la ciudad quedó en escombros. Desde ese momento, Stalingrado no conoció un segundo de paz. La guerra fue total. La batalla por la ciudad fue una lucha encarnizada, se peleaba casa por casa, calle por calle, metro por metro y piedra por piedra, una verdadera “rattenkrieg” (guerra de ratas) donde la muerte aparecía de las cloacas, los huecos, sótanos y escombros de los edificios. Hubo momentos en donde la línea del frente estaba a 40 metros y casos donde los alemanes controlaban el primer piso de una casa y los soviéticos estaban atrincherados en la segunda planta.

 

Las bajas eran cuantiosas, el olor a muerte se sentía en toda la ciudad, los cadáveres se apilaban a montones, los heridos morían por falta de atención, el hambre, el frío, los piojos, las enfermedades y el tronar incesante de los cañones debilitaban la capacidad de resistencia de los soldados.

 

Stalingrado era el centro del infierno, un aterrador lugar a orillas del Volga donde no se conocía la palabra rendición. En Stalingrado la muerte era el único alivio frente a los terribles tormentos de una despiadada guerra sin cuartel y que parecía no tener fin.

 

Los alemanes llegaron a tener el control de hasta el 80% de la ciudad pero no lograron derrotar a los soviéticos. La resistencia del ejército rojo fue algo más que heroica. Los soldados del ejército rojo que defendieron Stalingrado parecían seres forjados con una voluntad de acero.

 

La lucha por la ciudad se convirtió en “una batalla decisiva de aniquilación con profundas implicaciones estratégicas” (S.J. Lewis 2006) Mientras los soldados del ejército rojo resistían en condiciones extremas, el comando soviético alistaba en el mas absoluto secreto la “operación urano.”

 

El 19 de noviembre las tropas soviéticas pasaron a la ofensiva, en cuestión de horas lograron derrotar y destruir el flanco izquierdo del VI ejército alemán. El pánico y la desesperación se apoderó de las tropas alemanas y no tuvieron la capacidad para responder al avance del ejército rojo.

 

En Stalingrado se vivieron momentos excepcionales que exigían acciones intrépidas. En esas terribles circunstancias no se puede poner al mismo nivel al ejército rojo con las tropas fascistas, como hacen William Craig** y Antony Beevor***, dos de los mas difundidos historiadores especialistas en temas de la segunda guerra mundial.

 

Los primeros defendieron su patria y los segundo fueron un ejército de ocupación que pretendió conquistar la Unión Soviética por las fuerza de las armas. Esa es una gran diferencia que no debería pasarse por alto.

 

Stalin llamó a resistir hasta el final. Su grito de guerra fue ¡Ni un paso atrás!

 

Y Stalingrado resistió.

 

Hitler, por su parte, ordenó a sus tropas luchar hasta el final, a no renunciar a la toma de Stalingrado y se opuso a cualquier intento de que el VI ejército abandonara sus posiciones conquistadas en Stalingrado.

 

¡Y el poderoso VI ejército se rindió!

 

El 2 de febrero de 1943, el recién nombrado Mariscal del Ejército Alemán Friedrich von Paulus, contradiciendo las órdenes de Hitler, capitulaba sin condiciones ante el comando soviético. La segunda guerra mundial entraba a una nueva fase. La derrota del fascismo era solo cuestión de tiempo.

 

“Una campaña que había comenzado con un brioso avance a través de las estepas en el verano finalizo en los oscuros, húmedos y arruinados sótanos de Stalingrado, y situó al Tercer Reich en el camino a la derrota final.” (S.J.Lewis)

 

* Alemania conquistó Francia en 27 días.

** William Craig, Enemy at the gates.The Battle for Stalingrad, 1973

*** Antony Beevor, Stalingrad, 1999

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