El regreso del dictador

Por Fredy León

Por algún vericueto indescifrable de nuestra maltrecha historia de los últimos 28 años, el destino del país está fatalmente unido a la suerte personal de Alberto Fujimori, un anodino docente universitario que llegó a la presidencia de la república, y desde donde, con la leal ayuda de Bladimiro Montesinos, construyó un poder mafioso que desnudó todas las miserias, vilezas e infamias que habitan en la sociedad peruana.

Cuando estuvo en la cúspide de su popularidad, Fujimori utilizó ese poder mafioso sin ningún escrúpulo ni límite alguno. Fujimori pronto descubrió que en ese mundo corrupto todos tenían un precio, y ahí donde pudo, se dedicó con esmero a comprar conciencias y lealtades; y donde encontró resistencia, no dudo en utilizar de manera implacable el poder del estado para eliminar, física y moralmente, todo vestigio de oposición.

La conducta reptiliana de Fujimori siguió los patrones de comportamiento de los dictadores caribeños, tipo el haitiano “papá Doc” Mientras estuvo en el poder, Fujimori se mostró como un personaje implacable; pero cuando ese pode se vino abajo y sus fechorías se hicieron públicas, el dictador se mostró tal como era: un pobre fantoche.

Alberto Fujimori no tuvo la entereza ni la dignidad de hacer frente a la historia. El tirano, cuando vió que su barco se hundía, huyó vergonzosamente del país; renunció mediante un fax a la presidencia de la república; buscó refugio en la tierra de sus ancestros, se casó con una dama japonesa y postuló -sin suerte- al parlamento japonés que en un acto de decencia le negó el anhelado refugio que Fujimori pensó encontrar en el Japón. Cuando el lento círculo de la justicia peruana lo iba encerrando, Fujimori buscó desesperadamente refugio en Chile bajo el amparo de los restos del poder pinochetista y creyendo que la justicia chilena no iba a extraditarlo.

Fujimori volvió al país contra su voluntad. La justicia peruana, en uno de sus pocos actos dignos, tuvo la firmeza de juzgarlo y condenarlo por los actos de corrupción y crímenes perpetrados por el dictador. Por primera vez en nuestra aciaga historia, un dictador era condenado, en un juicio limpio y transparente, por los delitos cometidos durante su mandato.

Pero el Perú lamentablemente sigue siendo un país gobernado por felones y lambiscones. En un vulgar cambalache mafioso, PPK trocó la dignidad de la banda presidencial, que obtuvo bajo la solemne promesa de respetar los mandatos de la justicia, por la impunidad del reo.

De un solo golpe artero el felón de PPK nos hizo recordar que seguimos siendo ese país retratado con crudeza por Pablo Macera: El Perú es un burdel.

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