Por Fredy León

No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria."

JCM

Prólogo al libro Tempestad en los Andes

Cada proceso revolucionario tiene sus propias particularidades, fortalezas y debilidades. Estudiar, analizar y comprender cómo se manifiesta éste movimiento en una determinada coyuntura debería ser obligación de los partidos de izquierda para proponer una estrategia de lucha y un programa de cambios que permitan al movimiento popular conquistar sus objetivos, y esto porque entiendo que esas organizaciones de izquierda dicen representar a estos sectores sociales y dicen luchar por el cambio del regimen político y económico.

Aquí cuando nos referimos a esa izquierda estamos hablando de su vertiente comunista, esa que se autodenomina «la vanguardia política», pues imagino que algo de responsabilidad deberían tener en la actual lucha de masas. En esta ocasión, por razones del contenido del artículo, vamos a dejar de lado la actitud de las vertientes socialistas, socialdemócratas y reformistas que también conforman ese espectro izquierdista.

La crisis política que vive el país se asemeja, o mejor dicho, tiene todos los elementos que configuran la existencia de una situación revolucionaria donde la lucha por el poder empieza a pasar a primer plano. Si no entendemos esto es que o el marxismo ha dejado de ser nuestro método de análisis de la lucha de clases que se desarrolla a ojos vistos o vivimos en dos realidades políticas distintas.

Durante estos dos meses hemos visto cómo los de arriba ya no pueden seguir gobernando como antes, los partidos de derecha tienen enormes dificultades para proponer una salida ordenada a la actual crisis política que les permita llevar adelante una reorganización del poder sin poner en peligro el control que tienen del aparato estatal y para eso necesitan del apoyo directo de las fuerzas policiales y militares; y los de abajo no aceptan seguir siendo gobernados como antes, se han rebelado contra un poder dictatorial pero no tienen aún idea de cómo cambiar esa pirámide del poder y lograr convertirse en la nueva fuerza gobernante.

Los de abajo han logrado paralizar casi todo el país, han derrotado los planes de la dictadura de pretender quedarse hasta el 2026, arrinconado al congreso e impuesto que discutan el tema de adelanto de elecciones y vienen resistiendo de manera heroica la brutal represión policial y militar; pero esta suerte de rebelión popular sigue siendo esencialmente un movimiento de protesta y exigencia para que desde arriba se destrabe la situación política, de ahi que sus pedidos -renuncia de Dina, cierre del congreso, adelanto de elecciones, referéndum constituyente y sanción a los responsables de las matanzas- no pasan de ser banderas democráticas y no llegan a ser un programa revolucionario de ruptura con el poder estatal.

Las masas luchan en las calles con heroismo pero siguen viendo el poder con ojos de miedo y en ese su prolongado accionar se corre el riesgo de que el grito de las multitudes enfurecidas se pierda en la lejanía de la confusión política o se apague ante el estruendo de los fusiles o termine cambiando todo para que nada cambie.

Luego de los sucesos del 7 de diciembre un heterogéneo movimiento social plebeyo, indígena, provinciano y popular irrumpió en la escena política con una enorme fuerza y voluntad de lucha nunca antes visto. Fue una eclosión espontánea de las masas, una rebelión sin ningún nivel de articulación orgánica que surgió en las provincias al margen de las estructuras partidarias, sin una ideología alternativa más que la ira social y donde el «mito del socialismo» brilla totalmente por su ausencia.

En el país, a diferencia de lo que se vivió en julio de 1977 donde el PC dirigió ese histórico paro nacional que obligó a la dictadura militar a convocar a la Asamblea Constituyente, o las grandes huelgas del Sutep conducidas por Patria Roja, o las tomas de tierra en los 70 organizadas por Vanguardia Revolucionaria, lo que hoy vemos es una lucha de masas sin vanguardia política y sin un programa alternativo.

Tanto el PC como Patria Roja han sido totalmente rebazados por las masas y reducidos a jugar un rol intrascendente. Esto no significa desconocer la actitud de entrega y mística de muchos de sus militantes y dirigentes sindicales de la gloriosa CGTP, lo que apuntamos es que como partidos políticos, considerados como las supuestas «vanguardias», han quedado convertidos en pequeñas fuerzas marginales sin capacidad real para conducir y articular este vasto movimiento popular movilizado.

Los hechos han demostrado, una vez más, que lo que hay en la vertiente comunista son dos organizaciones debiles que no sirven para la lucha política de las masas.

Como diría Lenin, un partido que se titula vanguardia pero que prefiere marchar a la retaguardia de la lucha de masas no tiene ya razón de existir.

En innumerables ocasiones sostuvimos que estas dos organizaciones comunistas eran proyectos agotados debido a la suma de errores cometidos desde la desaparición de Izquierda Unida y producto de ese sectarismo que privilegió la defensa a ultranza de unas siglas frente al reto de refundar y construir un solo partido comunista. El PC y PR han dilapidado toda su potencialidad revolucionaria, renunciaron a la tarea de construir una verdadera organización revolucionaria y perdieron sus vínculos orgánicos con la clase.

En esas condiciones era una ilusión pensar que el PC o PR podían ser la vanguardia de la lucha de masas que asomaba por las rendijas de la historia.

Este pueblo que se ha rebelado merecía contar con organizaciones partidarias que por lo menos estuvieran a las alturas de sus luchas. Y si por alguna poderosa razón son derrotados, no será por falta de heroismo de la gente que marcha en las calles, sino porque cuando más se necesitaba no hubo esa organización política que asuma el rol de vanguardia. En la lucha vence quien tiene una estrategia clara, mas fuerza en el pueblo, más capacidad de resistencia y audacia para saber pasar a la ofensiva política en el momento adecuado.

Y es que si algo se puede -y debe- criticar es que la principal debilidad del movimiento de masas que se ha puesto en marcha es la falta de una conducción política, de una fuerza colectiva que articule a los diversos y heterogéneos movimientos sociales para consolidar los niveles de unidad, organización y conciencia política, fijar un rumbo claro a la lucha actual definiendo los pasos a dar y señalando los objetivos a alcanzar.

Es decir se necesita organización, unidad, conciencia, voluntad de lucha y un programa revolucionario que unifique toda la ira y descontento social en una propuesta de país que sea asumida por las masas como parte vital de su lucha.

Y eso no es responsabilidad de las masas que luchan, es responsabilidad de las organizaciones políticas -como el PC y PR- que lastimosamente siguen impregnados con un espíritu sectario que los separa artificialmente, los anula para cumplir su rol de vanguardia y actúan con una falta total de iniciativa para forjar esa vanguardia colectiva que las masas necesitan para resistir y vencer.

Y mientras en estas organizaciones prime ese espíritu sectario será muy complicado que puedan desempeñar el rol de vanguardia; y las masas, si no quieren ser derrotadas, se verán obligadas a forjar sus propios instrumentos políticos.

Publicado el por Wirataka | Deja un comentario