Diente por diente

Por Fredy León

El cowboy cavernícola que habita en la Casa Blanca ha hecho retroceder el mundo a los tiempos donde regía la ley del Talión y amparado en el poder de las armas, como si estuviera en el viejo oeste, se ha arrogado el derecho de decidir quién debe vivir y quién debe morir.

La decisión tomada por Donald Trump, de aniquilar al general iraní Qasem Soleimani, ha sido un acto de terrorismo de estado puro y brutal. Con esa acción el díscolo mandatario yanqui ha enviado un escalofriante mensaje al mundo. Trump, si así lo desea, puede ordenar asesinar con total impunidad a quien le plazca. ¿Quién será la próxima víctima? ¿El ayatola Alí Jamenei, Maduro, Díaz-Canel, Ortega o Evo? Los únicos que, por ahora, parecen salvarse de la ira de Trump son Putin, Xi y Kim. Supongo que algo tendrá que ver el hecho que esos países poseen armas atómicas

Con Trump las últimas reglas de la guerra han desaparecido y las Naciones Unidas han quedado convertidas en un foro irrelevante conducido por líderes timoratos que han optado por guardar un silencio complice. La cobardía, en momentos dramáticos, nunca puede ser interpretada como sinónimo de sensatez.

Con este método mafioso de asesinatos selectivos el imperio ha dinamitado toda la legalidad política construida luego de la segunda guerra mundial; los Estados Unidos se ha colocado fuera del derecho internacional y, en la práctica, ha anunciado que a partir de ahora el lenguaje de las armas es el único lenguaje que entiende. Trump cree ciegamente que con el poder de las armas puede reescribir las reglas internacionales a su libre albedrío, que puede asesinar impunemente a un reconocido hombre de estado iraní y luego darse el lujo de amenazar públicamente con convertir en polvo la memoria y los monumentos culturales de la nación persa.

Ni Hitler, en el extremo de su paranoia guerrerista, se atrevió a asesinar a dirigentes de otros países y hasta se abstuvo de bombardear París. Y eso que Hitler tenía toda una estrategia de dominio mundial y contaba con una poderosa maquinaria de guerra de la alemania fascista para poner el mundo bajo sus botas mientras que Trump quiere destruir toda una milenaria civilización para salvar su pellejo y ganar unas elecciones.

A pesar de la propaganda desplegada por Trump, no queda del todo claro el tipo de amenaza que significaba el general Soleimani para la seguridad de los Estados Unidos; pero lo que si queda claro es que Trump dio la orden de asesinarlo en un año electoral, a pocos días después que el Partido Demócrata decidiera impulsar el juicio político que busca destituirlo y sabiendo que esa acción iba ser visto como una virtual declaración de guerra al estado iraní.

La ejecución de lider iraní parece haber sido pensado más en clave doméstica y dirigida a los votantes de Trump. Pero lo que Trump parece no haber valorado en su real dimensión son las consecuencias geopolíticas que este asesinato va provocar en una región altamente inestable y donde la menor equivocación puede desatar un conflicto desvastador que va arrastrar a varios países de la región.

Dificilmente se puede desconocer que Israel y Arabia Saudita, enemigos estratégico y religioso de Irán, van a permanecer neutrales en un conflicto armado entre Estados Unidos e Irán. Ellos ven con buenos ojos una intervención militar norteamericana contra Irán.

Pero por lo pronto el tablero se ha ido moviendo contra los intereses yanquis pues el sentimiento antiestadounidense ha unificado masivamente a los iranies y sus aliados chiitas en la región; el parlamento irakí ha decidido expulsar a las tropas norteamericanas estacionadas en Irak; Irán ha decidido retomar su programa nuclear y la cúpula dirigencial iraní ha anunciado, en diversos tonos, que vengarán el asesinato de Soleimani.

¿Significa que Estados Unidos está ad portas de desatar una nueva guerra? Es lo más probable si es que en los Estados Unidos no surge un fuerte movimiento de masas contra la guerra de Trump. Las declaraciones de Trump, luego del atentado criminal cometido contra el general iraní, parecen más una reafirmación de la declaratoria de guerra hecha con el atentado.

Trump cree que tiene mucho más para ganar en una guerra lejos de sus fronteras contra un enemigo que no tiene el poder de fuego para responder al imperio, además sería impensado, si se desata el conflicto bélico, que los demócratas se atrevan a seguir impulsando el juicio político contra Trump, que en promover el diálogo con Irán.

Luego del asesinato de Soleimani, Irán no tiene muchas alternativas, ha sido conducido a un callejón sin salida donde el diálogo con los Estados Unidos se ve como un síntoma de debilidad y la respuesta militar aparece como la única opción que le queda luego que Donald Trump decidiera cruzar de manera irresponsable el Rubicón que separa la paz de la guerra y volver a los tiempos donde impera la ley salvaje de “diente por diente y ojo por ojo.”

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2019 el año de la necedad

Por Fredy León

Será que la necedad parió conmigo,
La necedad de lo que hoy resulta necio:
La necedad de asumir al enemigo,
La necedad de vivir sin tener precio
(Silvio – El necio)

Se fue el 2019 para nunca más volver y su partida dejó en pie las grandes certezas forjadas en la necedad de la vida; muchas sorpresas previstas, otras imprevistas y algunos -demasiados diría yo- hechos desagradables.

Como certeramente apostillo el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, en el 2019 el imperialismo yanqui tiró a matar, Trump pensó que finalmente había llegado la hora de repicar las campanas y anunciar la anhelada caída de la revolución cubana, pero una vez más el imperio encontró un pueblo templado en la lucha y resistiendo estoicamente ante las duras pruebas de la historia. La necedad hechó raíces fuertes en la isla de Fidel.

Si lo de Cuba es heroico, lo de Venezuela tiene dimensiones épicas. 2019 comenzó con el anuncio necrológico del imperio que la revolución bolivariana tenía las horas contadas pero el año terminó con un Nicolás Maduro más fortalecido y un bravo pueblo que hizo posible lo imposible: derrotar los planes intervencionistas del imperio.

El neoliberalismo demostró que cuando las ilusiones de la riqueza fácil se esfuman aparecen las pesadillas de la eterna pobreza. En Argentina el macrismo necesito solo 4 años para volver a destruir todo un país y ponerlo de nuevo bajo el control del FMI, el nuevo gobierno peronista de Alberto Fernández va necesitar mucha firmeza para salir del hoyo en que se encuentra la Argentina; en Chile Piñera busca enceguecer a un pueblo digno y rebelde para aferrarse a un poder en descomposición, la constitución pinochetista ha muerto por acción de las masas; en Ecuador el felón de Moreno sobrevive al pie del abismo gracias a las debilidades de la oposición; en Colombia Duque ha perdido el rumbo y está volviendo a los tiempos donde los fusiles disciplinaban en silencio a la sociedad; en Brasil la política mediocre se ha vuelto normal y Bolsonaro asoma como el filibustero del poder; el Perú se va convertiendo en un país hermafrodita, donde los tercos inmovilistas insisten en querer inventarse una democracia liberal sobre la base de una economía neoliberal dependiente y al final solo consiguen tener una democracia raquítica y temerosa de las muchedumbres que cierra un congreso para reelegir a los mismos fascinerosos; y lejos, en el norte, el poder económico de Trump quiere uniformizar el mundo aunque para ello necesita recurrir cada vez más al poder de las armas, el imperio quiere pero no puede y Trump, envuelto en la tragicomedia ucraniana, entra al último año de su mandato asemejándose a un dios en su ocaso.

Pero lo trágico vino de Bolivia donde los fascistas nos recordaron que en este continente en disputa las bayonetas siguen pesando más que los votos, el imperialismo ganó en Bolivia un gobierno pero perdió un país; en Inglaterra la vergüenza asola al mundo, Julian Assange, el periodista irreverente que arriesgó su vida para mostrarnos las carroñas de la guerra de rapiña contra Irak, está condenado a una muerte silenciosa y abandonado por el mundo; Australia se incendia dejando una estela de muerte y destrucción casi irreparable de la flora y la fauna; y en el mundo el clima tiene cada vez un comportamiento muy raro, los científicos advierten sobre los peligros que se avecinan si no se toman medidas urgentes pero los políticos siguen más preocupados en ganar las próximas elecciones que en preservar la vida de las futuras generaciones.

Y mientras la cumbre del clima en España terminó en un fracaso, constato que luego de vivir más de 20 años en Noruega, este es el primer año nuevo que lo celebramos sin nieve y con una temperatura de 4 grados.

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La historia se repite

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
César Vallejo

Por Fredy León

En 1988 la Izquierda Unida se dividió para luego desaparecer. Alfonso Barrantes decidió emprender su propio camino y fundó Izquierda Socialista; el resultado de esa decisión fue catastrófica, en las elecciones de 1990 las izquierdas sufrieron una humillante derrota: Henry Pease obtuvo 10% de votos y Alfonso Barrantes 6%.

Lejos, muy lejos del 35% obtenido por IU en las elecciones de 1985.

Luego de ese fracaso las izquierdas desaparecieron practicamente de la escena política nacional y amplios sectores populares terminaron apoyando al fujimontesinismo. Los pobres de pan e ideas se convirtieron en los defensores de un gobierno mafioso.

Tuvieron que pasar 25 años para que las izquierdas volvieran a recuperar algo de la confianza perdida y tener cierta presencia política.

En las elecciones del 2016 la candidatura de Verónika Mendoza obtuvo sorpresivamente el 18% de votos y 20 congresistas que luego fueron 19 porque uno rapidito saltó la tranquera. Pesó más el encanto del dinero que el duro esfuerzo por defender ideales.

Al poco tiempo el Frente Amplio se dividió; Marco Arana decidió caminar en solitario, Verónika Mendoza fundó Nuevo Perú y las izquierdas volvieron a perder la confianza ciudadana que se manifestó en los pobres resultados obtenidos en las elecciones municipales y regionales del 2018.

Las tres listas de izquierdas (Frente Amplio, Juntos por el Perú y Patria Libre) apenas alcanzaron juntos el 6% de votos.

Lejos, muy lejos del 18% logrado por Verónika Mendoza.

El cierre del congreso y la convocatoria a elecciones adelantadas alteró radicalmente el curso político del país y obligó a las izquierdas a tomar una decisión.

Mientras Marco Arana vive obnubilado en su propia burbuja y anda más preocupado en sus pequeños intereses de grupo y sueña con su candidatura presidencial que ni se molesta en mirar más allá de su ombligo; Verónika Mendoza comprendió mejor que nadie que si las izquierdas siguen divididas no tienen ninguna opción electoral y el país seguirá bajo la hegemonía neoliberal.

La unidad nunca ha sido facil y siempre hubo esfuerzos e iniciativas para encontrar un camino por donde poder transitar juntos. En este caso se realizaron dos encuentros, «Voces del Cambio», uno en Huancayo y otro en Cusco, y hubo un evento nacional convocada por la Asamblea de los Pueblos donde los participantes coincidian como nunca en un punto principal: unidad para enfrentar a la derecha neoliberal.

La unidad de las izquierdas no es un capricho personal de un dirigente, es una exigencia de los principales sectores organizados que, sin ser muchos, son algo más que las voces solitarias de algunos ex congresistas que demuestran tener demasiadas dificultades para entender el nuevo momento político que el país vive y se resisten a aceptar que asumir una representación política significa, sobre todo, aprender a escuchar las demandas colectivas.

La unidad no puede ser visto como la simple suma de siglas partidarias ni como un acuerdo de cúpulas alejadas del sentimiento popular, sino que la unidad significa la construcción de un espacio político orgánico donde las masas populares puedan participar activamente y tener el protagonismo en la lucha por una patria nueva. No nos contentamos con que los ciudadanos voten una vez cada 5 años, sino que buscamos construir espacios para que esos ciudadanos participen activamente de la vida política del país. Ese es el sentido real de la unidad al que las izquierdas aspiran.

Pero en política, como en la vida misma, lo perfecto no siempre resulta siendo lo mejor.

Oponerse a la unidad para levantar las banderas de la abstención electoral, como proponen quienes hoy deciden hacer un alto en su camino, es claudicar en la lucha contra la mafia, es renunciar en la práctica a dar la batalla por lograr culminar el proceso de transición hacia una democracia avanzada.

Pueda ser que absteniéndose de la lucha queden bien con su conciencia, pero creo que abandonar un puesto de batalla que con sus votos el pueblo les encomendo, no es síntoma de madurez ni responsabilidad política. Es todo lo contrario.

¿Qué sentido tiene haber luchado por cerrar el congreso si luego iban a renunciar a continuar en la lucha contra la mafia aprofujimontesinista y entregar el nuevo congreso a las mismas fuerzas que destruyeron el país?

Con esa actitud lo único que consiguen es hacer más dificil y complicado la batalla electoral del 2021.

Nadie es imprescindible en política, todos somos necesarios y cada quién tendrá que asumir en su momento su responsabilidad ante el pueblo.

Personalmente, en estas circunstancias nada positivas y de mucha confusión, yo sí creo y confío en el liderazgo político de Verónika Mendoza. Creo que ella ha contribuido decisivamente a reconstruir el espacio de las izquierdas y ha demostrado en los hechos mucha fimeza para defender sus ideas, coherencia total entre su palabra y su práctica política, coraje y decisión para asumir, de cara al pueblo, las responsabilidades que la historia le demanda.

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El primer paso

Por Fredy León

Cierto, no ha sido nada fácil; más por consideraciones éticas que por razones políticas ¿o quizás es al revés? La unidad de las izquierdas siempre ha tenido grandes detractores, no hablo de nuestros queridos amigos que desde la orilla derecha creen tener todo el derecho para exigir e imponer a las izquierdas el rumbo a seguir, sino de camaradas de las izquierdas que por no asumir los riesgos de una decisión política prefieren no hacer nada y esperar que el tiempo pase mientras el neoliberalismo destruye vidas.

La corrupción es un tema muy sensible que hay que combatirlo sin pactos ni claudicaciones y desterrando la impunidad que gozan los mafiosos de cuello y corbata. Hay una corrupción sistémica que es alentado por el régimen neoliberal que tiene su sustento político en la alianza entre el partido Aprista, Fuerza Popular y un sector de empresarios mercantilistas que controlan la Confiep y que han utilizado las instituciones del estado para sus negocios turbios. Si no se combate eso, todo el discurso contra la corrupción termina siendo, en el mejor de los casos, nada más que buenas intenciones.

Junto a ello existen actos puntuales de corrupción que comprometen a personas concretas, algunas de ellas militantes de las izquierdas, como Susana Villarán, que se encuentra en prisión preventiva, o dirigentes como Vladimir Cerrón o Yehude Simons que están acusados por supuestos actos de corrupción. Aquí las izquierdas han sido claras y no se han escondido en un falso espíritu de solidaridad. Frente a las denuncias han pedido que los inculpados se pongan a derecho para que la justicia haga su labor sin interferencias de ninguna naturaleza. No ha existido ninguna complicidad, ni pasiva ni activa, con la corrupción y siempre se ha sostenido que la justicia es la única instancia que pude determinar si Cerrón y Simons son culpables o inocentes.

En este caso, como en todos los casos de corrupción, lo único que se puede hacer es dejar que la justicia haga su labor.

Pero esto no es lo que realmente preocupa a esa derecha que ha reaccionado iracundamente frente a la decisión de Nuevo Perú de participar en las elecciones al congreso en alianza con Perú Libre y Juntos por el Perú. Lo que realmente le preocupa a la derecha es que esta alianza electoral de las izquierdas pueda reducir ostensiblemente el idealizado espacio del “centro político” y polarizar las elecciones del 2020 entre los defensores del régimen neoliberal del 93 y los que proponen su cambio.

En un escenario de esa naturaleza las voces tímidas que defienden el modelo económico y recelan del régimen político, van a tener ciertamente muchos problemas para explicar ante el electorado ese su dualismo vergonzante. El problema que tienen gente como Augusto Álvarez Rodrích o Juan Carlos Tafur, para nombrar a los más renombrados oponentes al pacto de las izquierdas, es cómo defender a la vez ser compañeros de cama con la mafia aprofujimontesisnista cuando se trata de preservar el modelo económico y al mismo tiempo cómo discutir cual adolescentes engañados cuando se trata de lavar los trastos sucios de la política.

Un régimen no cae únicamente por el simple descontento popular, un régimen cae cuando existe otra alternativa política que tiene una propuesta económica que responde a las nuevas aspiraciones populares. Un régimen cae cuando en la imaginación colectiva aparece en el horizonte la ilusión de otro país y hay una fuerza política con capacidad real para disputarle a la derecha neoliberal la hegemonía social. Un régimen cae cuando surgen nuevos liderazgos que con su palabra unen a la nación en la búsqueda de nuevos caminos.

Ese es el verdadero pánico que tienen los que se horrorizan porque finalmente las izquierdas aprendieron su lección y decidieron enfrentar juntos la lucha electoral que se avecina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Perú ¿Cambio o transición?

Por Fredy León

El congreso tuvo la posibilidad de impulsar una salida integral a la crisis política. No quiso; la alianza aprofujimontesinista, de manera soberbia y sin ninguna discusión, decidió archivar el proyecto de ley presentado por el Presidente Vizcarra que proponía adelantar las elecciones presidenciales y parlamentarias.

En ese escenario de alta conflictividad política el gobierno tenía dos alternativas: o sucumbía ante el congreso o disolvía el congreso. No había otras disyuntivas. Los consensos políticos hace tiempo habían estallado en mil pedazos y el país avanzaba a pasos agigantados hacia un estado de ingobernabilidad y caos. El aprofujimontesinismo se aprestaba a dar la estocada final a Vizcarra.

Cuando el gobierno, como último recurso constitucional que le quedaba, decidió presentar el pedido de confianza, la mayoría del congreso actuó como si fueran una manada de tiranosaurios dentro de una tienda de cristalería. Maltrataron grotescamente al Primer Ministro, le negaron el uso de la palabra y convirtieron el hemiciclo en una tierra de nadie donde creían que la fuerza de sus votos les otorgaba algún derecho especial para hacer y decidir lo que querían. Los tiranosaurios destrozaron toda la cristalería y luego tuvieron la osadía de quejarse ante el dueño de la tienda por los rasguños que los pedazos de cristal les ocasionaron.

El gobierno decidió disolver el congreso porque entendió que al negarse a discutir su pedido de confianza y proseguir, como si el contexto político no se hubiera alterado radicalmente con el pedido de confianza, con su agenda particular para elegir al primo del presidente del congreso como nuevo miembro del Tribunal Constitucional, en los hechos prácticos era una negación a su pedido de confianza.

¿Discutible? Sí, pero lo sucedido luego en el hemiciclo fue una orgía de locura inconstitucional.

El congreso, en medio del caos total, declaró sin mayor sustento legal la incapacidad temporal de Vizcarra para ejercer el cargo de presidente, hicieron llamados a la insubordinación militar y eligieron (sic) a Mercedes Araoz como nueva presidenta del país. No habían pasado 24 horas y Mercedes Araoz, luego de tomar contacto con la realidad, presentó su renuncia a un cargo imaginario elegido por un congreso que había perdido toda legitimidad, las Fuerzas Armadas ignoraron el llamado del congreso y Vizcarra siguió como presidente.

El debate generado alrededor del cierre del congreso resulta lógico y natural pero es un debate peligrosamente incompleto y sectario si comparamos con lo vivido cuando este mismo congreso aprobó la vacancia presidencial de PPK. En ese entonces nadie habló de “golpe de estado”; a pesar que los argumentos para vacar a PPK eran muy discutibles, el congreso actúo con respeto a la constitución. De igual manera procedió Vizcarra en esta ocasión, cerró el congreso tal como indica el art. 134 de la constitución, dejó que se instale la comisión permanente y cumplió con convocar a elecciones parlamentarias para el próximo 26 de enero. Vizcarra gobernará tres meses con decretos de urgencia y la ciudadanía deberá asumir su rol fiscalizador de las acciones del gobierno.

Nadie se alegra que se haya cerrado el congreso, pero el cuestionamiento político a la decisión de Vizcarra refleja más la desesperación de esa parte de la intelectualidad vinculada al pensamiento de la derecha neoliberal que ve que el cierre del congreso puede modificar sustancialmente la correlación de fuerzas y llevar al surgimiento de una nueva mayoría política, social y electoral contraria al régimen del 93.

El fujimorismo y la apra están en una situación hartamente complicada. Si son consecuentes con su rechazo al “golpe de estado”, lo lógico será que desconozcan el llamado a nuevas elecciones; pero si participan tendrán que responder por su defensa de la corrupción, cargar con el peso de la derrota y enfrentar a la ausencia de cuadros de recambio: los fujimoristas tendrán que recurrir a su vieja guardia pretoriana mientras la apra tendrá que hacer malabares para reinventarse.

Por eso que a la derecha no les preocupa el congreso, la corrupción ni la democracia; les preocupa que el bloque dominante ha perdido la hegemonía política y temen que esta crisis política lleve finalmente a un periodo constituyente. Y para ello agitan, una vez más, como máximo argumento el fantasma de Chávez. En el fondo, el debate que plantea la derecha neoliberal no es si hubo o no un golpe de estado, sino su preocupación real está en demostrar que esta medida puede significar el inicio del fin del régimen del 93.

Por esa razón creo que lo expresado por el sociólogo Sinésio López resulta de lo más atinado cuando afirma “La crisis política es un asunto muy serio para dejarla en manos de los constitucionalistas, sobre todo si son kelsenianos, apolíticos o antipolíticos.” O acérrimos partidarios del neoliberalismo, acotaríamos nosotros.

El cierre del congreso soluciona un problema urgente de lucha contra la corrupción y recompone la gobernabilidad del país, pero no soluciona el problema principal de la crisis del régimen.

Esa es la batalla que se avecina y ahí el gran reto que tienen las izquierdas es cómo construir una nueva mayoría social, política y electoral para hacer del cambio de congreso la culminación de ese proceso de transición hacia una democracia avanzada.

 

 

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La otra derrota

Por Fredy León

El presidente Vizcarra claudicó en su intención de forzar el cierre del congreso y desistió de convocar elecciones adelantadas, tal como anunció en su discurso del 28 de julio. Autoderrotado en sus propuestas ahora solo le queda luchar desesperadamente por tratar de sobrevivir a la brutal vendetta política que se avecina y evitar que el congreso lo destituya. El problema de Vizcarra es que no tiene claridad de ideas ni cuenta con una organización que le apoye. La soledad del presidente es terriblemente descomunal

La alianza aprofujimontesinista, que controla manu militari el congreso, tiene sangre en los ojos, sed de venganza y mucha ambición de poder; sienten que han salido victoriosos de este conflicto de poderes, cuentan con el apoyo militante de la cúpula empresarial y bajo el brazo tienen dos ases marcados: el Tribunal Constitucional que como una fruta madura está a punto de caer bajo su control y las ambiciones, nada disimuladas, de la segunda vice presidenta, Mercedes Aráoz, que en medio del caos político ha mostrado su disposición a dar el tiro de gracia al presidente Vizcarra, su ocasional ex compañero de fórmula presidencial, y con la venía de la mayoría del congreso, aspira convertirse en la primera mujer en asumir la presidencia del país y de ese modo garantizar la estabilidad y continuidad del régimen neoliberal.

¿Qué impediría al aprofujimontesinismo dar el siguiente paso para tomar el poder total? Nada. Ellos creen tener el viento a su favor y confían en que la despolitización, indiferencia y desmovilización del pueblo favorezca sus planes. El otro factor de poder, los militares, han mantenido hasta el momento prudencial silencio y aparentemente no están dispuestos a involucrarse en este conflicto político.

Y razones no parecen faltarles a los aprofujimontesisnistas. Los otros grandes derrotados en esta pugna, entre el poder ejecutivo y el legislativo, han sido las izquierdas en todas sus variantes; pues más allá del ruido mediático y de la heroica, pero estéril, pelea que libran en el congreso (19 congresistas de un total de 120) las izquierdas no han logrado articular un real movimiento de masas alrededor de la errática consigna “que se vayan todos.”

El balance de este periodo para las izquierdas es totalmente negativo: no se han ido todos, no han cerrado el congreso, no habrá elecciones adelantadas y el tema de la asamblea constituyente sigue siendo una idea difusa para las grandes mayorías.

Según diversas encuestas de opinión más del 70% de la población estaba de acuerdo con el cierre del congreso y adelanto de elecciones, pero esa mayoría silenciosa no se ha volcado masivamente a las calles, las dos movilizaciones que se organizaron para pedir el cierre del congreso resultaron un fracaso, y sin las masas movilizadas en las calles, resulta una ilusión pensar que se puede derrotar políticamente a la mafia aprofujimontesinista.

Algunos conspicuos dirigentes izquierdistas dicen que esto ha sido culpa de Vizcarra por el miedo que tiene a que el pueblo movilizado desborde sus propuestas reformistas; pero esa idea más parece un intento de justificar la inacción de las izquierdas y evadir la responsabilidad que tienen en la actual desmovilización del movimiento popular. Históricamente la calle ha sido el principal centro de acción y lucha de las izquierdas.

El fracaso de las izquierdas tiene que ver, entre otros factores políticos e ideológicos, con ese viejo problema de sectarismo que ha llevado a la pérdida de credibilidad de los partidos en una sociedad altamente despolitizada y donde los movimientos sociales han dejado de tener la importancia política de épocas pasadas.

Las izquierdas han quedado convertidas en pequeñas y débiles organizaciones que no tienen influencia de masas y carecen de los instrumentos básicos (cuadros públicos, prensa, locales etc.) para desarrollar su actividad política. Por eso cabe preguntarse ¿Qué justificación tiene, por ejemplo, mantener artificialmente la existencia de dos partidos comunistas débiles y pequeños cuando las famosas diferencias ideológicas que argumentaban su división ya no existen?

Ninguna de las organizaciones en que están divididas las izquierdas llámese Nuevo Perú, Frente Amplio, Juntos por el Perú o Perú Libre han tenido la capacidad real de poder organizar y dirigir el descontento social que existe contra un congreso que, según todas las encuestas, tiene un 90% de rechazo.

En esas circunstancias el sentido común indicaba que si el mensaje de las izquierdas divididas no calaba en la conciencia de las masas, debieron en su momento juntar esfuerzos e intentar articular un movimiento unitario de masas para enfrentar con éxito a la mafia. No lo hicieron, algunos pensaron que Vizcarra debía hacerle las tareas y abrirles las puertas de palacio, y otros creían ciegamente que las masas de manera espontánea se iban rebelar contra la mafia que controla el congreso y que solo hacia falta tener listos los candados para cerrar el edificio de la Plaza Bolívar.

Craso error. En los momentos claves de la lucha política las masas brillaron por su ausencia. Ese ha sido el verdadero triunfo de la mafia aprofujimontesinista. Ellos lograron ganar este pulso al ejecutivo no tanto por sus fortalezas, sino por las flaquezas mostradas por el incipiente y débil bloque que apoyaba la propuesta del presidente Vizcarra de cierre del congreso y adelanto de las elecciones.

Las izquierdas fueron derrotadas porque no fueron capaces de romper con el inmovilismo del pensamiento, terminar con su mentalidad de secta que los atrapa en sus pequeñas e imaginarias batallas de papel y porque se negaron, una vez más, a dar pasos concretos para forjar su unidad, única manera de poder enfrentar y derrotar a la mafia.

De esos vientos son estas tormentas que hoy sacuden el país e inauguran un futuro incierto.

 

 

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Es la hora del pueblo

Por Fredy León

El país vive una situación inédita; bajo la tenebrosa sombra de las revelaciones del entramado mafioso montado por Odebrecht, el conflicto de poderes entre el legislativo y el ejecutivo ha entrado en una fase decisiva. El aprofujimontesinismo ha pasado a la ofensiva política, la aplanadora bruta y achorada que domina el congreso ha archivado, sin discusión alguna, el proyecto de ley de adelanto de elecciones y el lunes se aprestan a tomar el control del Tribunal Constitucional, institución que en esta lucha de poderes, originado por el tema de la corrupción, no es precisamente moco de pavos. Siguiendo esa lógica, el siguiente paso de la mafia va ser declarar la vacancia presidencial.

El gobierno, luego del anuncio hecho el 28 de julio, se ha mostrado falta de reflejos políticos y sin una estrategia clara y definida. Ha dejado pasar el tiempo sabiendo que el tiempo corría a favor de la mafia, de quienes quieren prolongar la decadencia del país para mantener intacto el régimen del 93 y garantizar la impunidad de los mafiosos. Ahora los márgenes de acción de Vizcarra son muy limitados: o sucumbe ante la mafia o se anima a dar la pelea real.

Pero no todo ha sido culpa de un gobierno débil y sujeto a múltiples presiones económicas; las masas, en este periodo, han brillado también por su ausencia. Y eso es responsabilidad de las izquierdas que no han podido ni querido trabajar de manera coherente para imponer una salida democrática a la crisis política que vive el país.

La crisis política ha tenido la virtud de ir delimitando con nitidez los campos de acción: por un lado está la mafia aprofujimontesinista con el apoyo militante de la Confiep; al medio el gobierno que vacila entre conciliar o luchar y en la otra orilla los que proponen ir a una asamblea constituyente y nuevas elecciones apoyado tímidamente por un movimiento popular aletargado que si se anima a cumplir un rol protagónico puede ser el factor fundamental para inclinar la balanza en esta crisis política que vivimos.

¿Qué hacer? A contraparte de lo que propone la Confiep que busca un acuerdo en las alturas, entre Vizcarra y el aprofujimontesisnimo, para no cambiar nada y dejar impune a los corruptos, la salida democrática es dejar que el pueblo, de manera libre y soberana, decida el destino del país.

Estamos en uno de esos momentos donde ni el congreso, que sin discutir ha archivado la ley de adelanto de elecciones, ni el presidente, que perdió la oportunidad de cerrar legalmente el congreso, tienen la necesaria legitimidad política para decidir unilateralmente el futuro del país. Vamos a un referéndum y que sea el pueblo el que resuelva si quiere adelanto de elecciones o vacancia presidencial.

Solo los que temen a la democracia y desean prolongar la agonía de un régimen mafioso que ha destruido la vida política del país, son los que verdaderamente tienen miedo a que en estos momentos de crisis se escuche la voz del pueblo.

O el país es de todos o es de nadie.

 

 

 

 

 

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