A mitad del camino

Por Fredy León

Los viejos sueños eran buenos sueños.
No se cumplieron, pero me alegro de
haberlos tenido.
Clint Eastwood
Los Puentes de Madison

Fui parte de una generación de militantes de la Juventud Comunista que nos quedamos a mitad del camino, entre alcanzar la cima de la victoria o sentir el dolor de la derrota. No triunfamos ni nos vencieron; simplemente nos quedamos en medio del campo de batalla. Tal vez debimos haber avanzado más rápido e intentado llegar más lejos, pero andamos lo que pudimos; avanzamos cuando otros retrocedían y nos detuvimos cuando el mundo que soñamos se nos vino abajo. En palabras de Benedetti, cuando creíamos tener todas las respuestas la historia nos cambió subrepticiamente las preguntas.

En 1985 fui elegido miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la JCP y asumí la secretaria de prensa y propaganda. Me tocó vivir una etapa política donde las certezas se transformaban en dudas y las dudas se convertían en desánimo. No vimos ni entendimos con claridad la profundidad de los cambios regresivos que, a nivel internacional, el topo de la historia iba maquinando; y en el tema del partido, creo que nos faltó sentido de futuro para contribuir y darle contenido real al urgente y necesario proceso de renovación partidaria que los nuevos tiempos demandaban.

El país ni bien había empezado a salir de la crisis económica y debacle moral al que fue llevado por el mediocre segundo gobierno del timorato Fernando Belaunde (1980-1985) cuando de la mano del exceso voluntarismo mostrado por Alan García (1985-1990) comenzaban a aparecer los primeros signos de descomposición total del viejo proyecto aprista que llegó tarde y mal a su cita con la historia. El gobierno de Alan se caía en pedacitos, la patria se desangraba y dolía la tristeza de nuestro pueblo obligado a vivir entre la incertidumbre de una economía que se desquiciaba y enterrar en silencio a sus muertos que dejaba el terror desatado por Sendero Luminoso y que desde el estado fue respondido con una brutal guerra sucia.

La esperanza en el país se desvanecía.

En esa coyuntura política que se configuró durante la segunda mitad del 80, tres proyectos estratégicos se disputaban el país: el proyecto neoliberal del bloque dominante impulsado por Vargas Llosa y luego ejecutado por Fujimori; el proyecto democrático popular levantado por la Izquierda Unida y el proyecto autoritario de Sendero Luminoso que buscaba conquistar el poder mediante el terror.

En esa disputa estratégica creo que la Juventud Comunista desempeño un rol protagónico; fuimos la organización juvenil más importante del país; a diferencia de la organización juvenil de Patria Roja, el FER del Perú, que era eminentemente universitaria, o de la Juventud Mariateguista, que no pasó de ser un estado de ánimo sin sustento político ni social, la JCP tenía una presencia nacional llegando a articular una definida expresión política donde se recogían las principales aspiraciones de la juventud estudiantil, trabajadora, campesina y femenina.

No tengo los documentos aprobados en esos tiempos por la JCP, pero la propuesta central de trabajar para transformar a la juventud en una fuerza social revolucionaria sintetizaba años de experiencia en la labor de organizar a la juventud y nos dotó de un horizonte estratégico para la acción política.

Se trataba de aplicar de manera creadora la línea política del partido en el espacio juvenil pero también se buscaba participar en los apasionados debates internos donde, como es natural en toda organización política que lucha y busca ser poder para transformar la sociedad, había matices y diferencias de enfoque en la táctica a desarrollar. La Izquierda Unida había logrado dar un nuevo e importante impulso a ese proceso de acumulación de fuerzas basado en la lucha democrática de masas y el objetivo de convertirse en gobierno era una posibilidad real. El problema de llegar al gobierno no era cómo sino para qué.

Esto tuvo su expresión en el acto de inauguración del IX Congreso Nacional del PCP (1987) cuando Alfonso Barrantes, entonces presidente de la IU, subió al estrado un compacto grupo de militantes de la jota provenientes de la Universidad Técnica del Callao, San Martín de Porres, La Cantuta y Villa El Salvador expresamos nuestro descontento con la actitud meliflua y dubitativa que mostraba en ese entonces Barrantes y pedimos mayor firmeza y consecuencia con los postulados defendidos por la IU. No hubo silbatinas ni gritos de improperio contra una de las figuras más respetadas de la izquierda peruana, fue una manifestación política de un sentimiento que, creo, mayoritariamente era compartido por la militancia del PC y la jota. Alfonso Barrantes, al finalizar el acto, hizo pública su renuncia a la presidencia de la IU. Lastimosamente esa crisis, que pudo haber servido para definir el rumbo unitario de la IU y reafirmar la decisión de luchar por conquistar un gobierno popular, sirvió como pretexto para que las fuerzas ubicadas entre el reformismo conciliador y el radicalismo verbal dinamitaran todos los puentes unitarios construidos con suma dificultad por las izquierdas y comenzaran su labor de destrucción del principal instrumento político que tuvo el movimiento popular.

Yo sé que toda opinión de lo vivido es una visión cargada de historia personal y muchas veces he reflexionado sobre lo sucedido esa noche en el local del Centro Cívico de Lima. Lo único que puede afirmar, con toda certeza, es que no fue un acto planificado ni buscaba desconocer el liderazgo de Alfonso Barrantes. La jota defendía la línea unitaria del PC y éramos firmes partidarios de fortalecer la IU, sin exclusiones ni sectarismos.

Y esta posición de la jota era defendida de manera coherente en todos los frentes de trabajo, donde el más complicado era el frente universitario tanto por el nivel de politización, ser el frente de masas priorizado por las izquierdas y haber sido, desde la división del PC de 1964, un espacio hostil a la presencia de la Juventud Comunista.

Cuando la crisis de ideas de Patria Roja estaba llevando a la destrucción del movimiento universitario, la jota tuvo la inteligencia y sagacidad de levantar una alternativa de renovación del movimiento estudiantil que pasaba por la necesaria democratización de los gremios universitarios como requisito básico para pasar en la universidad a la lucha de contenidos y superar la visión “gremialista” del FER del Perú que nunca avanzó más allá de la simple defensa de los postulados de la Reforma de Córdoba.

La consigna de luchar por una universidad pública, democrática y científica permitió reagrupar a las fuerzas políticas de izquierda (JCP, JM,UDP, FEDEP), recuperar el carácter de frente único de la Federación de Estudiantes del Perú y avanzar hacia el congreso de reconstrucción de la FEP (San Marcos 1988)

Pero la jota avanzó más allá del ámbito universitario, nuestra preocupación era ver de manera integral el problema de la educación peruana y por eso fuimos la principal fuerza política que logró impulsar la constitución de la Federación de Estudiantes de los Institutos Superiores y Tecnológicos y persistimos en la tarea de forjar la Unión de Estudiantes Secundarios. La juventud podía ser una fuerza social revolucionaria solo si lográbamos vertebrar a los diferentes movimientos juveniles bajo un programa único.

Volviendo al tema universitario, uno de los grandes aportes de la jota en esos tiempos fue romper con la visión “estamentalista” de la universidad y avanzar en la constitución de un movimiento universitario conformado por estudiantes, docentes y personal administrativo, único espacio en el cual se podía elaborar un programa integra para transformar la universidad. La jota entendía que la lucha por una nueva universidad pasaba por la formación de un nuevo movimiento universitario.

Y esa visión de convertir al movimiento juvenil en una fuerza social revolucionaria era el elemento central del trabajo político impulsado por el CEN de la jota que se materializó en la edición de la revista Somos los Jóvenes, la formación de la Brigada Sabogal y la constitución de la Brigada Internacionalista Esteban Pavletich.

Como miembros del CEN de la jota cumplimos diversas actividades y a modo de anécdota se me vienen tres hechos a la memoria: mi viaje a Tarapoto, semanas después de la aparición de la columna armada del MRTA en Juanjí, y las prolongadas reuniones clandestinas con las camaradas de la jota de esa localidad que habían ganado las elecciones en el instituto pedagógico de Tarapoto y trabajaban en la clandestinidad, en plena reunión una camarada me retó a saltar al río Cumbaza de una altura de 5 metros, no hubo forma de objetar dicho reto y el cual, a pesar de una inicial resistencia mía, tuve que cumplir; luego nuestra participación en un debate en la Universidad del Centro de Huancayo donde discutimos con fuerzas políticas que estaban más a la izquierda del PC, cuando estaba en mi intervención final repentinamente se fue la luz del local, los camaradas de la jota de Huancayo subieron rápidamente al estrado y me sacaron por una puerta falsa, en esos tiempos la gente de SL solía terminar los debates a balazos; o la vez que por primera y única vez fuimos al local del PAP de Alfonso Ugarte para reunirnos con la dirección de la Juventud Aprista con el objetivo de comprometerlos a participar en la Brigada Internacionalista que iba ir a Nicaragua, en plena reunión hubo un apagón en Lima y estalló una bomba en el local del PAP, los dirigentes de la JAP, sumamente nerviosos, nos pidieron que al salir hiciéramos como si cantábamos la Marsellesa aprista para evitar que el equipo de seguridad, que vigilaba las puertas, nos interrogasen.

Fueron tiempos de intensa actividad política donde en el CEN de la jota coincidimos un grupo de valiosos camaradas provenientes de diversos lugares del país que teníamos firmes convicciones revolucionarias y dedicamos lo mejor de nuestra juventud a luchar por hacer realidad nuestros grandes ideales.

 

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

¿Tienen futuro las izquierdas?

Por Fredy León

Así el futuro está en tinieblas, y débiles
las fuerzas del bien.
Bertolt Brecht

Si las derrotas enseñaran algo, hace tiempo que los líderes izquierdistas serían súper inteligentes y habrían entendido, con meridiana claridad, que la división es la principal causa de sus continuos fracasos; y la unidad es la mejor -y quizás única- posibilidad que tienen para poder triunfar, no como individuos aislados que buscan la gloria efímera, sino como proyecto colectivo de país.

En el Perú, a diferencia de Chile, Uruguay o Bolivia, las izquierdas nunca pudieron construir un verdadero partido de masas con presencia nacional y capacidad real de disputarle el gobierno a la burguesía; aquí no existe una tradición comunista o socialista enraizada en las conciencias de las masas, y los pequeños grupos que han desfilado por la historia han sido meros retazos rotos de proyectos fragmentados por el sectarismo.

La división del viejo PC -en 1964- significó en la práctica el quiebre histórico del proyecto comunista fundado por José Carlos Mariátegui, ninguna de las facciones en que se dividió el PC llegó a convertirse en el prometido partido de masas de la revolución. Los diversos intentos de forjar un partido de nuevo tipo, realizados por la denominada nueva izquierda que surgió a mediados de los 60 del siglo pasado, terminaron en un fracaso y fuente de divisiones permanentes al extremo que del MIR, VR, PCR, UDP y PUM no queda ni el recuerdo.

En las izquierdas el sueño del partido propio floreció con fuerza al tiempo que el movimiento social se fragmentaba y aislaba de las grandes masas debido a las interminables y estériles disputas sectarias por el control burocrático de las cúpulas dirigenciales. En las izquierdas hubo abundancia de siglas, líderes importantes y grandes ideas, pero orgánicamente fueron estructuras débiles, pequeños partidos sectoriales constituidos por minorías activas de militantes combativos y entregados a la lucha, que demostraron ciertamente capacidad para encauzar la protesta popular y podían hasta paralizar el país, pero electoralmente ninguno llegó a representar a toda la izquierda ni logró trascender a nivel nacional.

A las izquierdas el país les quedó siempre demasiado grande. Y es que esas izquierdas, divididas y sectarias, nunca fueron vistas por las masas como una real alternativa de gobierno; en tiempos de ascenso de las luchas las masas acudían con decisión al llamado de lucha que realizaban las izquierdas, pero al momento de votar desconfiaban de la capacidad de gobernar de las izquierdas.

Aquí los datos de la realidad matan todos los relatos de los sectarios que temen a la unidad.

En las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978 el FOCEP logró el 12% de votos y el PCP, PSR y la UDP alrededor de un 6% cada uno. Sumados los votos de las izquierdas alcanzaron un nada despreciable 30%, casi a la par de lo que la Apra y el PPC obtuvieron.

Dos años después, en las elecciones presidenciales de 1980, las masas que lucharon en las calles y derrotaron a la dictadura de Morales Bermúdez castigaron a las izquierdas que fracasaron en sus intentos unitarios y se presentaron divididos. La ARI estalló en mil pedazos, la alianza del PCP, PSR y FOCEP nunca llegó a concretarse y el sectarismo de los trotskistas, que soñaban con la pureza de un frente sin patrones ni generales, dilapidó con una facilidad increíble todo el capital electoral obtenido por Hugo Blanco en 1978 y nunca más lo volvió a recuperar. El resultado electoral para las izquierdas en 1980 fue catastrófico; las candidaturas de Leonidas Rodríguez (UI); Carlos Malpica (UDP); Genaro Ledesma (FOCEP); Hugo Blanco (PRT) y Horacio Zevallos (UNIR-PCR) obtuvieron cerca del 14%, algo menos de la mitad conseguido en 1978. Belaunde ganó las elecciones con un 46%.

Esa derrota obligó a las izquierdas a buscar el camino de la unidad para sobrevivir. La unidad forjada, luego de la derrota, no fue el resultado de un acto conciente sino un reflejo desesperado de las cúpulas para detener su caída al abismo. Esa premisa lastró toda la corta historia de la IU.

El surgimiento de la Izquierda Unida en 1980, donde llegaron a confluir casi todos los sectores izquierdistas con excepción de los trotskistas, cambió radicalmente el panorama político nacional; la IU en poco tiempo se convirtió en la segunda fuerza electoral del país. Por primera vez, en toda su historia, la izquierda se perfilaba en el horizonte político como una real alternativa de gobierno y poder.

Y es que la unidad no solo significó la suma de votos sino permitió crear un amplio espacio político que abrió las puertas a miles de militantes de base provenientes de diversos sectores sociales y que fueron el nexo orgánico con la clase y los movimientos sociales. En este basto tejido social, construido y sostenido por los militantes de base, radicó el verdadero poder  de masas logrado por la IU.

Por eso cuando la IU se divide en 1988 las izquierdas no solo pierden votos y presencia en las instituciones del estado, sino que pierden lo esencial: con la división se desvaneció el nexo orgánico que mantenían con las masas y ese vació político que dejó la IU paradójicamente fue ocupado posteriormente por el fujimontesinismo.

Luego de la división y agonía de la IU los pequeños grupos de izquierdas que sobrevivieron entraron en uno de los periodos más oscuros e intrascendente de su historia quedando virtualmente reducidos a la nada. En las elecciones generales del 2006 Javier Diez Canseco (PS) obtuvo el 0.4% y Alberto Moreno (MNI) el 0.2%. La hegemonía política y cultural de la derecha neoliberal fue absoluta. La izquierda fue derrotada y el movimiento popular implosiono, más producto de sus propios errores que por acción violenta de la derecha.

Tuvieron que pasar casi tres décadas para que las izquierdas pudieran recuperar cierto protagonismo electoral. El gran mérito de Verónika Mendoza, en las elecciones del 2016, fue haber construido un liderazgo que logró cuestionar la hegemonía política neoliberal y demostrar que desde la izquierda si se podía enarbolar una alternativa política al pensamiento único impuesto por los neoliberales.

Recordemos que Verónika llegó a las elecciones del 2016 con una alianza electoral formada a tropezones y en una coyuntura política totalmente adversa, con un débil movimiento popular, desmovilizado, fragmentado, sin conciencia política, que actuaba a la defensiva y sin una estructura partidaria, por eso que el 18% conseguido por Verónika en las elecciones del 2016 fue más que heroico, y si a eso le sumamos el 4% que obtuvo Gregorio Santos, no resulta descabellado suponer que si esas izquierdas hubieran tenido voluntad unitaria, el destino del país pudo haber cambiado. Pero fatalmente en las izquierdas todavía no hay espacio para la grandeza. PPK llegó a la presidencia con solamente el 21% de votos.

Lastimosamente la unidad electoral lograda en el 2016 fue efímera. El Frente Amplio, que gracias a los votos de Verónika Mendoza logró obtener una bancada de 20 congresistas, se dividió y la desintegración del espacio conquistado volvió a diezmar lo poco que se había logrado. ¿Para qué cometer nuevos errores si resulta más sencillo repetir los errores antiguos?

Los resultados de esa absurda división fueron nuevamente demoledores, principalmente para los intereses de los sectores populares. Aquí cabe preguntarse ¿para qué hacen política los izquierdistas? ¿Para satisfacción personal o para defender y luchar por los intereses de los pobres y excluidos de siempre?

Hace tiempo que las izquierdas han abandonado inexplicablemente el trabajo en los espacios municipales y regionales, por eso que no resultó extraño que esas izquierdas, divididas y sin ideas, no mostraron la mínima voluntad para vertebrar una alternativa unitaria en un espacio donde no tenían nada que ganar y todo para perder.

Las izquierdas actuaron con mucha improvisación e irresponsabilidad lo que se reflejó con más fuerza en los resultados a la Alcaldía de Lima donde los votos logrados por FA, PL y JP apenas llegaron a un 8%. En las regiones fue catastrófico, salvo Junín donde ganó PL, y Puno y Moquegua, donde triunfaron movimientos regionales identificados con posiciones de izquierda, en el resto del país las izquierdas desapareció por completo.

Pero a pesar de la cercanía de esa derrota que sufrieron en las elecciones municipales y regionales las izquierdas no aprendieron nada, pues mientras en la sociedad se construía un amplio consenso que exigía cerrar el congreso y convocar a una asamblea constituyente, las izquierdas timoratas y sectarias prefirieron atrincherarse en sus pequeñas capillas para librar sus eternas batallas de papel. Hubo intentos unitarios, uno en Huancayo y el otro en Cusco, donde los principales líderes lanzaban loas a la unidad y los militantes de base exigían que se concretice, pero una vez más esos dirigentes no estuvieron a la altura ni tuvieron fortaleza y convicción necesaria para culminar ese proceso, y Verónika cedió inexplicablemente en su voluntad unitaria frente a las críticas injustificadas lanzadas, con inusual vehemencia y reproducidas en todos los medios de comunicación, por quienes hasta hace poco eran parte de su pequeño círculo de poder, y que luego de culminar su mandato como congresistas se dedicaron a dinamitar lo que con mucho esfuerzo contribuyeron a construir.

De esos fracasos vienen los magros resultados obtenidos en las últimas elecciones.

La división fue una vez más la causa de la derrota sufrida por las izquierdas donde el Frente Amplio fue el único grupo de izquierda que logró pasar la valla del 5% y obtener una bancada de 9 congresistas, lejos de los 20 que se consiguió en el 2016 y que visto en la perspectiva política deja bien golpeada las posibilidades de las izquierdas para las elecciones presidenciales del 2021.

Sin ánimo de ser futurólogo creo firmemente que las izquierdas divididas no tendrán la mínima opción en el 2021. Aquí se impone que los tres principales dirigentes de las izquierdas, Verónika Mendoza, Marco Arana y Vladimir Cerrón, se sienten en la mesa y definan el camino unitario para intentar disputar el gobierno el 2021.

Los tres son imprescindibles y el tiempo apremia, pues la unidad por si solo no va llevar a las izquierdas a Palacio de Gobierno, es solamente el primer paso, pero es un paso imprescindible y sin el cual las izquierdas no podrán abordar los demás problemas, urgentes y necesarios, que deben ser encarados como paso previo para lograr conquistar la confianza de las masas y sin la cual nunca serán vistas  como una alternativa real de gobierno.

Sin unidad las izquierdas seguirán siendo un simple “coro anónimo del drama” nacional. No hay espacio para fracasar, si uno de los tres falla o se deja ganar por la tentación sectaria, se caen toda las izquierdas y la derrota estará más que cantada. “Aquí no hacen falta tempestades cósmicas ni bosques peregrinos para llegar al corazón de la desolación. Basta la ausencia de una silla.”

Y desde abajo se deberían tomar las iniciativas, con mucha audacia y bastante imaginación, para que los militantes de base constituyan las asambleas unitarias de izquierda y actúen como presión social para exigir que las izquierdas tengan un candidato unitario en las elecciones del 2021

Es cierto, la unidad de las izquierdas ha devenido en un mito pero no en el sentido que pretenden interpretar algunos compañeros que sostienen que la unidad es una falsa ilusión que genera confusión y contamina la pureza de las ideas; sino es un mito en el sentido mariateguista, un mito revolucionario que entiende la unidad como ese impulso multitudinario que mueve a las masas en la historia, pues como afirmaba el amauta José Carlos Mariátegui “Los pueblos capaces de la victoria fueron los pueblos capaces de forjar un mito multitudinario.”

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Diente por diente

Por Fredy León

El cowboy cavernícola que habita en la Casa Blanca ha hecho retroceder el mundo a los tiempos donde regía la ley del Talión y amparado en el poder de las armas, como si estuviera en el viejo oeste, se ha arrogado el derecho de decidir quién debe vivir y quién debe morir.

La decisión tomada por Donald Trump, de aniquilar al general iraní Qasem Soleimani, ha sido un acto de terrorismo de estado puro y brutal. Con esa acción el díscolo mandatario yanqui ha enviado un escalofriante mensaje al mundo. Trump, si así lo desea, puede ordenar asesinar con total impunidad a quien le plazca. ¿Quién será la próxima víctima? ¿El ayatola Alí Jamenei, Maduro, Díaz-Canel, Ortega o Evo? Los únicos que, por ahora, parecen salvarse de la ira de Trump son Putin, Xi y Kim. Supongo que algo tendrá que ver el hecho que esos países poseen armas atómicas

Con Trump las últimas reglas de la guerra han desaparecido y las Naciones Unidas han quedado convertidas en un foro irrelevante conducido por líderes timoratos que han optado por guardar un silencio complice. La cobardía, en momentos dramáticos, nunca puede ser interpretada como sinónimo de sensatez.

Con este método mafioso de asesinatos selectivos el imperio ha dinamitado toda la legalidad política construida luego de la segunda guerra mundial; los Estados Unidos se ha colocado fuera del derecho internacional y, en la práctica, ha anunciado que a partir de ahora el lenguaje de las armas es el único lenguaje que entiende. Trump cree ciegamente que con el poder de las armas puede reescribir las reglas internacionales a su libre albedrío, que puede asesinar impunemente a un reconocido hombre de estado iraní y luego darse el lujo de amenazar públicamente con convertir en polvo la memoria y los monumentos culturales de la nación persa.

Ni Hitler, en el extremo de su paranoia guerrerista, se atrevió a asesinar a dirigentes de otros países y hasta se abstuvo de bombardear París. Y eso que Hitler tenía toda una estrategia de dominio mundial y contaba con una poderosa maquinaria de guerra de la alemania fascista para poner el mundo bajo sus botas mientras que Trump quiere destruir toda una milenaria civilización para salvar su pellejo y ganar unas elecciones.

A pesar de la propaganda desplegada por Trump, no queda del todo claro el tipo de amenaza que significaba el general Soleimani para la seguridad de los Estados Unidos; pero lo que si queda claro es que Trump dio la orden de asesinarlo en un año electoral, a pocos días después que el Partido Demócrata decidiera impulsar el juicio político que busca destituirlo y sabiendo que esa acción iba ser visto como una virtual declaración de guerra al estado iraní.

La ejecución de lider iraní parece haber sido pensado más en clave doméstica y dirigida a los votantes de Trump. Pero lo que Trump parece no haber valorado en su real dimensión son las consecuencias geopolíticas que este asesinato va provocar en una región altamente inestable y donde la menor equivocación puede desatar un conflicto desvastador que va arrastrar a varios países de la región.

Dificilmente se puede desconocer que Israel y Arabia Saudita, enemigos estratégico y religioso de Irán, van a permanecer neutrales en un conflicto armado entre Estados Unidos e Irán. Ellos ven con buenos ojos una intervención militar norteamericana contra Irán.

Pero por lo pronto el tablero se ha ido moviendo contra los intereses yanquis pues el sentimiento antiestadounidense ha unificado masivamente a los iranies y sus aliados chiitas en la región; el parlamento irakí ha decidido expulsar a las tropas norteamericanas estacionadas en Irak; Irán ha decidido retomar su programa nuclear y la cúpula dirigencial iraní ha anunciado, en diversos tonos, que vengarán el asesinato de Soleimani.

¿Significa que Estados Unidos está ad portas de desatar una nueva guerra? Es lo más probable si es que en los Estados Unidos no surge un fuerte movimiento de masas contra la guerra de Trump. Las declaraciones de Trump, luego del atentado criminal cometido contra el general iraní, parecen más una reafirmación de la declaratoria de guerra hecha con el atentado.

Trump cree que tiene mucho más para ganar en una guerra lejos de sus fronteras contra un enemigo que no tiene el poder de fuego para responder al imperio, además sería impensado, si se desata el conflicto bélico, que los demócratas se atrevan a seguir impulsando el juicio político contra Trump, que en promover el diálogo con Irán.

Luego del asesinato de Soleimani, Irán no tiene muchas alternativas, ha sido conducido a un callejón sin salida donde el diálogo con los Estados Unidos se ve como un síntoma de debilidad y la respuesta militar aparece como la única opción que le queda luego que Donald Trump decidiera cruzar de manera irresponsable el Rubicón que separa la paz de la guerra y volver a los tiempos donde impera la ley salvaje de “diente por diente y ojo por ojo.”

Minientrada | Publicado el por | Deja un comentario

2019 el año de la necedad

Por Fredy León

Será que la necedad parió conmigo,
La necedad de lo que hoy resulta necio:
La necedad de asumir al enemigo,
La necedad de vivir sin tener precio
(Silvio – El necio)

Se fue el 2019 para nunca más volver y su partida dejó en pie las grandes certezas forjadas en la necedad de la vida; muchas sorpresas previstas, otras imprevistas y algunos -demasiados diría yo- hechos desagradables.

Como certeramente apostillo el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, en el 2019 el imperialismo yanqui tiró a matar, Trump pensó que finalmente había llegado la hora de repicar las campanas y anunciar la anhelada caída de la revolución cubana, pero una vez más el imperio encontró un pueblo templado en la lucha y resistiendo estoicamente ante las duras pruebas de la historia. La necedad hechó raíces fuertes en la isla de Fidel.

Si lo de Cuba es heroico, lo de Venezuela tiene dimensiones épicas. 2019 comenzó con el anuncio necrológico del imperio que la revolución bolivariana tenía las horas contadas pero el año terminó con un Nicolás Maduro más fortalecido y un bravo pueblo que hizo posible lo imposible: derrotar los planes intervencionistas del imperio.

El neoliberalismo demostró que cuando las ilusiones de la riqueza fácil se esfuman aparecen las pesadillas de la eterna pobreza. En Argentina el macrismo necesito solo 4 años para volver a destruir todo un país y ponerlo de nuevo bajo el control del FMI, el nuevo gobierno peronista de Alberto Fernández va necesitar mucha firmeza para salir del hoyo en que se encuentra la Argentina; en Chile Piñera busca enceguecer a un pueblo digno y rebelde para aferrarse a un poder en descomposición, la constitución pinochetista ha muerto por acción de las masas; en Ecuador el felón de Moreno sobrevive al pie del abismo gracias a las debilidades de la oposición; en Colombia Duque ha perdido el rumbo y está volviendo a los tiempos donde los fusiles disciplinaban en silencio a la sociedad; en Brasil la política mediocre se ha vuelto normal y Bolsonaro asoma como el filibustero del poder; el Perú se va convertiendo en un país hermafrodita, donde los tercos inmovilistas insisten en querer inventarse una democracia liberal sobre la base de una economía neoliberal dependiente y al final solo consiguen tener una democracia raquítica y temerosa de las muchedumbres que cierra un congreso para reelegir a los mismos fascinerosos; y lejos, en el norte, el poder económico de Trump quiere uniformizar el mundo aunque para ello necesita recurrir cada vez más al poder de las armas, el imperio quiere pero no puede y Trump, envuelto en la tragicomedia ucraniana, entra al último año de su mandato asemejándose a un dios en su ocaso.

Pero lo trágico vino de Bolivia donde los fascistas nos recordaron que en este continente en disputa las bayonetas siguen pesando más que los votos, el imperialismo ganó en Bolivia un gobierno pero perdió un país; en Inglaterra la vergüenza asola al mundo, Julian Assange, el periodista irreverente que arriesgó su vida para mostrarnos las carroñas de la guerra de rapiña contra Irak, está condenado a una muerte silenciosa y abandonado por el mundo; Australia se incendia dejando una estela de muerte y destrucción casi irreparable de la flora y la fauna; y en el mundo el clima tiene cada vez un comportamiento muy raro, los científicos advierten sobre los peligros que se avecinan si no se toman medidas urgentes pero los políticos siguen más preocupados en ganar las próximas elecciones que en preservar la vida de las futuras generaciones.

Y mientras la cumbre del clima en España terminó en un fracaso, constato que luego de vivir más de 20 años en Noruega, este es el primer año nuevo que lo celebramos sin nieve y con una temperatura de 4 grados.

Minientrada | Publicado el por | Deja un comentario

La historia se repite

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
César Vallejo

Por Fredy León

En 1988 la Izquierda Unida se dividió para luego desaparecer. Alfonso Barrantes decidió emprender su propio camino y fundó Izquierda Socialista; el resultado de esa decisión fue catastrófica, en las elecciones de 1990 las izquierdas sufrieron una humillante derrota: Henry Pease obtuvo 10% de votos y Alfonso Barrantes 6%.

Lejos, muy lejos del 35% obtenido por IU en las elecciones de 1985.

Luego de ese fracaso las izquierdas desaparecieron practicamente de la escena política nacional y amplios sectores populares terminaron apoyando al fujimontesinismo. Los pobres de pan e ideas se convirtieron en los defensores de un gobierno mafioso.

Tuvieron que pasar 25 años para que las izquierdas volvieran a recuperar algo de la confianza perdida y tener cierta presencia política.

En las elecciones del 2016 la candidatura de Verónika Mendoza obtuvo sorpresivamente el 18% de votos y 20 congresistas que luego fueron 19 porque uno rapidito saltó la tranquera. Pesó más el encanto del dinero que el duro esfuerzo por defender ideales.

Al poco tiempo el Frente Amplio se dividió; Marco Arana decidió caminar en solitario, Verónika Mendoza fundó Nuevo Perú y las izquierdas volvieron a perder la confianza ciudadana que se manifestó en los pobres resultados obtenidos en las elecciones municipales y regionales del 2018.

Las tres listas de izquierdas (Frente Amplio, Juntos por el Perú y Patria Libre) apenas alcanzaron juntos el 6% de votos.

Lejos, muy lejos del 18% logrado por Verónika Mendoza.

El cierre del congreso y la convocatoria a elecciones adelantadas alteró radicalmente el curso político del país y obligó a las izquierdas a tomar una decisión.

Mientras Marco Arana vive obnubilado en su propia burbuja y anda más preocupado en sus pequeños intereses de grupo y sueña con su candidatura presidencial que ni se molesta en mirar más allá de su ombligo; Verónika Mendoza comprendió mejor que nadie que si las izquierdas siguen divididas no tienen ninguna opción electoral y el país seguirá bajo la hegemonía neoliberal.

La unidad nunca ha sido facil y siempre hubo esfuerzos e iniciativas para encontrar un camino por donde poder transitar juntos. En este caso se realizaron dos encuentros, «Voces del Cambio», uno en Huancayo y otro en Cusco, y hubo un evento nacional convocada por la Asamblea de los Pueblos donde los participantes coincidian como nunca en un punto principal: unidad para enfrentar a la derecha neoliberal.

La unidad de las izquierdas no es un capricho personal de un dirigente, es una exigencia de los principales sectores organizados que, sin ser muchos, son algo más que las voces solitarias de algunos ex congresistas que demuestran tener demasiadas dificultades para entender el nuevo momento político que el país vive y se resisten a aceptar que asumir una representación política significa, sobre todo, aprender a escuchar las demandas colectivas.

La unidad no puede ser visto como la simple suma de siglas partidarias ni como un acuerdo de cúpulas alejadas del sentimiento popular, sino que la unidad significa la construcción de un espacio político orgánico donde las masas populares puedan participar activamente y tener el protagonismo en la lucha por una patria nueva. No nos contentamos con que los ciudadanos voten una vez cada 5 años, sino que buscamos construir espacios para que esos ciudadanos participen activamente de la vida política del país. Ese es el sentido real de la unidad al que las izquierdas aspiran.

Pero en política, como en la vida misma, lo perfecto no siempre resulta siendo lo mejor.

Oponerse a la unidad para levantar las banderas de la abstención electoral, como proponen quienes hoy deciden hacer un alto en su camino, es claudicar en la lucha contra la mafia, es renunciar en la práctica a dar la batalla por lograr culminar el proceso de transición hacia una democracia avanzada.

Pueda ser que absteniéndose de la lucha queden bien con su conciencia, pero creo que abandonar un puesto de batalla que con sus votos el pueblo les encomendo, no es síntoma de madurez ni responsabilidad política. Es todo lo contrario.

¿Qué sentido tiene haber luchado por cerrar el congreso si luego iban a renunciar a continuar en la lucha contra la mafia aprofujimontesinista y entregar el nuevo congreso a las mismas fuerzas que destruyeron el país?

Con esa actitud lo único que consiguen es hacer más dificil y complicado la batalla electoral del 2021.

Nadie es imprescindible en política, todos somos necesarios y cada quién tendrá que asumir en su momento su responsabilidad ante el pueblo.

Personalmente, en estas circunstancias nada positivas y de mucha confusión, yo sí creo y confío en el liderazgo político de Verónika Mendoza. Creo que ella ha contribuido decisivamente a reconstruir el espacio de las izquierdas y ha demostrado en los hechos mucha fimeza para defender sus ideas, coherencia total entre su palabra y su práctica política, coraje y decisión para asumir, de cara al pueblo, las responsabilidades que la historia le demanda.

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

El primer paso

Por Fredy León

Cierto, no ha sido nada fácil; más por consideraciones éticas que por razones políticas ¿o quizás es al revés? La unidad de las izquierdas siempre ha tenido grandes detractores, no hablo de nuestros queridos amigos que desde la orilla derecha creen tener todo el derecho para exigir e imponer a las izquierdas el rumbo a seguir, sino de camaradas de las izquierdas que por no asumir los riesgos de una decisión política prefieren no hacer nada y esperar que el tiempo pase mientras el neoliberalismo destruye vidas.

La corrupción es un tema muy sensible que hay que combatirlo sin pactos ni claudicaciones y desterrando la impunidad que gozan los mafiosos de cuello y corbata. Hay una corrupción sistémica que es alentado por el régimen neoliberal que tiene su sustento político en la alianza entre el partido Aprista, Fuerza Popular y un sector de empresarios mercantilistas que controlan la Confiep y que han utilizado las instituciones del estado para sus negocios turbios. Si no se combate eso, todo el discurso contra la corrupción termina siendo, en el mejor de los casos, nada más que buenas intenciones.

Junto a ello existen actos puntuales de corrupción que comprometen a personas concretas, algunas de ellas militantes de las izquierdas, como Susana Villarán, que se encuentra en prisión preventiva, o dirigentes como Vladimir Cerrón o Yehude Simons que están acusados por supuestos actos de corrupción. Aquí las izquierdas han sido claras y no se han escondido en un falso espíritu de solidaridad. Frente a las denuncias han pedido que los inculpados se pongan a derecho para que la justicia haga su labor sin interferencias de ninguna naturaleza. No ha existido ninguna complicidad, ni pasiva ni activa, con la corrupción y siempre se ha sostenido que la justicia es la única instancia que pude determinar si Cerrón y Simons son culpables o inocentes.

En este caso, como en todos los casos de corrupción, lo único que se puede hacer es dejar que la justicia haga su labor.

Pero esto no es lo que realmente preocupa a esa derecha que ha reaccionado iracundamente frente a la decisión de Nuevo Perú de participar en las elecciones al congreso en alianza con Perú Libre y Juntos por el Perú. Lo que realmente le preocupa a la derecha es que esta alianza electoral de las izquierdas pueda reducir ostensiblemente el idealizado espacio del “centro político” y polarizar las elecciones del 2020 entre los defensores del régimen neoliberal del 93 y los que proponen su cambio.

En un escenario de esa naturaleza las voces tímidas que defienden el modelo económico y recelan del régimen político, van a tener ciertamente muchos problemas para explicar ante el electorado ese su dualismo vergonzante. El problema que tienen gente como Augusto Álvarez Rodrích o Juan Carlos Tafur, para nombrar a los más renombrados oponentes al pacto de las izquierdas, es cómo defender a la vez ser compañeros de cama con la mafia aprofujimontesisnista cuando se trata de preservar el modelo económico y al mismo tiempo cómo discutir cual adolescentes engañados cuando se trata de lavar los trastos sucios de la política.

Un régimen no cae únicamente por el simple descontento popular, un régimen cae cuando existe otra alternativa política que tiene una propuesta económica que responde a las nuevas aspiraciones populares. Un régimen cae cuando en la imaginación colectiva aparece en el horizonte la ilusión de otro país y hay una fuerza política con capacidad real para disputarle a la derecha neoliberal la hegemonía social. Un régimen cae cuando surgen nuevos liderazgos que con su palabra unen a la nación en la búsqueda de nuevos caminos.

Ese es el verdadero pánico que tienen los que se horrorizan porque finalmente las izquierdas aprendieron su lección y decidieron enfrentar juntos la lucha electoral que se avecina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Perú ¿Cambio o transición?

Por Fredy León

El congreso tuvo la posibilidad de impulsar una salida integral a la crisis política. No quiso; la alianza aprofujimontesinista, de manera soberbia y sin ninguna discusión, decidió archivar el proyecto de ley presentado por el Presidente Vizcarra que proponía adelantar las elecciones presidenciales y parlamentarias.

En ese escenario de alta conflictividad política el gobierno tenía dos alternativas: o sucumbía ante el congreso o disolvía el congreso. No había otras disyuntivas. Los consensos políticos hace tiempo habían estallado en mil pedazos y el país avanzaba a pasos agigantados hacia un estado de ingobernabilidad y caos. El aprofujimontesinismo se aprestaba a dar la estocada final a Vizcarra.

Cuando el gobierno, como último recurso constitucional que le quedaba, decidió presentar el pedido de confianza, la mayoría del congreso actuó como si fueran una manada de tiranosaurios dentro de una tienda de cristalería. Maltrataron grotescamente al Primer Ministro, le negaron el uso de la palabra y convirtieron el hemiciclo en una tierra de nadie donde creían que la fuerza de sus votos les otorgaba algún derecho especial para hacer y decidir lo que querían. Los tiranosaurios destrozaron toda la cristalería y luego tuvieron la osadía de quejarse ante el dueño de la tienda por los rasguños que los pedazos de cristal les ocasionaron.

El gobierno decidió disolver el congreso porque entendió que al negarse a discutir su pedido de confianza y proseguir, como si el contexto político no se hubiera alterado radicalmente con el pedido de confianza, con su agenda particular para elegir al primo del presidente del congreso como nuevo miembro del Tribunal Constitucional, en los hechos prácticos era una negación a su pedido de confianza.

¿Discutible? Sí, pero lo sucedido luego en el hemiciclo fue una orgía de locura inconstitucional.

El congreso, en medio del caos total, declaró sin mayor sustento legal la incapacidad temporal de Vizcarra para ejercer el cargo de presidente, hicieron llamados a la insubordinación militar y eligieron (sic) a Mercedes Araoz como nueva presidenta del país. No habían pasado 24 horas y Mercedes Araoz, luego de tomar contacto con la realidad, presentó su renuncia a un cargo imaginario elegido por un congreso que había perdido toda legitimidad, las Fuerzas Armadas ignoraron el llamado del congreso y Vizcarra siguió como presidente.

El debate generado alrededor del cierre del congreso resulta lógico y natural pero es un debate peligrosamente incompleto y sectario si comparamos con lo vivido cuando este mismo congreso aprobó la vacancia presidencial de PPK. En ese entonces nadie habló de “golpe de estado”; a pesar que los argumentos para vacar a PPK eran muy discutibles, el congreso actúo con respeto a la constitución. De igual manera procedió Vizcarra en esta ocasión, cerró el congreso tal como indica el art. 134 de la constitución, dejó que se instale la comisión permanente y cumplió con convocar a elecciones parlamentarias para el próximo 26 de enero. Vizcarra gobernará tres meses con decretos de urgencia y la ciudadanía deberá asumir su rol fiscalizador de las acciones del gobierno.

Nadie se alegra que se haya cerrado el congreso, pero el cuestionamiento político a la decisión de Vizcarra refleja más la desesperación de esa parte de la intelectualidad vinculada al pensamiento de la derecha neoliberal que ve que el cierre del congreso puede modificar sustancialmente la correlación de fuerzas y llevar al surgimiento de una nueva mayoría política, social y electoral contraria al régimen del 93.

El fujimorismo y la apra están en una situación hartamente complicada. Si son consecuentes con su rechazo al “golpe de estado”, lo lógico será que desconozcan el llamado a nuevas elecciones; pero si participan tendrán que responder por su defensa de la corrupción, cargar con el peso de la derrota y enfrentar a la ausencia de cuadros de recambio: los fujimoristas tendrán que recurrir a su vieja guardia pretoriana mientras la apra tendrá que hacer malabares para reinventarse.

Por eso que a la derecha no les preocupa el congreso, la corrupción ni la democracia; les preocupa que el bloque dominante ha perdido la hegemonía política y temen que esta crisis política lleve finalmente a un periodo constituyente. Y para ello agitan, una vez más, como máximo argumento el fantasma de Chávez. En el fondo, el debate que plantea la derecha neoliberal no es si hubo o no un golpe de estado, sino su preocupación real está en demostrar que esta medida puede significar el inicio del fin del régimen del 93.

Por esa razón creo que lo expresado por el sociólogo Sinésio López resulta de lo más atinado cuando afirma “La crisis política es un asunto muy serio para dejarla en manos de los constitucionalistas, sobre todo si son kelsenianos, apolíticos o antipolíticos.” O acérrimos partidarios del neoliberalismo, acotaríamos nosotros.

El cierre del congreso soluciona un problema urgente de lucha contra la corrupción y recompone la gobernabilidad del país, pero no soluciona el problema principal de la crisis del régimen.

Esa es la batalla que se avecina y ahí el gran reto que tienen las izquierdas es cómo construir una nueva mayoría social, política y electoral para hacer del cambio de congreso la culminación de ese proceso de transición hacia una democracia avanzada.

 

 

Minientrada | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario