Terror en Barcelona, confusión en el mundo


(Atentado en Yemen 25.08.17)

Por Fredy León

Luego de los atentados terroristas del 11 de setiembre, el mundo ha ingresado a una peligrosa espiral de terror, cada vez más sangriento y despiadado. En algunos lugares ese terror se manifiesta mediante una sofisticada lluvia de bombas y misiles que traen muerte y destrucción; y en otros sitios, se apela a un terror más artesanal, pero igual de brutal, como por ejemplo utilizando un vehículo para generar pánico, muerte y sembrar vientos de odio que claman venganza.

Las víctimas directas de esos crueles actos terroristas -de uno y otro lado- son gentes inocentes, ciudadanos comunes y corrientes que han tenido la desgracia de haber estado en el lugar equivocado y en el momento inoportuno. Pero no todas las víctimas del terrorismo merecen el mismo respeto ni se escucha la misma condena. En este aquelarre de muertes, la vida del ser humano vale según el lugar donde han nacido.

En medio de ese entramado macabro, el terrorismo parece haber encontrado la formula idónea para completar el círculo perfecto y retroalimentarse in crescendo. Todo indica que en el corto plazo, el terrorismo seguirá siendo una amenaza real, que en el momento menos imprevisto y en el lugar menos pensado, seguirá dejando su huella de sangre y muerte.

Y es que para desgracia nuestra, los que mueven los hilos de los actos terroristas y financian esas acciones criminales, gozan de buena salud. Amén de que algunos de los atentados pareciera ser planificado en clave de política nacional: Londres y París previo a las elecciones parlamentarias, que al final fueron ganados por la derecha, y Barcelona, justo en medio de la convocatoria al controvertido referéndum independentista.

Del 11 de setiembre a Barcelona

Resulta difícil no ver el hilo sangriento que une los terribles sucesos del 11 de setiembre y la invasión de Afganistán e Irak, con los atentados terroristas ocurridos en Madrid, Berlín, Londres, París, Bruselas, Nice, Estocolmo y ahora Barcelona.

El mundo no es exactamente ese “lugar mas seguro” del que alguna vez se vanaglorió George W. Busch, el responsable de haber conducido a los Estados Unidos a una guerra sangrienta y que no tiene fin.

La guerra en medio oriente se ha convertido en una rutina de muerte y destrucción. Los Estados Unidos y sus aliados llevan más de 15 años en Afganistán, la sangre sigue corriendo en ese país con la misma bestialidad como cuando empezaron, y Trump ha anunciado que seguirán haciendo mas de lo mismo; Irak es un caos total, una nación sin futuro y en proceso de descomposición; Libia ha sido entregada en bandeja de plata al fanatismo fundamentalista; Siria se ha convertido en un polvorín que felizmente no ha llegado a explotar, y el drama de Palestina languidece entre el olvido y la indiferencia.

Por eso no es aventurado afirmar que el terror que golpea Europa se ha ido incubando bajo la sombra del 11 de setiembre. O mejor dicho, los delirantes atentados terroristas que vienen ensangrentando varias ciudades europeas, es resultado de la estúpida decisión norteamericana de haber privilegiado el lenguaje de las armas y aplicado un inhumano castigo colectivo a naciones enteras, asesinado a cientos de miles y convertido países, como Afganistán e Irak, en un verdadero infierno, donde el sectarismo religioso ha destruido las bases de la identidad nacional.

Mientras Estados Unidos solo entiende el idioma de las armas, Europa está sumida en la confusión; no saben como actuar frente al terrorismo que asola las principales ciudades europeas, ni tampoco como administrar la avalancha de refugiados que a diario llegan a su territorio, muchos de ellos huyendo precisamente de esa guerra que Europa copatrocina junto a los Estados Unidos allende sus fronteras.

El gran pecado de Europa es no tener una política internacional propia e independiente frente a los Estados Unidos. Su gran complejo y subordinación ante la estrategia de guerra impuesta por el imperio del norte, los ha colocado en la primera línea de fuego del fundamentalismo islamista.

¿Islamistas radicales o radicales islamizados?

El terrorismo islamista no se puede explicar solamente por el tema de la religión. La religión siempre ha sido un instrumento de sometimiento espiritual que es utilizado por el poder material para preservar su posición de dominio. En el caso del fundamentalismo islamista, este fenómeno hay que entenderlo en su globalidad, surge como parte de la gran lucha espiritual que existe entre las dos grandes corrientes en que se divide el Islam: los sunies (90%) y chiítas (10%); y se manifiesta en la pugna por la hegemonía en medio oriente entre Arabia Saudita e Irán.

Parece una verdad de Perogrullo pero no todo islamista es un terrorista ni todo terrorista es islamista. No es la simple lectura del Corán ni el supuesto -o real- odio a una determinada forma de vida lo que convierte a un infeliz creyente islamista en un potencial terrorista. Tienen que existir, además, algunas condiciones objetivas para que el fanatismo religioso tenga esa capacidad de atracción mortal y reclutar a islamistas dispuestos, no solo a matar, sino a morir.

El terrorismo no tiene nada de épico, es un acto brutal, despiadado y criminal que difícilmente puede ser explicado por la vaga promesa de una vida eterna en el paraíso islamista. El terrorismo tiene una clara finalidad política y una base netamente religiosa.

El actual discurso fundamentalista que alienta el terror no predica en el desierto. El 11 de setiembre le abrió las puertas de par en par. La intervención militar de Estados Unidos ha producido una alteración radical en el frágil equilibrio de poder regional que existía en medio oriente.

Las guerras en Afganistán, Irak, Libia y Siria han dado un fuerte impulso al discurso fundamentalista que se ha visto fortalecido en medio de la desesperanza de millones de personas que vieron como sus vidas, sus culturas, tradiciones y esperanza de un futuro mejor fueron devastadas por las bombas norteamericanas y borrado del mapa al nacionalismo pan arábico que propugnaba construir un tipo de sociedad alejado de la influencia del Islam.

El fundamentalismo islamista no es un fenómeno nuevo, siempre ha existido, y hasta no hace mucho (antes que el petróleo fuera sinónimo de poder), su influencia no iba más allá de algunas pequeñas sectas religiosas protegidas por las poderosas monarquías sunies de Arabia Saudita, Qatar y Kuwait, países que mantienen estrechas relaciones económicas con los Estados Unidos. El primer país que visitó Donald Trump fue Arabia Saudita, que junto con Qatar, han suscrito millonarios contratos para comprar armamento norteamericano.

Los fundamentalistas islamistas tuvieron su bautizo de fuego con los muyahidinis, y bajo la conducción de Osama Bin-Laden lucharon contra la invasión soviética de Afganistán. La red terrorista de Al-qaeda fue creada por Estados Unidos y financiada por Arabia Saudita, Qatar y Pakistán.

Estados Unidos dirigió su lucha contra el cerebro de los atentados del 11 de setiembre y el país que lo cobijaba, pero dejó intacto la matriz que promueve el surgimiento de este tipo de organizaciones terroristas.

Fue USA quien dio carta de ciudadanía a los fundamentalistas sunies, primero con Al-qaeda y luego con el Estado Islámico. La radicalización del fundamentalismo, esa creencia religiosa anacrónica que vive del pasado, ha encontrado en el terror el instrumento político para afirmar su poder espiritual. Pero, como hemos sostenido, este pensamiento fundamentalista sin el poder material no tendría la importancia que hoy ha cobrado.

En las sociedades árabes-musulmanas el wahabismo, es decir el dogma sunita de interpretar el Corán y defender su pureza  propugnando un difuso regreso a las fuentes originarias del Islam, se ha expandido a la par que el poderío económico y militar de Arabia Saudita ha ido creciendo. En ese proceso, la religión aparece como el sustento del poder absoluto que ejerce la monarquía Saudita, y el poder económico de la monarquía Saudita es la base para la expansión y difusión del fundamentalismo a nivel mundial. Aproximadamente el 90% de las mezquitas que existen en Europa son financiadas con dineros provenientes de Arabia Saudita.

Si el fundamentalismo islamita ha colocado Europa –y no a Estados Unidos- como el centro de sus acciones terroristas, es mas por razones prácticas que tienen que ver con cuestiones históricas y posibilidades de reclutar potenciales suicidas para cometer los actos terroristas. Esto no significa que el fundamentalismo se haya lanzado a una batalla “por reconquista Europa”. A pesar de la espectacularidad que tienen los atentados terroristas perpetrados en Europa, es en el medio oriente donde el fundamentalismo islamista libra su verdadera batalla.

En esa parte del mundo está en curso una cruenta lucha silenciosa por ganar la mente de los islamitas y que enfrenta sunies con chiítas, pero la verdadera y peligrosa pugna que vive el mundo árabe-musulmán es entre Arabia Saudita e Irán  por controlar las riquezas de esa región. Y en esa disputa, el imperialismo yanqui y Europa han tomado partido por Arabia Saudita.

Esa batalla que se presenta algunas veces solo en su vertiente religiosa, en su verdadero trasfondo es fundamentalmente una lucha política y que puede desencadenar un conflicto armado en el momento menos impensado. Medio Oriente se ha transformado en una de las zonas más inestables, un lugar  donde las guerras inter musulmanas –Yemen, Libia, Siria, Irak- adquieren una crueldad inimaginable y donde el flujo de armamentos ha crecido de manera incesante.

El objetivo que buscan los fundamentalistas islamistas es la re-islamización del mundo islámico, pero esto fundamentalmente es un proyecto político y para lograr su cometido tienen que exterminar a todos los que consideran infieles e impuros de profesar la fe del Islam. Ese mundo islámico, que existe únicamente en la mente de los fundamentalistas, es imposible de imaginar si no hubiera un poder terrenal que lo sustenta. Esa es la labor que cumple la monarquía saudita, fuente principal de financiamiento del fundamentalismo islamita. En el mundo del Islam, política y religión siempre han estado en una simbiosis perfecta.

En las sociedades árabes-musulmanas la monarquía Saudita es lo más anacrónico, retrógrado y reaccionario que existe, y a pesar del enorme poder que tiene, sienten la amenaza que se cierne contra su existencia. Los principales enemigos de la monarquía Saudita son el desarrollo, el progreso y la modernidad de un mundo globalizado y la mejor forma que ha encontrado de garantizar su permanencia en el poder es promoviendo el fundamentalismo islamita. Cada mente ganada por los fundamentalistas se transforma en un apoyo incondicional para la monarquía Saudita.

Y por eso, mientras exista la monarquía Saudita, el fundamentalismo islamita seguirá expandiéndose y el terrorismo seguirá siendo una amenaza permanente, dispuesta a hacerse presente en cualquier momento.

 

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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