La fiesta interminable

fiesta

Por Fredy León

Somos el país de la corrupción. Nos indignamos, hacemos escándalo, expresamos nuestro repudio, pero al rato nos olvidamos. La corrupción nos identifica como nación, lo celebramos como parte del ingenio de los peruanos. Desde las pequeñas “coimas” hasta los grandes negociados, la corrupción es lo que mueve las conductas de los que manejan las riendas del poder.

Hace más de un siglo, Manuel Gonzáles Prada nos retrato como una nación en estado terminal: “donde se pone el dedo salta la pus”. Ahora ya no se necesita poner el dedo, la pus ha invadido todo el tejido social, las ansias de acumular dinero han derribado todas las barreras morales.

La sociedad ha perdido su autoestima, hemos elevado a los inmorales a la categoría de intocables.

Fujimori resultó siendo todo un maestro en el arte de la corrupción. Saqueó a sus antojos las arcas del estado, regaló a sus amigos los bienes del país, y bajo su atenta mirada, florecieron no solo nuevas fortunas mal habidas, sino que en la mente de la gente se impuso todo un concepto utilitario de la función pública. Montesinos dixit.

Roba pero hace obras o funcionarios juramentando por “Dios y la plata”son la parte sustancial de esa subcultura que se ha expandido en la sociedad donde el dinero ha adquirido un poder inconmensurable. Lo que es un medio para vivir honestamente se ha transformado en la obsesión suprema de muchos.

Vivimos en una sociedad donde el trabajo ha dejado de ser la fuente de riqueza, ahora es la coima. Como dice Nicolás Yerovi -medio en broma, medio en serio- “ser corrupto, ladrón y tarado está tan, pero tan de moda, que si no lo eres te miran feo. “Pobre diablo –dicen- en qué mundo vive”.

Fujimori y Montesinos nos desnudaron como nación, nos demostraron que en este país de necesidades extremas y ambiciones desmedidas, todos tenían un precio, todo se podía comprar, desde conciencias hasta lealtades.

Y hubo muchos que se vendieron. Demasiados.

La salita del SIN fue el espejo donde quedamos retratados para la posterioridad.

El derrumbe del fujimontesinismo fue una oportunidad desperdiciada. A pesar de las pruebas y los esfuerzos de unos pocos, no pudimos o no supimos saldar las deudas con esa forma de vida que nos destruyó como sociedad. El país necesitaba medidas de profilaxis total para terminar con toda la pesada herencia del fujimontesinismo, pero solo nos quedamos en la superficialidad. El proceso de transición a la democracia quedó herido de muerte.

En medio de las incongruencias de una clase política sumida en la mediocridad y la indiferencia y apatía de la sociedad, al final la corrupción ganó su batalla.

No puede haber una democracia plena cuando las necesidades de la población no son atendidas porque los pocos recursos de la nación son festinados por políticos corruptos. Cada sol robado al Estado es una escuela de menos.

El retorno triunfal de Luz Salgado como Presidenta del Congreso fue un triste ejemplo de lo laxo que somos en el tema de la corrupción y la falta de una conciencia ciudadana que permita librar una lucha implacable contra los corruptos. ¿Cómo se puede combatir con éxito la corrupción si luego la gente los premia votando por los corruptos? Mientras no se rompa ese círculo vicioso, la corrupción seguirá siendo un problema de toda la sociedad.

En el caso de Salgado, su conducta pasada, su estrecho vínculo con Montesinos y la doble moral que viene demostrando la descalifican para ejercer el cargo de Presidenta del Congreso.

¿Qué confianza y respeto puede infundir una política que no cumple con su palabra empeñada? A Salgado nadie le pidió que renuncie, ella misma lo planteó para mostrar su supuesta superioridad moral. Con su actitud de renegar de su palabra empeñada, Salgado cree que la lucha contra la corrupción es como la ley del embudo: ancho para ella, angosto para sus enemigos.

Pero esto no queda ahí, la designación de Víctor Albrecht, como presidente de la comisión que investigará el sonado caso Odebretch, genera todo tipo de suspicacias y debilita las posibilidades del Congreso para llevar adelante esa delicada labor. Salgado ha mandado al lobo para cuidar de las ovejas. Albrecht proviene del mismo núcleo de esa mafia que manejó el Callao a su antojo.

El fujimontesinismo pudo por lo menos guardar las formas, poner a otro personaje que no tenga deudas pendientes con la justicia y sin relaciones tan cercanas con elementos que están siendo justamente investigados. Alguien que garantice eficiencia, rapidez e imparcialidad en las investigaciones.

Pero eso es pedir peras al olmo. El fujimontesinismo surgió de la mano de la corrupción y se mantienen flotando en medio de todo el miasma que ellos acumularon con singular empeño.

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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