Y la revolución no fue una fiesta de ángeles

Por Fredy León

 

El siglo XX fue el siglo más corto de la historia de la humanidad. Comenzó en 1917 con el triunfo de la gran revolución bolchevique y terminó en 1991 con la desaparición de la Unión Soviética. Si el triunfo de los bolcheviques “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad”, la desaparición de la Unión Soviética “destruyó todas las ilusiones e ideales.”

 

En ese breve intervalo de tiempo que fue el siglo XX,  resulta imposible desconocer las enormes repercusiones y transformaciones que produjo la revolución bolchevique. “La revolución de octubre originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna” (Hobsbawn 1994) En 1980, casi 1/3 del planeta vivía en los denominados países socialistas, los movimientos de liberación nacional surgían victoriosos de las ruinas del viejo sistema colonial y la lucha por el socialismo movilizaba a millones de trabajadores en todo el mundo.

 

El enfrentamiento entre los dos sistemas –capitalista y socialista- era la línea que dividía la política mundial. La Unión Soviética había logrado alcanzar el equilibrio estratégico con los Estados Unidos y disputaba la supremacía mundial por el control de “la tecnología de la muerte.”

 

El camino seguido por la Unión Soviética para convertirse en corto tiempo en la segunda potencia mundial, no fue fácil.

 

En 1917 Rusia era un país atrasado, pobre, destrozado por un conflicto bélico mundial, con una población campesina mayoritariamente analfabeta que vivía en condiciones infrahumanas y sometidas a la tiranía del régimen despótico zarista. Y por si esto no fuera poco, el naciente estado de obreros y campesinos tuvo que hacer frente, durante 5 largos y tenebrosos años, a la cruenta agresión fascista alemana que llegó a aniquilar a más de 20 millones de soviéticos y destruyó gran parte de la economía soviética.

 

Pocos países en el mundo enfrentaron tremendos retos impuestos por la historia. Si la URSS pudo salir victoriosa fue gracias al heroísmo de su pueblo que alcanzó cimas impensables y actuó motivado por los grandes ideales comunistas que guiaron la revolución bolchevique. Y si el socialismo en la URSS se vino abajo 70 años después, fue por que en algún momento de su convulsionada historia, la flama de esos ideales se extinguió en la conciencia del pueblo soviético.

 

Pero nadie puede borrar de la historia que la gran revolución de octubre de 1917 fue una de las más heroicas epopeyas libradas por los trabajadores, campesinos y soldados rusos; esas masas hambrientas e ignorantes que vivían dominados por el miedo se atrevieron a desafiar la historia y se lanzaron con valor y pasión a “tomar el cielo por asalto” para construir el reino de la felicidad. El comunismo en Rusia apareció en el horizonte de la mano de los desposeídos y se transformó en una poderosa fuerza moral que se elevó por encima de las miserias humanas de la vieja sociedad despótica que asumía con resignación la desigualdad, miseria y explotación y veía las grandes injusticias sociales como un hecho natural.

 

El comunismo surgió para los trabajadores como la esperanza de un mundo mejor en medio del caos y la guerra que ensangrentaba Europa.

 

La revolución proletaria no fue ninguna fiesta de ángeles. Fue una cruenta lucha por el poder que remeció desde sus raíces a la vieja sociedad rusa e involucró a gran parte de Europa que veían con temor el triunfo de los bolcheviques.

 

La disputa por el poder entre bolcheviques, liberales y las fuerzas leales al viejo régimen zarista fue dramática. La revolución fue “una concatenación de aventuras, esperanzas, traiciones, coincidencias improbables, guerra e intrigas; una sucesión de valentía y cobardía, de estupidez, farsas, proezas, tragedia, ambiciones y cambios” que marcaron el inicio de una nueva época.

 

Y si al final lograron triunfar los bolcheviques fue por la conjunción de una serie de factores históricos que se manifestaron en los momentos críticos donde el despertar político de las masas derrumbó a la monarquía y los bolcheviques, con una correcta línea política, supieron ganar el apoyo de la población rusa. La decidida voluntad política mostrada por los comunistas, en los momentos claves de la crisis del régimen zarista, hicieron posible, por primera vez en la historia de la humanidad, que los trabajadores y campesinos, guiados por el genio político de Lenin, conquistaran el poder y asumieran la gran tarea de construir el comunismo; tarea que aparecía como una titánica obra a realizar día a día.

 

En esa lucha no hubo tregua alguna ni soluciones simples para problemas complejos. “Antes de 1917 los socialistas, marxistas o no, habían estado demasiado atareados combatiendo al capitalismo como para pensar en serio en el carácter de la economía que debía sustituirlo.” (Hobsbawn 1992)

 

El socialismo ruso no surgió de la noche a la mañana, no se implantó por decreto, no se construyó en un laboratorio, ni fue una obra perfecta de hombres puros que aspiraban a salvar sus almas para gozar de la vida eterna. El socialismo ruso fue una sociedad imperfecta que nació en medio de una despiadada lucha de clases y donde conquistar el poder resultó relativamente fácil en comparación con la tarea que se propusieron: transformar las condiciones miserables de vida impuesta por años de dominio de una monarquía despótica y que se mantenían por la fuerza de la costumbre que sometían las mentes de los rusos y de las ruinas de ese viejo mundo que se pudría, construir la nueva sociedad.

 

El nuevo estado de obreros y campesinos surgió literalmente de la nada, de los escombros de en un país destruido y acosado por el hambre, enfrentados en una lucha cruel y donde el caos y la anarquía amenazaban con autodestruirlo todo; un país que tuvo que luchar en solitario y que desafió a poderosos enemigos externos que acechaban sus fronteras con el inocultable deseo de derrotar a sangre y fuego a la naciente revolución proletaria.

 

Los comunistas rusos debieron crearlo todo, inventar, experimentar, imaginar y, sobre todo, saber rectificar en plena marcha; la revolución hacia atrás no tenía ninguna experiencia de donde aprender, los bolcheviques eran los iniciadores en todo, se adentraron en una fase totalmente desconocida en el desarrollo histórico de la humanidad. Lamentablemente, para quienes asumen una actitud crítica sin meter los pies en los fangos de la cruda realidad social, el socialismo no podía ser construido, palabra por palabra, como si fuera una copia fiel de las sagradas escrituras de los clásicos; aunque algunos lo intentaron, pero por más esfuerzo que hicieron, la realidad se burló de ellos.

 

La revolución bolchevique no fue lo que quiso ser ni lo que Marx y Engels imaginaron; sino lo que pudo ser, lo que la realidad rusa, la visión y conducta de los hombres que dirigieron ese proceso, pudieron hacer.

 

Una revolución de esa naturaleza no podía estar exenta de errores, equivocaciones, limitaciones y excesos, pero en el balance final, en la comparación objetiva, concreta y desapasionada con el capitalismo, resulta imposible negar que el socialismo constituyó un avance gigantesco que trajo grandes beneficios, progreso y bienestar para los habitantes de la ex Unión Soviética, y además fue un factor importante, a nivel mundial, que impulsó el progreso y desarrollo de la humanidad.

 

En la tarea de construir el socialismo los revolucionarios rusos solo contaban como guía con la teoría marxista. Hasta antes del triunfo de los bolcheviques, el socialismo era solamente una construcción teórica, una idea que buscaba materializarse, y si esa primera experiencia se hubiera realizado en un ambiente de paz y tranquilidad, totalmente diferente a la que se vivía en Rusia, seguramente muchas cosas hubieran sido radicalmente diferentes. Pero la vida es lo que es y no lo que pudo ser. La revolución  se desarrolló por cauces impensados, y en una realidad caótica donde muy pronto la realidad empezó a colisionar con los textos, empezaron a surgir diferentes –y a veces contrapuestas- visiones sobre el futuro de la revolución, y en un áspero clima de profundas discusiones e intransigencias, la teoría actúo muchas veces como una poderosa camisa de fuerza.

 

El intenso y apasionado debate ideológico que acompaño ese proceso, paulatinamente se fue convirtiendo en el principal elemento de contradicción que llevó al enfrentamiento y destrucción de la dirigencia bolchevique y marcó a fuego, para bien o para mal, el devenir de la revolución rusa.

 

El primer gran obstáculo que la revolución bolchevique debió inevitablemente sortear, si quería sobrevivir, era saldar urgentemente sus cuentas con la teoría marxista. Todos los dirigentes bolcheviques se declaraban seguidores de Marx, y unos mas que otros, buscaban ser los mas fieles interpretadores de las ideas marxistas y pregonaban por mantener la pureza de la revolución. Apartarse de los textos marxistas para enfrentar la realidad, era visto como una herejía.

 

“Ninguna de las condiciones que Marx y sus seguidores habían considerado necesarias para el establecimiento de una economía socialista estaban presentes en esta masa ingente de territorio que era un sinónimo de atraso social y económico en Europa.” (Hobsbawn)

 

Marx imaginaba que la revolución iba a desencadenarse en un país altamente desarrollado, como Alemania o Inglaterra; la revolución bolchevique triunfó en un país atrasado y con una incipiente clase obrera.

 

Trotsky sostenía que la tarea de los bolcheviques era impulsar la revolución mundial, y si en esa batalla había que sacrificar la naciente revolución rusa, ese era el precio que los revolucionarios debían pagar. Para Trotsky, ardiente defensor del puritanismo ideológico, era imposible construir el socialismo en un solo país.

 

El comunismo propugnaba la abolición del estado. La revolución bolchevique tuvo como su principal tarea construir y fortalecer el estado.

 

Esos y otros grandes debates ideológicos (sobre la democracia, las nacionalidades, el rol del dinero, la colectivización de las tierras, la nueva cultura socialista etc.) marcaron los inicios de la revolución socialista. Hoy sabemos qué cosa no es socialismo por que tenemos una experiencia acumulada; pero en esos tiempos, la incertidumbre era lo único cierto.

 

Desde la derecha -y pasando por importantes sectores de izquierda- se ha construido un relato tétrico de los años aurorales de la revolución, se han especializado en presentar una parte de los hechos históricos –siempre los trágicos y controversiales- como si fuera toda la historia y  exhiben a Stalin como un sanguinario dictador y responsable de los futuros problemas que llevaron a la disolución de la URSS.

 

Un análisis honesto de la revolución bolchevique tiene que partir situando en su justa dimensión el contexto histórico en que se desenvolvió la revolución bolchevique, comparar el tipo de país que era Rusia antes del triunfo de la revolución, las condiciones en que triunfaron los bolcheviques, las medidas que adoptaron, las causas que desencadenaron las pugnas que se suscitaron al interior de la sociedad y el partido comunista, el carácter de las transformaciones que se dieron en la URSS, los sectores sociales que fueron  favorecidos y el rol que cumplieron las potencias mundiales,

 

Stalin asume la dirección del Partido Comunista, luego de la temprana muerte de Lenin, cuando la URSS era un país hambriento, analfabeto, sin ninguna tradición democrática, con un incipiente desarrollo económico y amenazado por las potencias mundiales. Su principal preocupación fue lograr que la naciente revolución sobreviva, una vez logrado estabilizar el poder de los soviet, Stalin empezó a crear las bases materiales y espirituales para construir el socialismo (electrificación, industrialización y poder de los soviet), tarea que casi inmediatamente tuvo que ser supeditada, debido la gravedad del peligro que empezó a amenazar al mundo, y a marcha forzada se dedicaron a desarrollar la capacidad militar defensiva de la Unión Soviética para resistir la inevitable agresión fascista, y luego de 5 años de guerra y haber contribuido de manera decisiva a la derrota del fascismo alemán, tuvo que comenzar de nuevo la dura tarea de reconstruir el país y restañar las heridas dejadas por ese brutal conflicto militar.

 

Stalin recibió en 1923 un país en plena guerra civil, con una economía de sobre vivencia basada en el arado, un pueblo analfabeto en un inmenso territorio donde las diferentes naciones estaban desintegradas. En 1953, a la muerte de Stalin, la URSS era una floreciente comunidad de naciones que albergaba a más de 100 nacionalidades en igualdad de derechos, un país sin analfabetos, industrializado, próspero, que contaba con plantas nucleares y se aprestaba a iniciar una nueva época en el desarrollo de la humanidad: la conquista del espacio.

 

Pero los grandes avances obtenidos en la economía no tuvieron su correlato en el sistema político. El socialismo es también democracia del pueblo y poder popular. Esa era la tarea pendiente a resolver por las nuevas generaciones. El XX Congreso del PCUS debió haber asumido la responsabilidad histórica de cerrar esa brecha, pero en su lugar eligió quedarse en la simple y despiadada crítica  contra la personalidad de Stalin y mantener intacto todo el sistema político construido en los duros y tempestuosos tiempos de Stalin.

 

El XX Congreso del PCUS se embarcó en la tarea de destruir los íconos revolucionarios pero mantuvieron intocable el templo edificado por los dioses caídos en desagracia y muy pronto empezaron a colocar nuevos íconos que nunca llegaron a brillar con luz propia.

 

Ese desencuentro, entre desarrollo económico e inmovilismo político, fue la principal causa que originó el periodo de estancamiento del socialismo soviético y que posteriormente llevó a la implosión de la URSS. El modelo socialista impuesto en tiempos de Stalin, luego del XX congreso, perdió esa poderosa fuerza motriz que impulsaba a las masas a participar activamente en el desarrollo del país; el socialismo, de la mano de Nikita Krusjov, se enrumbaba hacía un callejón sin salida, las masas populares empezaron a perder su identificación con la burocracia que se enquistó en los aparatos del PCUS y el ideal socialista se diluía de la conciencia de los trabajadores y campesinos soviéticos.

 

La sorpresa no es que el socialismo en la URSS en 1991 se haya derrumbado de ese modo casi tan natural, sino que el modelo socialista desarrollado durante Stalin, haya resistido tanto tiempo, a pesar de los torpes ataques propiciados por los nuevos mandamases del PCUS.

 

No fue solamente las vitrinas vacías y la escasez de alimentos lo que llevó a la desaparición de la URSS. Fue también el debilitamiento de la conciencia revolucionaria y la pérdida de fe en el futuro, lo que permitió que una casta burocrática –con Yeltsin a la cabeza- destruyeran la obra de Lenin.

 

Hoy sabemos que es lo que no debe ser socialismo. Ese aprendizaje fue duro. Como dijo el fallecido General Lebed “Quién no haya llorado por la desaparición de la URSS, es porque no tiene corazón. Quién proponga su restauración, es porque no tiene cerebro.”

 

Luego de la desaparición de la URSS el viejo comunismo no podía ofrecer a los comunistas otra cosa que nostalgia. Pero el mundo no se cambia desde la nostalgia y la revolución no se hace para retroceder en el tiempo.

 

Como sabiamente definió Fidel Castro “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

 

 

 

 

 

 

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