Los odios del escribidor

vargas

Por Fredy León

 

Nunca ha ganado una batalla en la vida real, nunca ha estado en las trincheras de lucha junto al pueblo, nunca ha mostrado firmeza y valentía para defender principios y resistir ante enemigos mucho mas poderosos, nunca ha sentido el clamor de los desposeídos y atrevido a compartir sus sueños con los pobres del mundo, nunca se jugó la vida por defender la dignidad humana y combatir la injusticia, nunca luchó sintiendo el hálito de la muerte resoplando tras la nuca, nunca tuvo la responsabilidad de dirigir un país; y cuando la historia le ofreció la oportunidad de librar la única batalla importante de su vida, perdió estrepitosamente ante un mediocre y desconocido oponente.

 

El mundo del escritor fue menos épico y más placentero. Su pasión: escribir novelas y contar historias, algunas buenas y otras malas, pero historias alimentadas de fantasías y donde la realidad siempre sucumbe ante la febril imaginación.

 

Formó parte, en algún momento de su juventud, de ese amplio y heterogéneo abanico de los nuevos intelectuales latinoamericanos que se sintieron impactados por el triunfo de la revolución cubana. Eran tiempos donde resultaba imposible substraerse al influjo causado por el triunfo de los guerrilleros de la Sierra Maestra, una revolución victoriosa a 60 millas del imperio.

 

Pero, por lo que sabemos, su vínculo con Cuba fue un simple acto emotivo y que duró lo suficiente como para hacer un pequeño paréntesis en ese “infinito aburrimiento” en que se transformó su vida. A lo mucho, ese desliz juvenil solo le valió para forjar un relato personal de sus años juveniles y construirse una aureola homérica tras su paso sin gloria por las ideas revolucionarias.

 

Su emoción revolucionaria desapareció con el paso del tiempo, y sin Cuba, su autobiografía solo serviría para llenar las páginas de las revistas de corazón.

 

Quizás en esos tiempos convulsos fue en busca de algún mito o soñaba con la perfección; pero los barbudos de Sierra Maestra eran hombres de carne y huesos. La revolución cubana era la herejía más imperfecta de la historia y aparecía como una inacabable obra humana, un reto a la imaginación para construir –en la realidad, no en el mundo novelístico- una nueva sociedad.

 

Vargas Llosa nunca percibió más que la superficialidad de la revolución cubana, tan así que su imaginación de escritor jamás pudo recrear la nueva realidad cubana que germinaba en un ambiente hostil. La Cuba nueva no surgía por arte de magia, tenía que vencer la vieja mentalidad y enfrentar las amenazas reales del imperio.

 

Por eso que no es raro que cuando escribe sobre Cuba, siempre repite machaconamente ese su pecado juvenil de haber apoyado a la guerrilla triunfante. Las victorias siempre emocionan a los espectadores, conmueven a los incrédulos y arrastran a los neófitos.

 

Ahora, a raíz de la muerte de Fidel, nos cuenta que su acto más revolucionario con Cuba fue haber hecho “una larga cola para donar sangre”; pero lo que nunca va decir es que años más tarde, cuando renegó públicamente de Cuba, no tuvo problemas en ofrendar su pasado para tocar las puertas del exclusivo PEN Club Internacional.

 

Vargas Llosa reniega de Cuba no para continuar su propia travesía en busca de un mundo mejor, sino para voltear la mirada atrás y subirse a la lujosa y exclusiva embarcación de la derecha conservadora que desde siempre condenó a Fidel. Su nuevo anti-cubanismo fue el pasaje para encaramarse a la fama del pensamiento neoliberal.

 

¿Qué le reprocha Vargas Llosa a la revolución cubana? Que no haya sido perfecta tal como él deseaba y que haya sido una revolución donde “la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.”

 

¿Quién convirtió a Cuba en un mito? Los que fantasean con la realidad.

 

Los cubanos lucharon para transformar una brutal realidad y construir una nueva sociedad, que no es perfecta ni ideal, pero es la obra por la que combatieron los barbudos en Sierra Maestra.

 

La Cuba de hoy es desde lejos una sociedad más justa, solidaria, democrática y humana que la que existió antes de la revolución de 1959. Es una Cuba más culta y libre.

 

Las críticas que hace Vargas Llosa para desvirtuar la revolución cubana vienen del pasado. En la cabeza de Vargas Llosa el tiempo se ha congelado y no tiene la honestidad para ver que la revolución cubana ha avanzado a pasos agigantados.

 

El tema de los homosexuales ha quedado superado. La revolución cubana ha tenido la grandeza de criticarse y corregir los problemas que hubo en este campo. Hoy en Cuba no existe ninguna discriminación ni marginación por razones sexuales. Los índices de violencia sexual son uno de los más bajos a nivel mundial.

 

Y en el caso del intelectual cubano Heberto Padilla, el tiempo ha colocado en su justo lugar los hechos sucedidos alrededor de su caso. Y más allá de la torpe manipulación que hace Vargas Llosa, debemos recordar que nunca ha tenido la honestidad de explicar cómo así Heberto Padilla, que denunció haber sido torturado y abandonó la isla en silla de ruedas, bajó caminando del avión que lo llevó a los Estados Unidos. ¿Misterios de los que Vargas Llosa nunca se atreverá a explicar?

 

En el tema de Padilla, me quedo con las palabras de Fidel. “Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo. Y siempre diremos: el pueblo. El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel.”

 

¿Por qué Vargas Llosa se queda condenando a Cuba recurriendo a sucesos del pasado?

 

Porque esa es la única manera que tiene para negar el presente. Ese odio enfermizo le nubla la razón y es su último refugio para desconocer la realidad. Por eso niega los logros alcanzados por la revolución cubana en los campos de la salud y la educación y por eso calla en todos los idiomas las innumerables muestras de respeto que el pueblo cubano rindió a Fidel Castro.

 

Lo vivido en Cuba durante el sepelio del Comandante Fidel Castro es el verdadero juicio de la historia, es la prueba indiscutible que a Fidel la historia lo absolvió con olor a multitud. Y un intelectual, como Vargas Llosa, que no tiene la decencia ni la honestidad para ver y describir la realidad de una revolución que lo primero que hizo fue enseñar a leer y escribir a su pueblo, es porque simplemente naufraga en los mares de la estupidez humana.

 

 

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"Nada de lo que es humano me es ajeno." Federico Engels
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