Las iras de Trump

Por Fredy León

Hubo un tiempo donde los presidentes latinoamericanos gobernaban con el oído pegado a la embajada; para ellos la palabra del imperio era ley: se acataba y punto, sin dudas ni murmuraciones. Y si alguien osaba salirse del redil o mostrar cierto grado de independencia, no faltaba algún general dispuesto a restaurar el orden imperial. Era el círculo de la dominación perfecta.

En ese círculo de poder el imperio siempre actuaba bajo las sombras y lejos de los reflectores de la prensa, se cuidaban de guardar las apariencias ante la historia. Tuvieron que pasar muchos años para que el imperio se viera obligado a reconocer, por ejemplo, que Nixon y Kissinger fueron los cerebros del cruento golpe de estado contra Salvador Allende.

En las últimas décadas algo ha cambiado en nuestro continente. Surgieron gobiernos progresistas con una agenda política propia y la voz de mando del imperio se debilitó, sus embajadas ya no son el epicentro del poder, sus lacayos locales son polvo en el viento, vienen y desaparecen, y cada vez hay menos militares dispuestos a cumplir el triste papel de ser el perro guardián del imperio. El círculo del poder imperial se fue resquebrajando.

Al imperio le cuesta seguir manteniendo su poder en lo que hasta hace poco era visto como su patio trasero. El nuevo escenario mundial que se viene configurando, con una presencia cada vez más activa de Rusia y China, ha obligado al imperio a volver la mirada hacia el continente americano. Donald Trump, a diferencia de Bush que fracasó en su intento de anexar económicamente la región vía el Alca, se ha lanzado a una cruzada de recolonización militar de América Latina.

Y Venezuela aparece como el primer objetivo para restablecer el viejo orden imperial en América Latina; en su lista siguen Cuba, la joya preciada por el imperio, Nicaragua y el muro de la verguenza en la frontera con México.

En la complicada situación de Venezuela ya no hay espacio para las apariencias, las máscaras se han caído y los verdaderos personajes han ocupando su lugar en el campo de batalla. La pugna ya no es una lucha local entre “chavistas” y “escualidos”. Venezuela se ha convertido en parte central de esa gran batalla por recomponer el poder mundial. Y en esa batalla, los peones del imperio no tienen la fuerza para lograr sus cometidos. Guaidó, sin el protagonismo de Trump, no pasaría de ser un pequeño aventurero, un personaje desquiciado por las continuas derrotas sufridas por la oposición en su vano intento de pretender volver al poder. Así como Venezuela, sin su petroleo, no tendría mayor significado para la Casa Blanca ni la economía mundial.

Por eso que el escenario final de esta larga batalla se decidirá en la Casa Blanca. El imperio se ha comprometido hasta el cuello con la misión de promover un rápido cambio de regimen y Trump se ha convertido en el principal actor de esa burda comedia que amenaza transformarse en una tragedia de consecuencias inimaginables. Por si alguien tenías dudas, con las continuas declaraciones de Trump, Pence, Pompeo, Rubio y Bolton ha quedado en claro que Guaidó es una ficción virtual que no tiene ningún capacidad de decisión ni poder real en este conflicto y la única opción que le queda al imperio, para recuperar Venezuela, es mediante el uso de sus bayonetas. Y como alguien nos recordaba, las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse ni llevar ayudas humanitarias.

Para lograr su cometido Trump ha desempolvado el viejo discurso anticomunista de los años 50, ha vuelto a esgrimir la amenaza comunista para justificar la posible invasión militar de Venezuela, un país que probablemente lo único que conozca el mandatario yanqui es que tiene petróleo. Pero las palabras de Trump, para que cobren algún sentido, tiene que ir acompañado del poder real del imperio. Y ese poder, como hemos visto, ya no es político ni económico, sino fundamentalmente es militar.

Trump sabe que a los Estados Unidos el mundo se le está escapando. Su consigna de “America first only America first” probablemente le sirvió para ganar las elecciones, pero le atan de manos en el concierto mundial en momentos en que Rusia, China y la derrota sufrida en Siria están minando la hegemonia global del imperio del norte. No se equivocó el comandante Hugo Chávez cuando expresó que la paulatina perdida de la hegemonía económica del imperalismo yanqui iba a llevar a una crisis del unilateralismo impuesta por los Estados Unidos. En el mundo se está configurando una nueva correlación de fuerzas que apunta a un dramático cambio de época. Luego del fin de la guerra fría, el imperialismo yanqui quedó como la única potencia mundial, hoy asitimos a una caótica diversificación de ese poder mundial y China, asoma en el horizonte, como la nueva potencia hegemónica.

En ese mundo de caos que vivimos, Venezuela aparece como el primer escenario bélico de esta nueva batalla por el poder mundial. Una agresión militar contra Venezuela va desestabilizar la región y, dependiendo de la capacidad de resistencia del gobierno de Maduro, puede significarle mas problemas que soluciones a la administración de Trump. Una guerra prolongada, un continente regado de muertos y un pueblo resistiendo la agresión del imperio, sería la peor de las pesadillas de Donald Trump.

No olvidemos que Trump está jugando su futuro en Venezuela y si Maduro logra mantenerse en el poder, será visto como una derrota mortal de Trump que reduciría a la nada las posibilidades de su reelección presidencial. Trump puede llevar la guerra a territorio venezolano pero Maduro puede agudizar la lucha política en la sociedad norteamericana que con motivo recela de las habilidades de estadista de Trump.

Lo que sucedan las próximas horas serán vitales para el futuro de Venezuela y de nuestro continente. O Venezuela hace respetar su derecho a ser una nación independiente, libre y soberana o se impone la política de recolonización impulsada por el imperialismo yanqui.

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La izquierda revolucionaria

Por Fredy León

A pesar de todas sus crisis y grandes limitaciones el futuro de las izquierdas sigue siendo motivo de debate, tanto por parte de quienes se identifican con esta corriente de pensamiento como por quienes la adversan y desearian que las izquierdas desaparezcan completamente de la escena política.

A diferencia de lo que sucede en la derecha donde el pragmatismo va delante de las ideas, en las izquierdas el debate ideológico cobra mayor fuerza por una sencilla razón: las izquierdas proponen crear una nueva sociedad.

Y como todo proceso de creación de algo nuevo demanda mucha imaginación, mucho conocimiento, mucho debate y mucho sentimiento plebeyo. Solo del debate franco y abierto a las mentes creadoras se pueden extraer las ideas más justas.

Creo que la falta de estos factores fueron los que deformaron el surgimiento de la nueva república y las instituciones que nacieron al calor de la lucha por la independencia de la colonia española fueron débiles, raquíticas y al servicio de una pequeña minoría.

La derecha nunca tuvo un proyecto nacional propio, siempre se contento con ser una fuerza subsidiaria, funcional a los intereses del gran capital y donde los presidentes gobernaban con los oídos bien puestos en la embajada norteamericana.

Desde sus orígenes la izquierda se enfrasco en un arduo debate sobre su identidad. Fue Mariátegui, en polémica con Haya de la Torre, quien definió con mayor claridad y mucha inteligencia el carácter revolucionario que debía tener la izquierda.

Sobre la revolución decía Mariátegui “Tenemos que reivindicarla rigurosa e intransigentemente. Tenemos que restituirle su sentido estricto y cabal.”

La izquierda peruana tiene futuro si se mantiene fiel a sus orígenes y desarrolla creadoramente su identidad política construida en la lucha junto al pueblo trabajador. Tiene que ser una izquierda revolucionaria, transformadora y constructura de la nueva sociedad.

Es sobre esa inconfundible señal de identidad revolucionaria que hay que construir el nuevo edificio de la izquierda peruana democrática, feminista y ecologista. Una izquierda moderna para el siglo XXI que sabe de dónde viene y tiene claridad total en el objetivo de su existencia: el socialismo.

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Un encuentro varios fracasos

Por Fredy León

“y los pedacitos rotos del sueño/¿se juntarán alguna vez? /¿se juntarán algún día/pedacitos? / ¿están diciendo que los enganchemos al tejido del sueño general / ¿están diciendo que soñemos mejor?” (Juan Gelman)

Resulta más que comprensible que muchas personas se muestren pesimistas ante al encuentro de las izquierdas a llevarse a cabo el 26 de enero en Huancayo. No es la primera vez que las izquierdas se reunen para discutir sobre la posibilidad de construir un proyecto unitario ni tampoco sería la primera vez que todo acabe en un nuevo fracaso y otra decepción. Y es que las izquierdas arrastran una mentalidad derrotista, tienen una especial vocación por los fracasos y han convertido su vieja y heroica historia en una menuda historia de divisiones permanentes.

Y para variar, un nada inteligente twitter de Vladimiro Cerrón aludiendo a una supuesta confabulación “judea-peruana” ha servido de motivo para que muchos analistas políticos se apresuren a desacreditar el evento de Huancayo.

Las izquierdas nunca la tuvieron nada facil pero ahora tienen que luchar contra su propia historia, nadar contra la corriente y demostrar en los hechos que la unidad no es un mito. La unidad es la fuerza de la diversidad de un pueblo que renace en un país agotado y sometido por fuerzas destructoras que han corrompido toda la vida pública y destruido la confianza ciudadana en la república. Sin unidad la patria languidece y su futuro se presenta como una repetición de los viejos errores del pasado que nos mantiene como un país subdesarrollado y de grandes injusticias sociales.

Las izquierdas divididas dificilmente van a ser vistas como una alternativa de gobierno creible y viable. Y no solo eso, sino que divididas no tienen la mínima posibilidad de gobernar. Por eso necesitamos la unidad; unidad para ganar, unidad para gobernar y unidad para construir la patria nueva.

¿Qué hace falta? Como he sostenido en diversas ocasiones lo fundamental es que tengamos voluntad unitaria. No le temo a la diversidad, las discrepancias ni al debate de ideas; le temo al sectarismo, el dogmatismo, la falta de sentido autocrítico y el miedo a atreverse hacer historia con mayúsculas. La unidad es para construir la fuerza protagónica del pueblo, es para forjar en la lucha común el instrumento político que nos permitirá liberar a nuestra patria de las fuerzas retrógradas que durante 200 años han dominado el país.

Si existe voluntad unitaria, nos uniremos. Pero si no existe esa voluntad, por más que declaremos que luchamos por los mismos objetivos, seguiremos divididos y guiados por ese nocivo espíritu sectario que nos caracteriza.

Pero no nos engañemos, la unidad por sí sola no nos garantiza la victoria, es solamente el primer paso en una tarea gigantesca que decidimos emprenderlos juntos. Lo único cierto es que la división nos conduce inexorablemente a la derrota.

Y ese paso unitario, imprescindible y necesario para abrir las grandes alamedas, tienen que atreverse a dar en el encuentro de Huancayo. Ahí veremos si la denominada “cumbre de los líderes del pueblo” es más de lo mismo en la historia de frustraciones, divisiones y derrotas de las izquierdas o es el inicio de algo nuevo. Esperemos que esos líderes que viene a hablar a nombre de todo un pueblo recuerden lo que el Amauta decía “la historia es duración.”

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Un hombre de leyenda

Por Fredy León

Ni bien empezaban a languidecer los festejos de fin de año, en el viejo local de la FDTC comenzaban los preparativos para la romeria anual a la tumba de Emiliano Huamantica. Las teclas de la vieja máquina de escribir Olivetti resonaban sin descanso, Luis Vilavila escribía con una rapidez increible lo que Pedro Huilca le dictaba, y en el fondo del vetusto salón, los jotosos se encargaban de manipular el mimeógrafo “Gestetner” para imprimir a toda velocidad las octavillas convocando a la romeria. No había tiempo que perder, en enero los día venían con la resaca del viejo año y las ilusiones de algo nuevo tardaban en comenzar.

1977 había sido un año difícil para el país, los continuos paquetazos anunciados por el entonces Ministro de Economía, Silva Ruete, que hacían difícil las condiciones de existencia de los trabajadores y las violentas represiones contra el pueblo que demandaban pan y libertad, llevaron al movimiento sindical a colocarse a la vanguardia en la lucha contra la Dictadura Militar de Morales Bermúdez. El gran paro nacional del 19 de julio de 1977 fue una impresionante demostración de fuerza de las organizaciones populares, y en el Cusco, esa medida de lucha se transformó en una huelga de 72 horas.

La dictadura tenía miedo a perder el control del país y el Ministro del Interior, Cisneros Vizquerra, reprimía con mayor violencia las protestas populares que se multiplicaban a lo largo y ancho del país.

En el local de la FDTC sus dirigentes mostraban algo de preocupación. El Prefecto no había respondido al pedido de autorización para la romería y corrían rumores de que el comandante en jefe de la IV Región militar tenía ordenes expresas del Ministro del Interior para impedir las manifestaciones públicas en el Cusco. Desde el trágico fallecimiento de Emiliano Huamantica, en enero de 1964, la FDTC nunca había dejado de recordar a uno de sus históricos dirigentes. Y 1978 no iba a ser la excepción.

La mañana de ese domingo lluvioso el local de la FDTC amaneció tomado por tropas del ejército. El viejo rochabus impedía el paso por la calle Recoleta y un camión portratopas estaba estacionado en la entrada a Chihuampata. Enterados de esta noticia, los dirigentes de la FDTC se dieron maña para apostar algunos jotosos en las calles adyacente a Ruinas, Tullumayo, Chihuampata y Pumapaccha para alertar a los manifestantes que eviten pasar por el local de la FDTC y se dirijan, en grupos no mayores de tres, directamente al Cementerio de Almudena.

En la Plaza de Almudena se sentía un ambiente tenso. Las compañeras vendedores de flores nos alertaron de la presencia de miembros de la extinta policia de investigaciones y el camarada Pedro Huilca dió la orden de congregarnos al pie de la tumba de Emiliano Huamantica.

A la señal dada por Pedro Huilca los jotosos rompimos con el silencio sepulcral que normalmente habita en el cementerio. El grito de ¡Camarada Emiliano Huamantica! se escuchó con su eco atronador en todo el cementerio y unas tímidas voces atinaron a responder ¡Presente!….¡ Con su ejemplo!…¡Venceremos!…¡Palmas revolucionarias!… Y de pronto, venciendo el temor, un fuerte estallido de aplauzos empezó a sonar delante de la tumba de Emiliano.

Éramos como mil personas que habíamos desafiado a la represión y decidido cumplir con ese ritual de honrar la memoria de un hombre que con su vida honró a la clase obrera.

Del medio de la multitud se empezó a escuchar el discurso de Jesús Manya a nombre de la Juventud Comunista. Eran palabras de quienes mirábamos el futuro con optimismo y sentíamos que la lucha de la clase obrera era la que podía definir el futuro del país y por esa razón la vida y obra de Huamantica nos unía y convocaba a la acción. Después, encima de unos adobes, apareció la figura de Pedro Huilca quien, con su voz suave y calmada, empezó a rendir homenaje a la memoria de Emiliano, rendir balance de lo actuado al frente de la FDTC, enjuiciar el momento político que vivía el país y las tareas que tenía el movimiento sindical como la parte más organizada y combativa del movimiento popular peruano que entraba a una fase de ofensiva en la lucha de masas contra la dictadura de Morales Bermúdez.

En medio de las palabras de Pedro Huilcase escuchó un grito -¡viene la policia ! Un centenar de agentes de la guardia civil, con sus varas en la mano, empezaron a cercarnos. Las primeras bombas lacrimógenas comenzaron a caer y el caos y la desesperación se apoderó de los manifestantes quienes, por encima de las tumbas precarias y nichos a medio construir, trataban de huir.

El resultado de la jornada arrojó algunos heridos, varios contusos y más de una decena de detenidos, pues paralelamente al accionar de la guardia civil, los miembros de la PIP procedieron a capturar a los principales dirigentes sindicales y militantes del PC.

Cumpliendo las órdenes del Ministro del Interior los detenidos, entre los que figuraban los dirigentes sindicales Pedro Huilca, Roberto Rojas, Justo Solis, Luis Vilavila, Manuel Cancha, Rodolfo Valdivia, y los militantes de la Juventud Comunista Jesús Manya, Wilbert Ayma, Sergio Mendivil, Angel Espejo, fueron trasladados inmediatamente a la cárcel de Qenqoro.

La jornada de ese domingo de 1978 fue agridulce. Desafiamos a la dictadura de Morales Bermúdez y cumplimos con nuestro compromiso de honrar la memoria de Emiliano Huamantica, pero a su vez vimos como varios de nuestros camaradas tuvieron que sufrir prisión por el simple hecho de recordar la figura de Emiliano Huamantica.

Y es que en el fondo de lo vivido en 1978, ese era el verdadero ejemplo de Emiliano Huamantica, un revolucionario que se alzó contra el orden burgués y desafió el poder de los patrones, terratenientes y gamonales que sometían y explotaban al pueblo.

Huamantica es un lider histórico porque fue consecuente con su clase y nunca claudicó de sus ideales comunistas. Y eso es lo que recordamos cada segundo domingo de enero desde hace 55 años.

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Una crisis, varias salidas

Por Fredy León

El desenlace de la actual crisis es aún confuso, estamos en un momento de impasse político donde ninguna de las fuerzas en pugna tiene, por ahora, el poder, la fuerza y la convicción necesaria para imponer una salida a la crisis que vive el Ministerio Público y que se ha ido trasladando de los oscuros tribunales a la calle. En este escenario podemos divisar 4 posibles salidas:

A. Una salida negociada entre Vizcarra y el fujimorismo, tal como Keiko insinuó en su tweet, y donde el congreso definiría los tiempos para buscar una salida honrosa de Chávarry y avanzar hacia una política de punto final, como propone De Althaus.

B. Que el núcleo bruto del fujimorismo se imponga en el congreso, declare inconstitucional la propuesta del ejecutivo, atornille a Chávarry como Fiscal de la Nación, Vizcarra acate la decisión del congreso y la crisis se patee para adelante,

C. Que Vizcarra logre su cometido, el congreso apruebe la reorganización del Ministerio Público, Chávarry sea espectorado y se devele todo el entramado de la corrupción Odebrecht,

D. Que Vizcarra cumpla su ultimatun y, ante la negativa del congreso de aprobar la reorganización del Ministerio Público, cierre el congreso y convoque a una Asamblea Constituyente.

4 escenarios posibles y donde todo dependerá de un solo factor: la actitud que asuma el pueblo. O se conforma con ser un actor secundario actuando como simple fuerza de apoyo para que la crisis se mantenga dentro de los cada vez más estrechos márgenes constitucionales o las masas asumen un rol protagónico y radicalizan sus luchas levantando sus propias banderas de cierre del congreso y asamblea constituyente.

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La triste agonía política de Alan

Por Fredy León

¿Cómo valorar la conducta política de Alan García? ¿Por lo que dice o por lo que hace?

Si fuera por lo primero estaríamos ante la presencia de un brillante estadista de talla mundial, un político impoluto que ha regenerado la nación peruana, un personaje público respetado por tirios y troyanos por su alto nivel intelectual y su conducta intachable, un presidente ejemplo de grandes virtudes, un magnifico gobernante que ha dejado una invalorable herencia a ser preservada en el tiempo por las nuevas generaciones, un lider político que en su fulgurante paso por la historia ha logrado sintetizar una increible simbiosis criolla de las mejores virtudes de esas grandes figuras de la política mundial como fueron Wiston Churchil, Mahatma Gandhi y Nelson Mandela.

Todo eso y mucho más sería “el doctor” Alan Garcia si por un momento creyeramos en su palabra. Pero la realidad suele ser más brutal de lo que uno imagina. Alan puede afirmar de todo, pero vamos, seamos honestos, estamos frente a un hábil e inescrupuloso charlatán que hasta el título de “doctor”, que gustaba utilizar, era falso.

La habilidad de Alan con la palabra va en sentido inverso con la responsabilidad de sus actos.

Alan García ya no es el imberbe mozallón de 25 años que todo irreverente irrumpió en la política peruana prometiendo un “futuro diferente”, ya no posee el privilegio de la duda; ahora carga un bagaje muy pesado y en su conciencia tiene acumulada la enorme responsabilidad de todo lo que ha destruido a su paso. Incluido su propio partido.

Alan ha ido envejeciendo con total deshonor y con el transcurso de los años su vida ha ido perdiendo completamente el sentido de dignidad, al extremo que su palabra carece de toda credibilidad y sus actos han llevado a que un 93% de la población lo rechace. Ningún otro político ha descendido hasta ese nivel.

No es odio como él afirma, creo que es lastima y pena lo que produce la enmohecida figura de Alan García.

“Nada. Nada hay de lo que deba reprocharme” les dice a los desconcertados militantes de su partido -si es que aún podemos considerar a los restos del Apra como un partido político- el personaje que no hace mucho estuvo mendigando “asilo político” por las embajadas, denunciando un imaginario “golpe de estado” o presentándose como “perseguido político.” Nada que reprocharse y ni un ápice de autocrítica; el ego es demasiado grande para quién vive con la obsesión de buscar una rendija que le permita seguir huyendo de la justicia.

Alan destruyó el componente moral de la política y vacio de contenido ético la responsabilidad de gobernar un país. Su primer gobierno fue un desastre en todo el sentido de la expresión; una espantosa mezcla de inflación, recesión, corrupción y guerra sucia. Entre su incontrolable voluntarismo, falta de coherencia en sus decisiones y excesiva ambición de poder, Alan desvastó el país, arruinó la economía de millones de familias peruanas y alentó la impunidad de los corruptos que hicieron grandes negociados con el dólar MUC, la compra de mirages, la licitación del tren eléctrico o con los préstamos del banco agrario a una tasa de interés cero. Y si no fue juzgado en su oportunidad fue gracias a que sus compañeros de partido, que controlaban el poder judicial, dejaron prescribir los delitos por los que se investigaba a Alan.

No una sino dos veces la corrupción tocó las puertas de palacio de gobierno. Pocas veces la historia fue tan indulgente con un personaje político y pocas veces ese personaje se empecinó en mostrar sus miserias morales.

Son sus actos como gobernante y el reguero de corrupción que dejó en su paso por el gobierno lo que se busca juzgar. No son sus ideas, son sus hechos los que están bajo la mira del Fiscal.

¿Qué catadura moral puede mostrar Alan, que sin inmutarse afirma que “nada hay que reprocharme”, luego de ese esperpento de espectáculo que armó en la embajada del Uruguay?

Solo el pánico a ser investigado por sus actos explica el motivo que llevó a Alan a tratar de huir del país. Y ese temor es lo que lo está llevando a soltar sus mastines para, en una acción concertada con los fujimontesinistas, intentar desprestigiar la labor del Fiscal Domingo Pérez.

Alan y Tubino emparentados en la misma campaña macabra y unidos por fuertes lazos emotivos e intereses menudos, ¿Habrá algo más expresivo de lo grotesco que representa la alianza aprofujimontesinista?

Alan García en lo único que ha demostrado coherencia ha sido en su permanente esfuerzo de evadir a la justicia. Pero hasta eso debe ser terrible para quien en su juventud tenía ambiciones de pasar a la historia como el salvador de la patria y llegó a su vejez escapando de los tribunales por los estropicios cometidos por un puñado de dólares.

Alan apareció en la política ofreciendonos un “futuro diferente” pero lo que vivimos durante sus dos gobiernos fue una pesadilla permanente. Serán los historiadores quienes juzguen la obra política de Alan, pero una cosa ya es cierta, a la historia ha entrado Alan con mal pie: quiso ser el hacedor del nuevo destino de la patria y terminó siendo un vulgar huaquero de la protohistoria.

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Bienvenido el debate

Por Fredy León

Un país progresa o bien por la lucidez de sus élites o por acción de las masas que se rebelan contra el orden vigente cuando sus condiciones de existencia se vuelven insoportables. Cuando las visiones de las élites coinciden con los intereses de las masas en estado de rebelión se produce una revolución, ese momento tan especial en la historia en el cual la lucha por el poder aparece como objetivo inmediato y donde desplazar a las clases dominantes del control del estado se convierte en tarea impostergable para transformar las viejas estructuras políticas. Y del inicial caos político, que fatalmente conlleva todo proceso de cambio social, surgirá una nueva forma de organización de la economía: los expropiadores son expropiados.

El Perú de Vizcarra está lejos de ingresar en ese momento histórico; lo que estamos viendo es algo más simple, una pugna política en las alturas, una disputa entre los defensores acérrimos del modelo neoliberal mafioso impuesto por el fujimontesinismo y el renacimiento de una derecha liberal -el famoso centro medio que encadila a los dioses en sus apacibles ocasos- que busca modificar algunas de las herencias políticas más desastrozas impuestas en los tormentosos tiempos donde reinaba el fujimontesinismo, que si sobrevivieron fue gracias al inmovilismo en que se sumergió la sociedad luego de la huída de Fujimori al Japón.

Las medidas propuestas por Vizcarra son una continuación, a ritmo lento y sin un horizonte definido, de ese interrumpido proceso de transición a la democracia iniciado por Valentín Paniagua, pero con una pequeña diferencia que marca el momento político que vive el país: las principales batallas políticas se están librando en los tribunales de justicia que peligrosamente aparecen como si fueran una segunda cámara deliberativa; el congreso ha quedado fuera de juego y entrampado en sus cuitas internas y en las calles el silencio indiferente de las masas es desolador. ¿Dónde están los que protestan?

En esas circunstancias concretas ¿qué hacer? ¿Oponerse a los cambios? ¿Convertirse en vizcarrista? ¿Apoyar las medidas levantando un proyecto propio? ¿O quedarse contemplando hasta que las aguas se clarifiquen?

Los aprofujimontesinistas lo tienen claro: Vizcarra se ha convertido en su principal enemigo. De ser una oposición destructiva han pasado a ser una oposición rabiosa que tiene sangre en los ojos, y si fuera cierto lo que sus voceros anuncian, estarían a medio paso de irse al monte. Si no lo hacen, es porque simplemente no tienen convicción y carecen de todo valor. Alan representa mejor que nadie esa cobardía política.

Los aprofujimontesinistas viven momentos de derrotas y grandes confusiones; su efímera mayoría política conquistada en el congreso se ha esfumado, sus votantes les han abandonado y sus máximos líderes, Keiko y Alan, (87 y 93% de rechazo. Ipsos) se dirigen a paso presuroso rumbo al museo de antiguedades. El futuro de esa alianza mafiosa huele a cadáver insepulto.

Vizcarra se está mostrando como un eficiente operador político que de la nada ha construido un importante poder personal. El presidente tiene la iniciativa política y define la agenda del país, goza de una alta popularidad, y no precisamente por el manejo de la economía, sino porque en menos de 6 meses ha desarticulado el poder mafioso que el aprofujimontesinismo tenía en el congreso.

Con el referémdun Vizcarra ha logrado un importante triunfo político arrinconando a la mafia que ha quedado como el rey desnudo; ahora con el anuncio de la formación de una “comisión de notables”(Tuesta, Tanaka, Campos, Muñoz y Bensa) que elaboraran las propuestas para -¿vía otro referémdun?- definir el contenido de las anunciadas reformas políticas de segunda generación, ha decretado, en la práctica, la muerte política del congreso.

Que el congreso haya quedado al margen de la discusión sobre las reformas políticas y su lugar lo ocupe una comisión de notables, digitada por el presidente, expresa la nueva correlación de fuerzas que se ha impuesto en el país. Podemos estar de acuerdo o no con esa decisión o con los integrantes de esa comisión, pero lo que no podemos hacer es desconocer ese dato de la realidad: el congreso, en lo que queda del mandato presidencial, será un elefante blanco.

En esas circunstancias, el debate sobre el contenido político de las reformas puede dinamizar a esa parte de la sociedad que no se sentía representada en el congreso y que lucha por el cambio integral del modelo neoliberal. No olvidemos que la primera batalla que ganaron las revoluciones triunfantes fueron la batalla de las ideas.

Tres temas deberían ser los ejes centrales de ese debate sobre las reformas políticas: el tipo de estado; nueva constitución y nuevo modelo de desarrollo económico.

Son tres aspectos que están íntimamente vinculados y que, si realmente se desea terminar con la nefasta herencia mafiosa del regimen fujimontesinista, deberían ser abordados en su globalidad.

Ese estado neoliberal, que a decir de Martín Tamaka “…aparecía como un campo de desarrollo potencial de intereses burocráticos, que interactuaban con políticos y grupos de presión, que representaban intereses electorales y particularistas, respectivamente; (y donde) los ciudadanos comunes quedaban sin capacidad de expresarse de manera organizada” (El regreso del Estado y los desafíos de la democracia. Tanaka 2005) surgido de la constitución del 93 ha fracasado: el infalible dios mercado, elevado al altar de lo intocable por esa constitución fallida, no cumplió con el objetivo de cohesionar a la nación peruana.

Hoy tenemos no solo un estado más debil (“…el estado se ha encogido y, de su debilidad, se recupera muy lentamente, a una velocidad que no es acorde con las presiones y conflictos sociales de un crecimiento sin igualdad de oportunidades, con desigualdad de ingresos y pobreza, generados por el propio ajuste estructural.” Gonzales de Olarte 2006) sino también una nación fragmentada y con una serie de conflictos irresueltos: el fundamental, la situación de pobreza y marginación que socava las bases mismas de la convivencia en una “sociedad cuya mitad está por debajo de la línea de pobreza.” (Gonzales de Olarte 2006)

El estado neoliberal ha devenido en un estado ineficiente, corrupto, (“la corrupción no es tanto consecuencia de una crisis de valores, sino del colapso del Estado ocurrido en las últimas décadas.” Tanaka, idem) sometido a intereses económicos de pequeños grupos de poder que no garantiza los derechos mínimos -salud, trabajo, educación, vivienda y seguridad- para las grandes mayorías.

El dilema que la historia le plantea a Vizcarra es reformar o transformar ese estado neoliberal. Reformar es intentar prolongar la agonía del cadaver, es creer ingenuamente que manteniendo intacto las bases económicas del libre mercado y retocando la constitución del 93, el estado neoliberal puede asumir los razgos de un estado regulador que, desde una eficiencia en el funcionamiento de sus instituciones, se convierta en el famoso contrapeso político que corrija las supuestas imperfecciones del mercado.

La crisis de ese estado neoliberal es integral y ha llevado a la sociedad a un punto muerto; la corrupción, la crisis de representación y las grandes desigualdades que el modelo económico ha profundizado durante la llamada “media década perdida” han creado las condiciones para saldar cuentas con el pensamiento único y buscar nuevos horizontes que nos permita transitar hacia un estado redistributivo que tenga como finalidad disminuir las grandes injusticias y desigualdades sociales, garantizar el desarrollo sostenido de la economía, darle nuevo sentido al concepto de democracia (“no habrá democracia “verdadera” mientras haya altos niveles de pobreza, de exclusión social, no haya una mejor distribución de la riqueza, es decir, mientras no haya cambios sustantivos.” Tanaka idem) estimulando la creación de ciudadanos productores (“la conquista de la ciudadanía social” Tanaka, idem) que contribuyan de manera activa al proceso de creación de la riqueza nacional y donde la promoción del bien común sea el principio fundamental del nuevo estado.

Reformar el estado neoliberal es visto por los centristas como un fin en si mismo. Eso significa mantener intacto el marco jurídico que regula toda la actividad del estado y abocarse únicamente a perfeccionar el “aparato del estado” reduciendo los temas de debate a aspectos colaterales como son la ley de partidos políticos, modificación de la ley electoral, eliminación del voto preferencial, regulación de la inmunidad parlamentaria y hacer más eficiente el funcionamiento del congreso, etc.; es decir, medidas que a lo mucho apuntan a reformar los aparatos del estado neoliberal eludiendo abordar el tema central de la constitución y dejando intacto el punto más importante del funcionamiento de todo estado “la sociedad económica.”

El debate sobre las reformas políticas que se anuncian tiene sentido si se convierte en un medio para promover el bienestar común y garantizar los derechos políticos y económicos de todos los ciudadanos y no solo los privilegios de las élites. Por esa razón, las fuerzas de izquierdas deberían tomar la iniciativa y convertirlo en un gran debate nacional. Hay que sacar las ideas de las cuatro paredes y llevarlo a las calles y plazas para que con la fuerza del pueblo definir cómo deben ser los cambios a impulsar en “la sociedad civil, la sociedad política, el Estado de Derecho, el aparato del Estado y la sociedad económica” con el objetivo supremo de avanzar en la construcción de un país más justo, solidario, democrático y con bienestar para todos.

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