Y la revolución no fue una fiesta de ángeles

Por Fredy León

 

El siglo XX fue el siglo más corto de la historia de la humanidad. Comenzó en 1917 con el triunfo de la gran revolución bolchevique y terminó en 1991 con la desaparición de la Unión Soviética. Si el triunfo de los bolcheviques “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad”, la desaparición de la Unión Soviética “destruyó todas las ilusiones e ideales.”

 

En ese breve intervalo de tiempo que fue el siglo XX,  resulta imposible desconocer las enormes repercusiones y transformaciones que produjo la revolución bolchevique. “La revolución de octubre originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna” (Hobsbawn 1994) En 1980, casi 1/3 del planeta vivía en los denominados países socialistas, los movimientos de liberación nacional surgían victoriosos de las ruinas del viejo sistema colonial y la lucha por el socialismo movilizaba a millones de trabajadores en todo el mundo.

 

El enfrentamiento entre los dos sistemas –capitalista y socialista- era la línea que dividía la política mundial. La Unión Soviética había logrado alcanzar el equilibrio estratégico con los Estados Unidos y disputaba la supremacía mundial por el control de “la tecnología de la muerte.”

 

El camino seguido por la Unión Soviética para convertirse en corto tiempo en la segunda potencia mundial, no fue fácil.

 

En 1917 Rusia era un país atrasado, pobre, destrozado por un conflicto bélico mundial, con una población campesina mayoritariamente analfabeta que vivía en condiciones infrahumanas y sometidas a la tiranía del régimen despótico zarista. Y por si esto no fuera poco, el naciente estado de obreros y campesinos tuvo que hacer frente, durante 5 largos y tenebrosos años, a la cruenta agresión fascista alemana que llegó a aniquilar a más de 20 millones de soviéticos y destruyó gran parte de la economía soviética.

 

Pocos países en el mundo enfrentaron tremendos retos impuestos por la historia. Si la URSS pudo salir victoriosa fue gracias al heroísmo de su pueblo que alcanzó cimas impensables y actuó motivado por los grandes ideales comunistas que guiaron la revolución bolchevique. Y si el socialismo en la URSS se vino abajo 70 años después, fue por que en algún momento de su convulsionada historia, la flama de esos ideales se extinguió en la conciencia del pueblo soviético.

 

Pero nadie puede borrar de la historia que la gran revolución de octubre de 1917 fue una de las más heroicas epopeyas libradas por los trabajadores, campesinos y soldados rusos; esas masas hambrientas e ignorantes que vivían dominados por el miedo se atrevieron a desafiar la historia y se lanzaron con valor y pasión a “tomar el cielo por asalto” para construir el reino de la felicidad. El comunismo en Rusia apareció en el horizonte de la mano de los desposeídos y se transformó en una poderosa fuerza moral que se elevó por encima de las miserias humanas de la vieja sociedad despótica que asumía con resignación la desigualdad, miseria y explotación y veía las grandes injusticias sociales como un hecho natural.

 

El comunismo surgió para los trabajadores como la esperanza de un mundo mejor en medio del caos y la guerra que ensangrentaba Europa.

 

La revolución proletaria no fue ninguna fiesta de ángeles. Fue una cruenta lucha por el poder que remeció desde sus raíces a la vieja sociedad rusa e involucró a gran parte de Europa que veían con temor el triunfo de los bolcheviques.

 

La disputa por el poder entre bolcheviques, liberales y las fuerzas leales al viejo régimen zarista fue dramática. La revolución fue “una concatenación de aventuras, esperanzas, traiciones, coincidencias improbables, guerra e intrigas; una sucesión de valentía y cobardía, de estupidez, farsas, proezas, tragedia, ambiciones y cambios” que marcaron el inicio de una nueva época.

 

Y si al final lograron triunfar los bolcheviques fue por la conjunción de una serie de factores históricos que se manifestaron en los momentos críticos donde el despertar político de las masas derrumbó a la monarquía y los bolcheviques, con una correcta línea política, supieron ganar el apoyo de la población rusa. La decidida voluntad política mostrada por los comunistas, en los momentos claves de la crisis del régimen zarista, hicieron posible, por primera vez en la historia de la humanidad, que los trabajadores y campesinos, guiados por el genio político de Lenin, conquistaran el poder y asumieran la gran tarea de construir el comunismo; tarea que aparecía como una titánica obra a realizar día a día.

 

En esa lucha no hubo tregua alguna ni soluciones simples para problemas complejos. “Antes de 1917 los socialistas, marxistas o no, habían estado demasiado atareados combatiendo al capitalismo como para pensar en serio en el carácter de la economía que debía sustituirlo.” (Hobsbawn 1992)

 

El socialismo ruso no surgió de la noche a la mañana, no se implantó por decreto, no se construyó en un laboratorio, ni fue una obra perfecta de hombres puros que aspiraban a salvar sus almas para gozar de la vida eterna. El socialismo ruso fue una sociedad imperfecta que nació en medio de una despiadada lucha de clases y donde conquistar el poder resultó relativamente fácil en comparación con la tarea que se propusieron: transformar las condiciones miserables de vida impuesta por años de dominio de una monarquía despótica y que se mantenían por la fuerza de la costumbre que sometían las mentes de los rusos y de las ruinas de ese viejo mundo que se pudría, construir la nueva sociedad.

 

El nuevo estado de obreros y campesinos surgió literalmente de la nada, de los escombros de en un país destruido y acosado por el hambre, enfrentados en una lucha cruel y donde el caos y la anarquía amenazaban con autodestruirlo todo; un país que tuvo que luchar en solitario y que desafió a poderosos enemigos externos que acechaban sus fronteras con el inocultable deseo de derrotar a sangre y fuego a la naciente revolución proletaria.

 

Los comunistas rusos debieron crearlo todo, inventar, experimentar, imaginar y, sobre todo, saber rectificar en plena marcha; la revolución hacia atrás no tenía ninguna experiencia de donde aprender, los bolcheviques eran los iniciadores en todo, se adentraron en una fase totalmente desconocida en el desarrollo histórico de la humanidad. Lamentablemente, para quienes asumen una actitud crítica sin meter los pies en los fangos de la cruda realidad social, el socialismo no podía ser construido, palabra por palabra, como si fuera una copia fiel de las sagradas escrituras de los clásicos; aunque algunos lo intentaron, pero por más esfuerzo que hicieron, la realidad se burló de ellos.

 

La revolución bolchevique no fue lo que quiso ser ni lo que Marx y Engels imaginaron; sino lo que pudo ser, lo que la realidad rusa, la visión y conducta de los hombres que dirigieron ese proceso, pudieron hacer.

 

Una revolución de esa naturaleza no podía estar exenta de errores, equivocaciones, limitaciones y excesos, pero en el balance final, en la comparación objetiva, concreta y desapasionada con el capitalismo, resulta imposible negar que el socialismo constituyó un avance gigantesco que trajo grandes beneficios, progreso y bienestar para los habitantes de la ex Unión Soviética, y además fue un factor importante, a nivel mundial, que impulsó el progreso y desarrollo de la humanidad.

 

En la tarea de construir el socialismo los revolucionarios rusos solo contaban como guía con la teoría marxista. Hasta antes del triunfo de los bolcheviques, el socialismo era solamente una construcción teórica, una idea que buscaba materializarse, y si esa primera experiencia se hubiera realizado en un ambiente de paz y tranquilidad, totalmente diferente a la que se vivía en Rusia, seguramente muchas cosas hubieran sido radicalmente diferentes. Pero la vida es lo que es y no lo que pudo ser. La revolución  se desarrolló por cauces impensados, y en una realidad caótica donde muy pronto la realidad empezó a colisionar con los textos, empezaron a surgir diferentes –y a veces contrapuestas- visiones sobre el futuro de la revolución, y en un áspero clima de profundas discusiones e intransigencias, la teoría actúo muchas veces como una poderosa camisa de fuerza.

 

El intenso y apasionado debate ideológico que acompaño ese proceso, paulatinamente se fue convirtiendo en el principal elemento de contradicción que llevó al enfrentamiento y destrucción de la dirigencia bolchevique y marcó a fuego, para bien o para mal, el devenir de la revolución rusa.

 

El primer gran obstáculo que la revolución bolchevique debió inevitablemente sortear, si quería sobrevivir, era saldar urgentemente sus cuentas con la teoría marxista. Todos los dirigentes bolcheviques se declaraban seguidores de Marx, y unos mas que otros, buscaban ser los mas fieles interpretadores de las ideas marxistas y pregonaban por mantener la pureza de la revolución. Apartarse de los textos marxistas para enfrentar la realidad, era visto como una herejía.

 

“Ninguna de las condiciones que Marx y sus seguidores habían considerado necesarias para el establecimiento de una economía socialista estaban presentes en esta masa ingente de territorio que era un sinónimo de atraso social y económico en Europa.” (Hobsbawn)

 

Marx imaginaba que la revolución iba a desencadenarse en un país altamente desarrollado, como Alemania o Inglaterra; la revolución bolchevique triunfó en un país atrasado y con una incipiente clase obrera.

 

Trotsky sostenía que la tarea de los bolcheviques era impulsar la revolución mundial, y si en esa batalla había que sacrificar la naciente revolución rusa, ese era el precio que los revolucionarios debían pagar. Para Trotsky, ardiente defensor del puritanismo ideológico, era imposible construir el socialismo en un solo país.

 

El comunismo propugnaba la abolición del estado. La revolución bolchevique tuvo como su principal tarea construir y fortalecer el estado.

 

Esos y otros grandes debates ideológicos (sobre la democracia, las nacionalidades, el rol del dinero, la colectivización de las tierras, la nueva cultura socialista etc.) marcaron los inicios de la revolución socialista. Hoy sabemos qué cosa no es socialismo por que tenemos una experiencia acumulada; pero en esos tiempos, la incertidumbre era lo único cierto.

 

Desde la derecha -y pasando por importantes sectores de izquierda- se ha construido un relato tétrico de los años aurorales de la revolución, se han especializado en presentar una parte de los hechos históricos –siempre los trágicos y controversiales- como si fuera toda la historia y  exhiben a Stalin como un sanguinario dictador y responsable de los futuros problemas que llevaron a la disolución de la URSS.

 

Un análisis honesto de la revolución bolchevique tiene que partir situando en su justa dimensión el contexto histórico en que se desenvolvió la revolución bolchevique, comparar el tipo de país que era Rusia antes del triunfo de la revolución, las condiciones en que triunfaron los bolcheviques, las medidas que adoptaron, las causas que desencadenaron las pugnas que se suscitaron al interior de la sociedad y el partido comunista, el carácter de las transformaciones que se dieron en la URSS, los sectores sociales que fueron  favorecidos y el rol que cumplieron las potencias mundiales,

 

Stalin asume la dirección del Partido Comunista, luego de la temprana muerte de Lenin, cuando la URSS era un país hambriento, analfabeto, sin ninguna tradición democrática, con un incipiente desarrollo económico y amenazado por las potencias mundiales. Su principal preocupación fue lograr que la naciente revolución sobreviva, una vez logrado estabilizar el poder de los soviet, Stalin empezó a crear las bases materiales y espirituales para construir el socialismo (electrificación, industrialización y poder de los soviet), tarea que casi inmediatamente tuvo que ser supeditada, debido la gravedad del peligro que empezó a amenazar al mundo, y a marcha forzada se dedicaron a desarrollar la capacidad militar defensiva de la Unión Soviética para resistir la inevitable agresión fascista, y luego de 5 años de guerra y haber contribuido de manera decisiva a la derrota del fascismo alemán, tuvo que comenzar de nuevo la dura tarea de reconstruir el país y restañar las heridas dejadas por ese brutal conflicto militar.

 

Stalin recibió en 1923 un país en plena guerra civil, con una economía de sobre vivencia basada en el arado, un pueblo analfabeto en un inmenso territorio donde las diferentes naciones estaban desintegradas. En 1953, a la muerte de Stalin, la URSS era una floreciente comunidad de naciones que albergaba a más de 100 nacionalidades en igualdad de derechos, un país sin analfabetos, industrializado, próspero, que contaba con plantas nucleares y se aprestaba a iniciar una nueva época en el desarrollo de la humanidad: la conquista del espacio.

 

Pero los grandes avances obtenidos en la economía no tuvieron su correlato en el sistema político. El socialismo es también democracia del pueblo y poder popular. Esa era la tarea pendiente a resolver por las nuevas generaciones. El XX Congreso del PCUS debió haber asumido la responsabilidad histórica de cerrar esa brecha, pero en su lugar eligió quedarse en la simple y despiadada crítica  contra la personalidad de Stalin y mantener intacto todo el sistema político construido en los duros y tempestuosos tiempos de Stalin.

 

El XX Congreso del PCUS se embarcó en la tarea de destruir los íconos revolucionarios pero mantuvieron intocable el templo edificado por los dioses caídos en desagracia y muy pronto empezaron a colocar nuevos íconos que nunca llegaron a brillar con luz propia.

 

Ese desencuentro, entre desarrollo económico e inmovilismo político, fue la principal causa que originó el periodo de estancamiento del socialismo soviético y que posteriormente llevó a la implosión de la URSS. El modelo socialista impuesto en tiempos de Stalin, luego del XX congreso, perdió esa poderosa fuerza motriz que impulsaba a las masas a participar activamente en el desarrollo del país; el socialismo, de la mano de Nikita Krusjov, se enrumbaba hacía un callejón sin salida, las masas populares empezaron a perder su identificación con la burocracia que se enquistó en los aparatos del PCUS y el ideal socialista se diluía de la conciencia de los trabajadores y campesinos soviéticos.

 

La sorpresa no es que el socialismo en la URSS en 1991 se haya derrumbado de ese modo casi tan natural, sino que el modelo socialista desarrollado durante Stalin, haya resistido tanto tiempo, a pesar de los torpes ataques propiciados por los nuevos mandamases del PCUS.

 

No fue solamente las vitrinas vacías y la escasez de alimentos lo que llevó a la desaparición de la URSS. Fue también el debilitamiento de la conciencia revolucionaria y la pérdida de fe en el futuro, lo que permitió que una casta burocrática –con Yeltsin a la cabeza- destruyeran la obra de Lenin.

 

Hoy sabemos que es lo que no debe ser socialismo. Ese aprendizaje fue duro. Como dijo el fallecido General Lebed “Quién no haya llorado por la desaparición de la URSS, es porque no tiene corazón. Quién proponga su restauración, es porque no tiene cerebro.”

 

Luego de la desaparición de la URSS el viejo comunismo no podía ofrecer a los comunistas otra cosa que nostalgia. Pero el mundo no se cambia desde la nostalgia y la revolución no se hace para retroceder en el tiempo.

 

Como sabiamente definió Fidel Castro “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

 

 

 

 

 

 

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Para Mulder todo está perdido

Por Fredy León

 

Totalmente de acuerdo con el epílogo final del artículo “La guerra está perdida” escrito por Claude Maurice Mulder Bedoya.

 

El futuro de Mulder y de su partido, el apra, se acaba y ya no tienen nada que hacer. Solo les queda el consuelo de vivir el presente añorando un pasado ficticio. Han perdido toda ilusión para imaginar el futuro por que saben que al final de su camino lo único que les espera es la soledad del cementerio.

 

Pero Mulder no solo teme al futuro. Ha entrado en un estado de pánico existencialista por que repentinamente se ha dado cuenta que no tiene nada que valga la pena defender.

 

El actual pesimismo de Mulder refleja la mentalidad derrotista de un partido que tenía ambiciones de hacer historia, que dirigió durante una década (1985-1990 y 2006-2011) los destinos del país y que no  ha dejado huella alguna de su paso por el gobierno.

 

¿Para eso lucharon por ser gobierno?

 

En el apra la realidad y los sueños van por sentidos contrarios. Y un partido que no tiene nada que defender y nada que ofrecer al futuro, es un partido anquilosado.

 

¿De qué puede ahora enorgullecerse Alan García cuando su propio cancerbero le enrostra que han perdido la guerra?

 

¿Diez años de gobierno y nada que valga la pena recordar, nada que puedan reivindicar?

 

¿Esa es la herencia de Alan?

 

La realidad descrita por Mulder y su aceptación de que han perdido la batalla, deshace los delirios de grandeza de Alan.

 

Sin querer queriendo, Mulder ha dejado desnudo al rey.

 

Luego de leer lo escrito por Claude Maurice Mulder Bedoya, solo queda recordar al viejo Marx: “todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano.”

 

 

 

 

 

 

 

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Los pirómanos de la Unión Europea

Por Fredy León

 

En política, como en la vida, hay algunos límites éticos y morales que resultan peligrosos traspazarlos. Una vez que empiezas poniendo los pies en la otra orilla -¡Oh, los que entraís, dejad toda esperanza!- es un camino sin regreso y, por lo general, terminas emulando al peor de los Maquiavelos: acabas creyendo a pie juntillas que el fin justifica los medios.

 

Sendero Luminoso no tuvo problemas en cruzar esa línea, Abimael actuó sin ningún parámetro moral, quería tomar el poder imponiendo el miedo del terror y, para demostrar su fuerza, los senderistas actuaron con una vesanía y crueldad total. Todos conocemos como terminó Sendero Luminoso. Son los lazarinos de la política.

 

El fujimontesinismo traspazó ese límite con la justificación de que solo así podía alcanzar sus objetivos. Fujimori y Montesinos relativizaron los conceptos, despotricaron contra los principios, elevaron el pragmatismo como su doctrina oficial y la moral de la nación se difuminó con una facilidad increible en medio del voraz apetito de poder que mostró el fujimontesinismo. Al final, cuando se hizo público el modus operandi con que manejaban la maquinaria estatal, el rechazo a la conducta mafiosa del chinito fue abrumador. Fujimori tuvo que huir del país y junto con Montesinos acabaron en prisión.

 

Alan García nunca vio la diferencia moral entre estar a un lado o saltar al otro lado, es el típico saltimbanqui que busca sacar ventajas personales de las situaciones y aprovechar las quimeras de poder para engrandecer su ego (y de paso su cuenta bancaria) En ese su continuo deslizamiento por la pendiente de la corrupción y el oportunismo político, Alan ha llegado al punto que atormenta a todo político: cero credibilidad. No creo que exista alguien que tenga la entereza y dignidad para defender con razones valederas el sinuoso comportamiento de Alan.

 

En Venezuela, la oposición hace tiempo que cruzó ese Rubicón, y lo peor de todo, creen que tienen la libertad absoluta para seguir cometiendo toda clase de tropelias. La burguesía venezolana es de las mas retrógradas y pro yanquis del continente y en su desesperación por recuperar el poder han cometido todo tipo de barbaridades, alentados a rabiar por esa entelequía denominada “comunidad internacional”; pero haber llegado al extremo insólito de linchar y quemar vivos a personas, sobrepasa todos los límites imaginables y enerva la conciencia de todo ser humano, independientemente de su posición política.

 

Esos actos bestiales, cometidos a ojos del mundo resulta, desde todo punto de vista, injustificable; y así lo entendieron los venezolanos que mostraron su rechazo a la estrategia violentista impulsada por la derecha, pero menos la Unión Europea, que ha decidido premiar a los verdugos de esos horribles actos.

 

La UE cree que tiene el poder para borrar de la memoria de la gente la naturaleza perversa, criminal y sádica con que actuó la oposición venezolana durante esos 4 trágicos meses donde, imitando la estrategia senderista, intentaron crear un estado de zozobra social para tomar por asalto el poder. Y no solo eso, sino que desde sus cómodos poltrones de Bruselas, la UE apuesta para que la violencia fratricida vuelva a dominar la vida política venezolana.

 

Cuando la oposición venezolana reciba los 50 mil euros del premio Sájarov, la imagen del joven Orlando Figuera convertido en una tea humana, estará iluminando esa bochornosa ceremonia.

 

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El Che

Por Fredy León

 

La vida es una secuencia continua de actitudes, comportamientos y decisiones que, para bien o para mal, uno va asumiendo en su momento.

 

La vida nos otorga el privilegio de poder volver la vista hacia atrás, valorar el sentido de las decisiones e interpretar su significado real, pero no podemos modificar los hechos ni cambiar el pasado.

 

Somos espectadores pasivos del pasado, pero lo que sí podemos hacer es atrevernos a cambiar el presente e imaginarnos el futuro.

 

Pero para ello se requiere mirar el horizonte, ser un visionario, construir sueños colectivos y tener la convicción para luchar por hacer realidad los ideales.

 

La historia está llena de ejemplos de hombres y mujeres que con sus actos cambiaron el curso de la historia. Y uno de ellos, por su grandeza moral, mística revolucionaria y ejemplo de coherencia entre la palabra y la conducta, es el guerrillero heroico, el Comandante Ernesto “che” Guevara, el revolucionario que se transformó de ser un simple espectador del pasado, en el hacedor de un futuro que hoy lucha por hacerse realidad en medio de las grandes contradicciones que marcan el ritmo de la historia.

 

El che alcanzó la inmortalidad porque es sinónimo de rebeldía, porque se atrevió a imaginar el futuro y porque en su momento tomó la decisión de emprender un camino que creía era la única alternativa para acabar con siglos de explotación y miseria humana.

 

El che luchó por sus ideales socialistas con la mente abierta, el fusil en la mano y el corazón entregado a la liberación de los pueblos de nuestra Abya Yala.

 

Lastimosamente la historia se confabuló con el pasado para derrotar los sueños del futuro. La voluntad no pudo quebrar el curso de la historia.

 

El che murió en su intento de saldar las viejas cuentas con ese pasado de oprobio; pero su sangre, roja y pura, regó las semillas del futuro que hoy, venciendo las grandes dificultades que toda obra verdaderamente revolucionaria tiene que enfrentar, germinan en la conciencia de la patria nueva que se va abriendo paso.

 

El che es el revolucionario que con su muerte se adelantó a su tiempo, y hoy, en medio de la bruma de la historia que las luchas de nuestros pueblos van disipando, se yergue victorioso.

 

Esa es la grandeza de el che, el comandante inmortal, el revolucionario siempre presente en cada una de las luchas que libran los pueblos americanos, el ser humano integro y solidario cuyo ejemplo pertenece al futuro.

 

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Las doble muerte de Mariátegui

Por Fredy León

José Carlos Mariátegui fue una de esas grandes figuras históricas que en su corto peregrinaje por la vida dejó profundas huellas que dificilmente el implacable paso del tiempo podrá borrarlos del todo.

 

Tan grande y fecunda fue la obra del Amauta y tan inmensa su figura intelectual que para abandonar el mundo terrenal, tuvo que morir dos veces: una muerte física y otra muerte política.

 

La primera, destino ineludible de todos los seres humanos, ocurrió prematuramente el 16 de abril de 1930 como consecuencia de una penosa enfermedad.

 

El Amauta falleció sin ver realizado sus grandes ideales al cual dedicó lo mejor de su existencia: “concurrir a la creación del socialismo peruano”, pero nos legó una rica herencia cultural asi como los principales instrumentos para culminar la tarea iniciada por el Amauta.

 

La segunda, la muerte política de José Carlos Mariátegui, se produjo en ese corto periodo de 1963-64 cuando sus díscolos discipulos decidieron sepultar la creación heroica del Amauta.

 

La división del Partido Comunista en dos vertientes, una alineada con Moscu y otra con China, significó en la práctica el ocaso final de la herencia política del Amauta.

 

La tragedia de esa división fue que fracturó y desarticulo al sujeto social revolucionario definido con claridad por Mariátegui, y además, sembró en la conciencia de la militancia partidaria el gérmen de la división que hoy nos identifica.

 

Luego de la división del Partido la revolución socialista quedó como una tarea demasiado grande para los escombros de esas dos organizaciones que perdieron su nexo con el incesante ritmo de la historia, y en su lugar, se dedicaron con mas vehemencia que inteligencia, a disputarse las devaluadas siglas partidarias. El Partido se transformó en un objetivo en si mismo.

 

En esa pugna infertil y sin sentido, el socialismo se convirtió en una lejana e irrealizable utopía incomprensible para las pequeñas mentes dogmáticas que destruyeron la esencia viva, creadora y profundamente revolucionaria del pensamiento mariateguista.

 

Como consecuencia de la división la acción política de los comunistas se redujo al pequeño espacio de la disputa hegemónica y control burocrático del movimiento social que se fragmentó debido a las luchas partidarias.

 

Mariátegui nunca concibió la revolución como una obra exclusiva del partido o para beneficio del Partido, sino como una obra de las masas populares; por ese motivo, toda su labor intelectual y actividad política lo dedicó a difundir los ideales socialistas entre las masas populares, crear conciencia de clase y construir los instrumentos orgánicos para lograr esa misión.

 

Para Mariátegui, el Partido tenía únicamente razón de ser si se transformaba en la parte activa, en el elemento consciente y sujeto político organizador de la clase social llamada a construir el socialismo; pero sobre todo, Mariátegui concebía al Partido como el principal factor unitario.

 

Nunca va estar de mas recordar los contundentes alegatos escritos por Mariátegui convocándonos a la unidad.

 

Mariátegui fue por excelencia el gran teórico del frente único, el brillante estratega político que comprendió a cabalidad la importancia de la unidad de clase. La división de 1963-64 alteró radicalmente ese curso y muchos comunistas terminaron convertidos en eternos diletantes y justificadores de la división.

 

Mariátegui tenía “una declarada y enérgica ambición”; con su obra teórica abrió una nueva época en el desarrollo del pensamiento revolucionario y señaló un camino a transitar. La división cerró en falso ese fecundo periodo lleno de grandes retos históricos, desandó a marcha forzada el camino transitado por Mariátegui y convirtió al Partido fundado por el Amauta en una grotesca criatura incapaz de llevar a cabo una gran obra histórica

 

Hoy esa visión mariateguista de partido de nuevo tipo agoniza extraviado en los recodos de la historia. De la creación heroica de Mariátegui no queda nada, solo la nostalgia.

 

Por eso no resulta extraño que hasta la conmemoración del 7 de octubre se haya convertido en una fecha simbólica, sin sentido de futuro, sin espacio para la crítica, sin capacidad para plantearse el camino de la reunificación de los comunistas. Un acto de un puñado de militantes dedicado unicamente a mirar el pasado, a vivir de la nostalgia, un acto que nos recuerda que los sentimientos sectarios son mas fuertes en esas dos pequeñas organizaciones que irresponsablemente prolongan su división en dos grupos asimétricos: los que quieren olvidar y los que no pueden recordar que el Partido Comunista surgió para construir el socialismo.

 

Pero lamentablemente el único mensaje que envían esos dos partidos comunistas, que celebran por separado una fecha que debería pertenecer a todos los revolucionarios, es recordarnos una vez al año que estan aquí, sí; pero no saben a donde ir.

 

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España se rompe

Por Fredy León

Las brechas entre España y Catalunya se agrandan. La división del país ibérico parece inminente y el anunciado divorcio puede tener visos dramáticos si continua la escalada de enfrentamientos. En Catalunya, los viejos fantasmas de la sangrienta guerra civil española amenazan con renacer para saldar su deuda con la historia.

 

Lo sucedido en Catalunya el 1-O fue el suicidio inducido de la democracia española bajo un escenario surealista nunca antes visto; policias enmascarados apaleando brutalmente a ciudadanos de toda edad que pacificamente querian cumplir con el viejo ritual sobre el que se sustenta la democracia: votar.

 

Si un ciudadano no puede ejercer su derecho básico de votar, la democracia pierde su valor principal.

 

El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, apostó a impedir el referéndum catalán utilizando todo el poder coercitivo del estado español.

 

Y fracasó en su torpe intento y España perdió su imagen de país democrático.

 

Resultado de ese estrepitoso fracaso: España está a punto perder su poder sobre Catalunya. Y tras palos, cuernos. No solo es el problema catalán que debe preocupar a España, no olvidemos que los vascos -y en menor medida- los gallegos mantienen viejas cuentas pendientes con el Estado Español.

 

Rajoy, que se caracteriza por su orfandad de ideas, sacó a relucir lo peor de la tradición autoritaria y despótica de la derecha española que nunca renunció a su pasado franquista.

 

Cuando todo aconsejaba que el tema Catalán había que encarrilarlo por cauces de la política y el diálogo activo para buscar una salida pactada -como sucedió en Quebec y Escocia- Rajoy taimadamente no hizo nada y pensó que, frente al acto político del referéndum -que tenía mas de simbólico que real- bastaba con actuar con mano de hierro, como en los tiempos de Franco.

 

Rajoy procedió a militarizar Catalunya con la ilusión que ese tropel de policias iban a lograr requizar urnas, destruir cédulas de votación y reprimir los anhelos independentistas de un sector de la población catalana.

 

Las imagenes que han dejado el accionar de la policia el 1-O no dan lugar a duda. La policia intentó hacer su tarea sucia, pero cuando no se cuenta con el apoyo popular, los resultados son contraproducentes. Rajoy quemó sus naves y luego del 1-O, las tropas policiales son vistas como una fuerza de ocupación.

 

Rajoy, a pesar del inmenso poder utilizado y haber repetido innumerables veces que no iba haber urnas el 1-O, finalmente no pudo quebrar la voluntad de millones de catalanes que desafiaron al estado español y salieron a votar a como de lugar.

 

Y en ese caos en que se desarrolló el referéndum, el independentismo catalán ganó la partida. Ahora cuentan con un respaldo social importante, tienen la iniciativa política y han puesto a la defensiva al gobierno español que naufraga en la nada.

 

Y mientras tanto, los plazos para el diálogo entre el gobierno y los independentistas catalanes se van agotando y cada vez parece imposible.

 

Si el gobierno de Rajoy no modifica radicalmente su estrategia frente a Catalunya, entonces solo van a quedar dos alternativas: o los catalanes declaran su independencia de manera unilateral o el gobierno español decide aplicar el artículo 155 de la Constitución española e interviene -manu militare- el gobierno regional para retomar el control de Catalunya.

 

 

 

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Destructores S.A.

Por Fredy León

No contento con las terribles desvastaciones que las catastrofes naturales están ocasonando en diversas partes del globo terráqueo, el inefable presidente de los Estados Unidos ha anunciado su intención de competir con las fuerzas telúricas de la naturaleza y ha dicho que está dispuesto a utilizar todos los medios disponibles para “destruir completamente” Corea del Norte.

 

Esa escalofriante amenaza de guerra total, lo ha hecho desde el cada vez mas devaluado podium de las Naciones Unidas, instancia mundial que se supone debería ser el último espacio reservado para preservar la paz mundial y el lugar privilegiado para que el azaroso lenguaje de la diplomacia reemplaze al temido tronar de los cañones.

 

Lo malo es que el imperio nunca ha entendido el valor de la diplomacia y su lenguaje siempre ha sido una mera prolongación de su poder militar.

 

Lo normal, en tiempos de calma chicha, era que en las Naciones Unidas se escuchen alegatos a favor de la paz, pero cuando vemos al presidente de la primera potencia mundial, exponer ardorosamente sus argumentos guerreristas para justificar el terrorífico ultimatum lanzado contra Corea del Norte y de paso repetir sus paranoicas amenazas intervencionistas contra Irán, Siria, Cuba y Venezuela, es por que algo está sucediendo en la escena mundial.

 

El caos reina en el mundo, la guerra se ha convertido en una rutina, los Estados Unidos han perdido el ritmo del tiempo y se está gestando un reacomodo de poderes regionales que están cuestionando la posición dominante que tiene la moneda norteamericana en la economía mundial. Si el dólar pierde su posición hegemónica, a los Estados Unidos solo le va quedar hacer una demostración de su poder militar para preservar su posición de potencia mundial.

 

Y en este caos que se avecina a pasos agigantados, así como a Donald Trump no le faltan pretextos para pasar al lenguaje de las armas, le sobran los medios para hacer realidad su amenaza.

 

Y es que los Estados Unidos cuentan con un potente arsenal militar capaz de borrar de la faz de la tierra a la República Democrática de Corea del Norte.

 

De eso no hay duda; de lo que si hay duda es de la capacidad de fuego con que cuentan los coreanos, por que si se confirman las aseveraciones que Corea del Norte ha logrado desarrollar su armamento nuclear, entonces estamos ante un conflicto nuclear donde no habrá triunfadores.

 

Trump puede destruir Corea del Norte, pero dudo que los Estados Unidos puedan evitar las terribles consecuencias de una guerra nuclear y tampoco las repercusiones políticas dado que China y Rusia ven con recelo las amenazas militares contra Corea del Norte. Ya no estamos en los tiempos de Hiroshima y Nagazaki, donde los Estados Unidos era la única potencia nuclear.

 

En una guerra nuclear todos perdemos, esa es una verdad de Perrogrullo, aunque a decir verdad, para los poderosos señores de la guera este clima pre bélico que vive el mundo, les está reportando enormes beneficios. Basta ver como ha crecido el negocio de armas en la última década. Según Amnistia Internacional la venta de armamentos ha movido la astronómica cifra de 100 000 millones de dólares. (https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/temas/armas/)

 

A los señores de la guerra la eventualidad de una conflaglación nuclear no creo que les quite el sueño, es su negocio. Lo que si les produce pesadilla, son las posibilidades que sus acciones en Wall Street pierdan su valor. Y es que cuando el poder de un misil pierde su utilidad práctica, el valor de las acciones de la industria militar se devaluan obstensiblemente. El precio de los misiles y las bombas se valoran más en tiempos de guerra.

 

La estabilidad y fortaleza de la economía norteamericana dependen cada vez mas del negocio de las armas. Y en este campo, Donald Trump, que se ha mostrado como un político mediocre y con grandes limitaciones intelectuales, ha demostrado poseer una habilidad singular para los negocios de guerra.

 

Desde su arribo a la Casa Blanca los gastos militares se han incrementado en casi 10% del presupuesto (54,000 millones de dólares), y en diversos puntos del mundo, se ha desatado una loca carrera armamentista.

 

Es en este campo donde se nota el verdadero talento de Donald Trump. Gracias precisamente a su discurso beligerante, que recuerda los tiempos mas álgidos de la guerra fría, ha reavivado la llama de los conflictos regionales.

 

Y justo en esas regiones donde la paz pende de un hilo, Donald Trump ha suscrito grandes contratos militares con Taiwan, Irak, Arabia Saudi, Qatar y recientemente con Corea del Sur, y ha logrado que los países miembros de la Otan se comprometan a incrementar sus gastos de defensa hasta un 2% del PBI.

 

Todo un presente en bandeja de oro para los mercaderes de la guerra.

 

Mientras por un lado, Donald Trump amenaza a medio mundo y juega irresponsablemente con la paz mundial; por otro lado, vemos como un selecto grupo de sus amigos hacen jugosos negocios de guerra. Y es que para el imperio, la guerra siempre ha sido un suculento negocio.

 

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