Stalin

Por Fredy León

 

La sombra  del alambre de espinos atraviesa el campo de la memoria
Arthur Koestler

Se ha dicho y escrito de todo sobre Stalin. Existe una innumerable bibliografía que, desde diversas ópticas y enfoques ideológicos, enjuician de manera contradictoria el rol histórico de Stalin, una personalidad, que como las grandes figuras de la historia mundial, resulta demasiado controversial como para poder definirlo en una sola frase. “El contraste radical –escribe el filósofo italiano Domenico Losurdo- entre las diversas imágenes de Stalin deberían animar al historiador no sólo a no absolutizar una sola, sino más bien a problematizarlas todas.”

 

Como premonitoriamente anticipó el propio Stalin “Se que cuando muera, se tirarán sobre mi tumba montones de inmundicia. Pero el viento de la historia se las llevará sin piedad.”

 

El viento de la historia ha estado demasiado quieto y las inmundicias inexorablemente se han ido acumulando sobre la tumba del comunista georgiano, hasta el extremo que hoy es imposible hacer un juicio desapasionado y objetivo sobre Stalin.

 

El termino “stalinismo” ha quedado asociado a un régimen brutal, despótico y sanguinario. La obra de Stalin ha sido “transportado de la política a la demonología” (Isaac Deutscher)

 

El líder comunista, que en vida ganó todas sus batallas reales, solo después de muerto y mediante una implacable guerra de papeles y calumnias, pudo ser derrotado. El cadáver de Stalin ha quedado confinado a vagar entre las sombras de los condenados por la historia. Ahora resulta, algo menos que una misión imposible poder cambiar esa percepción dominante que se ha impuesto sobre la figura de Stalin.

 

Pero Stalin es un asunto que principalmente concierne a los rusos, un fantasma de su convulsionada historia y que en algún momento sacudirá la conciencia de ese pueblo que se apresta a conmemorar el centenario de la gran revolución bolchevique.

 

La sangre de los miles de muertos ocasionados por la tragedia que significó la desintegración de la URSS y los violentos enfrentamientos armados entre pueblos que hasta hace poco compartieron un destino común como en Vilnius, Georgia, Chechenia, Moscú y Kiev, y que llevaron al renacer del viejo nacionalismo reaccionario de los tiempos de la Rusia Zarista, aún está frescos. Seguramente, muchos recordarán con nostalgia, que Stalin se dedicó a construir un estado multinacional donde más de 100 nacionalidades aprendieron a convivir en paz.

 

“Cuando veo que Hitler y Mussolini –escribió en 1944 el político italiano Alcide De Gasperi- perseguían a los hombres por su raza, e inventaban aquella terrible legislación antijudia que conocemos, y contemplo cómo los rusos, compuestos por 160 razas diferentes, buscan la fusión de éstas, superando las diferencias existentes entre Asia y Europa, este intento, este esfuerzo hacia la unificación de la sociedad humana, dejadme decir: esto es cristiano, es eminentemente universalista en el sentido del catolicismo”.

 

Para referirnos a Stalin debemos de tener en cuenta, en su verdadera dimensión, el contexto histórico en que le tocó vivir. No se puede analizar la obra de un personaje desligado del tiempo que condicionó su existencia. Para entender su vida hay que sentir el grito angustiante de esa época de violentas confrontaciones ideológicas, políticas y rebeliones populares que sacudían la vieja Europa, hay que intentar comprender los motivos que arrastraban a las masas populares a las barricadas y percibir las razones que llevaron a esa pléyade de grandes revolucionarios -guiados por Lenin- a entregarse en alma y vida a la lucha implacable contra el régimen zarista; y después de la temprana muerte del líder indiscutible de la revolución bolchevique, a enfilar -con igual o mayor pasión- sus armas entre ellos y batirse en una sangrienta batalla política, ideológica y personal por el liderazgo de la revolución y que llevaba el sello inevitable de la muerte.

 

Stalin es producto de esa época de profundas convulsiones sociales y de búsqueda de un nuevo rumbo, no solo para la Rusia zarista, sino para toda la humanidad y donde la fe en el triunfo de la revolución mundial aparecía ante sus ojos como una posibilidad inmediata a realizar.

 

A diferencia de Lenin que tenía una visión universal o Trotsky que poseía una sólida formación de intelectual cosmopolita; Stalin, hijo de campesinos pobres y de carácter tosco, “ese pequeño provinciano transportado, como si de un chiste de la historia se tratase, al plano de los grandes acontecimientos mundiales” (Trotsky) es un personaje típicamente ruso, es la encarnación de todos los demonios que cohabitaban en el alma rusa fracturado entre dos mundos inconexos: el despotismo reinante en la analfabeta y atrasada Rusia asiática y la incipiente presencia del pensamiento ilustrado que empezaba a florecer en la Rusia más occidental.

 

La casualidad colocó a Stalin en el vórtice de esa revolución que hizo volar en pedazos 300 años de historia zarista, un régimen brutal y sanguinario “que se había negado durante siglos a tratar a los campesinos como personas en vez de perros” y dirigir con firmeza y mano dura una revolución que nunca ocultó que su tarea era instaurar la dictadura del proletariado para sepultar la vieja sociedad campesina y despótica, y desde sus escombros, construir en ese inmenso país la nueva sociedad socialista.

 

“Nos imaginábamos las cosas de la siguiente manera: alcanzamos el poder, lo tomamos casi todo en nuestras manos, ponemos en funcionamiento en seguida una economía planificada, no pasa nada si surgen dificultades, en parte las eliminamos, en parte las superamos, y la cosa concluye felizmente. Hoy vemos claramente que la cuestión no se resuelve así” (Nicolai Bujarin)

 

Luego de la temprana muerte de Lenin, en el partido bolchevique se desencadenó una disputa por el liderazgo de la naciente revolución proletaria. La advertencia hecha por Lenin, meses antes de su muerte, sobre “los conflictos de pequeñas partes del CC” que en determinadas circunstancias podrían adquirir una “importancia excesiva” para el destino del Partido, se convirtió en una terrible realidad y condicionó de sobremanera el desarrollo posterior de la primera revolución triunfante.

 

Stalin, Trotsky, Zinoviev, Kamanev y Bujarin, los principales dirigentes comunistas que en vida de Lenin formaron el estado mayor de la revolución bolchevique, fueron los protagonistas principales de esa encarnizada lucha por el poder que culminó con el triunfo del astuto político georgiano y la posterior muerte de sus ocasionales rivales. No fue únicamente una disputa personal; fue una lucha de ideas, una batalla ideológica, una pelea política por el liderazgo de la revolución, por definir el rumbo que debía seguir la triunfante revolución proletaria que exploraba caminos inéditos, nunca antes transitados y que su única certeza la extraía de la ideología marxista, del cuál todos se declaraban sus seguidores y fieles discípulos.

 

“El grupo dirigente que asume el poder en octubre de 1917 se muestra desde el comienzo profundamente dividido acerca de las cuestiones más importantes de la política interna e internacional. Apenas contenida mientras Lenin está activo, tal fractura se hace irremediable una vez desaparecido el líder carismático. ¿Se mantiene limitado el choque al ámbito político-ideológico? (Losurdo)

 

Stalin salió triunfante de esa batalla no solo por el temple y carácter que demostró en esa disputa interna (“a un genio le había seguido otro genio” Benedetto Croce); sino porque sus ideas sobre la construcción del socialismo en un solo país, el fortalecimiento de la alianza obrero-campesina como la base del nuevo poder, la integración de las diversas nacionalidades en igualdad de condiciones en el nuevo estado soviético y la vía de la colectivización del agro para financiar el desarrollo industrial de Rusia, contaron con el apoyo mayoritario y entusiasta de los bolcheviques rusos.

 

Stalin, a pesar de la opinión de Lenin, quien en 1923 propuso “encontrar el medio de reemplazarlo de la Secretaria General del Partido”, se erigió, en el XII congreso del Partido Comunista bolchevique (abril 1923), y por méritos propios, como el líder indiscutible del primer estado proletario fundado por Lenin.

 

Stalin condujo con mano de hierro esa inédita revolución de los oprimidos que, en medio del atraso y la más absoluta miseria, soñaban con ser los creadores de un mundo nuevo. Rusia no tenía ninguna tradición democrática y las masas analfabetas y hambrientas se transformaron en dueños de un inmenso país y protagonistas de la naciente revolución socialista nunca tuvo un segundo de tregua.

 

¿Había otra alternativa para dirigir la revolución rusa? Difícil decirlo, pero vale la pena recordar que la muerte le encontró a Lenin en momentos en que reformulaba varios de sus puntos de vista sobre el destino de la revolución socialista, que transitaba a marcha forzada del comunismo de guerra implantado luego del triunfo de los bolcheviques al periodo conocido como la Nueva Economía Política.

 

La revolución surgió de las ruinas de la primera guerra mundial y tuvo que llevar sobre sus hombros la responsabilidad que significó la tragedia de esa conflagración mundial. Para poder sobrevivir en medio del caos y la desintegración del viejo régimen, el nuevo estado tuvo que firmar la paz con Alemania en condiciones totalmente desfavorables, hacer frente a los urgentes problemas del hambre y la miseria que flagelaban a Rusia, vencer la resistencia de los resabios zaristas que tenían el control de las ¾ partes del territorio ruso, enfrentar al brutal cerco (el famoso cordón sanitario) impuesto por el capital internacional -dirigido por Inglaterra- que amenazaba con invadir Rusia y enfrentar la división interna que destruyó a la cúpula de dirigentes históricos que condujeron al triunfo de esa gesta heroica de la revolución de octubre.

 

Pero por si esto fuera poco, la historia le tenía deparado a la revolución bolchevique todavía mayores sacrificios: le puso frente al terrible dilema de resistir o sucumbir frente a la poderosa -y hasta ese momento invencible- maquinaria de guerra que el nazismo alemán lanzó contra la patria de Lenin. La “Operación Barbaroja” donde participaron más de tres millones de soldados alemanes, italianos, polacos, españoles etc. fue proyectada como una operación relámpago, las tropas alemanas debían tomar Moscú así de rápido como conquistaron París. La invasión de la Unión Soviética fue “el despliegue más poderosos de la historia universal. Tenemos delante una marcha triunfal sin precedentes…” (Goebbels)

 

Stalin salió triunfante de esa sangrienta batalla que ocasionó la terrible perdida de más de 20 millones de vidas humanas y la destrucción del 80% de la infraestructura económica de la URSS. El nazismo, luego de haber ahogado en sangre y fuego a gran parte de Europa, enmudeció para siempre en Stalingrado. La Unión Soviética, bajo la dirección de Stalin y sin aliados de confianza, surgió victoriosa de ese conflicto mundial contra la barbarie nazista.

 

¿Cómo pudo ser posible que un tirano, un déspota que dirigía un “gobierno de dementes y traidores” (Solzhenitsyn) pudo resistir la embestida fascista, mantener unido a su pueblo y derrotar al fascismo alemán?

 

“Esta guerra con la Alemania fascista no puede ser considerada como una guerra ordinaria. No sólo es una guerra entre dos ejércitos, es también una gran guerra del pueblo soviético contra las fuerzas del fascismo alemán. El objetivo de esta guerra nacional de nuestro país contra los opresores fascistas, no es sólo la eliminación del peligro que pende sobre nuestro país, sino también ayudar a todos los pueblos europeos que sufren bajo el yugo del fascismo alemán.” (Discurso de Stalin llamando a la resistencia, Julio 1941)

 

Para algunos, Stalin fue un brillante estadista forjado en la gran revolución bolchevique y constructor de la Unión Soviética, un genial estratega militar que condujo con inteligencia, firmeza y mano dura la gran guerra patria que terminó con la derrota de Hitler, un dirigente carismático que tuvo la grandeza de encarnar la unidad de esa nación y convertir la moral de combate del pueblo soviético en una poderosa e invencible fuerza tanto en la guerra como en la industrialización del país; mientras que para otros, Stalin fue un brutal dictador, un “campesino ignorante”, un mediocre tirano, un déspota y cruel asesino que destruyó la obra revolucionaria de Lenin.

 

Cuenta el famoso historiador polaco, Isaac Deutscher, que cuando Stalin murió el 5 de marzo de 1953, “todo el mundo, consciente o inconscientemente, rindió homenaje al personaje muerto y a la leyenda que flotaba sobre su féretro. Ante los ojos de sus partidarios relució más que Moisés para los judíos bíblicos, porque de Stalin, pensaban sus seguidores, que los había conducido hasta la Tierra Prometida.”

 

Deutscher, al describir los sentimientos dominantes que se manifestaron en los pueblos de la Unión Soviética, luego de conocida la muerte de Stalin, dejó una frase para la inmortalidad “¿De cuántas figuras universales se puede afirmar esto con elevado grado de convicción en el día de su muerte?”

 

La inmensa muchedumbre que participó en el sepelio de Stalin solo puede ser comparado con el multitudinario homenaje póstumo que los rusos brindaron a Lenin. Luego de Stalin, los líderes de la Unión Soviética resultaron siendo personajes menores que fueron sepultados casi en la clandestinidad.

 

Tres años después de la muerte de Stalin, en febrero de 1956, Nikita Jrusjov presentó su famoso informe secreto al XX Congreso del PCUS, donde denunciaba “los terribles crímenes cometidos por Stalin” y criticaba “el culto a la personalidad.” Curiosamente, ese informe secreto nunca fue sometido a debate, y los delegados asistentes a ese congreso, no tuvieron posibilidad de expresar sus opiniones.

 

En el XX Congreso del PCUS, Stalin se convirtió en el célebre reo ausente, condenado post morten auctoris al ostracismo absoluto por sus propios camaradas, que hasta hace poco le rendían culto.

 

A partir de la famosa sesión secreta del XX congreso del PCUS, se inició a nivel mundial una brutal campaña para convertir a Stalin “en el único chivo expiatorio de los pecados de una época histórica.” (Edward Thompson)

 

Fue una campaña exitosa, al extremo que hablar hoy de Stalin, es hablar únicamente del brutal dictador que impuso la colectivización forzada, los campos de concentración “gulags”, las terribles purgas partidarias, los procesos de Moscú y las deportaciones masivas; y no faltan los astutos intelectuales que alargan en el tiempo la sombra monstruosa de Stalin y lo presentan como el responsable de los sucesos de Hungría en 1959 o de la invasión a Checoslovaquia en 1968. Y hasta algunos señalan a Stalin, ¡como el responsable de la desaparición de la URSS!

 

En ese clima anti-stalinista que se ha impuesto ya nadie se atreve a recordar -tal como reconoció en su momento el historiador trotskista Isaac Deutscher- que “la esencia del logro histórico de Stalin radica en que encontró una Rusia trabajando con el arado de madera y la dejó equipada con centrales atómicas.”

 

Para los adversarios a rajatabla de Stalin, la idea expuesta por Jean Paul Sartre de que “el hombre es la suma de todos sus actos”, simplemente no vale. Stalin es el brutal dictador por antonomasia.

 

Recordemos que Stalin construyó el primer estado socialista multinacional donde llegaron a convivir, en condiciones de plena igualdad, más de 100 nacionalidades. El proyecto de resolución para la constitución de la URSS, presentado por Stalin en diciembre de 1922, es un ejemplo de verdadera democracia: “La unión estará basada en el principio de la libre adhesión y de la igualdad de derechos de las repúblicas, reservándose a cada una de ellas el derecho a salir libremente de la Unión de Repúblicas.” (Stalin Sobre la Unión de Repúblicas Soviéticas. Diciembre 1922)

 

¡Ni la Unión Europa ha llegado tan lejos en la formulación democrática de la construcción de la unidad de los pueblos de Europa!

 

Al respecto, resulta interesante comparar las diferencias que en el tema de las nacionalidades existía en el movimiento comunista. Rosa Luxemburgo, la gran revolucionaria alemana se oponía a la tesis de la autodeterminación de las naciones bajo el argumento de que esa tendencia separatista debilita la universalidad de la revolución socialista y que la demanda de la autonomía proviene de “los pueblos sin historia” de “cadáveres putrefactos que surgen de sus milenarios sepulcros”. Mientras que Stalin sostiene todo lo contrario: “La estabilidad de las naciones es colosalmente sólidas” y “la revolución de octubre, rompiendo las viejas cadenas y haciendo surgir toda una nueva serie de nacionalidades y pueblos olvidados, les ha dado nueva vida y desarrollo.” (Stalin Sobre la cuestión nacional.)

 

Bajo ese espíritu profundamente democrático se construyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dirigido por Stalin, un líder, que en opinión de Hannah Arendt, “Se habia distinguido por el modo completamente nuevo y exitoso, de afrontar y armonizar los conflictos entre nacionalidades, de organizar poblaciones diferentes sobre la base de la igualdad nacional.”

 

Y esto no fue poca cosa si tomamos en cuenta que en la Rusia Zarista “la opresión nacional” asumió un carácter inhumano, donde se desarrolló “monstruosas formas de masacres” siendo “el progromo”, que se extendió por vastos territorios ruso bajo el dominio de los Zares, el antecedente más directo del terrible holocausto vivido por los judíos durante el fascimo hitleriano.

 

Nadie que este en su sano juicio puede afirmar que esa inédita revolución fue “una fiesta de ángeles”. Como todo proceso social, hubieron grandes problemas, se cometieron errores, y en algunos casos excesos, pero ninguno comparado con lo que hoy sucede en la Rusia capitalista y en los despojos de esas naciones de lo que fue la gran Unión Soviética.

 

Luego del triunfo de la contrarrevolución encabezada por Boris Yeltsin (Rusia), Leonid Kravchuk (Ucraina) y Stanislav Shushkiévich (Bielorrusia) lo primero que hicieron fue destruir esa comunidad de naciones que convivían en paz y crearon las condiciones para que al poco tiempo se desate una brutal guerra fratricida entre chechenos, georgianos, ucranianos y rusos.

 

Pocos personajes en la historia han sufrido injustamente los embates cambiantes del juicio político, como Stalin. Del querido y respetado líder pasó a convertirse en un brutal dictador. Es difícil decir cuanto de leyenda y cuanto de verdad existe en las versiones que hoy circulan sobre Stalin. El inexorable polvo de los tiempos ha ido enterrando la verdad, pero quienes deseen conocer algo mas sobre Stalin, les recomiendo la lectura de 6 libros que a mi entender son imprescindibles para intentar conocer la obra de José Vissariónovich Stalin:

 

 

– Stalin, de León Trotsky (1940)

 

Libro póstumo escrito por León Trotsky, el encarnizado enemigo político, ideológico y personal de Stalin. En el libro están expuestos los argumentos e ideas sobre las cuales posteriormente se construyó la leyenda negra de Stalin. En palabras de Trotsky, su libro es “la historia de cómo un revolucionario provinciano se convirtió en el dictador de un gran país.”

 

Trotsky define a Stalin como “un demócrata plebeyo, de tipo provinciano, armado de una doctrina “marxista” bastante primitiva; así fue cómo se incorporó al movimiento revolucionario, y así continuó en lo esencial hasta el fin, a pesar de la órbita fantástica de su sino personal.”

 

Por su formación intelectual, carisma político y capacidad organizativa que demostró en la revolución de 1905 y en la gigantesca tarea que significó fundar de los escombros el Ejército Rojo, Trotsky se creia el sucesor natural de Lenin.

 

Trotsky nunca llegó a aceptar su derrota personal frente a “un segundón” como consideraba despectivamente a Stalin.

 

“El final de la guerra civil (1922) encontró a Stalin en la sombra, políticamente. Los segundones del Partido le conocían, desde luego, pero no lo consideraban uno de los dirigentes de importancia. Para la base del Partido, era uno de los miembros menos conocidos del Comité Central, a pesar de pertenecer al todopoderoso Politburó. El país, en general, había oído hablar muy poco de él. El mundo extrasoviético ni siquiera sospechaba de su existencia.” (Trotsky)

 

Luego de la muerte de Lenin, “la historia de la lucha entre Stalin y Trotsky es la historia del intento de Trotsky de adueñarse del poder (…) es la historia de un fallido golpe de Estado” que debió realizarse en 1927, justo en el X aniversario de la revolución bolchevique.

 

Un testigo de esa época, describe de la siguiente manera el plan de Trotsky, días previos a la celebración del X Aniversario y a la insurrección de los obreros de Leningrado que debían llevar en hombros triunfal al poder a Trotsky.

 

“En la víspera de la celebración del décimo aniversario de la Revolución de Octubre, el arresto de Trotsky suscitaría una impresión desfavorable (…) La ocasión escogida por Trotsky para adueñarse del Estado no podría ser mejor. Como buen táctico que es, se ha puesto ha cubierto: para no parecer un tirano, Stalin no se atreve a arrestarlo. Cuando pueda atreverse, será demasiado tarde, piensa Trotsky. Las luces del décimo aniversario de la Revolución estarán ya apagadas, y Stalin no estará ya en el poder” (Curzio Malaparte)

 

Trotsky no logró su objetivo, la convocatoria al mitin en Leningrado fue en un fracaso, la insurrección que iba a llevarlo al poder solo quedó en la imaginación de Trotsky, y en 1929, derrotado en su intento de convertirse en el máximo dirigente de la Unión Soviética, fue enviado al exilio a Turquia por Stalin.  Una medida drástica, pero Trotsky se había convertido en un elemento perturbador y que conspiraba para destruir el poder de los soviets. El camino al exilio debió ser duro, pero hay que señalar que Trotsky no fue condenado a la cárcel ni llevado al paredón por el “dictador Stalin”.

 

En ese periodo, la lucha política en el seno de los bolcheviques no había alcanzado aún los niveles sangrientos que tuvieron en 1935-38, justo luego del asesinato de Sergei Kirov (diciembre 1934) considerado como el hombre de confianza y sucesor de Stalin. Ese fue un periodo muy confuso para la naciente revolución bolchevique sumida en una brutal lucha por el poder y donde se desarrollaban profundos debates sobre el rumbo a seguir por la revolución socialista y con la amenaza cada vez más creciente de la guerra con Alemania. “Las cosas marchan, evidentemente, hacia una nueva guerra” (Stalin informe al XVII Congres del PC. Enero 1934)

 

Visto en una perspectiva política, la derrota de Trotsky fue la derrota de sus tesis sobre la revolución mundial, sobre la idea que era imposible construir el socialismo en un solo país, posiciones totalmente opuestas a la que defendía Stalin, partidario de preservar y consolidar el poder soviético para construir el socialismo en la patria de Lenin.

 

“En intereses de la revolución internacional –escribió Trotsky- consideramos oportuno admitir la posibilidad de perder el poder soviético, que se está convirtiendo ahora en algo puramente formal.”

 

“El choque entre Stalin y Trotsky es el conflicto no solamente entre dos programas políticos sino también entre dos principios de legitimización.” (Losurdo). Es la lucha entre el campesino ruso y el intelectual cosmopolita.

 

Trotsky –como buen revolucionario- dedicó el resto de su vida a conspirar activamente contra Stalin. Jamás renunció a la idea de volver victorioso a la Unión Sovietica. En esa intensa lucha, Trotsky aparece como el defensor de la pureza del marxismo mientras que Stalin es presentado, en todos los escritos de Trotsky, como el traidor al marxismo.

 

“Stalin es la personificación de la burocracia. Esa es la sustancia de su personalidad política.” (Troktsky La revolución traicionada. 1936)

 

Como afirma Trotsky, “La finalidad de esta biografía política es mostrar cómo se formó una personalidad de este género y cómo subió al Poder usurpando el derecho a un papel tan excepcional” Y en esa labor no calló nada ni guardó nada.

 

Para muestra un botón:

 

“Las comparaciones oficiales acostumbradas entre Stalin y Lenin son sencillamente indecorosas. Si la base de comparación es la expansión de la personalidad, es imposible parangonar a Stalin ni siquiera con Mussolini o Hitler. Por pobres que sean las “ideas” del fascismo, los dos victoriosos caudillos de la reacción, el italiano y el alemán, desde el comienzo mismo de sus respectivos movimientos desplegaron iniciativa, impulsaron a las masas a la acción, abrieron nuevas rutas a través de la jungla política. Nada de esto puede decirse de Stalin. El partido bolchevique fue obra de Lenin. Stalin brotó de su máquina política, de su aparato político, y continúa inseparablemente unido al mismo. Nunca ha tenido contacto con las masas o con los acontecimientos históricos sino a través del aparato. En el primer período de su acceso al poder él mismo se vio sorprendido por su propio éxito. Subió las escaleras sin seguridad, mirando a derecha e izquierda y por encima del hombro, siempre dispuesto a escabullirse o a buscar refugio. Empleado como contrapeso frente a mí, le respaldaron y animaron Zinoviev y Kamenev, y con menos calor Rikov, Bujarin y Tomsky. Ninguno de ellos pensaba entonces que Stalin llegase a destacar por encima de sus cabezas. En el primer triunvirato, Zinoviev trataba a Stalin con cierto aire circunspecto de protector; Kamenev, con un dejo de ironía…” (pág. 380)

 

 

– Informe Secreto al XX Congreso del PCUS. Nikita Jruschov (1956)

 

En la introducción del informe Nikita Jruschov sostiene que “el objeto no es la evaluación exhaustiva de la vida y las actividades de Stalin” sino criticar “el culto a la personalidad” que Stalin había impuesto en el seno del Partido Comunista.

 

Líneas abajo acota “Al presente, estamos empeñados en una cuestión que tiene importancia inmensa para el Partido, ahora y para el futuro: de cómo el culto a la persona de Stalin ha ido creciendo gradualmente, culto que en cierta etapa específica se trocó en fuente de toda una serie de perversiones sumamente serias y graves de los principios partidarios, de la democracia partidaria y de la legalidad revolucionaria.”

 

Para luego sostener “El culto del individuo determinó el empleo de principios falaces en la labor partidaria y en la actividad económica. Acarreó la brutal violación de la democracia interna del partido y de los soviets, una administración estéril, desviaciones de toda clase, el encubrimiento de defectos y la presentación de la triste realidad con bonitos colores. Así, nuestra nación vio el nacimiento de muchos aduladores y especialistas del falso optimismo y del engaño.”

 

Para Jruschov, Stalin es el único responsable de todos los males ocurridos en la Unión Soviética.

 

Ahora bien, visto en una perspectiva histórica debemos preguntarnos ¿hasta que punto la nueva verdad revelada por el informe secreto contribuyó a la posterior desaparición de la Unión Soviética? ¿Existe un hilo rojo entre lo que sostuvo Nikita Jruschov en 1956 y el programa que enarboló Boris Yeltsin en 1991 que llevó a la destrucción del primer estado de obreros y campesinos?

 

De la lectura del documento lo primero que salta a la vista es que a pesar de la afirmación inicial hecha por Jruschov, el informe constituye un ajuste de cuentas personal con toda la vida y obra de Stalin: desde la famosa carta de Lenin de 1923 donde propone que “Stalin sea removido del cargo de Secretario General” hasta el caso de los médicos involucrados en un intento de asesinato en 1953, pasando por cuestionar totalmente el papel desempeñado por Stalin en la gran guerra patria contra el fascismo alemán.

 

El informe no deja espacio a la duda, había que asesinar moralmente a Stalin, y Jruschov realizó el mejor esfuerzo para lograr tal cometido. Jruschov dio carta de ciudadanía a la leyenda negra de Stalin. La nueva verdad revelada por Jruschov acabó con el denominado “culto a la personalidad” y dio inicio al odio patológico contra Stalin.

 

“El informe secreto no tiene dudas: (todas las catástrofes acaecidas en la URSS, el terror y las sangrientas purgas) es un horror del que se debe culpar exclusivamente a un individuo sediento de poder y poseído por una paranoia sangrienta.” (Losurdo)

 

En el XIX congreso del PCUS realizado en 1952, cuando Stalin aún estaba en vida, Jruschov expresó lo siguiente “El Partido Comunista ha abierto su XIX Congreso, más que nunca solidario, unitario y potente, estrechamente reunido en torno al Comité Central y a su genial dirigente, el camarada Stalin (…) Nuestras victorias y nuestras realizaciones son debidas a la justa política del Partido Comunista, y a la luminosa dirección del Comité Central leninista-stalinista, a nuestro jefe y querido educador, el camarada Stalin (…) Los triunfos que registra nuestro país han sido logradas gracias al Partido, quien ha realizado un extenso trabajo de organización con las masas para poner en practica las geniales indicaciones de José Stalin.” (Intervención de Nikita Jruschov en el XIX Congreso del PCUS, febrero de 1952)

 

4 años después, en febrero de 1956, el mismo Nikita Jruschov refiriéndose al mismo personaje sostiene todo lo contrario “La conducta arbitraria de una persona incitaba y permitía la comisión de arbitrariedades en los demás. Los arrestos en masa y las deportaciones de muchos miles de personas, las ejecuciones sin proceso previo y sin una investigación normal, crearon condiciones de inseguridad, temor y aun de desesperación.”

 

¿Qué había cambiado en Moscú entre 1952 y 1956? En marzo de 1953 muere Stalin y le sucede en el cargo Alexander Malenkof quien al poco tiempo es desplazado por Nikita Jruschov. En medio del más absoluto secretismo, se desató una nueva feroz pugna en las alturas por el control del poder.

 

El acontecimiento que marcó la ruptura definitiva con el periodo stalinista lo constituyó la detención y posterior ejecución de Lavrenti Beria en junio de 1953. Resulta paradójico que quienes criticaban a Stalin, de violentar la legalidad socialista, utilizaran el mismo método para eliminar el último obstáculo en su camino de tomar el poder.

 

Eliminado Beria y neutralizados Molotov, Kaganovich, Malenkof, Vorochilov y Zhukov, la denominada vieja guardia stalinista, Nikita Jruschov impuso por métodos bien discutibles que al final del XX congreso, y en una sesión reservada, se de lectura a su informe sobre el culto a la personalidad. No hubo debate, el polémico informe de Jruschov se convirtió en la nueva verdad revelada y asumida en silencio, sin dudas ni murmuraciones, como la última palabra sobre Stalin.

 

Como afirma el filósofo bulgaro Mijail Kilev “No admitir la defensa de Stalin, en su ausencia, es injusto no sólo desde el punto de vista de las reglas del Partido, sino también desde el punto de vista moral y jurídico.”

 

Investigaciones posteriores demostraron que la mayoría de las acusaciones vertidas por Jruschov contra Stalin no tenían sustento. Veamos algunas.

 

Dice Jruschov que cuando empezó la guerra “Stalin, durante largo tiempo, no ejerció la dirección efectiva de las operaciones militares y no hizo absolutamente nada.” “Aun después, la nerviosidad y la histeria de que dio prueba Stalin, afectando a las propias operaciones militares, causaron grandes daños a nuestro ejército.” “Simultáneamente, Stalin estorbaba la realización de las operaciones, emitiendo órdenes que no tenían en cuenta la situación real en un sector dado del frente y que no podían sino resultar en cuantiosas pérdidas humanas.” “Stalin planeaba las operaciones frente a un globo.”

 

El dirigente comunista bulgaro Jorge Dimitrov, publicó en su diario la impresión que tuvo el día que Alemania invadió territorio soviético “A las 7 de la mañana me han reclamado con urgencia en el Kremlin. Alemania ha atacado a la URSS. Ha comenzado la guerra (…). Sorprendente calma, firmeza y seguridad en Stalin y en todos los demás. Sorprende todavía más la claridad de ideas. No se trata solamente de proceder a la “movilización general de nuestras fuerzas”. Es necesario también definir la situación política. Sí, “solamente los comunistas pueden vencer a los fascistas”, dando fin a la ascensión aparentemente imparable del Tercer Reich, pero no hay que perder de vista la naturaleza real del conflicto. Los partidos (comunistas) impulsan sobre el terreno un movimiento en defensa de la URSS. No plantean la cuestión de la revolución socialista. El pueblo soviético combate una guerra patriótica contra la Alemania fascista. El problema es la derrota del fascismo, que ha sometido a una serie de pueblos e intenta someter a otros.”

 

Trotsky en su libro “La revolución traicionada” escribe lo siguiente: “En el dominio de la economía, y sobre todo, de la industria, la revolución social ha asegurado a la defensa del país ventajas en las que la vieja Rusia no podía pensar. Los métodos del plan significan la movilización de la industria, y permiten comenzar la defensa desde la construcción y el utillaje de nuevas empresas”. “No nos asombremos, pues, de que los aparatos de destrucción sean de una calidad superior a los artículos de consumo y aun a los medios de producción”. “Por regla general, el equipo de intendencia es inferior al armamento y a las municiones. Las botas son menos buenas que las ametralladoras.” “…los tres últimos años (1933-1936) han señalado una mejoría real y han permitido la creación de serias bases de aprovisionamiento para la defensa de Extremo Oriente.” “La industrialización de las regiones más alejadas, de Siberia principalmente, da a las extensiones de las estepas y de los bosques una nueva importancia.” ¡Y todo esto Trotsky lo escribió en 1936!

 

Carece de todo sustento esa afirmación de Jruschov que dice Stalin no estaba preparado para la guerra y que no hizo caso a las advertencias de la inminente invasión alemana hecha por Winston Churchill. La sorpresa alemana no fue la fecha de inicio de la invasión, sino el poder militar utilizado en la “Operación Barbaroja” y que fue prevista como una guerra relámpago.

 

Hitler pensaba tomar Moscú en cuestiones de semanas o más tardar un par de meses. Creía –al igual que sucedió en Francia- que la guerra iba a definirse en una sola gran batalla. Stalin sorprendió a Hitler al plantear otra estrategia, al extremo que el 16 de setiembre, Goebbels se vio obligado a reconocer “Hemos calculado el potencial de los bolcheviques de modo completamente erróneo.”

 

En una anotación atribuída a Hitler con fecha 29 de noviembre de 1941, cuando el mando mayor de los alemanes empezaban a dudar de su victoria, dice Hitler “¿Cómo es posible que un pueblo tan primitivo pueda alcanzar tales objetivos técnicos en tan poco tiempo?”

 

 

– Rusia después de Stalin. Isaac Deutscher (1953)

 

Libro escrito a pocos días después de la muerte de Stalin, describe con lujo de detalle las pugnas internas que se suscitaron en la cúpula del Partido Comunista. “Todo el mundo está sujeto al cambio dialéctico. No hay nada estático. Por todas partes braman la lucha de elementos antagónicos que forman la esencia del cambio.”

 

La importancia histórica de esta obra radica en que Deutscher, un privilegiado y agudo observador directo de la revolución rusa y muy afín a las ideas trotskistas, se atreve a plantear algunas respuestas a la gran interrogante ¿A dónde se dirige, pues, la revolución rusa cuando está a punto de finalizar su cuarta década de existencia?

 

Según Deutscher, “desde hace tiempo se aprecia una crisis latente del stalinismo” y que esto, tarde o temprano, iba obligar a definir el rumbo posterior de la sociedad soviética que ya no era ni la sombra de lo que fue en la década del 20 que “se encontraba en un estado de civilización baja.”.

 

Lo que quedaba por ver era si esta crisis iba significar el fin del stalinismo, pues para Deutscher si bien es cierto que “el stalinismo representó la amalgama del marxismo de la Europa occidental con el barbarismo ruso”, pero a su vez “el stalinismo ha destruido de forma persistente y cruel el terreno sobre el que había crecido, esa sociedad primitiva y semiasiática de cuya savia se nutrió.” Con la industrialización, colectivización y modernización de la sociedad soviética “El stalinismo (…) se estaba suicidando gradualmente.”

 

Con la industrialización de la Unión Soviética, el desarrollo de grandes ciudades, la alfabetización de grandes masas de campesinos y el nivel cultural de los ciudadanos soviéticos, ha surgido una nueva mentalidad política que necesariamente va colisionar con las estructuras heredadas del stalinismo.

 

“El stalinismo ha efectuado la revolución industrial en casi todos los rincones de sus dominios euroasiáticos a través de una titánica lucha contra la ineficacia, holgazanería y anarquía de la Madre Rusia. La esencia del logro histórico de Stalin radica en que se encontró Rusia trabajando con el arado de madera y la dejó equipada con centrales atómicas. Ninguna gran nación occidental ha llevado a cabo su revolución industrial en tan breve período de tiempo y bajo innumerables obstáculos.”

 

“Estas transformaciones se han llevado a cabo basadas en una economía planificada y de propiedad socializada. El stalinismo afirma haber proporcionado la primera demostración histórica de  importancia, llevado a cabo a escala gigantesca, de que la planificación es el método más racional y efectivo de desarrollo de los recursos económicos de una nación.”

 

La clave del desenlace radicaba en el grupo de dirigentes que iban a suceder a Stalin. En esa soterrada pugna interna que se desarrollaba al interior de los muros del Kremlin se iba a definir el futuro no solo de la herencia stalinista sino de la revolución socialista.

 

Deutscher sostiene que “el stalinismo ha agotado su función histórica” pero desestima de plano la posibilidad que el vacío dejado por Stalin podía ser ocupado por sectores conservadores, como activamente promovían los grupos de exiliados soviéticos. Si por alguna casualidad sucedía esto, entonces “el futuro (de la URSS) estaría carente de toda esperanza.”

 

A pesar de la valiosa información y documentación que tenía Deutscher, en ningún momento desliza la posibilidad de que ese “proceso de des-stalinización” termine con el fusilamiento moral de Stalin. En la sociedad soviética post-Stalin no había ningún indicio, ningún movimiento importante que cuestionaba abiertamente el rol de Stalin. La crítica a Stalin no vino de abajo, fue una crítica interesada y construida desde las altas esferas del poder soviético, en medio del mas absoluto secreto y manipulando groseramente la verdad histórica.

 

 

– Archipiélago GULAG. Aleksandr Solzhenitsyn 1973

 

El famoso intelectual y Premio Nóbel de literatura Aleksandr Solzhenitsyn, retrata un cuadro macabro de la URSS. Su obra “Archipiélago GULAG” es un relato monstruosamente agigantado del sistema carcelario soviético, una crítica despiadada del socialismo, de los hombres que dirigieron ésa revolución (“sarnosos aristócratas”) donde se entremezclan verdades a medias con mentiras completas.

 

Desde sus páginas iniciales, Solzhenitsyn no oculta su simpatía por la rusia pre-revolucionaria ni la nostalgia que le ocasiona la desaparición de la monarquía zarista, tampoco esconde su profunda desilusión porque Stalin condujo al ejército rojo a tomar Berlín, la capital del régimen fascista. A Solzhenitsyn le hubiera gustado ver izado la bandera del Tercer Reich en el Kremlin. Su defensa del General Vlasof, un triste personaje que en plena guerra con la alemania fascista se pasó a filas del enemigo y cayó abatido en Praga combatiendo contra el ejército rojo, es terriblemente deleznable.

 

Probablemente, muchos de los casos personales que relata sobre los prisioneros sean ciertos, pero en su conjunto, el relato de Solzhenitsyn  pierde credibilidad, tanto por los detalles que omite como por los datos inexactos que proporciona.

 

Solzhenitsyn  dice que “La cifra exacta de población del Archipiélago es un dato para nosotros insondable. Podemos dar por válido que en los campos nunca hubiera simultáneamente más de doce millones de reclusos (cuando a unos se los tragaba la tierra, la Máquina iba trayendo otros).”

 

En el “libro negro del comunismo” Stéphane Courtois, sostiene que “…el comunismo real (…) puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno”, ahí hablan de 60 millones las víctimas del terror stalinista.

 

Esas afirmaciones han sido desmentidas categóricamente por diversos estudiosos de la materia. Isaac Deutscher en su libro “Rusia después de Stalin” escrito en 1953, mucho antes que se publicaran la obra de Solzhenitsyn, recoge la versión de N.M. Jasny “un crítico menchevique del stalisnismo, de gran capacidad y dureza, ha alcanzado la conclusión de que en el momento crucial de las deportaciones el número total de internados pudo haber llegado a los tres o cuatro millones de personas.”

 

Estudios últimos señalan que “los condenados de todo el periodo de la dirección de Stalin, según los archivos sacados a la luz en la época de Gorbachov, cuentan aproximadamente con 600,000 personas incluidas los criminales militares y los criminales comunes, lo que quiere decir, menos del 0,5% de la población de la URSS (Mijail Kilev)

 

Es cierto que en un caso tan delicado como este, las cifras no deben servir para justificar los actos de represión masiva, pero cuando uno analiza otros casos –iguales o peores- no deja de sorprender la doble moral con que los historiadores tratan esos casos.

 

En los Estados Unidos aniquilaron a casi tres millones de indígenas, “la actitud arrogante del creciente número de hombres blancos condujo a las Guerras Indias, al Acta de Remoción de los Indios (1830), y en 1890, a una de las peores masacres de todos los tiempos -Wounded Knee-, en Dakota del Sur. Aquí fueron masacrados ferozmente por igual guerreros, mujeres y niños, por la Caballería de los Estados Unidos. El gobierno de los Estados Unidos comenzó los Programas de Reubicación y la ahora famosa marcha del Sendero de Lágrimas, donde cientos de indios Cheroquis murieron de hambre, frío y enfermedades. El pueblo indígena norteamericano no sólo fue reducido en número, sino que fue sacado de sus casas, despojado de sus costumbres, e incluso se le prohibió hablar en sus lenguas nativas. Les fueron quitados sus niños y enviados a escuelas para “civilizarlos,” forzados a abandonar cada aspecto de su herencia.”

 

En plena segunda guerra mundial que los Estados Unidos libraba allende sus mares, el presidente norteamericano aprobó una ley mediante el cual todos “los súbditos japoneses residentes en los Estados Unidos fueron recluidos en campos de concentración”. Se calcula que la cantidad de japoneses enviados a prisión fueron más de 120,000. Según Wikipedia “Los intentos de abandono del campo en ocasiones resultaron en el abatimiento de los reclusos.” Igual suerte corrieron ciudadanos de orígenes alemanes e italianos. Y eso ocurrió en los Estados Unidos, el país que le separaba un inmenso océano de los estruendos de muerte de los cañones alemanes que tronaban en las puertas de Moscú.

 

Pero no solo fue en los Estados Unidos, en Inglaterra enviaron a cientos de miles de prisioneros, principalmente irlandeses y galeses, a poblar Australia y Nueva Zelandia “el sistema de convictos era una forma de esclavitud” (Wikipedia); Churchill ocasionó un verdadero holocausto que costó la muerte de miles hindúes que luchaban por liberarse del yugo inglés “El ejército británico requería alimento para mantener su avance (en la India). Y ese alimento fue suministrado a un costo de millones de vidas civiles, una muestra de cínica estrechez mental sin paralelo en la historia (…) la hambruna que sufrió la provincia de Bengala, India, en la que murieron entre tres y cinco millones de personas”

 

En Canadá miles de indígenas fueron obligados a abandonar sus territorios y asimilarse a la “civilización canadiense.”

 

Hay un hecho que llama la atención. En los años finales de la Unión Soviética, políticos norteamericanos empezaron a divulgar publicaciones de distinta índole recordando el triste caso de la hambruna que azotó Ucrania entre 1921-1922 y que recibiera el nombre de “Holodomor” (hambruna terrorista planificada por Stalin), donde dicen que murieron entre 2 a 10 millones de ucranianos y acusan a Stalin de haber sido el responsable de esa catástrofe ocasionada por los malos resultados en la cosecha de trigo. Como siempre, las cifras de muertos en ese periodo se manejan de manera arbitraria, pero lo desconcertante es que un hecho dramático de tal naturaleza no es mencionado por Solzhenitsyn en su libro “Archipiélago gulag” y tampoco Trotsky, que nació en Ucrania, habla de “esa matanza”.

 

¿Fatal olvido o estamos frente a la construcción de una falsa verdad sobre la base de “un vacío histórico y político?

 

Creo que en muchos casos el anticomunismo es una fuerza muy poderosa que logra tergiversar la realidad y actúa como un eficaz somnífero que impide analizar con profundidad los acontecimientos históricos. Y eso se muestra en muchos de los parajes de la obra de Solzhenitsyn.

 

Para no redundar demasiado, veamos tres ejemplos que dicen mucho de la falta de seriedad y honestidad intelectual que muestra Solzhenitsyn en su obra cumbre.

 

En la página 35, Solzhenitsyn  toca el tema de las represiones en masa que supuestamente Stalin ordenó contra las minorías nacionales.  Dice Solzhenitsyn que en 1929, después de la insurrección campesina, “encarcelaron a los buriatos-mongoleses” y luego de manera provocadora escribe “se dice que fusilaron a unos treinta y cinco mil, aunque no tenemos formas de comprobarlo.”  Solzhenitsyn, que escribe con lujo de detalles innumerables casos personales de las víctimas de la “represión stalinista”, no le queda mas remedio que reconocer que una matanza de esa naturaleza no hay manera de confirmar; pero a pesar de eso, da por verdad ese supuesto hecho.

 

En la página 318 hace una afirmación con la única intencionalidad de colocar a Stalin al nivel de Hitler, es decir como un despiadado asesino. “No parece que los lleven de traslado, sino que vayan a fusilarlos o a pasarlos por la cámara de gas” ¿Cámaras de gas en la Unión Soviética? Una afirmación tan grave no podía pasar desapercibido y caer fácilmente en el olvido, salvo que haya sido otra mentira del premio Nóbel de Literatura.

 

Si las anteriores afirmaciones eran para llorar, aquí Solzhenitsyn  pasa a hacer el ridículo cuando trata de mostrar los “métodos salvajes de interrogatorios” que Stalin ordenó ejecutar en sus tiempos de dictador. “He aquí cómo fue interrogado F.I.V. de Krasnogorsk, en la región de Moscú (comunicado por LA. p-ev.). En el curso del interrogatorio, la juez se desnudó ante él por etapas (¡strip-tease!), pero siguió con sus preguntas como si nada, estuvo paseándose por la habitación, se acercó a él e insistió en que cediera y declarara. Quizá fuera una necesidad íntima de aquella mujer, pero también podría ser un cálculo frío: ¡Al detenido se le enturbiará la mente y firmará! Además, ella no se arriesgaba a nada: tenía la pistola y el timbre bien a mano.”

 

¡En nombre del anticomunismo que no se ha escrito!

 

 

– Jruschov y la disgregación de la URSS. Mijail Kilev, 1997

 

Mijail Kilev, búlgaro, Doctor en Ciencias Militares de la Academia Militar de Sofie, Bulgaria, sostiene en su interesante libro un hecho a todas vistas racional y comprensible cuando cuestiona la oportunidad del momento y el método elegido por Jruschov para destruir la imagen de Stalin “No permitir la defensa de Stalin, en su ausencia, es injusto no sólo desde el punto de vista de las reglas del Partido, sino también desde el punto de vista moral y jurídico.”

 

En su libro-ensayo Kilev hace un análisis pormenorizado de todos los temas tratados en el informe de Nikita Jruschov presentado en la sesión secreta del Comité Central del PCUS, el 25 de febrero de 1956: Kilev contrasta las afirmaciones de Jruschov con documentos que posteriormente fueron desclasificados y desbaratan gran parte de los argumentos expuestos ese informe.

 

La tesis principal que desarrolla Kilev es que en su opinión “la llamada sesión secreta ha sido un verdadero golpe de estado de las fuerzas contrarrevolucionarias.”

 

Cuando triunfó la revolución bolchevique, los comunistas no pasaban de ser unos cuantos miles de militantes. Solzhenitsyn calcula en el mejor de los casos 400 000 mil militantes comunistas en 1921 en una población de más de 140 millones. Con esa fuerza humana se emprendió una de las tareas más gigantesca que la humanidad haya conocido.

 

Durante la segunda guerra mundial se calcula que murieron algo más de 3 millones de cuadros comunistas del partido y el komsomol. Esta situación creó un vacío de continuidad en la generación llamada a dirigir el estado soviético. A la muerte de Stalin se suscitó una pugna interna que terminó con la derrota de Alexander Malenkof y el triunfo del dirigente comunista ucraniano Nikita Jruschov.

 

Según Kilev, Jruschov no tenía una sólida formación política, era un militante del aparato partidario que “nunca desarrolló cuestiones teóricas”, que nunca entendió que en ese proceso de desarrollo de la URSS la teoría marxista era la base que configuraba y presuponía el avance del socialismo soviético. Renunciar a la teoría o menospreciar su importancia, conducía inevitablemente al estancamiento de la sociedad (stagnación).

 

En la lucha por el poder contra la guardia vieja stalinista, Jruschov se rodeo de gente que había estado en las antípodas en tiempos de Stalin, algunos de ellos fueron rehabilitados a la muerte de Stalin y tuvieron una destacada participación en el XX Congreso del PCUS.

 

Al evaluar el papel desempeñado por Jruschov, Kilev acepta la posibilidad de que “Jruschov no pensó, ni quiso destruir el socialismo en la URSS”, pero basado en un análisis marxista llega a la conclusión  que “los deseos e intenciones subjetivas de Jruschov no tienen valor histórico. Lo que cuenta son los resultados objetivos históricos de su acción.”

 

La crítica realizada por Jruschov estuvo dirigida a destruir la imagen de la persona pero paradójicamente mantuvo intacto toda la herencia del sistema político creado por Stalin. Ese sistema político respondía a una etapa peculiar del desarrollo de la Unión Soviética y que fue superado en vida de Stalin. La sociedad soviética había vivido  importantes transformaciones económicas y culturale y en concordancia con esos avances se imponían cambios radicales en el concepto del socialismo y la democracia, había que promover la más amplia participación de las masas de trabajadores, campesinos e intelectuales en la construcción del socialismo.

 

La correlación de fuerzas a nivel mundial favorecían el desarrollo de las ideas socialistas, pero la visión burocrática de Jruschov pensó que los problemas en los países del denominado campo socialista podían resolverse mediante el uso de la fuerza, esa mentalidad condujo a imponer una salida falsa frente a los graves sucesos en Hungría y Checoslovaquia, así como fue la base para la posterior ruptura con la China de Mao.

 

Fue Jruschov, quién en tiempos de crisis, prefirió utilizar los tanques soviéticos en vez de apelar a la conciencia y fuerza de la propia clase trabajadora para solucionar problemas políticos, pero los historiadores acusan al “stalinismo” de esas acciones.

 

Jruschov hizo todo lo contrario a lo que las fuerzas revolucionarias esperaban. Bajo su mandato, en la URSS se inició un  tortuoso periodo de estancamiento del marxismo y el inmovilismo fue imponiéndose en la sociedad de manera paulatina. Los problemas de indisciplina laboral, apatía y desconfianza en los dirigentes del Kremlin se hicieron patentes. El socialismo perdió su encanto mágico, y el famoso piloto automático que, según Mijail Suslov, debía conducir al comunismo, quedó bajo el cuidado de una burocracia pusilánime que perdió de vista que el socialismo “era una creación heroica” de los trabajadores y campesinos.

 

Cuando Yuri Andropov  asumió la dirección de la URSS, (1982-1984) su cometido principal en el corto periodo que duró su mandato fue tratar de “recuperar la disciplina laboral.” Para ese entonces, la clase obrera rusa había perdido su condición de fuerza de vanguardia en la construcción del socialismo.

 

Una vez más, los vaticinios de Lenin se cumplían “No se puede hacer absolutamente nada sin el interés, la conciencia, el despertar, el activismo, la voluntad y la autonomía de las masas.”

 

– Stalin: Historia y crítica de una leyenda negra. Domenico Losurdo, 2008

 

Es el libro más importante e interesante escrito sobre Stalin. La idea central que desarrolla Domenico Losurdo (Italia 1941) filósofo, historiador y teórico político marxista en su polémico libro es que la imagen dominante que existe sobre Stalin fue elaborada “a partir de abstracciones, colosales, arbitrarias.”

 

Losurdo rechaza la metodología utilizada por quienes analizan la vida de Stalin “sin prestar demasiada atención a la situación objetiva”, y por esa razón critica a esos historiadores que al “investigan el terror (..) lo reducían a la iniciativa de una única personalidad o de una restringida clase dirigente, decidida a reafirmar por todos los medios su poder absoluto.”

 

La pregunta que se plantea Losurdo es clave para intentar buscar una aproximación más realista y verdadera sobre Stalin “¿Es convincente este modo de argumentar, o conviene más bien recurrir a una comparativa global, sin perder de vista ni la historia de Rusia en su totalidad ni los países implicados en la Segunda guerra de los treinta años?

 

El rol de Stalin en ese turbulento periodo, se pregunta Losurdo “¿debe explicarse exclusivamente a través de las ideologías, o juega también un papel importante la situación objetiva, es decir, la colocación geopolítica y el bagaje histórico de cada uno de los países implicados en la Segunda guerra de los años treinta?”

 

El libro de Losurdo es uno de los análisis políticos más completos y detallados, y no exentos de polémica, sobre Stalin. Toda la vida de Stalin y los hechos más controversiales son sometidos al análisis pormenorizado y sin “huir a la complejidad de todo (ese) proceso histórico”.

 

Creo que después de leer el libro de Domenico Losurdo, más de uno se quedará pensativo sobre si la imagen dominante que hoy existe sobre Stalin, el “enorme, oscuro, caprichoso y degenerado monstruo humano” responde a un enfoque real o es una arbitraria construcción desde una clara perspectiva ideológica burguesa.

 

Para finalizar, una cita, aunque un poco extensa, del libro de Losurdo y que invita a reflexionar y analizar sobre la figura del gran dirigente comunista soviético:

 

“El lector habrá notado que, hablando de “stalinismo”, recurro a comillas. La expresión es utilizada por los seguidores actuales de Trotsky en relación a las realidades políticas más diversas, por ejemplo para etiquetar al grupo dirigente de la China postmaoísta. Pero aun si se quiere remitir exclusivamente a la URSS, la categoría de “stalinismo” no es convincente: parece presuponer un conjunto homogéneo de doctrinas y comportamientos que no existe. En los tres decenios en los que gestiona el poder, vemos cómo Stalin intenta afanosamente elaborar y poner en práctica un programa de gobierno, tomando nota del eclipse de toda perspectiva de triunfo de la revolución socialista a escala planetaria, desembarazándose de la utopía (que es la herencia por un lado de la teoría de Marx, por otro de la espera mesiánica por un mundo totalmente nuevo, suscitada por el horror de la Primera guerra mundial) y del estado de excepción (que en Rusia adquiere una vigencia y agudeza excepcionales por la convergencia de dos gigantescas crisis, el Segundo periodo de desordenes y la Segunda guerra de los treinta años). Quedando clara su voluntad de no poner en duda el monopolio de poder ejercido por el partido comunista, Stalin intenta repetidas veces pasar del estado de excepción a unas condiciones de relativa normalidad con la realización de una “democracia soviética”, un “democratismo socialista” y un “socialismo sin dictadura del proletariado”. Pero estos intentos fracasan.”

 

 

 

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