Nicaragua: entre la protesta y el vandalismo

Por Fredy León

Duele la muerte en Nicaragua. El gobierno del FSLN tiene la alta responsabilidad de evitar que la violencia y la muerte tiñan de sangre la patria de Sandino y, al mismo tiempo, reconocer autocriticamente que no se puede gobernar aplicando políticas neoliberales y desconociendo la importancia del diálogo antes de tomar medidas precipitadas.

La protesta contra la reforma de las pensiones fue justa e hizo bien el gobierno en retirar su controversial medida. Pero parece que esto no va calmar los ánimos beligerantes de un sector de la oposición nicaragüense, que ha visto en este traspiés del gobierno del FSLN, la ocasión propicia para saldar viejas cuentas con Daniel Ortega.

El grito de sangre aún resuena fuerte en la patria de Sandino.

En Nicaragua la actual protesta, que tuvo raíces justas, se entremezcla con el vandalismo de quienes buscan obtener ganancias políticas en medio del caos. Y ese vandalismo viene siendo alentado por la derecha nicaragüense a traves del Consejo Superior de la Empresa Privada, sectores del clero y los minúsculos partidos de la derecha nicaragüense que tienen el apoyo entusiasta de los medios de comunicación internacional, como El País o ABC, y cuyas acciones se desarrolla bajo la atenta mirada de los Estados Unidos, que muy presto dio la orden de evacuar a sus funcionarios de la Embajada yanqui de Managua.

Como hemos venido sosteniendo, América Latina es un continente en disputa entre dos proyectos estratégicos: el proyecto liberador de quienes buscan un camino de desarrollo independiente y el proyecto neoliberal sometido a los dictados de Washintong que promueve la re-neocolonización del continente.

Y Nicaragua no escapa a esta pugna. Lo que hoy acontece en ese país centroamericano es una rebelión del capital contra el trabajo.

En el conflicto nicaragüense hay actores políticos -principalmente externos- que están muy interesados en radicalizar el actual enfrentamiento. Por eso lo que empezó como una protesta frente a una medida de ajuste de las pensiones, pretende ser convertido en la chispa que incendie las montañas nicaragüense y han surgido voces -felizmente no mayoritarias- que bajo la consigna de tumbar al gobierno sandinista, vienen promoviendo una suerte de rebelión caótica, sin mayores objetivos políticos que generar miedo y provocar que el caos y la violencia tumben al gobierno de Daniel Ortega.

Los sectores que promueven la rebelión contra el gobierno de Ortega buscan restaurar el neoliberalismo y desandar todo el camino transitado por el pueblo nicaragüense en su lucha por construir una sociedad independiente y soberana.

Si el gobierno de Daniel Ortega no logra controlar la situación y sentar en la mesa de diálogo a todos los actores sociales, no es descartable que esta espiral de violencia puede poner en peligro la estabilidad política de Nicaragua.

En esa dificil coyuntura política, el FSLN tiene la enorme responsabilidad de ser fiel a su historia y actuar, a la vez, con mucha flexibilidad para impedir que los gritos de guerra ahoguen en sangre la patria de Sandino y firmeza para defender los genuinos intereses del pueblo nicaragüense.

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De vuelta a la normalidad

Por Fredy León

Cayó Kuczynski, asumió Vizcarra, tenemos nuevo gabinete, pero el país real como si no se hubiera enterado; y es que la patria continua deambulando a la deriva y los graves problemas de la gente -trabajo, educación, vivienda, salud, salarios y pensiones justas, protección medio ambiente, sanción para los corruptos, seguridad y lucha contra la delincuencia- siguen sin resolverse.

El poder se ha reacompuesto en las alturas con los mismos actores políticos y bajo los mismos intereses económicos. Ni se fueron todos ni hubo resquicio alguno para pensar en nuevas elecciones. La derecha logró solucionar la crisis de gobierno sin despeinarse, aunque claro está, los problemas estructurales mantienen latente la crisis del regimen surgido con la constitución del 93, y esa crisis amenaza como una espada de Damocles sobre la cabeza de una derecha muy diestra en cabalgar en la coyuntura pero incapaz de vertebrar un proyecto de nación.

En ese reacomodo de butacas el fujimontesinismo ha guardado sus bayonetas y en el congreso se muestran mas interesados en presentarse como el verdadero sustento político del nuevo gobierno. Más allá de sus desencuentros familiares y tropezones en la sombra, el objetivo de Keiko es intentar, a como de lugar, preservar su cuota de poder con miras al 2021.

Lo que se vislumbra en el horizonte es un gobierno de consensos mínimos entre Vizcarra y Keiko para garantizar la continuidad del modelo neoliberal y voltear, lo más antes posible, la página de los escándalos de corrupción. La derecha necesita limpiar su imagen y, para lograr eso, confían en la memoria corta de los electores. Y por supuesto, en el poder persuasivo de los medios de comunicación y su capacidad de imponer agendas contrarios a los intereses populares.

Este reacomodo del poder, donde nada ha cambiado, ha sido posible por que a pesar de la gravedad de la crisis vivida, el pueblo fue un espectador pasivo. Vió, escuchó y calló.

La calle, el único escenario que podía influir en el desenlace final de la crisis de gobierno, estuvo vacio; vacio de voluntades, vacio de ideas y vacio de liderazgo.

Y en ese ambiente desolador de una patria que, a ojos vistos, se rompe en pedazos y donde el destino de la gente común importa menos que completar los cromos de Panini, resulta explicable por que los mismos malandros que ensuciaron el país se ocuparon ellos mismos de lavar los trapos sucios y luego aparecieron sonrientes como si llevaran trajes nuevos.

Mientras la derecha sí sabía lo que quería, nuestras izquierdas fueron ganados, otra vez más, por ese espiritu de voluntarismo infantil que los lleva a ver en cada crisis el final inminente del regimen. Su consigna maximalista “que se vayan todos y elecciones generales” fue un salto al vacio, un orgasmo político que grafica la enorme distancia que existe entre deseo y poder.

Sin sustento de masas, sin organización, sin capacidad de movilización y sin calibrar bien el estado de ánimo de la gente, las izquierdas no solo fueron desarmadas sino que hasta se equivocaron de campo de batalla. Por esa razón, a nadie le resultó extraño que sus propuestas -“que se vayan todos y elecciones generales”- fueran olímpicamente ignoradas; no por el poder, sino por las masas, que es lo que verdaderamente cuenta.

No basta con tener un análisis lúcido sobre las causas de la descomposición moral del país y levantar el dedo acusador, en política es vital tener una correlación de fuerzas para que las consignas se transformen en acción concreta.Y eso solamente se logra con la participación protagónica del pueblo. Sin contrapoder, es decir sin un pueblo en lucha, sin un movimiento social organizado, sin las masas movilizandose y luchando por los intereses de la patria, las propuestas de las izquierdas siempre van a quedar reducidas a meras consignas folklóricas.

Y eso es lo que hemos visto.

El país, de mano de la derecha neoliberal, ha vuelto a la normalidad y la impunidad, como norma de los poderosos, se ha impuesto. De nada ha servido cambiar de presidente. Los corruptos siguen mandando, Vizcarra sigue aplicando las mismas políticas de estado de PPK y el país se ha convertido en un sumiso peón del imperio yanqui.

Y en ese país de la impunidad oficial y la indiferencia real, que nadie se sorprenda si crímenes como el macabro asesinato de la dirigente Shipibo-Konibo Olivia Arévalo Lomas despierta la ira de venganza de pacificos pobladores que deciden tomar la justicia en sus manos y terminan linchando al sospechoso del crimen. Cuando un pueblo pierde confianza en la justicia, es porque algo grave ha socavado las bases de convivencia social.

Y es que nunca como antes los abismos que separan al Perú oficial del país real han sido tan profundos. Y el discurso de Vizcarra muestra lamentablemente a un funcionario que no entiende los problemas del país y se empeña en seguir aplicando las mismas políticas que van ensanchando esas brechas.

Tenemos nuevo gobierno pero con viejos problemas que de tanto esperar parece que nunca se solucionaran. Salvo que el pueblo se organice y, ante tanto estado de miseria e indiferencia gubernamental, luche por arrebatarle el gobierno a la vieja y podrida derecha neoliberal.

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Una revolución de jóvenes

Por Fredy León

En Cuba una época llega a su final. Raúl Castro se apresta a entregar la posta del mando de la revolución cubana a una nueva generación de jóvenes revolucionarios. La histórica generación de los barbudos de Sierra Maestra, con la moral en alto y el deber cumplido, culminan victorioso su andar por la historia de Cuba. Una nueva generación empieza su propio caminar en busca de seguir haciendo historia. La implacable e ineludible ley de la vida, ni un minuto antes ni un segundo después, ha deparado a una generación, que tuvo la grandeza de haber convertido la eternidad en un instante de gloria, el privilegio de expresar de cara a su pueblo ¡misión cumplida!

Cuba vive un tiempo de cambio y continuidad. Cambio porque la revolución tiene que seguir reinventándose en el tiempo; y continuidad porque el rumbo socialista elegido por el pueblo cubano se mantiene firme.

Pocos deben ser los momentos en que unos hombres y mujeres que entraron triunfantes por la puerta grande de la historia salgan con el mismo fervor, cariño y confianza de su pueblo. Pocos deben ser los líderes que llegan al final de su camino con la cabeza erguida y plena certeza en el futuro.

Como dice Raúl «…es la tranquilidad y serena confianza que sentimos al ir entregando a las nuevas generaciones la responsabilidad de continuar construyendo el socialismo».

Y en este momento que mejor que recordar a Fidel y Raúl y compartir con ellos su optimismo revolucionario y convicción que la semilla sembrada en Sierra Maestra dará los frutos esperados.

«La juventud cubana está llamada a tomar el relevo de la generación fundadora de la Revolución y para conducir la gran fuerza de las masas requiere de una vanguardia que convenza y movilice, a partir de la autoridad que emana del ejemplo personal, encabezada por dirigentes firmes, capaces y prestigiosos, líderes de verdad, no improvisados, que hayan pasado por la insustituible forja de la clase obrera, en cuyo seno se cultivan los valores más genuinos de un revolucionario. La vida nos ha demostrado con elocuencia el peligro de violar ese principio». (Raúl Castro)

«Creer en los jóvenes es ver en ellos además de entusiasmo, capacidad; además de energía, responsabilidad; además de juventud, ¡pureza, heroísmo, carácter, voluntad, amor a la Patria, fe en la Patria!, ¡amor a la Revolución, fe en la Revolución, confianza en sí mismos, convicción profunda de que la juventud puede, de que la juventud es capaz, convicción profunda de que sobre los hombros de la juventud se pueden depositar grandes tareas!». (Fidel Castro)

«La unanimidad absoluta generalmente es ficticia y por tanto dañina. La contradicción, cuando no es antagónica como es nuestro caso, es motor del desarrollo. Debemos suprimir, con toda intencionalidad, cuanto alimente la simulación y el oportunismo. Aprender a colegiar las opiniones, estimular la unidad y fortalecer la dirección colectiva, son rasgos que deben caracterizar a los futuros dirigentes de la Revolución». (Raúl Castro)

«Hoy más que nunca se requieren cuadros capaces de llevar a cabo una labor ideológica efectiva, que no puede ser diálogo de sordos ni repetición mecánica de consignas; dirigentes que razonen con argumentos sólidos, sin creerse dueños absolutos de la verdad; que sepan escuchar, aunque no agrade lo que algunos digan; que valoren con mente abierta los criterios de los demás, lo que no excluye rebatir con fundamentos y energía aquellos que resulten inaceptables» (Raúl Castro)

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La guerra de Trump

La imagen puede contener: pájaro y exterior

Por Fredy León

Desde la cruenta guerra de Viet Nam se ha convertido en una costumbre macabra que cada presidente de los Estados Unidos debe tener su propia guerra particular. Es su bautizo de sangre y su modo particular de pasar a la historia. Libia, Irak, Afganistán, Yugoslavia, Nicaragua, Panamá, Granada, y ahora, Siria, dan cuenta de ello. Y en la belicosa lista de espera se encuentran -no necesariamente en ese orden- Irán, Corea del Norte y Rusia.

China todavía no ha sido oficialmente declarado como enemigo militar inmediato, pero el conflicto sobre Taiwan está latente, y Estados Unidos ha iniciado una guerra comercial con el gigante asiático. La mesa china aún no está servida, pero los impacientes misiles asoman ya su rostro por la ventana.

Para los Estados Unidos no importan los motivos, ellos se creen posedores de la verdad absoluta e irrefutable, basta con leer la uniformidad de las versiones que propalan los grandes medios de información. Ninguna duda ni actitud crítica. La palabra de la Casa Blanca es verdad que no necesita demostración alguna.

Aunque luego se descubra que todo lo que afirman los yanquis, sea una gran mentira. Como las famosas armas de destrucción masiva que deben seguir buscando en Irak o el incidente en el golfo de Tonkin en 1964, que muchos años después se supo que fue organizado por los servicios secretos de los Estados Unidos para ser usado como pretexto por Lyndon B. Johnson y justificar la guerra contra Vietnam.

En este caso lo que realmente importa es demostrar que como comandante en jefe de la nación más poderosa del mundo, Donald Trump puede utilizar su inmenso poder militar y decidir, con total impunidad, donde bombardear. Y luego de eso, contemplar impasible en una pantalla de televisión la muerte y destrucción ocasionado, para después irse tranquilo a dormir.

La guerra, para Estados Unidos, se ha convertido en un espectáculo televisado, algo que sucede allende los mares. Y un suculento negocio. En tiempos de guerra las acciones de los grandes complejos militares, como los que producen los misiles Tomahawq, suelen subir por las nubes. Cada impacto certero de uno de esos costosos misiles, es ganancia segura en los bolsillos de sus afortunados dueños.

La guerra siempre será un suculento negocio para quienes controlan la industria armamentista. Pero, como decía Eduardo Galeano, nadie va reconocer que matan para robar. Y lo de Siria no es una excepción.

La decisión de bombardear Siria ocurre justo cuando los grupos rebeldes, apoyados por Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Arabia Saudita y Qatar, habían sido, en la práctica, derrotados militarmente y la guerra civil siria entraba en su fase final.

El gobierno sirio -con el apoyo de Rusia e Irán- emergía como el gran triunfador, luego de 6 años de un cruento y brutal conflicto, y Donald Trump, anunciaba que iba ordenar el retiro de sus más de 2 mil soldados estadounidenses que se encuentran en territorio sirio.

La declaración de Trump era un reconocimiento que los Estados Unidos había fracasado en su objetivo de derrocar al presidente sirio y promover un cambio de regimen que hubiera alterado la correlación de fuerzas en la región.

En ese contexto de fase final de la guerra ¿a quién beneficiaba volver a reavivar el conflicto sirio?

Bachard El Asad sería realmente un gran imbécil, y los rusos unos ingenuos, si al ver que cuando finalmente ya tenían ganado ese conflicto en el mismo terreno militar, dar un paso al vacio y provocar a la comunidad internacional con el uso de armas químicas para gasear a la población civil de una zona que en la práctica ya estaba bajo el control del ejército sirio.

¿O? Sí. O que el uso de esas armas químicas haya sido un acto -o montaje, como afirman los rusos- desesperado por quienes habían perdido la guerra para provocar la prolongación de ese conflicto y elevarlo a una escala aterradora. Y si no puedes ganar un conflicto, por lo menos trata de prolongarlo lo máximo que puedas.

Lo que empezó como una protesta pacífica ha devenido en un conflicto militar regional con múltiples actores, y cada quién con propios intereses. Siria es un laberinto donde el enemigo de tu enemigo es mi enemigo; pero luego de la intervención militar estadounidense, el conflicto sirio ha entrado en una nueva y peligrosa fase que puede tener consecuencias fatales para la paz mundial.

Por un lado tenemos a El Asad intentando sobrevir al frente de un gobierno laico frente al asedio brutal del terrorismo islamista que desesperadamente buscaba apoderarse de Siria. Bajo ese conflicto interno se alinean Irán y Hezbollah enfrentados a Israel y Arabia Saudita, enemigos declarados de Bachar El Asad. Y en el trasfondo, aparece Turquia -país miembro de la Otan- que aprovechando la guerra civil siria busca eliminar a los kurdos sirios -apoyados por USA- devenidos en su principal enemigo interno.

Y para terminar de armar el pavoroso tablero de la muerte, luego que la noticia del uso de armas químicas se hiciera de conocimiento público, Estados Unidos y Rusia han abandonado la sombra en que se mantenían y amenazan convertirse en los verdaderos actores de este conflicto que hace rato ha rebazado los marcos regionales.

Con la intervención militar de los Estados Unidos, Siria está a punto de convertirse en un polvorín sangriento que aterradoramente viene juntando todos los ingredientes para transformarse en un conflicto mundial. Solo queda esperar saber cuál será la respuesta de Putín.

¿O decide mantener el conflicto dentro de las fronteras sirias o ante la agresión estadounidense decide cruzar la puerta abierta por Donald Trump para internacionalizar el conflicto sirio?

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Gabinete de amigos

Por Fredy León

 

La designación de César Villanueva (APP) como nuevo Primer Ministro y Edmer Trujillo como Ministro de Transportes y Comunicaciones tienen un denominador en común: son amigos íntimos del Presidente; cosa que no está mal, salvo para quienes creemos que el gabinete no puede reducirse a un simple club de amigos que se reunen para celebrar su buena suerte y apoyarse mutuamente, “en las buenas y en las malas”, como hacen los amigos de verdad.

 

Es cierto, entre los miembros del gabinete tiene que existir un grado de empatía personal, pero esa empatía no puede ser únicamente producto de los lazos amicales, sino debe ser resultado de haber compartido los mismos ideales político; es decir, tiene que existir elementos políticos comúnes que los identifiquen y cualifiquen para formar parte del poder ejecutivo, organismo que tiene la responsabilidad de tomar decisiones políticas que comprometen la vida de 30 millones de peruanos.

 

Los integrantes del nuevo gabinete deberían minimamente compartir la misma visión de país y estar identificados con los objetivos políticos que dice defender el nuevo presidente. Y por eso, hubiera sido importante conocer antes, qué es lo que el nuevo presidente piensa y propone al país, algo que hasta ahora resulta un secreto envuelto en un misterio.

 

Su discurso de investidura ha sido falto de ideas, carentes de propuestas y ha dejado mas dudas que certezas.

 

El gabinete no es un estanco segmentado de cuotas de poder personal destinados a los amigos del presidente y donde cada ministro puede hacer lo que le parezca, según su libre albedrío; sino que es un poder unitario de responsabilidades políticas compartidas, que actua bajo un mismo objetivo y cuyas funciones están señaladas por los lineamientos políticos trazados por el presidente y delimitadas por la ley de presupuesto del 2018.

 

En un clima democrático normal con un sistema político de partidos que representan la voluntad de sus votantes, lo indicado sería que el primer ministro provenga de la misma agrupación política que el presidente. Total, el poder emana de la voluntad soberana del pueblo y los votantes, supuestamente, optaron en las elecciones por un plan de gobierno y depositaron su confianza en las personas comprometidas con esa propuesta de gobierno.

 

Pero el país hace tiempo que vive una situación anómala, una crisis política permanente, con una institucionalidad democrática extremadamente precaria y donde el poder se parte y reparte sin respetar la voluntad del pueblo.

 

Eso es lo que estamos presenciando en la era Vizcarra con la designación de un político reciclado, un saltimbanqui de la política peruana en el cargo de primer ministro. César Villanueva ha dado el triple salto de primer ministro fallido durante al gobierno de Humala, a ser congresista elegido por el partido de Acuña para terminar convertido en el nuevo Premier del gobierno de Vizcarra.

 

No discuto los méritos personales que seguramente debe tener Villanueva, lo que señalo es que la sinuosidad de su conducta política genera todo tipo de dudas y suspicacias.

 

Villanueva fue candidato por la agrupación de Acuña e imagino que fue porque compartía la propuesta política del díscolo fallido aspirante presidencial. Ahora en el cargo de primer ministro ¿Qué plan de gobierno va defender? ¿El de APP o el de PPK? ¿A quién va ser leal, a Acuña que lo llevó como candidato al congreso o a Vizcarra que le ofreció el codiciado puesto de primer ministro? No se puede cabalgar simultaneamente sobre los lomos de dos caballos.

 

Personalmente prefiero a un político que en las buenas y en las malas se mantenga consecuente con sus ideales y principios a un saltimbaqui de la política que prefiere acomodarse y adaptarse a los cambios de humores propios de la politiqueria criolla y que actúa bajo las enseñanzas del otro Marx, el famoso comediante que retrato con genialidad la hipocrecia de los políticos de 5 céntimos que se arrastran por el poder “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.”

 

En política la lealtad no puede ser entendida como un acto de sumisión a la persona que le ofrece un puesto de trabajo bien renumerado en el nuevo gabinete; sino esa lealtad tiene que ser a la defensa de determinados postulados políticos que se comparten y por los cuales se han luchado codo a codo.

 

Al no existir ese hilo político común que identifique a Vizcarra con Villanueva que provienen de diferentes colectividades políticas, y al no haber hecho el nuevo presidente una suerte de declaración política de cuáles son los objetivos de su gobierno, es difícil saber bajo qué programa de gobierno gobernará el nuevo Premier y bajo qué criterios políticos se definirán los nombres del nuevo gabinete.

 

En ese ambiente de improvización y precariedad política, agudizado por esa mala costumbre del secretismo y falta de transparencia en la conducta de nuestros gobernantes, lo más probable es que el nuevo gabinete quedará conformado por el pequeño círculo de amigos del presidente. Será un gabinete sin poder real, semejante a un pequeño volantin en el aire y que volará de acuerdo a donde soplen los vientos del poder.

 

Y en el Perú, el verdadero poder que funciona a la perfección, es el poder económico.

 

 

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Pero el cádaver, ¡ay siguió muriendo!

Por Fredy León

 

Primer acto.

 

El felón de PPK abandona el escenario en medio de la indiferencia y apatía del público. Su mediocre actuación no convenció a nadie, su pasado corrupto le alcanzó y, en su aparatosa caída, arrastró al ostracismo político al menor de los Fujimori.

 

Kenji quedó convertido en una torpe y ridícula figura que, luego de haber salvado a PPK y logrado la libertad del reo mayor, soñaba estar en la gloria del poder, y guiado por esa ilusión, quizo jugar a ser la reencarnación de Montesinos, su máximo referente de operador político del poder, pero en menos de un abrir y cerrar de ojos, terminó convertido en otro apestado de la política peruana.

 

En un típico ajuste de cuentas, la hermana no perdió tiempo y le bajo el dedo a Kenji, quien junto con los oficialistas Bruce y Aráoz, deberísn ser desaforados del congreso.

 

Con la caída de PPK la derecha neoliberal vive uno de sus peores momentos, ha perdido su hoja de parra y se muestra tal como es: una fuerza corrupta que ve la patria como un pretexto para sus grandes negociados.

 

Ni el fujimorismo ni el apra tienen la fuerza como para imponer una salida a la crisis. Solo la inacción del pueblo puede permitir que otras fuerzas realizen esa labor. La caida de PPK destapó la crisis política del modelo neoliberal. No es una crisis de gobierno, es una crisis de todo el régimen político heredado de la dictadura fujimontesinista.

 

Pero en política, como en la física, todos los espacios tienden a ser ocupados. Cayó el perrito faldero, el sistema lucha por sobrevivir.

 

Segundo acto.

 

Martín Vizcarra (remember adenda Chincheros) anuncia que regresara al Perú para ponerse a disposición del país, respetando lo que la manda la Constitución. Hasta ahí todo normal, todo dentro de lo que indica el manual de emergencia cuando el poder tambalea.

 

Pero hay que ser claros, en este rifirrafe político que acontece en las alturas no queda mucho espacio para la imaginación ni para la ilusión.

 

Lo más probable es que Martín Vizcarra cumplirá el rol de ser un simple personaje agazapado en la sombra del poder, un servicial funcionario del sistema, otro político de ese viejo país que agoniza y cuya preocupación central será prolongar su existencia, enderazando algunos entuertos y haciendo simples cambios cosméticos, para que la maquinaria del poder neoliberal vuelva a funcionar y todos, los de la Confiep, El Comercio, el cura Cipriani, los operadores de la Bolsa de Valores de Lima, vuelvan a dormir tranquilos, felices y contentos.

 

No son tiempos para heroismo ni actos de grandeza, y no creo que ni por esos azahares del destino, Martín Vizcarra entienda que la historia le ha deparado la titánica tarea de ponerse al hombro ese nuevo país que lucha por nacer de sus cenizas, y que su paso providencial por la presidencia, solo tiene sentido real si se atreve a enderezar el sinuoso curso de la historia de esa república de esperpento, maltratada y despojada de todo sentido de nobleza por acción de una clase política mediocre y corrupta.

 

El dilema –casi resuelto- personal de Vizcarra es o se inclina por revivir el pestilento cadáver de la vieja república o en un acto dr audacia política se anima a luchar por refundar el país para arribar al bicentenario con una patria digna.

 

Pero honestamente no creo que se atreva por lo segundo. Dudo que Vizcarra se ponga a la cabeza de los que exigen hacer los cambios. Vizcarra es un personaje del momento, un hombre sin agallas ni sentido de historia. Y en estos tiempos de mediocridad y faltos de noción de patria, la Magdalena no está para tafetanes.

 

Desenlace

 

Desde las penumbras de ese drama que se realiza a ojos de todos, el pueblo –ese espectado de lujo y adormitado- tiene que abandonar sus catacumbas, salir al escenario público para convertirse en actor de su propio destino e imponer una salida democrática a la actual crisis, sino lo hace, reviviremos la vieja historia gatoparduna “cambiar todo para que no cambie nada.

 

En esta tarea, nadie puede reemplazarlo y nadie puede realizar la misión que la historia –con mayúsculas- le tiene reservado. Los países quiebran no por acción de su élites políticas sino por la inacción del pueblo. Las banderas de lucha tienen que ser transparentes. El pueblo tiene que ser la fuerza que unifique a la nación para remontar la crisis política y dar una salida de futuro.

 

Como solía decir Héctor Cornejo Chávez, ese viejo líder de la desaparecida Democracia Cristiana “solo el pueblo salva al pueblo.” Lo que estamos viviendo no es una simple crisis de gobierno, es una crisis del sistema noeliberal impuesta por el fujimontesinismo.

 

 

Tres deberían ser los objetivos estratégicos a luchar en este periodo:

 

 

– Gobierno de transición encabezado por Vizcarra, pero con la tarea concreta y el compromiso firme de encabezar la lucha a fondo contra la corrupción, de limpiar los establos de la república de toda esa mafia corrupta que se ha apoderado del estado y comprometerse en culminar el fallido proceso de transición a una nueva democracia. Ese gobierno de transición solo es viable si Vizcarra toma la posta dejada por Valentín Paniagua y termina con la vieja herencia mafiosa del fujimontesinismo;

 

– Cierre del congreso por ineficiente,  por ser parte de la crisis del sistema y un enorme lastre que nos ata al pasado si es que Vizcarra decide transitar por los caminos de la historia;

 

– Convocar a la Asamblea Constituyente, bajo nuevas reglas de juego democrático que nivele la cancha electoral y permita que la expresión soberana del pueblo se realice sin interferencias de ninguna naturaleza.

 

 

 

Como hemos dicho, no es una simple crisis de un gobierno ineficiente y de un presidente corrupto, la que vive el país; es una crisis terminal de un sistema político impuesto en 1992, y por el bien del país, este muerto a medias debe ser enterrado de una vez por todas. Eso solo será posible si el pueblo se convierte en la fuerza dirigente de este nuevo proceso. Esa es la pugna verdadera que se vive en estos momentos.

 

 

O el viejo poder se recompone o el pueblo impone un nuevo poder.

 

 

 

 

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¡América para los yanquis!

Por Fredy León

Se repite la historia. En la década de los 60 quisieron aislar a Cuba y sancionarlo por haberse atrevido a hacer su propia revolución. No lo lograron. Cuba sigue siendo un faro de dignidad, rebeldia, solidaridad e independencia. Hoy pretenden hacer con Venezuela lo que no pudieron con Cuba. Quieren aislar al gobierno de Nicolás Maduro y provocar su caída, aunque eso signifique desatar un baño de sangre en la patria de Bolívar y Chávez. La absurda decisión de vetar la presencia del gobierno venezolano en la denominada Cumbre de las Américas no pasaría de ser un simple hecho anecdótico en la triste historia de entreguismo y subordinación que caracteriza a la burguesía latinoamericana, de no ser que trás de esa decisión se ocultan los siniestros planes del imperio para montar una intervención militar en Venezuela. Provoca tristeza ver tantos gobiernos genuflexos que atados por un asquerozo cordón umbilical se muestran sumisos ante el imperio y no tienen dignidad para defender la soberanía y el derecho a la libre autodeterminación de los países latinoamericanos. Hablan de dictadura pero callan en todos los idiomas que en Brasil hay un presidente que llegó mediante un golpe de estado. Hablan de democracia pero callan que en Honduras hay un gobierno que cometió un escandaloso fraude electoral y un pueblo que se ha rebelado. Hablan de respeto a los derechos humanos, pero en Colombia y México se asesinan impunemente a luchadores sociales, periodistas y se práctica la política de desapariciones. Hablan unidad e integración latinoamericana pero actúan como si fueran colonias de los Estados Unidos. Pero la derecha se equivoca otra vez. Venezuela no está sola, tiene un gobierno respaldado por la mayoría de su población, un país que cuenta con la solidaridad de los pueblos y con el apoyo desinteresado de gobiernos hermanos que comparten los horizontes de lucha y, sobre todo, cuentan con la verdad de su parte, esa verdad escamoteada, despedezada y arrinconada por la gran prensa que miente y tergiversa la realidad venezolana. En el colmo del cinismo, quieren castigar a Venezuela por haber convocado a elecciones presidenciales, pero no dicen que la llamada oposición es la que se negó a suscribir el acuerdo marco que definían las condiciones bajo las cuales se realizaria el proceso electoral en abril, tal como el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero lo manifestó públicamente “de manera inesperada para mí, el documento no fue suscrito por la representación de la oposición. No valoro las circunstancias y los motivos, pero mi deber es defender la verdad y mi compromiso es no dar por perdido el lograr un compromiso histórico entre venezolanos.”. La derecha latinoamericana quiere repetir la historia, pero para nuestros males tenemos una derecha bruta, reaccionaria y entreguista que todo lo ha olvidado y nada ha aprendido. Hay que recordarle a los que confuden deseos con realidad que “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa.”

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