¡América para los yanquis!

Por Fredy León

Se repite la historia. En la década de los 60 quisieron aislar a Cuba y sancionarlo por haberse atrevido a hacer su propia revolución. No lo lograron. Cuba sigue siendo un faro de dignidad, rebeldia, solidaridad e independencia. Hoy pretenden hacer con Venezuela lo que no pudieron con Cuba. Quieren aislar al gobierno de Nicolás Maduro y provocar su caída, aunque eso signifique desatar un baño de sangre en la patria de Bolívar y Chávez. La absurda decisión de vetar la presencia del gobierno venezolano en la denominada Cumbre de las Américas no pasaría de ser un simple hecho anecdótico en la triste historia de entreguismo y subordinación que caracteriza a la burguesía latinoamericana, de no ser que trás de esa decisión se ocultan los siniestros planes del imperio para montar una intervención militar en Venezuela. Provoca tristeza ver tantos gobiernos genuflexos que atados por un asquerozo cordón umbilical se muestran sumisos ante el imperio y no tienen dignidad para defender la soberanía y el derecho a la libre autodeterminación de los países latinoamericanos. Hablan de dictadura pero callan en todos los idiomas que en Brasil hay un presidente que llegó mediante un golpe de estado. Hablan de democracia pero callan que en Honduras hay un gobierno que cometió un escandaloso fraude electoral y un pueblo que se ha rebelado. Hablan de respeto a los derechos humanos, pero en Colombia y México se asesinan impunemente a luchadores sociales, periodistas y se práctica la política de desapariciones. Hablan unidad e integración latinoamericana pero actúan como si fueran colonias de los Estados Unidos. Pero la derecha se equivoca otra vez. Venezuela no está sola, tiene un gobierno respaldado por la mayoría de su población, un país que cuenta con la solidaridad de los pueblos y con el apoyo desinteresado de gobiernos hermanos que comparten los horizontes de lucha y, sobre todo, cuentan con la verdad de su parte, esa verdad escamoteada, despedezada y arrinconada por la gran prensa que miente y tergiversa la realidad venezolana. En el colmo del cinismo, quieren castigar a Venezuela por haber convocado a elecciones presidenciales, pero no dicen que la llamada oposición es la que se negó a suscribir el acuerdo marco que definían las condiciones bajo las cuales se realizaria el proceso electoral en abril, tal como el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero lo manifestó públicamente “de manera inesperada para mí, el documento no fue suscrito por la representación de la oposición. No valoro las circunstancias y los motivos, pero mi deber es defender la verdad y mi compromiso es no dar por perdido el lograr un compromiso histórico entre venezolanos.”. La derecha latinoamericana quiere repetir la historia, pero para nuestros males tenemos una derecha bruta, reaccionaria y entreguista que todo lo ha olvidado y nada ha aprendido. Hay que recordarle a los que confuden deseos con realidad que “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa.”

Anuncios
Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Stalingrado


Por Fredy León

El infierno en la tierra estaba a orillas del Volga y se llamaba Stalingrado.
David Odalric

 

El pensamiento militar es de lo más simple y se reduce a una sola idea: ganar la guerra. Bajo esa premisa, Adolfo Hitler organizó la famosa “Operación Barbaroja” con el objetivo de destruir al régimen bolchevique, apoderarse de las inmensas riquezas naturales de ese extenso territorio que era la Unión Soviética y consolidar el invencible poder imperial de la Alemania fascista.

 

El 22 de junio de 1941 Hitler inició el “mas poderoso despliegue militar que la historia haya conocido” (Joseph Goebbels) 3,5 millones de soldados alemanes apoyados por 1 millón de soldados rumanos, húngaros, italianos, finlandeses, croatas y españoles invadieron la Unión Soviética.

 

En Berlín exclamaron con entusiasmo: ¡hemos abierto el gran portón!

 

Los alemanes creían que el régimen bolchevique era un gigante con pies de barro que al ver la inmensa superioridad militar alemana iba caer en pedazos o, en el peor de los casos, iba ser el detonante de una guerra civil contra el régimen de Stalin, similar a lo vivido en la Rusia Zarista al final de la I Guerra Mundial.

 

Hitler ansiaba repetir su marcha triunfal ejecutada con precisión cronométrica en Polonia, Checoslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda etc. y confiaba que en un lapso de 6-8 semanas sus tropas debían estar entrando triunfalmente en Moscú.

 

Al inicio de la guerra el avance de las tropas alemanas en suelo soviético fue arrollador. La potencia de fuego del ejército alemán era aterradora y la táctica de tierra arrasada se cumplía con una crueldad implacable. Toda guerra de por sí es sangrienta, pero la desarrollada por los alemanes contra los soviéticos llegó a niveles de barbaridad nunca antes visto. El paso del ejército fascista, por tierra soviética, se convirtió en una orgía de sangre.

 

Los alemanes no buscaban la rendición de Stalin, su objetivo era aniquilarlo, destruir por completo a la revolución bolchevique.

 

“…El objetivo más importante de esta campaña contra el sistema judeo-bolchevique es la completa destrucción de sus fuentes de poder y el exterminio de la influencia asiática en la civilización europea… En el teatro oriental, el soldado (alemán) no es sólo un hombre que lucha de acuerdo con las reglas del arte de la guerra, sino también el inexorable portaestandarte de una concepción nacional… Por esta razón, el soldado debe tener conciencia de la necesidad del severo aunque justo castigo que debe recibir la especie subhumana de la judería…” (William Craig 1973)

 

Las batallas la ganan los ejércitos en los campos de lucha, pero son los grandes estrategas quienes ganan las guerras. Y para ganar esa guerra “mas importante que cada una de las batallas era la imagen del conjunto” (Losurdo 2008)

 

Hitler concibió la “Operación Barbaroja” como una guerra de aniquilación total, pretendía “ganar la guerra en una única y gigantesca batalla”, una “blitzgkrieg” (guerra relámpago)

 

Hitler confiaba en el poderío militar y en la superioridad tecnológica del ejército alemán que, hasta ese momento, era invencible; pero Stalin no cometió el error de los franceses* ni sucumbió ante el pánico inicial ocasionado por la “mayor invasión de la historia militar” y el indetenible avance del ejército alemán.

 

“No puede haber duda de que esta efímera ventaja militar para Alemania –afirmó Stalin en su famoso discurso del 3 de julio de 1941- es sólo un episodio, mientras que la tremenda ventaja política de la URSS es un serio y permanente factor, que tienen el deber de formar las bases para el logro de los éxitos militares decisivos del Ejército Rojo en la guerra contra la Alemania fascista.”

 

Hitler, sabedor del poderío militar de su ejército, quería una guerra rápida de movimientos; Stalin, conciente de sus propias debilidades, le respondió con una guerra de posiciones. Los invasores no tendrían un segundo de tranquilidad. En esa guerra estratégica, “el tiempo es sangre.”( Zhúkov).

 

Las tropas alemanas, venciendo la dura resistencia que encontraban a su paso, llegaron hasta las puertas de Moscú y Leningrado, principales bastiones y ciudades símbolos de la Unión Soviética; pero a pesar de las exigencias de Hitler que ordenó convertir en cenizas ambas ciudades y exterminar a sus pobladores, los fascistas nunca lograron conquistar Moscú ni Leningrado.

 

Fueron años de cruentos combates. Leningrado resistió heroicamente durante más de 800 días al feroz cerco alemán. La historia de la resistencia de la población de Leningrado es espeluznante; sin agua ni comida y expuesta a los horrores de un macabro asedio,  Leningrado nunca cayó en manos de las tropas alemanas.

 

Y Moscú se transformó en una inexpugnable fortaleza que resistió la embestida de esa espantosa maquinaria de guerra alemana.

 

Las 6 semanas de beligerancias pronosticado por Hitler, como el tiempo que necesitaría la Werhmarcht, se convirtió pronto en 5 meses de una orgía de sangre, sin que los alemanes pudieran haber logrado conquistar ninguno de sus principales objetivos

 

“Leningrado aún resistía. Moscú seguía siendo el centro neurálgico del Estado soviético.”

 

La prolongación del conflicto empezó a mostrar signos de las grandes debilidades del ejército fascista, y hasta en el propio mando alemán, empezaron a surgir dudas sobre la posibilidad de alcanzar su objetivo. “Los síntomas de la desintegración rusa son ilusorios, el enemigo no está kaputt” (Franz Halder, Jefe del Servicio Secreto del Estado Mayor Alemán)

 

Stalin comprendió mejor que Hitler el contexto político y moral del conflicto militar. Esto quedó expresado en su épico discurso del 7 de noviembre de 1941 conmemorando el 33 aniversario del triunfo de la revolución bolchevique “Los invasores alemanes están estirando sus últimas fuerzas. No hay duda de que Alemania no puede mantener semejante esfuerzo durante mucho más tiempo. Otros pocos meses, otro medio año, un año quizás, y la Alemania Hitlerista se derrumbará bajo el peso de sus propios crímenes.”

 

Y ese derrumbe se produciría en Stalingrado.

 

En un intento de quebrar definitivamente la resistencia soviética, Hitler ordenó al poderoso VI ejército, bajo el mando del General Friedrich von Paulus, marchar hacia Stalingrado. Su objetivo era apoderarse de los ricos yacimientos petroleros del Cáucaso.

 

La tarde del domingo 23 de agosto el cielo de Stalingrado se cubrió de una inmensa mancha negra y la ciudad se convirtió en un infierno sin escapatoria. “Los aviones de la 4ª flota aérea alemana, compuestos por bombarderos Junkers 88 y Heinkel 111, realizaron un total de 1.600 incursiones ese día y lanzaron 1.000 toneladas de bombas perdiendo sólo tres máquinas” (Antony Beevor 1999)

 

Durante las dos horas que duró el ataque aéreo murieron más de 40 mil personas y gran parte de la ciudad quedó en escombros. Desde ese momento, Stalingrado no conoció un segundo de paz. La guerra fue total. La batalla por la ciudad fue una lucha encarnizada, se peleaba casa por casa, calle por calle, metro por metro y piedra por piedra, una verdadera “rattenkrieg” (guerra de ratas) donde la muerte aparecía de las cloacas, los huecos, sótanos y escombros de los edificios. Hubo momentos en donde la línea del frente estaba a 40 metros y casos donde los alemanes controlaban el primer piso de una casa y los soviéticos estaban atrincherados en la segunda planta.

 

Las bajas eran cuantiosas, el olor a muerte se sentía en toda la ciudad, los cadáveres se apilaban a montones, los heridos morían por falta de atención, el hambre, el frío, los piojos, las enfermedades y el tronar incesante de los cañones debilitaban la capacidad de resistencia de los soldados.

 

Stalingrado era el centro del infierno, un aterrador lugar a orillas del Volga donde no se conocía la palabra rendición. En Stalingrado la muerte era el único alivio frente a los terribles tormentos de una despiadada guerra sin cuartel y que parecía no tener fin.

 

Los alemanes llegaron a tener el control de hasta el 80% de la ciudad pero no lograron derrotar a los soviéticos. La resistencia del ejército rojo fue algo más que heroica. Los soldados del ejército rojo que defendieron Stalingrado parecían seres forjados con una voluntad de acero.

 

La lucha por la ciudad se convirtió en “una batalla decisiva de aniquilación con profundas implicaciones estratégicas” (S.J. Lewis 2006) Mientras los soldados del ejército rojo resistían en condiciones extremas, el comando soviético alistaba en el mas absoluto secreto la “operación urano.”

 

El 19 de noviembre las tropas soviéticas pasaron a la ofensiva, en cuestión de horas lograron derrotar y destruir el flanco izquierdo del VI ejército alemán. El pánico y la desesperación se apoderó de las tropas alemanas y no tuvieron la capacidad para responder al avance del ejército rojo.

 

En Stalingrado se vivieron momentos excepcionales que exigían acciones intrépidas. En esas terribles circunstancias no se puede poner al mismo nivel al ejército rojo con las tropas fascistas, como hacen William Craig** y Antony Beevor***, dos de los mas difundidos historiadores especialistas en temas de la segunda guerra mundial.

 

Los primeros defendieron su patria y los segundo fueron un ejército de ocupación que pretendió conquistar la Unión Soviética por las fuerza de las armas. Esa es una gran diferencia que no debería pasarse por alto.

 

Stalin llamó a resistir hasta el final. Su grito de guerra fue ¡Ni un paso atrás!

 

Y Stalingrado resistió.

 

Hitler, por su parte, ordenó a sus tropas luchar hasta el final, a no renunciar a la toma de Stalingrado y se opuso a cualquier intento de que el VI ejército abandonara sus posiciones conquistadas en Stalingrado.

 

¡Y el poderoso VI ejército se rindió!

 

El 2 de febrero de 1943, el recién nombrado Mariscal del Ejército Alemán Friedrich von Paulus, contradiciendo las órdenes de Hitler, capitulaba sin condiciones ante el comando soviético. La segunda guerra mundial entraba a una nueva fase. La derrota del fascismo era solo cuestión de tiempo.

 

“Una campaña que había comenzado con un brioso avance a través de las estepas en el verano finalizo en los oscuros, húmedos y arruinados sótanos de Stalingrado, y situó al Tercer Reich en el camino a la derrota final.” (S.J.Lewis)

 

* Alemania conquistó Francia en 27 días.

** William Craig, Enemy at the gates.The Battle for Stalingrad, 1973

*** Antony Beevor, Stalingrad, 1999

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Una ciudad que languidece

Por Fredy León

Dicen que el actual Alcalde prometió bañarse en el rió Huatanay si al final de su mandato no lograba sanear el rió, limitar las fuentes contaminantes, devolver la limpieza y recuperar el ecosistema y la vida acuática que alguna vez tuvo el Huatanay. No sé si Moscoso honrara su palabra, cosa por demás muy rara en muchos políticos, y se zambulla en las aguas sucias del Huatanay, pero lo cierto es que ese su voluntarismo de tiempos de campaña -y que acabó en una promesa incumplida- dice mucho de lo que ha sido su improvisada y fallida gestión al frente de la municipalidad del Cusco.

Tengo la impresión que la responsabilidad de ser Alcalde de una de las ciudades más emblemáticas del país, le quedó demasiado grande a Moscoso. Moscoso se preocupó en tratar de ser un buen candidato pero nunca entendió la trascendencia del mandato que solicitaba a sus conciudadanos. Creo que él pensó que llevar el Varayok era una suerte de recompensa a su terca actitud de ser un eterno candidato. Una vez llegado a la Alcaldía, Moscoso se dedicó únicamente a lidiar con asuntos burocráticos sin mayor importancia y hacer algunas obras empujadas por las urgencias de una ciudad en expansión.

Su visión de Alcalde de la ciudad nunca traspasó los límites de las pequeñas ilusiones de esos políticos provincianos que se contentan con librar intrascendentes batallas de papel. Supongo que por ese motivo la máxima cruzada de Moscoso fue esa parodia de litigio emprendida con todo empeño, y mucha solemnidad, contra la paisana Jacinta.

El Cusco, para sentirlo, hay que llevarlo en la sangre y vivirlo con pasión; pero para gobernar la ciudad hay que tener además ideas claras, liderazgo colectivo, personalidad, actitud de estadista, y sobre todo, saber soñar con los pies en la tierra, ser un visionario así como fue Daniel Estrada, el mejor Alcalde que tuvo la ciudad.

Ser Alcalde del Cusco no debería ser visto como una aspiración individual o un prestigio personal o un codiciado cargo público bien remunerado, sino como un compromiso y responsabilidad con el destino de la ciudad y su gente. Ser Alcalde del Cusco es un colosal reto a la inteligencia. Y el Cusco, necesita urgente un Alcalde que sepa gobernar la ciudad imaginando su futuro y proponiendo soluciones que trasciendan en el tiempo.

El Cusco es grande porque fue una ciudad pensada para el futuro y no merece tener autoridades que la conviertan en una nostalgia del pasado.

Modernizar la ciudad

La ciudad es un ente vivo, dinámico, en constante transformación, expansión, progreso o envejecimiento.

Hay ciudades que evolucionan con el tiempo, mantienen un desarrollo sostenido y se reinventan permanentemente para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes; y hay otras que envejecen, se deterioran, pierden su esencia, se convierten en moles grises de cemento, espantos del caos y pequeñas ratoneras donde sus moradores a duras penas encuentra un lugar para dormir.

El Cusco ha cambiado. El caos y la improvisación han sido las principales fuerzas que han empujado ese cambio. La expansión de la ciudad se ha producido bajo dos modalidades definidas: los que tienen medios económicos han construido como han querido y los que sobreviven oprimidos por las necesidades y han edificado sus precarias viviendas como han podido.

Resultado: el rostro de la ciudad ha cambiado para mal. La ciudad se está transformando en un horrible esperpento arquitectónico.

Empujados por el crecimiento poblacional se han multiplicado por doquier edificios feos y sin sentido que rompen con toda la armonía de la ciudad. Los servicios públicos se han deteriorado, el transporte se ha convertido en un pandemonio, la contaminación se hace insoportable, los ruidos son ensordecedores, los olores de las frituras invaden todo el ambiente, el enmarañado caótico de viejos cables eléctricos son una amenaza real, la suciedad es insoportable, las áreas verdes han desaparecido y los espacios públicos se han reducido ante el imparable auge del cemento.

Y lo peor, ese proceso de deterioro de la ciudad, parece indetenible.

Si no actuamos a tiempo, el Cusco será una ciudad fracturada, sin futuro, un remedo de lo que fue. Al pasado no se le venera únicamente desde una actitud de conservación cuasi teológica de su historia. El pasado sirve si es que tiene capacidad de renovarse, modernizarse y trasmutarse con el tiempo.

El Cusco no es solamente sus monumentos arquitectónicos, sino es su gente. Es esa simbiosis particular que se estableció entre el ser humano y la naturaleza lo que hace especial a la ciudad.

Esa visión de ciudad es la que tiene que renovarse, modernizarse y proyectarse hacia el futuro.

¿Qué necesitamos? Ordenar el caos y planificar la improvisación.

Se debería elaborar un plan integral de desarrollo de la ciudad para los próximos 25 años, convocar a lo mejor de la intelectualidad cusqueña, arquitectos, historiadores, sociólogos, antropólogos etc. para repensar la ciudad, planificar el crecimiento y ordenar su desarrollo como ciudad unitaria, comprometiendo a toda la población en ese titánico esfuerzo para emprender la modernización total de la ciudad.

El Cusco no puede perder su esencia ni renunciar a su dimensión histórica, pero tiene que ingresar a un periodo de modernización para renovarse como ciudad y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

El metro

Uno de los problemas urgentes que la ciudad tiene que solucionar es el transporte que en la práctica ha colapsado y frente al cual la municipalidad no ata ni desata.

Se ha introducido la idea que tener un vehículo es un derecho y que el servicio público debe prestarse con unidades no adecuadas para el transporte masivo. Esta situación de precariedad ha llevado a que el uso del espacio público se haya sobresaturado, generándose un caos total en gran parte de las calles de la ciudad. De continuar esta tendencia, la ciudad dentro de poco será un inmenso laberinto vehicular.

La idea de ordenar el transito vehicular, restringir su circulación por determinadas zonas, combatir la polución y destinar el centro de la ciudad exclusivamente para el transito peatonal, no es mala en sí misma. Esa es la idea dominante en las grandes ciudades, donde ha quedado demostrada ser una medida atinada. La razón del éxito radica en que existen otras alternativas para el transporte masivo de las personas, un sistema donde peatón y autos pueden convivir bajo determinadas pautas pero donde la primacía del peatón es la idea dominante.

Esa alternativa se llama metro. Está demostrado que la mejor solución para terminar con el caos vehicular, reducir la emisión de monóxido de carbono y movilizar de manera eficaz, cómoda y rápida a los miles de pasajeros que a diario se ven obligados a desplazarse a diferentes puntos de la ciudad, es utilizando el espacio subterráneo.

Una propuesta de modernizar la ciudad comienza por atacar de raíz el problema del transporte. No se trata de buscar medidas transitorias ni improvisar soluciones que luego no arreglan nada. En los últimos 20 años la cantidad de vehículos se ha duplicado pero el transporte público ha empeorado y el tiempo que se requiere para movilizarse en la ciudad se ha incrementado.

Esto puede ser solucionado si se tiene la visión y coraje suficiente para tomar la decisión de dotar de un metro a la ciudad. Su construcción ciertamente será una obra titánica y demandará una inversión millonaria.

¿Pero el Cusco acaso no se merece un destino acorde a su importancia histórica?

 

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

El momento político

Por Fredy León

El indulto ha remecido el ambiente político. La precaria “debilidad de las partes” (De la Puente dixit) puede recomponerse de manera radical, la hegemonía política de la derecha neoliberal ha entrado en un grave periodo de crisis. El fujimontesinismo está a la defensiva, ha perdido la batalla de las calles y su pugna interna lo ha paralizado. PPK es un cadáver político, la recomposición de su gabinete demuestra su soledad y falta de apoyo social, es un gobierno en estado de coma. El Apra está a la deriva, vive un momento de total confusión y rebeldia anarquizante y el liderazgo de Alan parece llegar a su final, la renuncia de Daniel Parodi es un misil bajo la línea de flotación del ego de Alan. Las izquierdas han recuperado la iniciativa política y vuelto a sintonizar con el estado de ánimo del movimiento popular: la clave sigue siendo impulsar la lucha de masas y forjar la unidad política y social para modificar la actual correlación de fuerzas que permita derrotar a la derecha neoliberal y conquistar un gobierno popular. Ni impaciencia seudo radical que confunde los deseos con la realidad ni conformismo paralizante que reduce los objetivos políticos a la simple acción reivindicativa. El camino aún es largo y si logramos construir la unidad político y social y claridad en los objetivos podemos terminar con 40 años de hegemonía neoliberal. Unidos podemos triunfar, divididos vamos a otra derrota.

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Lios de familia

Por Fredy León

“Fredo, eres mi hermano mayor y te quiero. Pero nunca vuelvas a tomar partido contra la familia. Nunca.”
Michael Corleone
El Padrino

 

Diversos medios especulan sobre la supuesta -o real- lucha fratricida desatada entre los dos herederos al trono fujimontesinista y asumen que el enfrentamiento es total y que Fuerza Popular está practicamente dividida entre keikistas y kenjistas.

 

Víctor Caballero, principal redactor del portal Utero sostiene que “La fisura fujimorista es irreparable y la guerra es inminente.”

 

Sin negar los notorios enfrentamientos, celos y disputas que existen entre los dos hermanos, creo que sus diferencias no son tan abismales ni sus posiciones irreconciliables, como algunos analistas afirman. Para decirlo en terminos caros al argot izquierdista: los pleitos entre Keiko y Kenji son contradicciones secundarias en el seno del clan familiar.

 

La familia fujimontesinista no se va a dividir. No por lo menos debido a la forma cómo obtuvieron el indulto para el jefe del clan ni por cumplir con honrar ese oscuro compromiso asumido con PPK y convertirse en el sustento político de un presidente, devenido por su propia voluntad, en un cadáver político. Keiko y Kenji no van a cruzar ese Rubicon. Y si alguien espera ver que Keiko y Kenji se hagan el harakiri y la sangre de los hermanos Fujimori corra, ante la mirada impasible del jefe del clan, mejor que se consiga un buen sillón y se acomode bien.

 

Fuerza Popular no es propiamente un partido político y sus actuales desaveniencias internas no son resultados de grandes debates teóricos o programáticos. Los reacomodos que se van a producir al interior de Fuerza Popular se van a dar de la mano de Alberto Fujimori. La voz del dictador será quien ponga orden en FP, y en ese proceso, los peones que osen moverse, van a quedar fuera de la foto.

 

En ese nuevo escenario que vive Fuerza Popular luego de que Alberto Fujimori obtuviera su libertad, creo que ni Keiko ni Kenji están en la posibilidad de aventurarse a correr en solitario y jugar con el futuro político del fujimontesinismo.

 

Suena una Perrogrullada pero Fuerza Popular no es como la izquierda peruana, donde toda pequeña desaveniencia se presenta como una brutal lucha de principios y cada debate da pie para que aparezcan los eternos celadores del museo dispuestos a defender la pureza de las ideas y siempre prestos a excomulgar a los herejes y expulsar a los traidores para así salvaguardar la pureza de la secta.

 

Fuerza Popular es una maquinaria electoral que tiene éxito porque funciona bajo la franquicia de la figura de Alberto Fujimori, y si bien es cierto, Keiko ha logrado construir su propio liderazgo e intentado dotarle de una institucionalidad orgánica al fujimontesinismo, ella sabe que una división de Fuerza Popular pone en riesgo tanto el indulto conseguido a trompicones -que aún puede ser anulado- así como su propio futuro político, si el poder judicial decide imputarla en el caso Odebrecht.

 

La principal seña de identidad del fujimontesinismo es su vocación pragmática y su habilidad para mantenerse en la cresta de la ola. El fujimontesinismo nació bajo la sombra del poder y se mantiene cohesionado con la ilusión de volver al poder. En ese su peregrinar a Palacio han logrado capturar importantes cuotas de poder -el congreso, BCR, Sunat etc.- y ahora han sometido a su voluntad a un gobierno debil, errático que ha perdido todo tipo de credibilidad y que muestra serios problemas hasta para poder formar su gabinete ministerial.

 

Keiko no logró su objetivo de vacar a PPK, no tendrá la ansiada foto junto al Papa, pero ha dejado en añicos al gobierno de PPK al mismo tiempo que Kenji supo aprovechar habilmente esa oportunidad para concretar la máxima aspiración de los fujimontesinistas: sacar de la cárcel a Alberto Fujimori. Al final qué es lo mas importante para el clan Fujimori ¿la cabeza de un fantoche como PPK o la libertad del dictador?

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

El regreso del dictador

Por Fredy León

Por algún vericueto indescifrable de nuestra maltrecha historia de los últimos 28 años, el destino del país está fatalmente unido a la suerte personal de Alberto Fujimori, un anodino docente universitario que llegó a la presidencia de la república, y desde donde, con la leal ayuda de Bladimiro Montesinos, construyó un poder mafioso que desnudó todas las miserias, vilezas e infamias que habitan en la sociedad peruana.

Cuando estuvo en la cúspide de su popularidad, Fujimori utilizó ese poder mafioso sin ningún escrúpulo ni límite alguno. Fujimori pronto descubrió que en ese mundo corrupto todos tenían un precio, y ahí donde pudo, se dedicó con esmero a comprar conciencias y lealtades; y donde encontró resistencia, no dudo en utilizar de manera implacable el poder del estado para eliminar, física y moralmente, todo vestigio de oposición.

La conducta reptiliana de Fujimori siguió los patrones de comportamiento de los dictadores caribeños, tipo el haitiano “papá Doc” Mientras estuvo en el poder, Fujimori se mostró como un personaje implacable; pero cuando ese pode se vino abajo y sus fechorías se hicieron públicas, el dictador se mostró tal como era: un pobre fantoche.

Alberto Fujimori no tuvo la entereza ni la dignidad de hacer frente a la historia. El tirano, cuando vió que su barco se hundía, huyó vergonzosamente del país; renunció mediante un fax a la presidencia de la república; buscó refugio en la tierra de sus ancestros, se casó con una dama japonesa y postuló -sin suerte- al parlamento japonés que en un acto de decencia le negó el anhelado refugio que Fujimori pensó encontrar en el Japón. Cuando el lento círculo de la justicia peruana lo iba encerrando, Fujimori buscó desesperadamente refugio en Chile bajo el amparo de los restos del poder pinochetista y creyendo que la justicia chilena no iba a extraditarlo.

Fujimori volvió al país contra su voluntad. La justicia peruana, en uno de sus pocos actos dignos, tuvo la firmeza de juzgarlo y condenarlo por los actos de corrupción y crímenes perpetrados por el dictador. Por primera vez en nuestra aciaga historia, un dictador era condenado, en un juicio limpio y transparente, por los delitos cometidos durante su mandato.

Pero el Perú lamentablemente sigue siendo un país gobernado por felones y lambiscones. En un vulgar cambalache mafioso, PPK trocó la dignidad de la banda presidencial, que obtuvo bajo la solemne promesa de respetar los mandatos de la justicia, por la impunidad del reo.

De un solo golpe artero el felón de PPK nos hizo recordar que seguimos siendo ese país retratado con crudeza por Pablo Macera: El Perú es un burdel.

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Y la revolución no fue una fiesta de ángeles

Por Fredy León

 

El siglo XX fue el siglo más corto de la historia de la humanidad. Comenzó en 1917 con el triunfo de la gran revolución bolchevique y terminó en 1991 con la desaparición de la Unión Soviética. Si el triunfo de los bolcheviques “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad”, la desaparición de la Unión Soviética “destruyó todas las ilusiones e ideales.”

 

En ese breve intervalo de tiempo que fue el siglo XX,  resulta imposible desconocer las enormes repercusiones y transformaciones que produjo la revolución bolchevique. “La revolución de octubre originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna” (Hobsbawn 1994) En 1980, casi 1/3 del planeta vivía en los denominados países socialistas, los movimientos de liberación nacional surgían victoriosos de las ruinas del viejo sistema colonial y la lucha por el socialismo movilizaba a millones de trabajadores en todo el mundo.

 

El enfrentamiento entre los dos sistemas –capitalista y socialista- era la línea que dividía la política mundial. La Unión Soviética había logrado alcanzar el equilibrio estratégico con los Estados Unidos y disputaba la supremacía mundial por el control de “la tecnología de la muerte.”

 

El camino seguido por la Unión Soviética para convertirse en corto tiempo en la segunda potencia mundial, no fue fácil.

 

En 1917 Rusia era un país atrasado, pobre, destrozado por un conflicto bélico mundial, con una población campesina mayoritariamente analfabeta que vivía en condiciones infrahumanas y sometidas a la tiranía del régimen despótico zarista. Y por si esto no fuera poco, el naciente estado de obreros y campesinos tuvo que hacer frente, durante 5 largos y tenebrosos años, a la cruenta agresión fascista alemana que llegó a aniquilar a más de 20 millones de soviéticos y destruyó gran parte de la economía soviética.

 

Pocos países en el mundo enfrentaron tremendos retos impuestos por la historia. Si la URSS pudo salir victoriosa fue gracias al heroísmo de su pueblo que alcanzó cimas impensables y actuó motivado por los grandes ideales comunistas que guiaron la revolución bolchevique. Y si el socialismo en la URSS se vino abajo 70 años después, fue por que en algún momento de su convulsionada historia, la flama de esos ideales se extinguió en la conciencia del pueblo soviético.

 

Pero nadie puede borrar de la historia que la gran revolución de octubre de 1917 fue una de las más heroicas epopeyas libradas por los trabajadores, campesinos y soldados rusos; esas masas hambrientas e ignorantes que vivían dominados por el miedo se atrevieron a desafiar la historia y se lanzaron con valor y pasión a “tomar el cielo por asalto” para construir el reino de la felicidad. El comunismo en Rusia apareció en el horizonte de la mano de los desposeídos y se transformó en una poderosa fuerza moral que se elevó por encima de las miserias humanas de la vieja sociedad despótica que asumía con resignación la desigualdad, miseria y explotación y veía las grandes injusticias sociales como un hecho natural.

 

El comunismo surgió para los trabajadores como la esperanza de un mundo mejor en medio del caos y la guerra que ensangrentaba Europa.

 

La revolución proletaria no fue ninguna fiesta de ángeles. Fue una cruenta lucha por el poder que remeció desde sus raíces a la vieja sociedad rusa e involucró a gran parte de Europa que veían con temor el triunfo de los bolcheviques.

 

La disputa por el poder entre bolcheviques, liberales y las fuerzas leales al viejo régimen zarista fue dramática. La revolución fue “una concatenación de aventuras, esperanzas, traiciones, coincidencias improbables, guerra e intrigas; una sucesión de valentía y cobardía, de estupidez, farsas, proezas, tragedia, ambiciones y cambios” que marcaron el inicio de una nueva época.

 

Y si al final lograron triunfar los bolcheviques fue por la conjunción de una serie de factores históricos que se manifestaron en los momentos críticos donde el despertar político de las masas derrumbó a la monarquía y los bolcheviques, con una correcta línea política, supieron ganar el apoyo de la población rusa. La decidida voluntad política mostrada por los comunistas, en los momentos claves de la crisis del régimen zarista, hicieron posible, por primera vez en la historia de la humanidad, que los trabajadores y campesinos, guiados por el genio político de Lenin, conquistaran el poder y asumieran la gran tarea de construir el comunismo; tarea que aparecía como una titánica obra a realizar día a día.

 

En esa lucha no hubo tregua alguna ni soluciones simples para problemas complejos. “Antes de 1917 los socialistas, marxistas o no, habían estado demasiado atareados combatiendo al capitalismo como para pensar en serio en el carácter de la economía que debía sustituirlo.” (Hobsbawn 1992)

 

El socialismo ruso no surgió de la noche a la mañana, no se implantó por decreto, no se construyó en un laboratorio, ni fue una obra perfecta de hombres puros que aspiraban a salvar sus almas para gozar de la vida eterna. El socialismo ruso fue una sociedad imperfecta que nació en medio de una despiadada lucha de clases y donde conquistar el poder resultó relativamente fácil en comparación con la tarea que se propusieron: transformar las condiciones miserables de vida impuesta por años de dominio de una monarquía despótica y que se mantenían por la fuerza de la costumbre que sometían las mentes de los rusos y de las ruinas de ese viejo mundo que se pudría, construir la nueva sociedad.

 

El nuevo estado de obreros y campesinos surgió literalmente de la nada, de los escombros de en un país destruido y acosado por el hambre, enfrentados en una lucha cruel y donde el caos y la anarquía amenazaban con autodestruirlo todo; un país que tuvo que luchar en solitario y que desafió a poderosos enemigos externos que acechaban sus fronteras con el inocultable deseo de derrotar a sangre y fuego a la naciente revolución proletaria.

 

Los comunistas rusos debieron crearlo todo, inventar, experimentar, imaginar y, sobre todo, saber rectificar en plena marcha; la revolución hacia atrás no tenía ninguna experiencia de donde aprender, los bolcheviques eran los iniciadores en todo, se adentraron en una fase totalmente desconocida en el desarrollo histórico de la humanidad. Lamentablemente, para quienes asumen una actitud crítica sin meter los pies en los fangos de la cruda realidad social, el socialismo no podía ser construido, palabra por palabra, como si fuera una copia fiel de las sagradas escrituras de los clásicos; aunque algunos lo intentaron, pero por más esfuerzo que hicieron, la realidad se burló de ellos.

 

La revolución bolchevique no fue lo que quiso ser ni lo que Marx y Engels imaginaron; sino lo que pudo ser, lo que la realidad rusa, la visión y conducta de los hombres que dirigieron ese proceso, pudieron hacer.

 

Una revolución de esa naturaleza no podía estar exenta de errores, equivocaciones, limitaciones y excesos, pero en el balance final, en la comparación objetiva, concreta y desapasionada con el capitalismo, resulta imposible negar que el socialismo constituyó un avance gigantesco que trajo grandes beneficios, progreso y bienestar para los habitantes de la ex Unión Soviética, y además fue un factor importante, a nivel mundial, que impulsó el progreso y desarrollo de la humanidad.

 

En la tarea de construir el socialismo los revolucionarios rusos solo contaban como guía con la teoría marxista. Hasta antes del triunfo de los bolcheviques, el socialismo era solamente una construcción teórica, una idea que buscaba materializarse, y si esa primera experiencia se hubiera realizado en un ambiente de paz y tranquilidad, totalmente diferente a la que se vivía en Rusia, seguramente muchas cosas hubieran sido radicalmente diferentes. Pero la vida es lo que es y no lo que pudo ser. La revolución  se desarrolló por cauces impensados, y en una realidad caótica donde muy pronto la realidad empezó a colisionar con los textos, empezaron a surgir diferentes –y a veces contrapuestas- visiones sobre el futuro de la revolución, y en un áspero clima de profundas discusiones e intransigencias, la teoría actúo muchas veces como una poderosa camisa de fuerza.

 

El intenso y apasionado debate ideológico que acompaño ese proceso, paulatinamente se fue convirtiendo en el principal elemento de contradicción que llevó al enfrentamiento y destrucción de la dirigencia bolchevique y marcó a fuego, para bien o para mal, el devenir de la revolución rusa.

 

El primer gran obstáculo que la revolución bolchevique debió inevitablemente sortear, si quería sobrevivir, era saldar urgentemente sus cuentas con la teoría marxista. Todos los dirigentes bolcheviques se declaraban seguidores de Marx, y unos mas que otros, buscaban ser los mas fieles interpretadores de las ideas marxistas y pregonaban por mantener la pureza de la revolución. Apartarse de los textos marxistas para enfrentar la realidad, era visto como una herejía.

 

“Ninguna de las condiciones que Marx y sus seguidores habían considerado necesarias para el establecimiento de una economía socialista estaban presentes en esta masa ingente de territorio que era un sinónimo de atraso social y económico en Europa.” (Hobsbawn)

 

Marx imaginaba que la revolución iba a desencadenarse en un país altamente desarrollado, como Alemania o Inglaterra; la revolución bolchevique triunfó en un país atrasado y con una incipiente clase obrera.

 

Trotsky sostenía que la tarea de los bolcheviques era impulsar la revolución mundial, y si en esa batalla había que sacrificar la naciente revolución rusa, ese era el precio que los revolucionarios debían pagar. Para Trotsky, ardiente defensor del puritanismo ideológico, era imposible construir el socialismo en un solo país.

 

El comunismo propugnaba la abolición del estado. La revolución bolchevique tuvo como su principal tarea construir y fortalecer el estado.

 

Esos y otros grandes debates ideológicos (sobre la democracia, las nacionalidades, el rol del dinero, la colectivización de las tierras, la nueva cultura socialista etc.) marcaron los inicios de la revolución socialista. Hoy sabemos qué cosa no es socialismo por que tenemos una experiencia acumulada; pero en esos tiempos, la incertidumbre era lo único cierto.

 

Desde la derecha -y pasando por importantes sectores de izquierda- se ha construido un relato tétrico de los años aurorales de la revolución, se han especializado en presentar una parte de los hechos históricos –siempre los trágicos y controversiales- como si fuera toda la historia y  exhiben a Stalin como un sanguinario dictador y responsable de los futuros problemas que llevaron a la disolución de la URSS.

 

Un análisis honesto de la revolución bolchevique tiene que partir situando en su justa dimensión el contexto histórico en que se desenvolvió la revolución bolchevique, comparar el tipo de país que era Rusia antes del triunfo de la revolución, las condiciones en que triunfaron los bolcheviques, las medidas que adoptaron, las causas que desencadenaron las pugnas que se suscitaron al interior de la sociedad y el partido comunista, el carácter de las transformaciones que se dieron en la URSS, los sectores sociales que fueron  favorecidos y el rol que cumplieron las potencias mundiales,

 

Stalin asume la dirección del Partido Comunista, luego de la temprana muerte de Lenin, cuando la URSS era un país hambriento, analfabeto, sin ninguna tradición democrática, con un incipiente desarrollo económico y amenazado por las potencias mundiales. Su principal preocupación fue lograr que la naciente revolución sobreviva, una vez logrado estabilizar el poder de los soviet, Stalin empezó a crear las bases materiales y espirituales para construir el socialismo (electrificación, industrialización y poder de los soviet), tarea que casi inmediatamente tuvo que ser supeditada, debido la gravedad del peligro que empezó a amenazar al mundo, y a marcha forzada se dedicaron a desarrollar la capacidad militar defensiva de la Unión Soviética para resistir la inevitable agresión fascista, y luego de 5 años de guerra y haber contribuido de manera decisiva a la derrota del fascismo alemán, tuvo que comenzar de nuevo la dura tarea de reconstruir el país y restañar las heridas dejadas por ese brutal conflicto militar.

 

Stalin recibió en 1923 un país en plena guerra civil, con una economía de sobre vivencia basada en el arado, un pueblo analfabeto en un inmenso territorio donde las diferentes naciones estaban desintegradas. En 1953, a la muerte de Stalin, la URSS era una floreciente comunidad de naciones que albergaba a más de 100 nacionalidades en igualdad de derechos, un país sin analfabetos, industrializado, próspero, que contaba con plantas nucleares y se aprestaba a iniciar una nueva época en el desarrollo de la humanidad: la conquista del espacio.

 

Pero los grandes avances obtenidos en la economía no tuvieron su correlato en el sistema político. El socialismo es también democracia del pueblo y poder popular. Esa era la tarea pendiente a resolver por las nuevas generaciones. El XX Congreso del PCUS debió haber asumido la responsabilidad histórica de cerrar esa brecha, pero en su lugar eligió quedarse en la simple y despiadada crítica  contra la personalidad de Stalin y mantener intacto todo el sistema político construido en los duros y tempestuosos tiempos de Stalin.

 

El XX Congreso del PCUS se embarcó en la tarea de destruir los íconos revolucionarios pero mantuvieron intocable el templo edificado por los dioses caídos en desagracia y muy pronto empezaron a colocar nuevos íconos que nunca llegaron a brillar con luz propia.

 

Ese desencuentro, entre desarrollo económico e inmovilismo político, fue la principal causa que originó el periodo de estancamiento del socialismo soviético y que posteriormente llevó a la implosión de la URSS. El modelo socialista impuesto en tiempos de Stalin, luego del XX congreso, perdió esa poderosa fuerza motriz que impulsaba a las masas a participar activamente en el desarrollo del país; el socialismo, de la mano de Nikita Krusjov, se enrumbaba hacía un callejón sin salida, las masas populares empezaron a perder su identificación con la burocracia que se enquistó en los aparatos del PCUS y el ideal socialista se diluía de la conciencia de los trabajadores y campesinos soviéticos.

 

La sorpresa no es que el socialismo en la URSS en 1991 se haya derrumbado de ese modo casi tan natural, sino que el modelo socialista desarrollado durante Stalin, haya resistido tanto tiempo, a pesar de los torpes ataques propiciados por los nuevos mandamases del PCUS.

 

No fue solamente las vitrinas vacías y la escasez de alimentos lo que llevó a la desaparición de la URSS. Fue también el debilitamiento de la conciencia revolucionaria y la pérdida de fe en el futuro, lo que permitió que una casta burocrática –con Yeltsin a la cabeza- destruyeran la obra de Lenin.

 

Hoy sabemos que es lo que no debe ser socialismo. Ese aprendizaje fue duro. Como dijo el fallecido General Lebed “Quién no haya llorado por la desaparición de la URSS, es porque no tiene corazón. Quién proponga su restauración, es porque no tiene cerebro.”

 

Luego de la desaparición de la URSS el viejo comunismo no podía ofrecer a los comunistas otra cosa que nostalgia. Pero el mundo no se cambia desde la nostalgia y la revolución no se hace para retroceder en el tiempo.

 

Como sabiamente definió Fidel Castro “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

 

 

 

 

 

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario