Los viejos conversos

Por Fredy León

 

Frank Kafka, en su famosa novela “La Metamorfosis” nos obsequia uno de los inicios mas grandes y brillantes de la creación literaria de todos los tiempos “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.”

 

Ese comienzo, brutal y despiadado, retrata sin ningún tipo de ambigüedad el cruel proceso de transformación corporal que sufre Gregorio Samsa, quien misteriosamente amaneció en su cama convertido en un repugnante insecto.

 

En la vida real, felizmente nadie ha tenido que vivir esa terrible pesadilla imaginada por Kafka; pero en la esfera de la actividad política o en el campo de la moral pública, las brutales transformaciones -como la relatada por el célebre escritor checoslovaco- son moneda común; y más aún, en un país como el nuestro, con una débil e incipiente cultura política, donde las lealtades a los ideales comunes son casi inexistentes y el poder del dinero derrumba con una increíble facilidad todas las barreras.

 

La política peruana está llena de muchos aventureros y saltimbanquis que, sin rubor de ninguna naturaleza, mudan de trincheras de combate sin mayores remordimientos; y lo que ayer defendían con pasión, hoy lo combaten con la amargura de una vida frustrada, infecunda y que ha perdido por completo su sentido vital.

 

No niego el derecho de las personas a cambiar de ideales, a saltar de una trinchera a otra, a luchar por algo que antes combatían, pero creo que tiene que haber un mínimo de coherencia, algo de honestidad política y mucha integridad intelectual para cruzar ese rubicón.

 

No tiene sentido empezar la vida rindiendo pleitesías a Dios para finalizar la existencia en los brazos del diablo.

 

Me resulta imposible poder entender esos virajes bruscos en la conducta humana. ¿Cómo ser comunista en la juventud para terminar en la vejez defendiendo a raja tabla el neoliberalismo? ¿O es que en política ser joven es sinónimo de irracional y ser viejo es madurez emocional? ¿O es una fatalidad inevitable ser incendiario de joven y bombero de viejo?

 

El problema es que, como explicaba Isaac Deutscher en su artículo “La conciencia de los excomunistas” (1950), los viejos conversos siempre “llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos.”

 

O como dice el intelectual venezolano Roberto Hernández “tiene que ser una tristeza infinita condenarse el resto de la vida a justificar la belleza de su juventud.”

 

Ejemplos abundan de jóvenes que en lo mejor de su vida abrazaron determinados ideales para luego terminar, en el ocaso de su existencia, despotricando de su juventud perdida e intentando justificar sus pecados juveniles.

 

Es el caso de ese ex dirigente estudiantil que en los años de su ya lejana juventud, cuando en esos tiempos no ser revolucionario era visto casi como una aberración biológica, “apenas tuvo la oportunidad de respirar el genuino aire de la revolución”, creyó ingenuamente que ser comunista era repetir de memoria dos o tres citas de Mao, aprendidas a marcha forzada en el famoso librito rojo.

 

Lo recuerdo en el patio de la UNSAAC, en las polémicas sostenidas y las luchas libradas en las mismas trincheras pero en diferentes barricadas. Era un joven radical, dogmático, de esos que sucumbieron al encanto pasajero del maoísmo, cuando las ideas de “el gran timonel” estaban en lo máximo de su efervescencia política en el ambiente estudiantil, y  en los comedores universitarios, SL asomaba en medio de las páginas del venerado librito rojo.

 

Era de esa camada de dirigentes estudiantiles que repetían hasta el cansancio esa cantaleta que “el país vivía una crisis revolucionaria y había que lanzarse al asalto del poder”; tenía poses radicales y hacía lo indecible para aparecer como un furibundo incendiario de la palabra, casi un pirómano revolucionario juvenil, dispuesto a calcinar la pradera.

 

Ahora sigue siendo radical y dogmático, pero de derecha. Neoliberal hasta los tuétanos. Ha trucado su antigua veneración que tenia por Mao por el guru del neoliberalismo Milton Friedman y colocado a Keiko en el altar mayor de su nueva cofradía política; ya no quiere incendiar la pradera, ahora quiere una curul en el parlamento.

 

Y para variar, repite hasta el cansancio la nueva cantaleta aprendida de su nuevo referente intelectual, Aldo Mariátegui, y nos anuncia que su cruzada personal es luchar contra “los caviares de izquierda”, donde hasta el pobre e infeliz de Ollanta Humala y Nadine Heredia son presentados como representantes de esa difusa “izquierda caviar” que dice combatir sin cansancio.

 

Debe ser una terrible angustia existencial llegar a la vejez de la vida sin ideas nuevas, aparecer en una foto con el rostro macilento, la sonrisa extraviada, sin la alegría propia de la juventud, completar su increíble pirueta ideológica de un extremo a otro extremo y fungir, sin ningún problema, como vocero oficial del fujimontesinismo, esa pandilla de delincuentes que han destruido la patria y pretenden encadenar el destino del país a la suerte personal del reo Alberto Fujimori.

 

Lamentablemente para los viejos conversos de memoria corta no se puede borrar el pasado, aunque para algunos la juventud haya sido, como diría Jorge Luis Borges, “una etapa de incertidumbre, de ingenuidad y, en general, de desdicha absoluta”

 

Pero a pesar de todos los pesares yo prefiero los pecados juveniles a los arrepentimientos de la vejez.

 

Los primeros son puros, honestos y transparentes; mientras que lo segundo son actitudes interesadas, poses obligadas por las circunstancias y motivadas por la frustración y la amargura de una vida extraviada en los vericuetos de la insatisfacción de no haber logrado ser por lo menos honesto y consecuente con sus propios ideales.

 

Aunque algunos viejos conversos, como ese ex dirigente estudiantil, imagino que por razones muy comprensibles prefieren apelar al olvido, se dedican con ahinco a intentar voltear la página y nos invitan, como al final de la novela de Kafka, a mirar el mañana como si el pasado no existiera; y en medio de la confusión de sus vidas, gritan a viva voz a quien quiera escucharlo:

 

“-Vamos, venid. Olvidad de una vez las cosas pasadas y tened un poco de consideración conmigo.”

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Acerca de Wirataka

"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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Una respuesta a Los viejos conversos

  1. Mario dijo:

    Interesante y lucido comentario, algo real eso sucede, sino al reves.

    Me gusta

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