De Corea a Siria: salvo la guerra todo lo demás es ilusión.

Por Fredy León

Era solo cuestión de tiempo para que el nuevo inquilino de la Casa Blanca tenga su propia guerra.

En el tablero de operaciones estaban en primera línea Siria, Irán y Corea del Norte; y como plato de fondo, Rusia y China. Y Donald Trump decidió, invocando el nombre de algún Dios que debe estar regocijándose con el estruendor de los misiles Tomahawq y disfrutando del olor a carne quemada de los muertos ofrendados en su nombre, que esta vez le tocaba el turno a Siria.

Para el Pentágono, Siria es el eslabón más débil en esa cadena de “ennemis à la carte”; un país destruído por una brutal y prolongada guerra civil, con un sin fin de enemigos tocando sus puertas (ISIS, Israel, Turquía y Arabía Saudita) y sin capacidad real para poder resistir la agresión militar norteamericana.

Trump cree que la suerte de Bachar el Asad está definida y confía en que los rusos no se expondrán a las consecuencias que supone una escalada internacional en un conflicto que ha adquirido una brutalidad infernal y que Irán no pasará de la mera línea declarativa. Esa es la gran incognita en esta guerra que acaba de empezar ¿hasta dónde están dispuesto llegar Putin en su apoyo militar a su último aliado en esa región?

Por lo pronto, Siria parece estar condenado a engrosar la larga lista de países destruidos por el poder imperial. Otro Estado fallido al alcance de los sectores fundamentalistas que llevan años luchando por tratar de derrocar al regimen laico de Damasco.

El confuso incidente en la localidad siria de Idlib, donde hubo un despiadado y condenable ataque con armas químicas, le otorgaron el pretexto indicado que necesitaba Trump para tener su propia guerra.

Bachar el Asad ha negado cualquier implicancia en ese terrible ataque considerado como un crimen de guerra.

Pero ya no hubo necesidad de que la ONU investigue lo sucedido en Idlib, tampoco recurrir a ese viejo recurso de la diplomacia que en tiempos pretéritos decía que primero era la declaración de guerra, ni  contar con la aprobación del Congreso para salvar las apariencias. Donald Trump se mostraba impaciente por tener su propia guerra, y cuanto antes mucho mejor. Los líos internos y el caos instalado en la Casa Blanca lo estaban convirtiendo, a paso acelerado, en un pato cojo (“a lame duck”); un presidente que veía como su poder se iba disolviendo en el aire. Ahora, con el decreto de guerra en la mano, Trump espera calmar las criticas internas y jugar el papel del estadista que no vacila en enviar a su ejército a un nuevo conflicto armado.

Si algo encanta a los norteamericanos es justamente eso, el patriotismo que utilizan los inquilinos de la Casa Blanca para instrumentalizar las intervenciones militares y esconder los verdaderos propósitos.

De nada vale recordar que cuando Trump era candidato, utilizaba el twitter para oponerse a que Obama intervenga militarmente en el conflicto sirio “What vill we get for bombing Syria besides more debt and a possible long term conflict? Obamma needs congressional approval.” (14 agosto 2013)

Y es que se ha convertido en una costumbre que en los Estados Unidos los presidentes tienen que lucir el traje de comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta, y en un acto que a ojos de los halcones del Pentágono es visto como un momento de gloria, convertir en un espectáculo televisado la firma de la orden de guerra para atacar algún remoto país en algún oscuro lugar del mundo, que repentinamente es presentado como una “seria amenaza a la seguridad de los Estados Unidos.”

En ese sentido la lista se ha vuelto larga y la hilera de cadáveres que colecciona la Casa Blanca es interminable: Obama en Libia; Bush jr. en Irak y Afganistan; Clinton en la ex-Yugoslava; Bush (padre) en Kuwait e Irak; Reagan con los contras en Nicaragua y la invasión en Panamá y Grenada; Nixon en Viet Nam; Truman en Corea.

La guerra ha pasado a formar parte del legado histórico de los mandatarios estadounidenses, es la señal que identifica el poder letal del imperialismo norteamericano.

Pero la decisión de Trump de ir a la guerra en Siria sería incompleto si no lo vemos también en clave interna.

La economía norteamericana depende cada vez más del poderoso complejo industrial militar. Eso lo sabe Trump y por esa razón incrementó en casi 10% el presupuesto destinado al sector militar.

Cada guerra es un negocio demasiado lucrativo que inyecta fondos a la economía norteamericana, y de paso, genera puestos de trabajo. “Cada misil Tomahawq cuesta unos 1,5 millones de dólares y una hora de vuelo de los caza F-22 cerca de 68.000.” Y en el primer ataque los Estados Unidos dispararon 69 misiles Tomahawq. Todo un negocio para la empresa Raytheon que produce esos misiles.

Raytheon fue uno de los más importantes contribuidores económicos en la campaña electoral de Donald Trump.

Siria es una guerra a pedido de Trump, le dará el alivio que venía pidiendo a gritos para administrar sus problemas domésticos. Pero eso sí, siempre y cuando el conflicto no se prolongue lo demasiado como para inquietar a los norteamericanos y tentar a los rusos de ir en auxilio de Asad.

Si esto último sucede, el fantasma de Viet Nam volverá a tocar las puertas de la Casa Blanca.

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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