El virus de la superstición

Por Fredy León

EL VIRUS DE LA SUPERSTICIÓN

Así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo que pretende elevar a un pedestal sagrado nuestro pasado, sus costumbres y cosmovisión de la vida andina resulta racional, más aún cuando ese relato mágico de la mitología andina pretende ser usado como justificación absurda para alterar el sentido común frente a un problema actual causado por la aparición del covid19.

Creo que no solo resulta un total desatino sino que no existe ninguna base científica que pueda dar sustento a esa especulación temeraria que lleva a Ricardo Ruiz Caro* a afirmar que “En términos de política pública el Ayni nos diría que la Pandemia es un agente externo que rompió el equilibrio y por ende nuestra respuesta debió ser la rápida (re)construcción de un nuevo equilibrio (la nueva normalidad bio-segura), en lugar de someternos a una anquilosante parálisis (que no corrigió nada y empobreció a todos).”

No sé si el que afirma eso sabe que los suecos, a su modo, han intentado replicar esa peregrina idea y han fracasado, ocasionando un alto costo de vidas humanas; los suecos han tratado de no hacer nada y dejar, frente a la amenaza real del virus, que la naturaleza produzca de forma espontánea la “inmunidad del rebaño”, y lo único que ha conseguido Anders Tegell, jefe del departamento de epidemiología, ha sido dejar morir a los más débiles y desprotegidos de la sociedad.

Para los que creen que todo esto no es más que “una sugestión colectiva” y alegremente afirman que la “inmunidad fuerte constituye nuestra principal barrera frente a los riesgos del contagio”, deberían estudiar los resultados de la propagación del virus y su efecto letal en el mundo, comparar, por ejemplo, las experiencias de países, como Brasil, que se negaron a tomar las medidas de cuarentena, con otros países, como Nueva Zelanda, que decidieron someter a “una anquilosante parálisis” y declararon una cuarentena total de la sociedad para proteger a sus ciudadanos. No me extrañaría si al ver los resultados obtenidos en Brasil y Nueva Zelanda, Ricardo Ruiz Caro, si tiene algo de pudor, quedaría boquiabierto.

La tierra felizmente no es plana, aunque algunos sigan creyendo eso. Afortunadamente el autor de esta reflexión que comentamos no es epidemiólogo, hay personas que desde las supersticiones baratas ciegan la razón. Y es que muchas veces resulta difícil imaginar que en pleno siglo XXI existan gente con cierta presencia mediática, como el cantante Bosé, que sospechan de todo que tiene que ver con la ciencia y hasta se dedican a esparcir dudas sobre la eficacia de las vacunas, o que en algunas zonas andinas del Perú y Bolivia, así como en Bélgica y Londres, otros insinuen barbaridades y en su desesperación los lleven a derribar las torres de telefonía celular G5 porque, en esa superstición que desde la ignorancia contrapone en abstracto el mundo antiguo con la modernidad, dicen que esta tecnología ayuda a propagar el virus.

En fin, no todo lo moderno es sinónimo de malo ni todo lo andino resulta eficaz para construir una sociedad más justa, equilibrada y en plena armonia entre el hombre y la naturaleza.

El conocimiento humano es lo único que separa el mundo de las cavernas y la superstición del mundo civilizado y del conocimiento científico.

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