Un discurso para el olvido

Por Fredy León

Habló Vizcarra, el último discurso antes del bicentenario, y el país sigue igual o peor; con pánico ante la pandemia, jodidos económicamente y sin ninguna ilusión en el mañana que parece cada vez como algo lejano e incierto. El discurso de Vizcarra fue vacío de ideas, una alocución gris, sin pasión y sin alma. El país le ha quedado demasiado grande y el mundo se ha convertido en una lejana galaxia inalcanzable al pensamiento provinciano que exhibe Vizcarra.

Un discurso político vale si es que logra retratar con claridad el momento histórico que se vive y bosquejar con convicción y firmeza el rumbo a seguir para generar algo de confianza, ilusión y esperanza en la conciencia de un pueblo que siente que la vida se le escapa de entre sus manos. Nada de eso ha trasmitido Vizcarra. Estamos realmente jodidos, la gente tiene más confianza en el dióxido de cloro que en la palabra de Vizcarra.

Vizcarra habló de un país que no existe y le hablo a un pequeño sector privilegiado que vive al margen de los problemas cotidianos del común de la gente que tiene que batallar en condiciones desfavorables hasta para conseguir oxígeno y tratar de sobrevivir.

Son tiempos inéditos y terriblemente difíciles los que vivimos, tiempos donde la vida humana está amenazada por un virus mortal que ha paralizado al mundo entero y generado una profunda crisis económica que está deteriorando dramáticamente las condiciones de vida de millones de personas y cuyos efectos negativos se van a sentir durante un largo periodo.

Esto recién empieza y la lucha por controlar los recursos económicos se avecina como algo dramático. Que lo digan las obreras de limpieza municipal que además de lidiar contra la pandemia tienen que luchar estoicamente por defender sus puestos de trabajo o los pobladores de Espinar que cuando están callados el gobierno no les escucha y cuando protestan les meten balas.

El país esta frente a un enorme reto nunca antes visto ni imaginado y ante el cual no hay soluciones milagrosas, para gobernar se necesita mucha grandeza moral y una empatía total con las necesidades de la gente que más sufre y padece.

El virus llegó para quedarse, vamos a tener que aprender a “convivir” con él durante unos años -hasta que la vacuna esté disponible para todos-; y mientras tanto, hay que prepararse a conciencia para evitar que la posibilidad de un nuevo rebrote –en los meses de setiembre/octubre- sea letal.

Lo que sucede en Estados Unidos, Brasil, Bolivia o Melbourne -la segunda ciudad en importancia de Australia y declarado hoy 2 de agosto en estado de catástrofe- debería ser un llamado de atención para entender que cuando no se toman las medidas adecuadas en el momento oportuno, las consecuencias son fatales. Pero para Vizcarra el mundo no existe.

Cuando Vizcarra supo de la amenaza real que significaba el virus, el gobierno reaccionó a tiempo. El país entró, de manera más o menos ordenada, en una prolongada cuarentena; pero salió a tropelotes, con hambre en el estómago, con más dudas que certezas sobre la caótica e improvisada medida y desarmado ante el futuro.

¿Qué falló? Vizcarra debió haber tenido el coraje para explicar que hizo mal. No se sale del hoyo mortífero en que se encuentra el país con un recuento incompleto de obras que han quedado relegadas por el nuevo reto que tiene la humanidad.

La cuarentena no logró su objetivo, no logró controlar al virus ni avanzó en preparar al país para lo posterior. Nada ha cambiado, el oxigeno sigue siendo una mercancía codiciada y las clínicas particulares siguen en lo suyo: haciendo negocios con las vidas humanas. Es cierto que en su momento la medida de la cuarentena salvó vidas, pero a pesar de eso miles murieron por falta de atención médica, fallecieron por que fueron abandonados por un gobierno que no comprendió que en una situación de extrema gravedad había que tomar medidas extraordinarias.

¿Cuántos murieron? No se sabe a ciencia cierta o el gobierno no quiere que se sepa, pero la trágica e injusta muerte de una persona debe siempre interpelar nuestra conciencia. Entre la incompetencia de un estado que no sirve ni para contar sus muertos y un gobierno que actúa más con cálculos políticos que pensando en los problemas graves que vive la gente común y corriente, la muerte se está convirtiendo en una resignación para los pobres del país y la estrategia del gobierno para luchar contra el virus, basada únicamente en la cuarentena, ha quedado seriamente cuestionada.

¿Qué hacer de aquí hasta que aparezca la vacuna? Vizcarra no tiene ni idea. Su discurso elude el tema mas crucial de nuestros tiempos y de manera peligrosa ha dejado imponer la aberrante idea del sálvese quien pueda, y eso en una sociedad incrédula, agotada y donde el gobierno ha optado por seguir un patrón equivocado a la hora de redistribuir los recursos de la nación, puede tener consecuencias fatales.

La crisis que vive el país ya no es solo sanitaria. Es una crisis total donde muchos están perdiendo todo lo que con su trabajo y su esfuerzo lograron conseguir, mientras que unos pocos vivos están acumulando, con una facilidad pasmosa, casi toda la riqueza del país.

¿De qué vale un discurso si se calla sobre las cosas esenciales? Vizcarra fracasó en su tarea de gobernar el país y su propuesta de última hora del Pacto Perú llegó tarde y mal. El gobierno de Vizcarra carece del aliento histórico para impulsar un pacto nacional por la sencilla razón de que es un gobierno sin visión de país, marcha sin rumbo y está de salida. Lo único que le queda a Vizcarra es garantizar que las próximas elecciones se lleven a cabo en un ambiente democrático, en igualdad de oportunidades para todos los candidatos y con total transparencia.

 

 

 

 

 

 

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